La nostalgia de ayer

De un tiempo a este, escribo los post´s más tristes de mi vida. Les aseguro que no son los primeros y lo más probable es que no sean los últimos -porque: por más que yo intente y desee quedarme en casa -sitio en el que me siento mucho más seguro que cualquier otro sitio- para no ser presa de la desilusión, de lo pesado y todo lo que conlleva el vivir; es imposible el alejarme del todo de una realidad que está en un constante cambio, y de engaños, por culpa del practicismo y la “filosofía de lo descartable”.

Nunca pasó por mi mente el perder tantas ilusiones en mi vida, no sé si es más grande mi dolor que el de cualquier otra persona (por eso es que sólo escribo de mi sentir). No sé si fuí yo, pero igual pasó y en cuestión de segundos veía caer ilusión por ilusión. Probablemente todo se debe a que me siento solo internamente; me siento solo si, sin ilusión de vida lo más probable, pero con muchas ganas de ayudar a las personas y hacer siquiera que éstas sean felices -no importa si para ello debo renunciar a esa persona-.

Ocurrió con Mauro, cuando creía estar enamorado de el. La historia se repitió cuando se acabó mi relación con Ed -con la única diferencia de que con Ed pude “abrir” mi sentimiento y por vez primera me di cuenta que podía volar al lado de alguien que me entregara el mismo amor que yo le entregaba-. Estoy segurísimo que ya no extraño a Ed y, aunque no seamos amigos ni mantengamos comunicación ya, espero que se encuentre tan bien como le vi la última vez que estuvimos charlando.

No es fácil el reacosumbrarse a uno mismo. En mis ratos de pensar trato de encontrar la respuesta a mis miles de interrrogantes, y siempre llego a la misma conclusión: hay preguntas que no tienen respuestas.

No me considero loco, pero si en muchas ocasiones he sentido que no pertenezco a este mundo; quizá mi lugar esté en el de los perdedores o en el de los “raros”. Digo esto porque nunca han faltado las personas que me lo han dicho: “sabes eres raro”, “me das asco y quedarás solo como un perro”, “estas desperdiciando tu juventud…” -son las frases que recuerdo en este momento-.

En mi escrito anterior afirmo que me identifico con los pececillos de mi acuario (por el silencio expresivo que se puede dar). Sí, me quedo callado, pero no por cobardía; todo lo contrario por lo “valiente” que puedo llegar a ser cuando me doy cuenta que estoy “de mas” en una realidad que no es la mia, o cuando noto que no suelo ser interesante para alguien, o por el simple hecho de no querer fastidiar a nadie.

Me quedé callado y preferí no responder al último mensaje de Mauro, pues creía que así pondría fin al circulo vicioso que se había formado dentro de mi. Me quedé callado cuando Ed me decía que vendría por mi, pues yo creí que eso no se llevaría a cabo. Me quedé mudo con mi “nueva amistad” con Pedro, creí que despertaría celos en su pareja -y no me equivoqué- y ahora mi “amistad” con el sigue en el congelador de la memoria. Me estoy quedando callado con Genius, porque creo que con el no hay posibilidad alguna de llegar a algo y tal vez ni lleguemos a estar frente a frente. Me estoy callando con mi moribunda amistad con Joseph, porque creo que no sirve de nada que yo le cuente mis cosas sabiendo que para el la relación amical no es la misma y es necesario poner “control”.

Como les dije no me quedo callado por cobardia sino porque trato de ser prudente y lo más maduro que yo pueda actuar. Aunque para muchos individuos el ser asi no les agrade o les agrade poco. A veces pienso si los gustos también se han globalizado o si a las personas le gusta lo liberal y que han olvidado los sentimientos (muchas veces se vive por meros impulsos). Hay muchas cosas que se pueden globalizar, no estoy en contra de tal fenómeno… con tal de no “globalizarme” yo, y pasar de mano en mano y que mi cuerpo sea conocido por muchos… la verdad esa idea me asusta.

Todo esta melancolía quizá se aparte de mi, no lo sé… pero en este instante quiero dejar de escribir y apagar la portátil y echarme en el mueble de mis temores y anhelos… aquel mueble color marrón que tanto me ha acogido y hasta el momento lo seguirá haciendo.

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Paquito el del barrio

Decía tener once años, pero parecía de menos edad. Paquito desde que llegó al barrio se ganó el cariño y aprecio de cada vecino miraflorino, aunque nadie sabía su verdadero nombre, ni de donde provenía.

ninoPaquito -nombre otorgado por don Joaquín, ya que de alguna manera u otra debíamos llamarle, y es que el niño por razones que el sólo conocía prefería ocultar su nombre-. Era un niño delgado, de estatura baja, andaba siempre despeinado, de piel morena y muy seca, cabellos negros y ensortijados. Sus ojos de mirada triste reflejaban mucho sufrimiento.

Pero por más que había sufrido no dejó de ser generoso, aguerrido, colaborador y muy trabajador para su corta edad. En cambio, dejó de ser un niño expresivo y agresivo, en especial cuando se molestaba.

Su primer trabajo fue en el mercado:cargaba el peso de canastas y bolsas de ditintas señoras. Así fue que todos los fines de semana llegaba al barrio con doña Maruja, dueña de la casa más pintoresca del lugar, cargándole la antiquísima canasta de mangos reforzados y parchada en el fondo que muchas veces le ganaba en peso y lo hacia tambalearse de izquiera a derecha y viceversa desde que bajaban del taxi con dirección a la puerta de la casa, donde recibía su propina a cambio del trabajo.

Un día el párroco de la Iglesia le pidió a Paquito que limpiara y regara los jardines de la “casa de Dios”, labor que la hizo muy bien, a cambio de comida y cobijo. Así pues el niño ya tenía un techo donde vivir y comer a sus horas.

Con el tiempo el niño pasó a ser hombre;aprendió con mucho ahinco el arte de la carpinteria. Realizaba tan buenos trabajos que los vecinos le empezaron a encargar desde la elaboración de sencillas puertas hasta grandes closets o sofisticadas mesas talladas.

En paralelo al apendizaje de la carpinteria estudiaba en la escuela no escolarizada, terminó sus estudios de la primaria y de la secundaria en poco tiempo; de esta forma se hizo un profesional en la rama de contabilidad, siguiendo estudios en la Universidad Nacional de Piura.

En la actualidad vive en la ciudad de Chiclayo -y cada que puede regresa a Piura de paseo- por cuestiones del corazón. Y es que cuando se enamoró de la niña de los ojos de don Joaquín tuvo que huir con ella para poderse casar y formar de esta manera, y con la bendición del padre que alguna vez le permitió quedarse a vivir en el barrio brindándole ayuda, formar un feliz matrimonio. Con Fátima tienes tres niños, cada cual más inquieto que el otro.

Así fue que salió a la luz Luis Saavedra, nombre verdadero de Paquito. De aquel niño no queda nada, ha cambiado físicamente, pero aun mantiene ese espíritu colaborador y esa manía de quedarse pensando en ¡quien sabe qué! en el vacío de su mirada. Lo que siempre será un misterio es la razón por la cual él nunca regresó a su casa, ni quiénes son sus familiares, mucho menos de dónde proviene.