Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:  

Colón, Panamá.

Días antes del viaje a Panamá, y mientras Mr. Boss preparaba el itinerario que seguiríamos, Joseph compartió conmigo unos enlaces del Youtube en el que pudimos observar distintos videos de una de las zonas ‘libre de impuestos’ que hay en el Panamá. Ese sitio era Colón, pueblo que se caracteriza por ser un lugar en el que el comercio es la base de su economía.

Pese a que se decidió que no visitaríamos Colón, pues lo que vimos en imágenes era poco agradable y nos dio la impresión de ser un sitio algo peligroso para nuestra seguridad y bienestar, después de pasar gran parte del día en las costas de Portobelo enrumbamos hacia allí.  

Los atascos (por arreglos en la carretera), quizá la hora punta (pues ya estábamos muy cerca de las 17 horas), es que en realidad pasamos mucho más tiempo metidos en el carro camino de Colón que en el misma ciudad. En el trayecto de ida pudimos observar un gran centro comercial, que sin temor a exagerar se puede decir que es una verdadera ciudad del comercio, el cual pasamos sin mayor expectativa. Asimismo, nos tocó guardar turno para avanzar (ello por lo mencionado al principio del párrafo).

Kilómetros más allá de esa ciudadela del consumo nos daba la bienvenida el pueblo de Colón. De personas, en su mayoría de piel oscura, de un caos vehicular impresionante, con un romantico malecón -pues sirve de paradero para las demostraciones de cariño entre los colonistas enamorados- y una calor abrasadora.

Después de surfear la corriente de automóviles, nos recibía con mucho colorido las calles que habíamos visto semanas antes del viaje y las cuales nos había espantado un poco.   Sin mencionar lo que pude oír -por accidente-, una conversación entre uno de los choferes de los buses rojos y un turista que tenía intención de visitar la zona franca de Colón; de la cual me pude enterar que para visitarla hay que estar muy atento a cada movimiento, y es que lamentablemente es una zona algo peligrosa.

Charla que no dudé en comentarla a mis dos amigos. Tal vez haya sido por eso que Mr. Boss prefirió quedarse en el carro mientras que Joseph y yo caminábamos por el malecón. Al lugar los adornaba unos inmensos árboles, lo refrescaba una alentadora brisa marina y lo engalonaba varias de las parejas de jóvenes amantes que se demostraban entre sí afecto. Andando llegamos hasta unos pequeños muros que limitaban la zona urbana con el mar, el mismo que albergaba dos gigantescos barcos encallados y abandonados. Nos hicimos unas fotos y regresamos raudamente al auto. Y así comenzó nuestro retorno al hotel.

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Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Ceviche panameño.

Después de recorrer cada rincón del Fuerte de San Jerónimo, bueno, que ese tipo de recorrido lo hicieron Mr. Boss y Joseph. El primero haciendo una de las muchas actividades que le fascina y que le sale muy bien, fotografiar; el otro, pues alimentando su espíritu aventurero y de investigador, además, de hacer lo que le encanta, caminar. Por mi parte, decidí quedarme sentado en unos de los muros que limita con el mar de Portobelo; donde me deleité viendo lo transparente de las aguas y el paisaje pueblerino que había en el lugar.  

Era más de las 13 horas, el tiempo había pasado casi sin percatarnos y con el la hora del almuerzo. Kilómetros más allá, pasando una curva apareció el restaurante que nos acogería los minutos necesarios para calmar nuestras ganas de comer. El nombre no lo recuerdo. Era un local de dos plantas. De material noble (concreto y piedra) y con “decoraciones” playísticas (cañas y conchitas). Un señor limpiaba el frontis, mientras que una muchacha nos daba la bienvenida. Subimos al segundo nivel en una escalera de cemento con forma de ‘media luna’. Fuimos los únicos comenzales en todo el rato que estuvimos ahí. Después de que la muchacha nos alcanzara la lista de platillos que se preparaban en ese comedor.

Mis dos compañeros pidieron para almorzar Corvina, ambos platos con papas. Yo pedí Ceviche, que en Panamá lo sirven en copa y lo suelen comer acompañado de galleta de soda (algo que me sorprendió). Bueno, que en ese momento pedí dos copas, porque una no me bastó. Con lo rico que estaba, con un sabor muy parecido a cómo lo preparan en mi país (Perú).  

Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Fuerte de San Jerónimo y la Aduana. Portobelo-Panamá.

Quizá no hubiera sido conveniente, en ese momento, visitar la isla -es lo que pienso ahora-, pero en el instante en que Mr. Boss decidió que no lo haríamos me sentí algo desilusionado, pues no quería alejarme de la costa sin antes pisar una.

Seguíamos, casi sin rumbo, recorriendo la carretera transítsmica en busca de un pedazo de playa. Durante el trayecto me enteré que en Portobelo tiene un santo moreno (muy parecido al Señor de Ayabaca de mi país), que había sido un puerto importantísimo en la época colonial y que, por desgracia, no se le presta la atención que necesita para lograr un desarrollo (en lo turístico).

“Por aquí se puede bajar (a la playa)” -dijo Boss. Ni a Joseph, ni a mi nos pareció tan apropiado. Avanzamos un poco más. Tanto que pasamos una especie de letrero que daba la bienvenida al pueblo. Retrocedimos. Ingresamos a las calles. Pasamos un colegio y encontramos, si bien no era tan perfecta, una entrada que permitiría no perder de vista al carro y poder darnos un champuzón en las aguas caribeñas -bueno que el chapuzón nos los daríamos Mr. Boss y yo-.

Palmeras muy cerquita al mar, arena blanca, un mar esmeralda… ¿Era el Caribe? Pues si, todo, absolutamente todo, era un paisaje de postal. La playa en la que estuvimos era de arena gruesa, una entrada hacia el mar algo accidentada (con huecos), el agua con una temperatura perfecta, un sol radiante, todo el sitio era para mi.

Luego de remojarme un poco en el mar me senté en la orilla a contemplar las olas y esa agua que con el pasar del rato se mezclaba con el cielo. Por su parte, Mr. Boss andaba por ahí haciendo fotografías. Y Joseph, que no se decidió a bañarse, grababa en vídeo la experiencia.

De ese pedazo de playa pasamos al Fuerte de San Jerónimo. Llegamos allí buscando un lugar donde comer. No hallamos un restaurante pero si un edificio que durante la Colonia era conocido (hasta hoy) como La Aduana, y es que era el punto adonde llegaba el oro desde Perú para ser trasladado luego a España. Hoy la casa se ha convertido en un museo de sitio en cuya entrada se puede observar un cañón de batalla.

Entramos a pedir información y después recorrimos la muralla. La fortaleza de San Jerónimo está mucho mejor conservado que la de Santiago. Además que es mucho más grande, ésta mantiene aún los cañones (aunque un poco oxidados) que en el pasado protegieron muy bien la ciudad de los piratas.

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TERCER DÍA:

Muelle Portobelo, Panamá.

Si en la intemperie era sofocante estar, el interior del carro era aún más, y es que se había convertido en un horno móvil. Ello por un rato, pues solo bastó encenderlo para que, aparte de ponerle en marcha, se activara el aire acondicionado. Tomamos nuevamente la carretera de la avenida Transítsmica, luego que nuestro deseo de querer pasar a la isla quedara truncado, ya que al salir de la fortaleza no había ningún hombre que nos llevara hasta allí.

Ir rumbo a una playa era nuestra intención. Ni Joseph, ni Mr. Boss, mucho menos yo, sabia a qué playa iríamos -situación que más adelante se repetiría- pero a alguna tendríamos que llegar. Avanzamos unos kilómetros más, mientras oíamos música y de cuando en vez conversábamos, hasta que de pronto Boss medio frena.

¿Qué pasó? -me autopregunté. Levanté la mirada y obtuve la respuesta. Al observar por la ventana del lado izquierdo pude darme cuenta que se trataba de un sepelio. Varios autos estacionados a los lados de la pista. Personas vestidas de negro -varias de ellas llorando- acudían a uno de los tantos cementerios que se pueden ver en algunos tramos de las carreteras panameñas.

Luego de dejar atrás el momento llegamos a una especie de muelle. Frente a él se encontraba una isla muy conocida -para variar no recuerdo el nombre en este momento- que cada fin de semana es visitada por miles de panameños para disfrutar de sus playas. “Ahora sí -me dije- Ahora sí iré por primera vez a una isla”. No fue así. Nos montamos nuevamente en el carro y otra vez íbamos en busca de un pedazo de playa.

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TERCER DÍA:

Camino a Portobelo

La salida de aquel primer paseo fuera de Ciudad de Panamá fue un tanto lioso, sobretodo porque el GPS no señalaba la ruta adecuada a seguir, pero ni bien Mr. Boss dominó el camino todo marcho sobre ruedas.

Durante el camino Joseph sugirió que podíamos oír la música que contenía el Mp3 que mi hermano me había prestado para no aburrirme durante las cinco horas que estaría suspendido en el aire rumbo a Panamá. “Debe tener música que solo le gusta a él. Mejor pon…” -dijo Boss. Silencio y seguimos.

La carretera a Portobelo tiene forma de serpentina, con subidas y bajadas, con curvas de derecha a izquierda y viceversa. Sin embargo, permite al viajero deleitarse con unos paisajes de ensueño (aún más cuando se aproxima a ese mar color esmeralda). 

Con la música de fondo y de vez en cuando una esporádica conversa de mi parte pasó el tiempo y cada vez más nos parecía que nuestro destino (Portobelo) no aparecía nunca. El momento me recordaba a las primeras vacaciones que compartí junto a ellos (allá por el 2010), pero esta vez habían muchas diferencias, por ejemplo, ya existía más confianza, el aprecio de ellos hacia mi y de mi para con los dos estaba aún más fortalecido y, bueno, ya no me parecía que discutían cuando hablaban entre sí.

Joseph había llevado la guía  de viaje y de cuando en cuando le daba un vistazo al mapa para ubicarnos en el rumbo: “Ya falta nada”, “vete por aquí”, entre otras frases se le podían oír. Yo tomé el libro algunas veces, y otras leía en voz alta lo que era muy posible que viéramos.