Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Ceviche panameño.

Después de recorrer cada rincón del Fuerte de San Jerónimo, bueno, que ese tipo de recorrido lo hicieron Mr. Boss y Joseph. El primero haciendo una de las muchas actividades que le fascina y que le sale muy bien, fotografiar; el otro, pues alimentando su espíritu aventurero y de investigador, además, de hacer lo que le encanta, caminar. Por mi parte, decidí quedarme sentado en unos de los muros que limita con el mar de Portobelo; donde me deleité viendo lo transparente de las aguas y el paisaje pueblerino que había en el lugar.  

Era más de las 13 horas, el tiempo había pasado casi sin percatarnos y con el la hora del almuerzo. Kilómetros más allá, pasando una curva apareció el restaurante que nos acogería los minutos necesarios para calmar nuestras ganas de comer. El nombre no lo recuerdo. Era un local de dos plantas. De material noble (concreto y piedra) y con “decoraciones” playísticas (cañas y conchitas). Un señor limpiaba el frontis, mientras que una muchacha nos daba la bienvenida. Subimos al segundo nivel en una escalera de cemento con forma de ‘media luna’. Fuimos los únicos comenzales en todo el rato que estuvimos ahí. Después de que la muchacha nos alcanzara la lista de platillos que se preparaban en ese comedor.

Mis dos compañeros pidieron para almorzar Corvina, ambos platos con papas. Yo pedí Ceviche, que en Panamá lo sirven en copa y lo suelen comer acompañado de galleta de soda (algo que me sorprendió). Bueno, que en ese momento pedí dos copas, porque una no me bastó. Con lo rico que estaba, con un sabor muy parecido a cómo lo preparan en mi país (Perú).  

Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

No demoramos mucho en encontrar el taxi y en poco tiempo ya estábamos en el cuarto de hotel. Lugar en donde tampoco tardamos, pues Mr. Boss solo debía cambiarse de calzado. Con las mismas salimos y continuamos con la travesía por Ciudad de Panamá.

Es así que luego de hacer la caminata cerca al mar en la avenida Balboa pasamos nuevamente para el lado de las edificaciones. Hasta ese momento yo no ponía en marcha mi retentiva de ubicación, aunque sí me había quedado con el edificio ubicado en el cruce de las avenidas Ecuador y Balboa. Era el Ann Sullivan. El mismo que sirvió para tomar el camino correcto para retornar al hospedaje.

Parque Urraca – Ciudad de Panamá.

En ese lugar me enteré que el plan de aquel día era visitar el canal de Panamá (que se postergó) y la Casco antiguo de la ciudad (Panamá vieja). Para eso debíamos esperar a un bus turístico que nos llevaría hasta esos lugares, y algunos lugares más.

Nos plantamos en una parte de la acera en donde había un letrero de parada de autobús. Nada. Pasaba el tiempo y no se asomaba ni uno solo. Mr. Boss se decidió a preguntar a algunas personas que se encontraban en la zona. Vimos que se aproxima un vehículo rojo, de dos niveles (la parte inferior cerrada con vidrios y con aire acondicionado, la parte superior al aire libre, asientos a la derecha e izquierda de a dos y cubiertos con un techo de calamina color amarilla. Presurosos nos dirigimos hasta el.

Era de la línea de buses turísticos que queríamos tomar pero no iba al destino que ya Mr. Boss había decidido. Iríamos primero al casco antiguo y luego al canal. Nos tocó esperar un tanto de tiempo más y por fin llegó el ómnibus que nos llevaría hasta allí.  Al subir nos entregaron un triplico con un mapa de los recorridos que sigue y unos audífonos (estos si nos dieron uno para uno de nosotros).

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en la Panamá vieja. Ahí veríamos por primera vez a Rosalva, una morena que trabajaba para la empresa de buses turísticos. No intercambiamos más que el precio, por su parte, y los billetes, por parte de nosotros. Nos entregó los tickets y con ellos los derechos a montarnos en el bus las veces que queramos por dos días, además de un recorrido nocturno que brindan (el cual no tomamos).

Catedral y plaza central del casco antiguo de Ciudad de Panamá.

Salimos de la frescura del aire acondicionado del interior del vehículo al sofocante calor panameño. Bien, así empezaba el recorrido por lo que alguna vez fue la capital. Las pistas en ese lugar son mucho más estrechas que la de la ciudad nueva de Panamá. En estos meses se encuentra en plenos trabajos de reconstrucción y mantenimiento de los edificios clásicos. Se puede recorrer sin mayores sobresaltos, hay restaurantes (un poco caros pero cuentan con los servicios necesarios). En el casco antiguo quedan muy pocos vecinos, según nos comentaron el sitio ya no está destinado para familias sino para que sea un atractivo turísticos (Hoteles, más restaurantes, entre otras cosas).

Caminamos por algunas manzanas, la mayoría de ellas sin habitar. No teníamos un camino fijo a seguir porque varios tramos estaban “cerrados” porque habían hombres trabajando en la renovación de los edificios. Conocimos la Plaza Francia, una especie de alameda con varios puestos de artesanos. Paseamos por el malecón en donde increíblemente se nos acercó un señor y acertó con nuestras nacionalidades (sobretodo con la de Joseph y Mr. Boss que ya se les había confundido con americanos). Al parecer este señor, un moreno alto que parecía trabajar en el lugar, tenía muchas ganas de recordarnos la historia, sobretodo de la relación entre las antiguas naciones (Perú, España y Panamá). Menudo rollo nos lanzó, así que muy cortésmente Joseph le dio fin -por lo menos hasta ese momento porque más adelante nos aparecería otra vez-.

Andando y andando nos llegó la hora del almuerzo. Yo un tanto nervioso porque hasta ese momento mi única cercanía con la gastronomía panameña había sido por fotografías en Internet y la verdad no me había convencido mucho. El encontrar un restaurante que se adecue a nosotros nos tomó cierto tiempo.  

Seguimos caminando, observando a la vez los letreros del “menú del día”.  De ese modo llegamos nuevamente hasta la plaza central…

Después de trece años

La última vez que me subí a un avión fue en septiembre del 1999. ¿El destino? Pues la ciudad del Cuzco, en Perú. Un viaje que realicé junto a algunos compañeros de clase por haber acabado con éxito la secundaria y a cargo de los dos profesores tutores de las dos aulas de quinto año que habían en el colegio del cual pertenecí desde el jardín de infancia (cuando más o menos tenían cinco años de edad). Sin temor a fallar en el cálculo han pasado cerca de catorce años.

Más de una década que no pisaba un aeropuerto ni siquiera para despedir o recibir a alguien que conozca. Un tiempo que es suficiente para descubrir que las cosas han cambiado -y no hago referencia por lo sucedido en los Estados Unidos en el 2011 para cuando se atentó contra las “Torres gemelas”, sino a que hasta para desabrochar el cinturón de seguridad era algo novedoso para mi (y es que según mis recuerdos de cuando viajaba de niño o para aquel viaje de promoción el desabrocharse el cinturón era algo -según mi opinión- era mucho más sencillo).

Pero los cambios no solo se han dado en cuestión de seguridad dentro del avión, sino también en la forma de cómo se aborda. Hoy en día existen túneles que te dirigen hasta la misma puerta de entrada a la nave o buses que te trasladan de la puerta de abordaje hasta la aeronave -algo que para la época de cuando solía viajar por el aire facilita porque antes debíamos caminar hasta las escaleras que permitían subir el avión. Por otro lado está el modo de comprar el boleto, antes recuerdo que se debía acudir hasta una oficina de la aerolínea elegida para viajar y comprarlo, hoy en día, aunque también se puede realizar la compra personalmente desde un stand también se puede obtener el pasaje por teléfono (muy poco usado) o por la internet (tal y como lo hiciera Mr. Boss para “separar” mi cupo en el avión).  

Otros cambios que se han dado es que en la actualidad no se puede llevar en el equipaje de mano agua o cualquier líquido que parezca sospechoso para la policía de cualquier aeropuerto en el mundo, mucho menos se puede guardar cortauñas o tijeras. El tiempo de abordaje también ha variado, hoy se espera bastante más de cuando debía yo esperar de cuando niño o en aquella vez que viaje junto a mis excompañeros de aulas.

Tantos cambios y tan poca confianza para con la raza humana que hacen de un viaje en avión en toda una ceremonia, casi casi religiosa. Una experiencia tan metódica y tan lenta que se hace áspera, pero tan corta y algo ruda (en algunos aterrizajes) que se hace pesada, pero que me importó poco vivirla ya que mi espíritu de “aventura” -tal vez de un periodista nato- y el deseo de volver a reencontrarme con dos buenos amigos me daban las fuerzas suficientes para llevar a cabo un viaje en avión después de trece años y sin compañía alguna.

Silencios

La misma ciudad, Lima; el mismo lugar, el aeropuerto; las mismas personas, mi madre y yo; distintas horas: primero, treinta minutos antes de las 17, después, cuarenta minutos después de la medianoche; y diferentes sentimientos: mi madre feliz de verme, yo feliz de verla pero triste por haber dejado atrás los mejores días de mi vida (a la edad que tengo)… Era mi retorno a Perú y el mismo abrazo, pero esta vez con algunas palabras de su parte: “hijo, te extrañé”, y yo sin decir nada. 

Sí. El bendito silencio que se arranca de mi cuando estoy triste o al menos cuando tengo un licuado de sentimientos que no es fácil de explicar con palabras. Estaba yo ahí, inerte y sin poder decir nada por temor a derretirme en llanto (pues estaba más sensible que nunca),

El mismo silencio que empezó a aparecer los últimos días del fin de viaje junto a Joseph y a Mr. Boss. El mismo silencio que me llevó a dormir sin darme cuenta, incluso mucho antes de lo que tenían por costumbre dormirse mis amigos (amigos de verdad y no solo de palabra). Y el mismo silencio que se hacía notar en el preciso momento en que más quería decir cuánto había podido añorar a mi madre y los demás miembros de mi familia.

Silencio que se rompió cuando le dije a mi madre que me había dado mucha pena despedirme de Mr. Boss y de Joseph, y se volvió tan firme cuando ella me preguntó si ellos también se habían apenado cuando me despedí de ellos, pero se volverá a romper con el inicio del diario de mi primer viaje a Panamá.

A un sello de España

Este es uno de los temas que jamás se me hubiera ocurrido tratar, y es que nunca se me pasó por la mente la posibilidad de cruzar el charco. No hasta que Mr. Boss y Joseph me lo dijeran personalmente en su último viaje a Perú; y desde entonces tengo unas raras ganas de ir hasta España y visitarles -aunque debo confesar que siempre he querido recorrer los mismos lugares que ambos suelen visitar. 
El monte Ulia, el jardín donde labora Boss o algún castillo cercano... cualquiera de ellos pero en menor grado como el caminar por tierras de aquel pueblito que no aparece en mapa alguno y que lleva el mismo nombre de la ciudad donde nací y he pasado gran parte de mi vida, Talara.
No importa la razón que me mueve a ir, lo importante es que la embajada española en Lima acceda a darme la visa que necesito para tomar el avión y hacer la travesía de no sé cuántas horas de distancia separan los dos países. 
Lo importante también es que yo pueda viajar hasta la capital para acercarme a la sede de España en Perú para hacer que me sellen uno de los documentos que son requisitos indispensables para tramitar la invitación que muy gentilmente mis amigos me harán.
No sé si llegue a cruzar el Atlántico, no sé si llegue algún día a visitar el lugar donde vive uno de mis mejores amigos, por no decir el único que tengo y creo que tendré...

Almuerzo servido

CRÓNICAInsalubridad en las calles

Almuerzo servido

Por: Ceaugmas y M.I.B.

La intersección de las calles Las Gardenias con Los Naranjos es uno de los tantos lugares de Piura donde los desagües colapsan, es aquí donde los vendedores ambulantes, quienes ofrecen todo tipo de alimentos al público, no toman en cuenta lo nocivo que es para la salud de sus comensales el ofrecer los menús al lado de las aguas servidas y cúmulos de basura


El reloj marca las doce del mediodía, el calor es insoportable, pero la sed lo es aún más. Una bebida fría no caería mal para refrescarse, piensa uno de los tantos pasajeros de la empresa de transportes Viceta que se dirige a Tambogrande. A pocos metros cerca del mercadillo Asociación de Comerciantes Concesionarios del Mercado Antonio Lee Rodríguez (Acomipomaler) que colinda con la avenida Sullana y la calle Los Naranjos, el sofocado viajero observa una juguería ´al paso´. A pesar del desagradable olor que emanan algunos charcos de aguas servidas, este se decide por un vaso de soya de la carretilla de Jorge Chocano.

Así como Chocano, que tiene 10 años trabajando en la zona, al otro lado de la calle se encuentra el puesto de comidas de Leonida Riofrío. Desde hace 2 años, ambos se quejan de que la EPS Grau y la Municipalidad de Piura no solucionan el problema de los desagües, en especial en este lugar. Asimismo, Leonida dice seguir las normas mínimas de sanidad para ofrecer a sus clientes un producto que no afecte su salud, aunque con una mirada rápida a su puesto se observe lo contrario.

Entre las normas de salubridad que debería seguir Leonida y todo aquel que tiene un puesto de comida según Orlando Lozada, el doctor del Ministerio de Salud, están: utilizar cubreboca; mantener las uñas cortas, limpias y libres de esmalte; usar protección que cubra totalmente el cabello; en caso de usar mandiles y/o guantes se deben desinfectar y lavar; se debe dotar de los implementos necesarios que garanticen que el agua que esté en contacto con el producto sea potable; debe disponerse de suficiente abastecimiento de agua, así como de instalaciones apropiadas para su almacenamiento y distribución, entre otras. Ella sabe de algunas, pero le cuesta “tiempo y algo de dinero acatarlas”.

Una carretilla con degastadas llantas, que simula ser un comedor y una cocina portátil a la vez. Leonida Riofrio, la dueña del puesto, no se avergüenza de ser ambulante. Mientras sirve la comida a sus comensales avisa a otros nuevos que el menú de hoy, y de otros días, ofrece dos opciones: arroz con tollo y menestra o pescado frito. Pero las personas no son las únicas que llegan hasta el puesto de comida. Un sin número de moscas asechan el lugar: algunas posadas en los manteles que cubren las fuentes de ceviche, otras revolotean en los platos de los clientes y un tanto más se divierten en los desperdicios que se han acumulado hasta el momento.

Al igual que las moscas, las cucarachas que se escapan alertadas por la inundación de sus hogares, escalan a través del jebe de las llantas y se pasean entre las ollas, los baldes con refrescos y los utensilios que forman parte del negocio de Leonida. Débiles telarañas surfean el vaivén del aire maloliente.

Los comensales lidian una batalla con cada bicho a la vez que se llevan una cucharada a la boca. Similar enfrentamiento tiene Riofirio al tratar de ocultar a los atrevidos insectos. No le importa matarlos con la mano.

Al lado del puesto de Riofrio se encuentran otros tres más, que por ser informales, no cuenta con un lavatorio para lavar los objetos que utilizan. Suelen tener dos baldes de agua turbia: en uno lavan y en el otro enjuagan. En el primero, unos cuantos trocitos de cebolla, otros de tomate y uno que otro grano de arroz flotan en la superficie del recipiente.  En el segundo, el  plato desaparece bajo las grises aguas. Antes de desbordarse el recipiente, la dueña del local lo arroja al buzón más próximo a su puesto. Las comideras no son las únicas, los jugueros y los vendedores de pescado también lo hacen.

 ¿Dónde estará la EPS Grau?- se preguntan la mayoría de comerciantes cada vez que las aguas putrefactas se hacen más evidentes y el aire, más insoportable.

E

s un poco más de las 12:30 y vamos hasta el local central de la EPS GRAU en busca de alguien que nos aclare el panorama. Hablamos con el jefe zonal de Piura, el ingeniero Luis Figallo Palacios,  quien no dudó en responsabilizar a terceros de ser los culpables de tal pestilente problema. “Frente al mercadillo los buzones de desagüe siempre se atoran porque los pescadores vierten las viseras de los pescados. No tienen una cultura ecológica”, acotó.

Figallo dijo que todos los desagües de la ciudad desembocan en el colector principal que está hecho de concreto. Este tiene más de 30 años y está sumamente deteriorado. Además,  recalcó que los trabajos hechos hasta el momento equivalen a un proyecto de 100 millones de dólares, dinero que no sale de las arcas de la compañía  de agua sino de los fondos con los que cuenta el plan ´Agua para Todos´ del Gobierno Central que se ejecuta desde hace un mes en Piura. Trabajos supervisados por el Gobierno Regional, que solucionarán el problema de los desagües y que el gerente de la EPS Grau calcula concluirán en tres meses.

S

on la una de la tarde y el caos invade el lugar. Buses interprovinciales, carros, mototaxis y personas apresuradas transitan por la zona.  Una joven en una moto lineal avanza lento para evitar que las aguas putrefactas mojen sus pies, pero no logra su objetivo. A pocos segundos un imprudente conductor de automóvil atraviesa el charco de desagüe y algunas gotas caen en los pies de la chica. Este es el panorama que se repite cada 15 días, según lo relata Roberto Benites, un vendedor de hielo.

Benites llega todos los días a las 7 de la mañana con su carretilla para acercarse a la cámara frigorífica que se encuentra estacionada frente a Acomipomaler. Compra cuatro bloques de hielo y se instala en la esquina del terminal terrestre de Emtrafesa.  Empieza su lucha contra el tiempo. El calor derrite gota a gota los bloques de hielo cooperando a que la laguna mal oliente se expanda.

Minutos después, los pequeños charcos forman una laguna, pero esta vez no es por el embalse de las aguas servidas, sino por la imprudencia de muchos de los comerciantes del lugar. Los rostros de los dueños de los distintos puestos no reflejan la preocupación por la disminución de su clientela. No es un día de pérdidas como cuando se escapan las aguas de los buzones que los obliga a movilizarse hasta el Parque del Niño Trabajador, ubicado en la avenida Sullana.

Los puestos de comida abarrotados, insectos y personas conviven a la hora del almuerzo, poco le importa a Benites porque a cada palabra que dice la sazona el sabor que llega a él en un taper. Lo mismo sucede con Reynaldo Rufino, vendedor de pescado del mercadillo, que degusta su comida sentado al lado de su colega Marco Casco, quien lava una galonera en unas pardas aguas y de olor poco agradable.

Casco, al espantar una mosca que osó posarse en su boca, refunfuñó y balbuceó su malestar. Luego, más calmado, respondió a la acusación que hizo el representante de EPS Piura, Luis Figallo, acerca de que ellos cooperaban a la congestión de los desagües. “Es mentira. Acomipomaler cuenta con una tubería que desemboca en el desagüe próximo; esta es protegida por una rejilla que retiene los elementos sólidos. Asimismo, los desechos que acumula cada comerciante son puestos en un punto cercano a la entrada, que después serán recogidos y llevados por un camión recolector de basura de la asociación del mercadillo”, nos narra Marco Casco. Sin embargo, aunque Rufino y Casco se esmeren por hacer prevalecer lo que afirman la realidad es otra.

Hace tres horas el sofocado pasajero que bebió un vaso con soya del puesto de Jorge Chocano, tomó el bus y ya habrá llegado a su destino. El tiempo transcurre y el caos de la zona disminuyó, son las 3 de la tarde, Leonida y sus compañeras recién pueden sentarse a comer lo que no se vendió. Ya todo está recogido. Muchos de los vendedores ambulantes que laboran en la intersección de Las Gardenias y Los Naranjos se marchan con la esperanza a que mañana no se escape el desagüe; pero el enemigo mal oliente se mantiene en el lugar.

Momentos

Qué difícil me ha parecido escribirlo. Y no es porque las letras escapen de mi cada vez que intento reunirlas en apenas una oración, sino por el simple hecho de volver a recordar ese momento -que en verdad fueron dos- se me pone la “piel de gallina” y es complicado el evitar y contener que una lágrima escape de mi ser.

Quizá exagero un poco -para variar- pero como dicen por ahí “sin exageración no es realmente vivir”. ¿Qué de tanto por ciento de cierto puede tener esa frase que apenas unos minutos atrás oí en una capitalina radio de baladas en español? Yo no lo sé, ni pretendo descubrirlo. Y si exagero un poco en lo que a continuación escriba es porque realmente me he dejado llevar por mis sentimientos, por el recuerdo que palpita imparable dentro de mi y que acelera a mil mi corazón.

Si, fueron dos momentos los que inevitablemente pasé con Mr. Boss y Joseph; y también son dos los amigos que gané en ese ciego sorteo que suele hacer la vida en encontrar a personas verdaderas.

Hasta ese momento había tratado por sobretodo tratar de tomar el tema o dar el primer paso que diera permiso a que mi sensibilidad brotara sin control de mi. Pero llegó.

Joseph fue quien se atrevió a dar ese primer paso que yo cobardemente había evitado dar para “cerrar” ese periodo de vacaciones que pasé junto a ellos.

“Despidámonos ya porque después no será posible” -es lo más próximo a las palabras que emitiera Joseph dentro de la habitación.

Le di un debilucho abrazo y no sabía qué decir. El miedo había tragado mis palabras- Sólo cerraba los ojos y daba todo de mi para no “quebrarme”.

-Qué situación más difícil… en ese momento recordaba las palabras que el me solía decir antes de que llegase: que tal vez esa sea la última vez que nos veremos -algo cruel, pero es una probabilidad de la realidad de la que no puedo huir, aunque quisiera.

Se separó de mi, se acercó a Boss y le sugirió que se despidiera de mi. Yo ahi parado; viéndoles por primera vez detenidamente -a pesar de que el momento se esfumó como el humo de un cigarrillo que poco a poco se va consumiendo tras pequeños, pero profundos, sorbos- y tal vez última vez en persona.

Ya Joseph me había advertido que Mr. Boss era un tantito más reacio a todos esos instantes. Pero a través del abrazo que me dió pude sentir y darme cuenta que era sincero y qué también me “dolía” tener que alejarme de él por su regreso.

Me solté repentina y muy probablemente de un modo bruzco, pero ya no soportaba, era mucho para mi, me pasó y me volvía a pasar, las lágrimas estaban a punto de desobedecerme y lo hicieron. Al separarme de Boss le di la espalda; y para que no me vieran lagrimear me sequé muy rápido con la mano el rostro -no sé si se dieron cuenta de ello mis amigos, pero no dijeron nada al respecto, muy respetuosos en todo momento-.

Producto de mi nerviosismo por el tener que separarme de mis amigos, durante todo el día estuve con náuseas y con pocas ganas de comer. Fue así que a la hora de la cena sólo pedí un jugo de nosequé y evitaba verles el rostro, a menos que me estuviesen hablando. No quería, ni pretendía causarles lástima alguna.

Me bebí la aspirina y tomé mis equipajes. No deseaba que me acompañasen porque estaba seguro de no poderlo resistir. Pero no ocurrió así. Ambos tomaron el taxi y me hicieron disfrutar de sus presencias unos minutos más.

Llegamos al terminal de buses a Talara. Dejé mi maleta para que la guarden en la bodega del omnibús- Los busqué rápidamente con la mirada y me acerqué a ellos para esperar la hora de mi partida. Nos sentamos. Yo no hablaba mucho. ni tenía ganas de hacerlo. ¡Dios! me había acostumbrado a sus presencias, a sus conversaciones entre ellos que muchas veces no lograba entender, me había acostumbrado en tan poco tiempo a reconocerlos realmente como mis amigos -ésta vez en la vida real-.

El llamado de embarque al bus llegó. Nos pusimos de pie. Fui al baño. Retorné. Sin saber qué decirles me despedí reprimiendo mi verdadero estado- Sólo atiné a jalarle la oreja izquierda a Joseph como muestra de mi cariño, y es que un beso no sería tan original como para recordarlo siempre.

-FIN-