A la tercera va vencida

Y me encontraba ahí, sentado en la acera y abrazado a mi mochila, con nervios en punta y asimilando rápidamente lo sucedido. No lo creía, me costaba y las cosas daban vuelta a mí alrededor.

Ya había ocurrido en dos oportunidades anteriores. El objetivo siempre el mismo, mi teléfono celular. ¡Vaya rollo! Ni que el aparato ese hubiera sido el de última tecnología o del modelo más exclusivo que haya en el mercado de telefonía móvil; pues apenas me costó cuatrocientos soles en aquel tiempo cuando lo compre.

El primer intento ocurrió hace ya algún tiempo atrás. No era el mismo celular, recuerdo era un Sony Ericson color celeste y pantalla a colores.

Era domingo y estaba sentado en una de las bancas que están frente a la pista a lo largo de la avenida Grau. Mataba el rato que faltaba para empezar mis labores en el cine local –mi anterior trabajo-. Para no marearme a causa de ver tanta luz amarilla de los autos que transitaban por el lugar en ese momento, saqué el aparato de mi bolsillo y elegí un juego para distraerme un rato. En cuánto ascendía de nivel, los minutos se hacían nada, un sujeto de muy mal aspecto se paró frente a mí y me dijo que le entregara el celular “a las buenas” si no deseaba pasarla mal.

Le respondí que no se lo iba a dar –algo atrevido de mi parte-. Quise mostrarle al hombre que no le temía, pero sobretodo transmitirle seguridad en mis palabras y actitud. El rostro del malhechor se desencajó y noté que introducía su grotesca mano en uno de los sucios bolsillos del pantalón que llevaba puesto –lo más probable es que había decidido sacar el verduguillo que llevaba-.

Decido dejar de ver su rostro y miro hacia un lado y noto que se acercaba una familia. Así que decidí rápidamente acoplarme a ese grupo de personas. Le comenté al ladronzuelo que ya llegaba mi familia y sólo atiné a decirle chau.

La segunda vez ocurrió cuando salía de una discoteca, a la cual había ido junto a unos compañeros del curso. En aquella oportunidad el atraco fue mientras esperaba pasara un taxi que me cobrara menos de los que estaban estacionados a las afueras del local. Estaba acompañado de un amigo. Cansados de esperar de pie nos sentamos en la acera, charlabamos mientras esperamos que pasara un vehiculo por ahí.

Ambos notamos que tres muchachos subidos en una moto lineal transitaron muy cerca a nosotros. Nosotros seguimos conversando hasta que en el momento menos esperado dos de los tres muchachos toman por el cuello a mi amigo y le piden que entregara todo lo que tenia. Aunque el forzajeó con los dos le terminaron quitando el celular y la billetera. Luego, seguía yo, uno de los dos tipos se me acerca y con pistola en mano me pide le entregase lo que llevaba -mi celular y sencillera, cosas que no pensaba darle-. Retrocedo poco a poco, el me sigue apuntando con la pistola la cara y yo le repito una y mil veces que no tenia nada.

Aquella vez esos mismo ladrones cuadraron a uno de mis primos con su esposa queienes salian del festejo de un matrimonio.

Ahora, apenas dos días, llegué de Talara y mientras esperaba tomar un taxi, decidí sacar mi celular del bolsillo en donde lo llevaba. Lo desbloqueo y empiezo a meterme en el reloj y ¡zaz! una mano morena y algo velluda me arracha el aparato de las manos y con la fuerza me tumba al suelo, sentado en la acera sólo atiné a coger fuerte mi mochila para que no se la llevaran, pues ahi llevaba una laptop.

Esta vez se llevaron mi celular, y con el toda la información de los contactos que me suelen dar informacion y entrevistas para realizar mis reportes… realmente a la tercera fue la vencida!

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Moyobamba III -2da parte.

Reservados los Derechos de autor

Me tocó bajar de la camioneta y acercarme al señor ese que a simple vista parecía un guardabosque o un policía de estación. Luego, del saludo pertinente paso a preguntarle si ibamos en el camino correcto hacia la catarata Paccha -y es que la lechera que habíamos trasladado antes nos había dicho que debíamos llegar hasta una casita y ahí dejar el auto a cuidado de los residentes.

Voltié y dí la señal que esperaban Joseph y Boss. En pocos segundos el tremendo carro estaba estacionado frente a la casa y en las propias narices del emulador de guardián.

  • -¿Cuánto debemos pagarle por dejar el coche y para que lo cuide? -le preguntó Boss.
  • -Lo que sea su voluntad -respondió el lugareño.
  • -Vale ¿alguno de ustedes tiene “calderillos” (monedas de bajo valor)? -nos preguntó
  • -Yo tengo diez soles en sensillo -respondí.

– Saqué de uno de los bolsillos laterales de mi mochila una bolsita negra de terciopelo que suelo usar para guardar las monedas que me sobran de la semana. Eran parte de mis ahorros que había logrado. Pero en realidad tenía once mas no diez. Luego de sacar dos monedas de 50 centimos entregué todas las monedas, sin fijarme que Boss había sustraido un sol más. Sin más le entregamos todo al señor.

Aquel día había amanecido algo nublado. Para cuando nos encontrabamos en dirección a la catarata ya hacía un abrasador sol que calentaba hasta los huesos. Soplaba una suave brisa humeda. A cierta distancia se podía oir las aguas correr. Los silbidos pajariales se hacían cada vez más presentes. La sombra de los árboles alrededor nos daban auxilio del sofocante resplandor solar. Y nos guiaba un camino de piedras que se perdía en algunos tramos.

Poco antes de la mitad del trayecto nos llevamos menudo susto. Un incontrolable perro venía a paso de trote hacía nosotros; se hacía acompañar con un descalabrador ladrido. Yo ni siquiera voltié a verle, así que nunca me enteré de como había sido nuestro eventual atacante. Pero logré oir un ladrido más, al parecer de un perro mucho más tímido que el corajudo can.

En el poco tiempo que duró ese inesperado encuentro con el perro mi alma se salía de mi cuerpo, por momentos quería echarme a correr, quería detenerme, quería que el momento pasase sin ninguna novedad. Los segundos se hicieron minutos y éstos horas.

El ambiente se hacía cada vez más húmedo. Las sombras se hacían cada vez más prominentes. El camino se hacía cada vez más estrecho y resbalozo, sin dejar de mencionar que se tiñó de riesgo y vértigo. Y la caída de agua se hacía cada vez más sonora, sin duda nos acercábamos a la Paccha, esa que en las fotografías de las guías nos la presentan como espectacular.

A poca distancia del final de la travesía llegamos a un sitio en el cual no había algo en qué sostenerse sin perder el equilibrio ¡Vaya, en qué me he metido! Me acorbadé señores, pero Boss y Joseph me insistían a que siguiera y sin esperar tanto Boss me extendió la mano para darme seguridad y sólo así me animé a continuar con el andar.

No fue lo que esperabamos ver. Cada uno de nostotrsos tenía una idea distinta pero con una sola mirada: la de un visitante que cree en lo que las guías nos cuenta y muestra. Pero bueno, no estuvo tan mal, al menos pudimos sentir la naturaleza muy de cerca y tomarnos algunas fotografías o hacer algún video para retener el momento.

De regreso, pasamos nuevamente por aquellos ratos: el tramo sin seguridad y el ataque sorpresivo pero esperado por nosotros del perro campechano.

LLegamos hasta la portada del local de los Baños termales que según dicen son medicinales. Ninguno de mis dos compañeros les provocaba entrar y a mi tampoco -a ellos porque resaltarían entre tanta piel morena de los lugareños y yo porque estaba demasiado cansado y sin ánimo de remojarme entre tanta gente-.