Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:  

Balcón

Ese viajecillo en el tiempo, tan repentino, se cortó cuando oí la voz de Mr. Boss.

  • -¿Piensas quedarte ahí? -Me preguntó.
  • -Yo creo que sí. -Le respondí.

Él no insistió con palabras, pero si con imágenes. 

  • -Mira, ellos tampoco saben nadar y ya ves como la pasan bien. -Agregó.
  • Si pues. -Dije escuetamente.

Me propuso hacerme unas fotos con la cámara de su Ipad. Accedí. Luego de unas indicaciones (que ponte allí, que más allá, que baja la mirada, entre otras) me retrató en la gran piscina del Gamboa. Luego, se fue a andar por el campo.

Después de un rato, quedábamos ya poca gente en la terraza, salgo y me acerco a Joseph. Él leía las noticias en su tableta. Decidimos regresar a la habitación. No recuerdo exactamente si Boss ya se encontraba allí o llegó luego. Me di un duchazo para quitarme el cloro de la alberca. Así se fue haciendo de noche.

Hora de la cena. Se decidió que pediríamos servicio a la habitación. Me encargué de hacerlo yo. No lo hice tal como me lo indicaron. Pedí un plato de adulto y otro para niño (por recomendación de mis dos compañeros de viaje y porque no suelo comer mucho). Cenamos en la mesita que estaba en el balcón. Terminamos y arreglamos las maletas antes de ir a la cama. Al otro día saldríamos ya para el interior del Panamá.

Todavía penumbras

El calor se hizo más para cuando salimos a la intemperie. Yo con la maleta y Joseph a mi lado. Mr. Boss se adelantó para encontrar el taxi que ya había ‘contratado’. Por cada pasajero habían 5 taxistas -fue mi perspectiva. Bien, fue así que tomó uno: automóvil blanco con cajuela para maletas en la parte trasera. La tarifa del aeropuerto al hotel (ubicado en la Avenida Ecuador) fue de 15 dólares.

El chofer, un moreno de mucho hablar, nos habló un poco de la situación del Panamá en la actualidad y de los últimos cambios que se habían hecho en la ciudad capital. Muy amable el señor pero creo que solo Mr. Boss fue la única persona que le prestó atención. Quizá Joseph también. Por mi parte no. Lo único que yo quería era llegar ya a la habitación, pues estaba demasiado cansado después de más de un día de viaje.

Era ya cerca de la 1 de la madrugada, el trayecto me parecía interminable y la noche me parecía mucho más oscura que una de mi país. Con Joseph intercambié algunas palabras (en realidad respondí a unas preguntas), pues íbamos sentados en los asientos de atrás, mientras que Mr. Boss iba al lado del taxista echándole conversa.

  • -¿Augustus te has fijado en los rascacielos? -me preguntó Mr. Boss.
  • -¿Rascacielos? -respondí con otra pregunta.
  • -Sí, mira -me dijo Joseph al mismo tiempo que me señalaba hacia la oscuridad más profunda que había visto en mi vida.
  • Ah, si… ¡Qué bonitos! -Afirmé sin ni siquiera haberlos ubicado en el espacio a la vez que realicé otra pregunta: ¿Qué tipo de personas los ocupan?
  • -Pues la gente con dinero -Responde Mr. Boss.

Creo que después de esa charla no dije más nada. Había decidido esforzarme tantito más para enterarme si llegaba a ver alguno de esos rascacielos que no los vería hasta horas más tarde. Esfuerzo en vano, todo me parecía muy oscuro hasta que llegamos a un trozo de ciudad y al fin alcanzaba a ver puentes peatonales, semáforos (los pocos que hay en Ciudad de Panamá) y más carros en marcha.

Durante todo el trayecto tuve la sensación que el taxi siguió un interminable camino recto, sin ningún desvío o cruce de peatones. No me enteré nunca cuán interminable fue ese recorrido, tal vez fue muy breve pero el agotamiento y las ganas de echarme en la cama me lo hicieron ver así.

Iba con Joseph y mis pensamientos hasta que de pronto noté que dobló una esquina, siguió dos cuadras más de casas y se detuvo. “Aquí estamos ya” -dijo el conductor del carro. Levanté la mirada y leí el nombre luminoso del hotel. Un edificio de 4 ó 5 pisos, con cochera y restaurante. Me bajé, tomé mi maleta. Mr. Boss se encargó de pagarle al señor.

Ingresé por un portal de vidrio; enmedio: una iluminación amarilla inundaba el ambiente; a la izquierda: una pequeña sala de visitas, un pasillo que llevaba hacía las computadoras, la lavandería y la oficina del gerente; una puerta de vidrio también que daba acceso al restaurante (en ese momento a oscuras); a la derecha: las escaleras, una pequeña oficina “al paso”  en donde se hacían las reservaciones para el carro y el ascensor.

Mr. Boss se acercó a la recepción para pedir las llaves de la habitación.  La recepción era un pequeño cuadrado con un computador, hojas, tres relojes con horas diferentes (la de Panamá, la de Italia y la de Estados Unidos), un señor que hacía las veces de el ‘botones’ y el recepcionista. Subimos por el ascensor, saqué la ropa pijama, “buenas noches por aquí, buenas noches por allá” y a ¡dormir! 

Kilometros

El otro día desperté medio asustado y de pronto. Después del último aviso del capitán piloto de la aeronave despegó a rumbo desconocido; minutos más tarde y a pocos metros de altura el avión gira bruscamente, una de las alas roza con el mar y aterrizó, o mejor dicho se estrelló contra un médano de arena. Sin duda había tenido una pesadilla.

A la mañana recibo un mensaje de texto, de aquellos que suelen decir que se ha recibido una llamada a tal hora y de tal número, solo aparecía la hora. Nadie suele llamarme tan temprano, las 7 de la mañana es la madrugada para muchos, y yo no cuento con el servicio para realizar llamadas. Y aunque lo tuviera no podía hacerlo porque aparecía en aquel sms: “número desconocido”.

Ese mensaje madrugador confirmaría el significado de aquel mal sueño que tuve durante la noche anterior…



A la tercera va vencida

Y me encontraba ahí, sentado en la acera y abrazado a mi mochila, con nervios en punta y asimilando rápidamente lo sucedido. No lo creía, me costaba y las cosas daban vuelta a mí alrededor.

Ya había ocurrido en dos oportunidades anteriores. El objetivo siempre el mismo, mi teléfono celular. ¡Vaya rollo! Ni que el aparato ese hubiera sido el de última tecnología o del modelo más exclusivo que haya en el mercado de telefonía móvil; pues apenas me costó cuatrocientos soles en aquel tiempo cuando lo compre.

El primer intento ocurrió hace ya algún tiempo atrás. No era el mismo celular, recuerdo era un Sony Ericson color celeste y pantalla a colores.

Era domingo y estaba sentado en una de las bancas que están frente a la pista a lo largo de la avenida Grau. Mataba el rato que faltaba para empezar mis labores en el cine local –mi anterior trabajo-. Para no marearme a causa de ver tanta luz amarilla de los autos que transitaban por el lugar en ese momento, saqué el aparato de mi bolsillo y elegí un juego para distraerme un rato. En cuánto ascendía de nivel, los minutos se hacían nada, un sujeto de muy mal aspecto se paró frente a mí y me dijo que le entregara el celular “a las buenas” si no deseaba pasarla mal.

Le respondí que no se lo iba a dar –algo atrevido de mi parte-. Quise mostrarle al hombre que no le temía, pero sobretodo transmitirle seguridad en mis palabras y actitud. El rostro del malhechor se desencajó y noté que introducía su grotesca mano en uno de los sucios bolsillos del pantalón que llevaba puesto –lo más probable es que había decidido sacar el verduguillo que llevaba-.

Decido dejar de ver su rostro y miro hacia un lado y noto que se acercaba una familia. Así que decidí rápidamente acoplarme a ese grupo de personas. Le comenté al ladronzuelo que ya llegaba mi familia y sólo atiné a decirle chau.

La segunda vez ocurrió cuando salía de una discoteca, a la cual había ido junto a unos compañeros del curso. En aquella oportunidad el atraco fue mientras esperaba pasara un taxi que me cobrara menos de los que estaban estacionados a las afueras del local. Estaba acompañado de un amigo. Cansados de esperar de pie nos sentamos en la acera, charlabamos mientras esperamos que pasara un vehiculo por ahí.

Ambos notamos que tres muchachos subidos en una moto lineal transitaron muy cerca a nosotros. Nosotros seguimos conversando hasta que en el momento menos esperado dos de los tres muchachos toman por el cuello a mi amigo y le piden que entregara todo lo que tenia. Aunque el forzajeó con los dos le terminaron quitando el celular y la billetera. Luego, seguía yo, uno de los dos tipos se me acerca y con pistola en mano me pide le entregase lo que llevaba -mi celular y sencillera, cosas que no pensaba darle-. Retrocedo poco a poco, el me sigue apuntando con la pistola la cara y yo le repito una y mil veces que no tenia nada.

Aquella vez esos mismo ladrones cuadraron a uno de mis primos con su esposa queienes salian del festejo de un matrimonio.

Ahora, apenas dos días, llegué de Talara y mientras esperaba tomar un taxi, decidí sacar mi celular del bolsillo en donde lo llevaba. Lo desbloqueo y empiezo a meterme en el reloj y ¡zaz! una mano morena y algo velluda me arracha el aparato de las manos y con la fuerza me tumba al suelo, sentado en la acera sólo atiné a coger fuerte mi mochila para que no se la llevaran, pues ahi llevaba una laptop.

Esta vez se llevaron mi celular, y con el toda la información de los contactos que me suelen dar informacion y entrevistas para realizar mis reportes… realmente a la tercera fue la vencida!

Jaén de Bramacoros III

Durante nuestra estadía, sobretodo por las tardes.noches, nos sentábamos en una banca de la Plaza de Armas de la ciudad a esperar que el tiempo pasase a través de las palabras que aparecían en cada una de nuestras conversaciones.

Las dos noches, antes de ir a dormir, que estuvimos ahí ocurrieron casi muy parecidas. En una lo mejor fue que mientras esperábamos a que nos trajeran nuestra cena, pasó una procesión de no más de veinte personas con la imagen de una Virgen; en la siguiente pasaría una procesión de alumnos con artorchas en mano -parecía era el aniversario del colegio más popular de la zona porque inclusive estaban alzando un pequeño escenario muy cerca del palacio municipal-.

Continuará…


Lo que fue el martes 13

El día de ayer martes, que cayó día 13, quizá por eso es que amaneció gris y con el mi estado anímico -pero eso no es novedad por estos días- La cosa es que se mantuvo así durante las horas de la mañana, del mediodía y la tarde -aunque por ratos se asomaban timidamente los rayos solares, no fueron suficientes para calentar el tiempo.

Hace séis horas que ha empezado a llover: es una lluvia de gotas ligeras pero persistentes ¡Con lo que me gusta la lluvia! No hay mejor espectáculo que el ver callar a la ciudad ante el baño repentino que recibe desde el cielo. No algo más relajante que oir el encuentro de las millones de gotas con el suelo, con los tejados y con las hojas de los árboles. Y no hay algo mejor que el entrar en un éxtasis al percibir el aroma de la tierra a “tierra húmeda”. Por todo lo mencionado antes es que provoca en mi un disfrutar por cada minuto que transcurre junto a cada gota que se escapa de las nubes. ¡No dude en darme mi paseito por las calles húmedas cercanas a mi casas!.

No tengo idea de la hora en que dejó de llorar el cielo, pero sí sé en qué momento dejé de estar triste -y fue cuando me quedé dormido oyendo lejos las gotas descender.

Hoy el día siguió nublado por la mañana, hace algunos minutos ha salido el sol en todo su esplendor (son las 17: 30hrs) y como broche de oro para poner fin a un día lluvioso ha aparecido el arco iris -aunque desde donde está mi casa no se le puede observar, en la parte alta de la ciudad si que se debe ver ese fenómeno natural que asombrosamente hipnotiza al gusto humano-.

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Ayer por la tarde estuve conversando un rato con una compañera de clase de la Universidad en la que estudio. Se llama “Amalia”, ella es madre de un pequeño de cinco años, como tal nadie le gana en travesuras e inoportunidades, pero por ser niño es perdonable. Curiosamente y, felizmente, de manera equivocada siempre creí que yo le gustaba y temía desilusionarla al confesarle algo de mi que no siento miedo, ni verguenza, en responder si me lo preguntásen pero por ser discreto -más porque considero que no todo el mundo merece la pena que lo sepa- es que no ando pregonándolo por ahí.

Lo que le falta de belleza física lo tiene en belleza interior. No puede haber sido recompensada con gracia y rasgos faciales atractivos, pero si ha sido recompensada por el Ser Creador del universo en llevar dentro de sí la sinceridad, la discresión y la picardía que lleva todo piurano.

Lo cierto es que con Amalia he conversado muy esporadicamente (sobretodo en persona) pero esas veces han sido muy extensas -podría decir que la consideraría “amiga”- . Por eso me atreví a preguntarle si tenía algún concepto de mi. A lo que me respondió que si -lo que dudé… bastante!… para ser sincero-.

-“Eres un chico introvertido en ocasiones. Inteligente y directo, pues dices las cosas cuando algo no te gusta…. Pero además no sólo lo dices sino que lo demuestras con gestos o “actitudes”… Y algo que no me gusta de ti es que huyes” – me dijo-

-¿Huyo? -le pregunté-

Sí… cuando el momento o alguna pregunta no te agrada pues dices que te vas a comprar a la cafetería o que necesitas recoger un libro a la biblio… en otras palabras buscas alguna excusa para irte…”

Fin de año con Pavarotti

Hola de nuevo.

Después de haber decidido tomarme unos días de “descanso mental”, estoy aquí nuevamente para escribir en este espacio muy mio y  que me ha servido de catarsis, pues de esta manera he podido liberar mis pasiones, mi pensamiento, mi manera de ver el mundo…

Digo descanso mental porque no podía resistir más tantas ideas dentro de mi, y es que últimamente he estado pensando más de lo normal las cosas que me han estado sucediendo hasta el momento, que intenté no hacerlo más -a menos por esa noche de fin de año-.

Creanme que lo intenté, sí, intenté no pensar en nadie ni en nada; pero fue en vano pues mientras los demás se daban el abrazo y se deseaban lo mejor yo estaba muy pero muy dentro de mi y llegué a la única conclusión de que realmente yo no le puedo importar a ninguna persona que haya conocido por internet. Es verdad que soy de pocos amigos, es más no creo en la amistad, pero por un momento en mi vida llegué a creer que quizá alguien se pudiese interesar por mi de una manera transparente y leal, pero me da mucha pena el darme cuenta que eso es sólo producto de mi amistosa soledad.

Esta vez no quise enviar mensajes de texto a los celulares de Joseph, o de Genius o de Ale Am -que son las tres únicas personas que “demostraron” de alguna manera u otra que me llegaron a apreciar-.

De Joseph no se nada de nada desde que retornó a San Sebastián luego de sus vacaciones navideñas; fue esa menuda preocupación la que me llevó a enviarle un mensaje preguntándole si todo esta bien, y claro recibí otro de respuesta en el que me decía que todo va bien y que en estos días anda bastante ocupado, puede que sea verdad pero me late que por fin hizo lo que tanto estuvo a punto de hacer anteriores veces (desinstalar el mensajero del Yahoo de su computadora personal, algo que tal vez debería yo pensarlo y hacerlo). Por otro lado, lo último que supe de Genius es que tenía el auto en el mecánico y que recibiría este año con su familia -algo que me dió muchísimo gusto por el porque no hay nada mejor que estar con los padres, hermanos y sobrinos-. Y, por último, y no menos importante de Ale Am pues con el hable para Navidad y fue un buen regalo porque en realidad le aprecio como el buen amigo que es para mi, el siempre dispuesto a levantarme el ánimo, a evitar que yo me ahoge en mi mismo; el debe seguir aun en su país de origen… De ninguno de los tres recibí un saludo por el nuevo año, pero ¡en fin! ellos tienen sus vidas y me hace suponer que no hay “cabida” para mi -esto es algo que nunca me atreré a decirselos ni personal ni por el mensajero-.

cena1107Y, cambiando de tema, el fin de año para mi no es como la Navidad, para mi es un día más, que puede ser tan bueno o tan malo como mis días. Bueno, como les decía al principio, mi decisión de alejarme de todo lo que acarrea el estar en uso continuo de la tecnología -como la utilización de mi computadora portátil y a través de ella conectarme a mis cuentas de correo electrónico o al mensajero de hotmail o del yahoo- me tenía bastante ansioso porque no asimilaba la idea de no estar frente a la pantalla de la máquina. Pero he podido resistir al NO USO de la pc por cuatro días sin ningún minuto de tregua.

La última noche del viejo año estuve charlando con algunos familiares, que sólo puedo verlos cuando ocurren estas fiestas, luego la cena con mamá, papá, mi hermana y mi sobrinito, finalmente, llegó el momento de quemar al muñeco de trapo -llamado “San Paulino”- que respresenta el año que se va y a través de el se consumen entre las llamas ardientes todo lo malo que nos ha pasado como familia.

pavarotti_bono_zuccheroComo por estos días no hay televisión por cable en casa no me queda de otra que ver televisoras nacionales. Aquella noche encendí el televisor y me enganché con el concierto que organizara Pavarotti con otros cantantes el Mayo, 30 de 2003 en beneficio de la otrora campaña “SOS Iraq”; reunieron más de un millón de euros y se llevó a cabo en el parque Novi Sad de Modena.

Viendo ese concierto me amanecí y por algunos minutos pude “olvidar” la idea de conectarme a mi mensajero.