Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:

Interior de carro

La noche anterior dormimos sin tanto lío. Por mi parte, el calor se hizo nada, pues estaba demasiado cansado como para ‘quejarme’ de él. Y tan agotado había acabado el último día en Ciudad de Panamá que ni siquiera miré televisión antes de quedarme dormido. Eso sí antes de dormir, tanto Mr. Boss, como Joseph y yo , preparamos nuestros equipajes  

Amaneció y  desayunamos en el comedor del hotel. Pasadas las 9 de la mañana bajamos con las maletas, fuimos a la cochera y salimos rumbo a nuestro segundo punto de visita en el itinerario que había preparado meses antes Mr. Boss. El próximo destino era Gamboa, uno de los dos mejores lugares en los que estuvimos.  

Salimos de la capital panameña a través del Puente Centenario. No tardamos demasiado en llegar hasta el Gamboa. Durante el viaje, una que otra discusión entre Boss y la GPS. La música, que esta vez era la que yo tenía en la Mp3, sonó en todo el trayecto.

Llegamos al resort y un muchacho tomó las maletas y mochilas las puso en un portamaletas de bronce. Mis dos compañeros de viaje se apersonaron a la recepción del nuevo hotel y les informaron que la habitación que nos había tocado no estaría lista hasta las 14 horas. ¿Ahora qué hacemos? -nos preguntamos. 

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Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Camino a Portobelo

La salida de aquel primer paseo fuera de Ciudad de Panamá fue un tanto lioso, sobretodo porque el GPS no señalaba la ruta adecuada a seguir, pero ni bien Mr. Boss dominó el camino todo marcho sobre ruedas.

Durante el camino Joseph sugirió que podíamos oír la música que contenía el Mp3 que mi hermano me había prestado para no aburrirme durante las cinco horas que estaría suspendido en el aire rumbo a Panamá. “Debe tener música que solo le gusta a él. Mejor pon…” -dijo Boss. Silencio y seguimos.

La carretera a Portobelo tiene forma de serpentina, con subidas y bajadas, con curvas de derecha a izquierda y viceversa. Sin embargo, permite al viajero deleitarse con unos paisajes de ensueño (aún más cuando se aproxima a ese mar color esmeralda). 

Con la música de fondo y de vez en cuando una esporádica conversa de mi parte pasó el tiempo y cada vez más nos parecía que nuestro destino (Portobelo) no aparecía nunca. El momento me recordaba a las primeras vacaciones que compartí junto a ellos (allá por el 2010), pero esta vez habían muchas diferencias, por ejemplo, ya existía más confianza, el aprecio de ellos hacia mi y de mi para con los dos estaba aún más fortalecido y, bueno, ya no me parecía que discutían cuando hablaban entre sí.

Joseph había llevado la guía  de viaje y de cuando en cuando le daba un vistazo al mapa para ubicarnos en el rumbo: “Ya falta nada”, “vete por aquí”, entre otras frases se le podían oír. Yo tomé el libro algunas veces, y otras leía en voz alta lo que era muy posible que viéramos.