Moyobamba III -2da parte.

Reservados los Derechos de autor

Me tocó bajar de la camioneta y acercarme al señor ese que a simple vista parecía un guardabosque o un policía de estación. Luego, del saludo pertinente paso a preguntarle si ibamos en el camino correcto hacia la catarata Paccha -y es que la lechera que habíamos trasladado antes nos había dicho que debíamos llegar hasta una casita y ahí dejar el auto a cuidado de los residentes.

Voltié y dí la señal que esperaban Joseph y Boss. En pocos segundos el tremendo carro estaba estacionado frente a la casa y en las propias narices del emulador de guardián.

  • -¿Cuánto debemos pagarle por dejar el coche y para que lo cuide? -le preguntó Boss.
  • -Lo que sea su voluntad -respondió el lugareño.
  • -Vale ¿alguno de ustedes tiene “calderillos” (monedas de bajo valor)? -nos preguntó
  • -Yo tengo diez soles en sensillo -respondí.

– Saqué de uno de los bolsillos laterales de mi mochila una bolsita negra de terciopelo que suelo usar para guardar las monedas que me sobran de la semana. Eran parte de mis ahorros que había logrado. Pero en realidad tenía once mas no diez. Luego de sacar dos monedas de 50 centimos entregué todas las monedas, sin fijarme que Boss había sustraido un sol más. Sin más le entregamos todo al señor.

Aquel día había amanecido algo nublado. Para cuando nos encontrabamos en dirección a la catarata ya hacía un abrasador sol que calentaba hasta los huesos. Soplaba una suave brisa humeda. A cierta distancia se podía oir las aguas correr. Los silbidos pajariales se hacían cada vez más presentes. La sombra de los árboles alrededor nos daban auxilio del sofocante resplandor solar. Y nos guiaba un camino de piedras que se perdía en algunos tramos.

Poco antes de la mitad del trayecto nos llevamos menudo susto. Un incontrolable perro venía a paso de trote hacía nosotros; se hacía acompañar con un descalabrador ladrido. Yo ni siquiera voltié a verle, así que nunca me enteré de como había sido nuestro eventual atacante. Pero logré oir un ladrido más, al parecer de un perro mucho más tímido que el corajudo can.

En el poco tiempo que duró ese inesperado encuentro con el perro mi alma se salía de mi cuerpo, por momentos quería echarme a correr, quería detenerme, quería que el momento pasase sin ninguna novedad. Los segundos se hicieron minutos y éstos horas.

El ambiente se hacía cada vez más húmedo. Las sombras se hacían cada vez más prominentes. El camino se hacía cada vez más estrecho y resbalozo, sin dejar de mencionar que se tiñó de riesgo y vértigo. Y la caída de agua se hacía cada vez más sonora, sin duda nos acercábamos a la Paccha, esa que en las fotografías de las guías nos la presentan como espectacular.

A poca distancia del final de la travesía llegamos a un sitio en el cual no había algo en qué sostenerse sin perder el equilibrio ¡Vaya, en qué me he metido! Me acorbadé señores, pero Boss y Joseph me insistían a que siguiera y sin esperar tanto Boss me extendió la mano para darme seguridad y sólo así me animé a continuar con el andar.

No fue lo que esperabamos ver. Cada uno de nostotrsos tenía una idea distinta pero con una sola mirada: la de un visitante que cree en lo que las guías nos cuenta y muestra. Pero bueno, no estuvo tan mal, al menos pudimos sentir la naturaleza muy de cerca y tomarnos algunas fotografías o hacer algún video para retener el momento.

De regreso, pasamos nuevamente por aquellos ratos: el tramo sin seguridad y el ataque sorpresivo pero esperado por nosotros del perro campechano.

LLegamos hasta la portada del local de los Baños termales que según dicen son medicinales. Ninguno de mis dos compañeros les provocaba entrar y a mi tampoco -a ellos porque resaltarían entre tanta piel morena de los lugareños y yo porque estaba demasiado cansado y sin ánimo de remojarme entre tanta gente-.


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Moyobamba III

La noche anterior Mr. Boss había propuesto el itinerario para el día: ir hasta el orquidario del lugar Wakanki Center y la catarata Paccha. Vaya rutina que me tocó realizar.

No fue necesario despertarse temprano, pero, el sueño se me espantó minutos después de las cuatro de la madrugada. ¿La razón? ni yo mismo la sé. Así que no fue neceario que ni Joseph, ni Boss se acercara hasta mi habitación para despertarme -estoy seguro que esa nube de duda que tenía mi buen amigo Joseph respecto a mi responsabilidad se ha disipado ya-.

Tomamos el mismo desayuno de siempre, sólo Boss y yo cambiamos de fruta para el jugo de la mañana, y nos subimos al carro en dirección, primero, al orquidario, para luego seguir con la visita a la catarata Paccha, y si nos queda un poco de tiempo, entrar hasta los baños termales de la localidad.

Algo complicado fue el poder salir de la ciudad y tomar la carretera Belaúnde Terry. Pero bueno la experiencia en el uso de los mapas que tienen mis dos amigos ayudó mucho para tomar el camino que nos llevaría hacía nuestro primer destino. Asi fue que un letrero azul, de forma rectangular y con unas pequeñísimas letras nos avisaba que devíamos doblar a la derecha para poder ingresar al Wakanki Center.

Entramos al primer lugar que encontramos, con la duda de que sería o no el orquidario -y es que ningún letrero nos afirmaba que sería lo que andabamos buscando. Nos dió la bienvenida un inmenso verde jardín, de pura hierba sin más; a lo lejos se observaba una casa dividida en dos, frente a ella una mesa de madera con sombrilla de palmas secas y banquitos de algún tronco de árbol.

Un señor se nos acercó y después de los Buenos días de rigor nos pidió que esperemos un rato que iba en busca de la persona que sería nuestro guía por el jardín de  Orquideas. A los minutos una chica con un cachorro de perro color negro azabache descendió desde la falda del cerro que colinda con la casa que seguramente les alberga por las noches. Y luego de pagar lo que sería nuestra “entrada” empezó el paseo por el lugar.

Para ser una iniciativa privada no está nada mal. El sitio tiene un buen aspecto y teniendo en cuenta la opinión experta de Boss tiene una apreciada coleccion de Orquideas, algunas únicas de la zona.

De arriba a abajo, de izquierda a derecha y viceversa, esquivar algunas ramas de arbustos y el atravesar un puentecillo consistió el paseo por el orquidario. Todo tipo de Orquideas y el conocer un poco más de ellas, pero memorizarme cada nombre de ellas, realmente me ha sido bastante difícil.

Luego de firmar el libro de visitas nos volvimos a subir a la camioneta. Esta vez rumbo a la Paccha, aquella catarata que en muchas fotografías se ve tan impresionante que llega a interesar a cualquiera poder acceder hasta ella.

Camino hacia la cascada, una señora con un balde de leche nos pedía que le diéramos jale hasta un pueblo antes. Mr. Boss detuvo el carro y retrocedimos para que la lechera subiera. Su compañía nos duró cerca de diez minutos y en agradecimiento nos ofreció que pasáramos por su casa para regalarnos algun litro, o quizá menos, de leche.

Llegamos hasta una casa y un señor vestido como un hombre de seguridad nos dió la bienvenida…

CONTINUARÁ…

Moyobamba II

Desde el mirador se podía observar una especie de escuela a orillas del río Mayo. A los tres nos entró cierta por conocer el camino que nos podría llevar hasta el mismisimo río. No esperamos mucho y en menos de un cinco minutos ya estabamos siguiendo, primero, el acceso dentro de la ciudad y, después, la vía aquella que tanto queríamos seguir.

En esa tarde recorrimos un regular tramo, pero nos sirvió para enterarnos de los detalles pertinentes para realizar un paseo en lancha por las aguas del río Mayo. El horario era de las 15 a 17 horas. No era necesario pagar por persona, suficiente con dar un solo pago por viaje, que dependía de la distancia que queríamos recorrer. Y con ropa ligera y mucho repelente para espantar todos los molestosos mosquitos o cualquier otro bicho que osara en picarnos.

Ya en la piscina mi cuerpo empezó a experimentar un movimiento involuntario y muy difícil de controlar. Me temblaba de frío. Así que no estuve mucho tiempo metido en ella.

El día amaneció bastante bien. Subimos al comedor para desayunar: Mr. Boss unos bollos con mantequilla, café con leche y un zumo de naranja; Joseph, café sin o muy poca leche, algunos bollos con mermelada, jugo de papaya y ensalada de frutas; y yo, jugo de piña, ensalada de frutas (piña y plátano) y café con muchísima leche.

Por la mañana no hicimos mucho. Fue así que llegó la hora del almuerzo y tan pronto como acababamos nos dirigíamos hacia las habitaciones para arreglar todo lo que queríamos llevar al paseo por las aguas del Mayo.

Faltando media hora aún para las quince ya estabamos rumbo al río. Boss estacionó la todoterreno gris y descendimos. Se le acercó un señor, dueño de la lancha que nos condiciría por aquellas aguas.

Era una lancha pintada de blanca, unos asientos de madera del largo del ancho de la embarcación, con un techo que no cubría para nada del sol, y tonalidades de la bandera peruana por doquier, a través del suelo se podía ver el agua y el van ven de la danza que hacía con la corriente acuática desestabilizaba nuestro equilibrio.

A pesar de que no colmó nuestra espectativa, el paseo estuvo entretenido. Se pudieron ver algunas de las especies de aves que habitan en las riberas del río y las distintas plantas que cubren en determinados tramos las orillas de éste.

Toda una odisea se convertía el descender o subirse a la lancha. Personalmente deseaba ser un alcalde o presidente de la región para poder mejorar las condiciones del servicio que se presta en el lugar. Faltan muchas medidas de seguridad, como la ausencia de muelles adecuados o el uso de chalecos para flotar en caso de volcace la embarcación.

Me esforzaba mucho en calcular las distancias adecuadas para poder plantar mi pie y no dar un “mal paso” y resbalar por la loma que se debía subir y descender a la vez, o el pisar la madera ideal que estuviese totalmente segura.


Regresamos con pocas fuerzas al hotel, al menos de mi parte fue así. Me qeudé dormido más temprano que de costumbre  y tuve la oportunidad de oir una madrugadora lluvia y oír algunos ruídos característicos de la selva amazónica.

Moyobamba 1

A Moyobamba llegamos pasada las 13 horas, y es que demoramos un tanto en encontrar el hotel donde nos quedaríamos 3 días, si fueron tres los días que nos quedamos en aquel lugar por algo que más adelante contaré o quizá en otro post.

Previa parada al mediodía para almorzar un menú de 3 soles -sopa, milanesa de pollo o pescado frito y un jugo de maracuyá- bajamos del carro. La bienvenida me la dió personalmente un insecto que no llegué a conocer porque solo picó y desapareció.

Bajamos los equipajes, entramos a unas habitaciones que no eran las que había reservado Mr. Boss, pues tanto a ellos como a mi nos habían designado una habitación triple. Así que a los pocos minutos de instalarnos y a punto de desequipar la maleta tocan a mi puerta. Era Joseph para ver si me sentía cómodo o no.

De pronto suena nuevamente la puerta y era el botones para informarnos que se llevaría a cabo un cambio de habitaciones. Así que nos ubicaron esta vez en una doble para ellos y una simple, casi matrimonial para mi, pero con una puerta doble que separaba ambos cuartos.

Luego de acomodar toda la ropa en las cómodas salimos para el comedor del hotel. Yo, milanesa de pollo y un jugo de piña; Mr. Boss una cerveza , Doncella frita y papa a la huancaína; y Joseph, también papa a la huancaína, un zumo de naranja y pollo con ensalada.

Antes de empezar a comer, media hora de espera, nos tomamos unas fotografías sentados en el salón comedor. Los tres juntos, yo con Mr. Boss, yo con Joseph y los Guacamayos. Un buen momento para inmortalizar en una foto y, sobretodo, en nuestros recuerdos.

Reservados los Derechos de autor

Por la tarde de nuestra llegada y después de una siesta subimos a la camioneta y nos enrumbamos hacia el pueblo. Por el camino vimos un parque mirador, entramos y observamos parte del esplendor del río Mayo que baña la ribera oeste de Moyobamba.

Después de tomarnos algunas fotografías en aquel mirador Mr. Boss estacionó el carro a pocas cuadras de la plaza central y descendimos para caminar un poco. Sentarnos a charlar un rato en una de las bancas del parque fue bueno para conocernos aun mejor y ni qué decir de la compañia de Joseph, simplemente estupenda y Mr. Boss mas que entretenida.

Al caer la noche, entramos a un restaurante, “la olla de barro”, a dos cuadras del centro de la ciudad. Ellos “patarashca”y yo “arroz a la cubana”. Regresamos al hotel y me provocó meteerme un rato a la piscina, mientras que Joseph y Boss navegaban por la internet desde la portátil del segundo.