En trujillo ya

Llegamos antes del mediodía a Trujillo. Algunas calles estaban bloqueadas por trabajos de reconstrucción a las calles aledañas al centro de la ciudad. Una sensación de frío, mucho más congelante y medio húmedo, invadía mi interior.

A la propuesta de Mr. Boss -de acompañarles hasta la próxima parada- le di un no como respuesta, aunque por dentro deseaba acompañarles hasta Lima, pero una vez más fuí egoísta y pensé en mí. Deseaba y prefería mil veces ser yo el despedido a despedirles a esos dos compañeros de vacaciones que la vida me regaló con la fachada de amigos, amigos verdaderos -a pesar de que conocí primero a Joseph, creo que congenié de alguna manera con Boss, bueno, eso espero y que no sea sólo una especulación mía-. La despedida acechaba cuan hiena hambrienta de momentos carnosos de sentimientos y de acitudes.

Mr. aparcó la camioneta casi frente a la entrada del hotel. Joseph y yo bajamos y llevamos algunos equipajes hasta la recepción. Nos anotamos en el libro de hospedados -muy curioso me pidieron el pasaporte en vez del DNI-. Me enteré en ese momento que la habitación sería triple; ambos habían pensado que pasaría la noche con ellos.

Se acercó Boss y mencionó la ubicación de la cochera. Me tocaba ir por lo último: una plantita que me había acompañado desde que dejamos Moyobamba, mi Ipod y no sé qué más fue. Caminé hasta el lugar; metido estaba en ello y de pronto se aproxima Mr. a ver algo que sinceramente no recuerdo -aunque debo reconocer que se me cruzó la idea de que fue a verificar que yo no dejase las llaves dentro del auto-. Tomé las cosas y nos regresamos hasta el hotel.

Ya en la habitación el “loco closet” de Joseph había sacado algunas cosas y metido las maletas en el lugar que el hábilmente había seleccionado para cada una. Mi maleta quedó fuera, pues no era necesario que yo sacase alguna cosa.

Salimos a buscar un sitio donde almorzar. Anduvimos por algunas calles cuyo nombre recuerdo nada o poco. Elegimos un sitio con alguna decoración que simulaba ser campestre. Un restaurant dividido en dos -vaya a saber la razón de aquello-. De lenta atención para atender los pedidos de los comensales y repartición de las peticiones. Vaya rollo ese. Mientras almorzabamos salió el sol -algo inesperado en esos meses de invierno. Yo pedí un plato de cabrito deshuesado, Joseph y Boss el mismo plato más la cerveza.

La tarde caía de a pocos. Regresamos caminando hasta el hotel. Ya tenía la hora y el número de asiento en el que me tocaría viajar en la zona VIP de una conocida agencia de buses que brindan el servicio de traslado de Trujillo a Talara. Y era casi inevitable que pensara en lo que sucedería a las 10 de la noche de ese día.

Cajamarca. Iglesias, plazuelas y calles.

En un primer momento creí que la habitación contaba con aire acondicionado, miré alrededor y no encontraba el aparato y menos oía el sonido de éste. Y es que me parecía demasiado la sensación de frío que yo percibía  en ese momento. Con el o sin el debía descargar algunas cosas de la maleta.

Joseph no esperó demasiado para meterse de lleno en el closet que había en la habitación. Yo hacía casi lo mismo. Mr. boss, creo, observaba las guías de viaje.

Por ese entonces se me ocurrió mandar a lavar algunas prendas, sobretodo, los pantalones jean de color claro -eso porque son algo difíciles de quitarles las manchas y quería “ahorrarme” ese trabajito al llegar a casa-. Lo comenté a viva voz a mis dos compañeros de habitación y Joseph me recomendó que lo hiciera al bajar; palabras que entraron por mi oido derecho y salieron por el izquierdo.

Se reservan los Derechos de autor

Luego que cada quien eligiera la cama en la que le provocaba dormir los días que estaríamos en Cajamarca, salimos a andar por las calles, plazuelas e iglesias.

Definitivamente que los europeos prefieren el turismo vivencial, algo que no va con los latinoamericanos que solemos tener otros gustos y costumbres al momento de viajar. No es que la haya pasado mal, pero si que demandó casi casi un esfuerzo sobrehumano de mi parte.

Nos lanzamos al ruedo. De primera intención queríamos llegar hasta la Plaza de Armas de la ciudad, luego visitar, de ser posible, algunos museos, ver iglesias, descansar en sus plazuelas y recorrer sus calles.

Fue así que fuimos por una callejuela, salimos por otra; bajamos y volvimos a subir; una que otra foto; caminamos por una vereda y regresamos por la misma… todo eso en busca de la anhelada Plaza. Hasta que por fin, todo ese recorrido desembocó por la zona este, y con el sol a nuestras espaldas llegamos hasta el sitio en donde se reúnen la mayoría de cajamarquinos.

Y ese esfuerzo casi sobrehumano del que he hablado hace dos párrafos atrás se hizo presente en mi para cuando me tocó subir los infinatamente escalones, en el cerro de Santa Polonia, que conducen hasta la iglesia del mismo nombre. Más aún cuando decidimos subir hasta la “silla del inca”. Pero nada me hizo sentir más orgulloso que el demostrar al confeso e incredulo Joseph  mi resistencia humana, porque la sobrehumana en realidad no existe en mi. Sobretodo en los recorridos que nos esperarían por experimentar.

¿El paseo? agotador pero entretenido. A pesar de que no pudimos acercarnos lo necesario a la supuesta “silla del inca”, encontramos por ahi una muy parecida silla de piedra en la que casi obligadamente me hice una fotografía. Al descender compré algo para mis sobrinitos y se hacía ya la hora del almuerzo.

El lugar elegido fue el comedor de un hotel muy cercano a la Plaza central. Tres menúes y una cerveza fue nuestro pedido. El tiempo de espera se hizo letras, y éstas palabras en nuestros ansiosos paladares que se originaban en nuestros interiores y que trataban de ocultar el hambre que por dentro nos comía a grandes trozos.

Un lugar agradable, con una cálida y tenue iluminación amarillenta, con sillas y mesas de maderas oscuras, una barra de bar en el contiguo ambiente y un patio central muy típico de la época colonial peruana que albergaba una escalera y una que otra aislada mesa para comensales internos y visitantes, se hizo nada para cuando llegaron unos capitalinos, bulliciosos y “sacacasillas” a cualquier amante del silencio e intimidad de un apetitoso almuerzo serrano cajamarquino.

Al salir a Mr. Boss se le despertaron la ganas de visitar el cuarto de baño. Al cual no me provocó entrar. No sé, y a pesar de la descripción que él nos dijera primero, no pude, ni puedo imaginarmelo. Pero por lo que menciono faltaba poquito para miccionar como una mujer, es decir sentado. Sin embargo, Joseph lo haría medio inclinado, muy apegado a las paredes -no sé si realmente sentía las ganas de orinar o solamente entró por la curiosidad que despertaría en él lo dicho por Boss.

CONTINUARÁ…

Chachapoyas 1

Aún con el sentimiento de felicidad combinado con un estado de sorpresa inevitable y por ratos evidente para Joseph y Boss abandoné la habitación y salí junto a mis amigos a la fachada del hotel para subirnos a la camioneta y emprender la siguiente parada del itinerario que uno de los dos había realizado con alguna anticipación.

Hasta ese entonces no comenté a ninguno de mis dos amigos que había perdido por culpa de mi despistez crónica el monto de dinero que, como diría Joseph, mucho esfuerzo me había costado ahorrar.

Durante el trayecto pensaba y repensaba en dónde diablos se me habrían caído los billetes esos que me hacían falta por ese momento. Pero también tenía la ilusión de que estarían revueltos con la ropa  de la maleta.

Con una bajada en un pueblo que en este momento no recuerdo el nombre para almorzar llegamos a Chachapoyas. A pocos kilometros, desde la cuesta que asciende a la ciudad, se podía divisar el hospedaje que nos cobijaría en los dos días que nos quedamos en aquel frío pueblo, digo esto no sólo por el clima, sino también por su gente.

El hotel no estaba nada mal, habitaciones independientes y libres de cualquier ruído vecino que nos pueda incomodar o alterar nuestro respetado dormir. Con un ambiente campechano, un clima frio y seco y la poca agradable, para mi gusto, de dos enormes perros vigías el hospedaje en Chachapoyas nos dió la bienvenida.

Por la tarde de nuestra llegada salimos del hotel rumbo al centro del pueblo. Con una ligera llovizna invernal anduvimos por la plaza central. Fotografías iban y venían; un distinto ángulo y alguna sonrisa fingida por el frío atroz y sincera por la alegría de encontrarme al lado de mi mejor amigo Joseph y su pareja.

Regresamos a tiempo para cenar: cada quien pidió un platillo distinto, sólo recuerdo que en aquel instante me provocó un mate de coca. El tiempo de espera de los platillos se convirtió particularmente en una tembladera frivolenta.

Visita a la Fortaleza de Kuelap  –>     La combi esperaba ya muy temprano, todavía se presentaba en el cielo un temeroso sol oculto tras unas densas nuebes, para dirigirnos hacia Kuelap.

Vaya sorpresa que me llevé, pero, puedo decir que valió la pena todo esfuerzo que me demandó el andar por aquella zona agreste y desnivelada que me permitiría conocer lo que antaño fue una verdadera ciudad de la cultura Chachapoyas.

Entre subidas y bajadas se pasó el tiempo y el regresó a la ciudad estuvo más cerca de lo que el cielo parecía presentarnos en ese momento.

Para llegar a la fortaleza es necesario ascender caminando por un camino de piedra y un tanto resbalozo. De cuando en vez unas bancas de piedra y madera nos brinda la oportunidad de descansar para retomar fuerza y seguir con le ilusión de llegar al lugar.

A cada centímetro que se avanzaba Boss disfrutaba con explicar la especie y género de las distintas plantaciones que se pueden observar a lo largo del camino -realmente disfruté y aprendí a ver con otros ojos las plantas que hasta ese entonces las veía como parte del paisaje.

Disfrutar del paseo se hizo mas ameno y agradable con la presencia de mis dos amigos. La visita y el esfuerzo físico se hizo nada cuando se tiene la oportunidad de pasarla bien junto a dos personas que sobrepasaron mis espectativas de personalidad que yo había creado en mi mente y pensamiento un tantiton desconfiado.

Para cuando llegamos al hotel, yo no tenía fuerza alguna, ni siquiera para respirar. Así que me eche en la cama y me cubrí de pies a cabeza con el edredón para atenuar el frío que invadió mi cuerpecillo. Por su parte, Joseph y Boss, salieron para la plaza de Chachapoyas.

Reservados los Derechos de autor



Un día de aquellos

En un día de aquellos en que uno se propone a sí mismo no pensar tanto y dejarse llevar por la pasión de hacer algo prohibido; y la suerte, que muy timida ella, influye en nuestros pensares. ¿Realmente se llega hacer eso que una gruesa pared nubosa llamada conciencia nos impide realizar por no querer ensuciarse?

Había pasado un año de mi ruptura con la primera persona que me enseñó a ser hombre sin anestesia alguna, la que me demostró que no existe ese mundo ideal que nunca me pude imaginar y comprendía que el mundo era un lugar para soñar. Un horizonte que descubrí terminaba en tremendo abismo en el cual, a pesar de la oscuridad, pude ver que todo había sido verdaderamente un mundo ideal -mundo que existía sólo dentro de mi.  Y publican en la vitrina de mi facultad que habría un congreso de alumnos de la carrera que sigo.

Con letras grandes que llamaban a ser vistas desde lejos, con colores que caracterizan la carrera y el precio relativamente cómodo. Hasta ahi todo bien. Sigo leyendo y llego al lugar en dónde se llevaría a cabo dicha reunión de profesionales: la ciudad capital.

Regreso a casa con el dilema de que: si era posible viajar a Lima, a pesar de que no me gusta dicha ciudad, o si me quedaría para ponerme al día en los escritos de clase que me faltaban de tener. Toda una noche la idea reinó en mi cabeza. Y así, con una sopa de pro y contras, caí rendido a los brazos de ese dios del sueño llamado Morfeo.

viajar en bus Muchos de los compañeros, que irian a ese tan publicitado congreso, viajaron en avión para ahorrar tiempo y tener algo de libre para hacer las compras o visitar algun amigo que tenían por alla. Yo preferí comprar mi boleto en bus, pues hacía mucho que no iba a Lima y deseaba ver cada pueblo o ciudad que atraviesa la panamericana -además que no tenía pensado visitar a algún familiar por parte de mi papá que viven por alla y menos sentía ganas oilusión de comprarme algo nuevo.

El trayecto fue más de las catorce horas que normalmente suelen ser, llegué deshecho y con algunas horas disponibles para poder descansar un poco e irme directamente para el lugar donde se desarrolló dicho evento que hasta el momento no estaba enterado que era internacional-. y así ocurrió, me desperté con el tiempo en contra. Aun así me duché para desperazarme. Bajé casi volando y tomé un taxi.

  • A la Pontificie Universidad “Canónica” por favor –dije al taxista-
  • “Son 12 soles” -me dijo el regordete señor.
  • No importa, me hago tarde -respondí un tanto fastidiado por el abuso de cobrarme más.

CONTINUARÁ…


A los talareños

Talara – Granada – Andalucía – España.

ESCRITO UN 8 DE SEPTIEMBRE.


locationvalle_de_lecrinTalareños. Ya arrecia el frio. Ya la rinconada está cubierta de nieve. El viento de la sierra derriba con fuerza las hojas de los árboles y hace que las pellizas y los abrigos salgan de los armarios. Las naranjas colorean y el aire se enriquece con un apacible olor a chimenea y pestiños. Y lo más importante de todo, Isauro, mi amigo Isauro, empieza a dar vueltas por las calles de Talará. Todo esto anuncia algo maravilloso: ¡¡COMIENZAN LAS FIESTAS DE TALARA!! Fiestas que yo hoy tengo el honor de pregonar y que el que debería hacerlo por méritos propios es Isauro, el talareño más talareño que conozco.

Si algo caracteriza las fiestas de este nuestro pueblo es el frío. Ese frío intenso que se cuela por las orejas cuando todos los talareños y amigos de otros pueblos vamos por la noche en procesión detrás de nuestra Inmaculada y nuestro Santo Cristo del Zapato. Eso pasa porque Talará es un pueblo castizo. Fiel a sus orígenes y a sus tradiciones. Mientras otros muchos pueblos cambiaron sus fiestas al verano nosotros seguimos aquí en invierno, porque el día ocho de diciembre es el día de nuestra fiesta. El día de la Purísima y según cuentan los mayores del lugar, La Purísima quiso que continuaran en estas gélidas fechas porque una vez las cambiaron al verano y hay quien asegura que nevó. Por eso el día ocho de diciembre es el día más grande de Talará. Porque Talará es grande, muy grande, aunque cuando yo era chico sólo tuviera dos calles. Estaba la carretera y la otra calle. Calle la mitad de larga que la carretera a la que a la pobre nadie llamaba por su nombre: Calle Puentezuelas. Nunca me pregunté por qué todos la llamábamos la otra calle, hasta que con los años descubrí que en mi pueblo sólo había dos calles, porque las otras: calles de chite y Mondujar casi no eran calles por lo pequeñas que eran. Y los barrios de las Eras y de la Cañota, estaban lejos, bastante lejos. Eso era Talará, la Carretera y La otra calle. Calle que debería reivindicar su nombre popular como nombre oficial.


Tengo que confesar que a mí siempre me preocupó el origen de este nombre. Talará sonaba raro. Un poco a cachondeo. Un día cayó en mis manos el libro de D. Luis de Mármol Carvajal, Rebelión y castigo de los moriscos. Libro difícil de leer donde los haya. En el libro, este señor, cuenta en primera persona, porque participó en ella, la guerra de 1568 en la que los moriscos de la Alpujarra y del Valle de Lecrín se sublevaron por los reiterados incumplimientos de las capitulaciones por parte de los reyes de España. En este libro se describe con profundo detalle los lugares de los distintos escenarios de la guerra. Cual no fue mi sorpresa cuando en el capítulo XXXI pasa a describir el valle de Lecrín. Hace más de cuatrocientos años ya existían los mismos pueblos que hoy y con sus mismos nombres. Sólo uno había cambiado el nombre. Harat Halarabat. Para los cristianos que llegamos a estas tierras debía ser difícil pronunciarlo y lo hicimos más sencillo: TALARA.


talaraEstoy orgulloso de este pueblo y de este nombre. Hace tiempo, buscando cosas en internet, descubrí, ¡OOh sorpresa! Que hay una provincia en Perú con nuestro mismo nombre. La provincia de Talará. Provincia extensa y rica en petróleo, con playas al Pacífico, pero desconocedora de sus raíces. Hay que decirles a estos peruanos, porque creo que no lo saben, que el nombre de su provincia y de su ciudad significa Barrio Arabe. Y no sólo existe esta región con este nombre, existe también la ermita de Castilleja de Talhará. Bien es cierto que con h intercalada, pero Talará al fin y al cabo. Esta ermita es un monumento religioso fechada en el siglo XIV, que se encuentra en la localidad de Benacazón en la provincia de Sevilla, situada en el despoblado Castilleja de Talhara.

Como vemos nuestro nombre es importante. Un nombre que alguien con mucho orgullo llevó al otro lado del Atlántico para instaurarlo en tierras americanas y una ciudad, Talará del Perú, que cuenta como una de sus más importantes parroquias la de la Purísima. ¿Será casualidad?
Esta Purísima y este Santo Cristo del Zapato tan propios nuestros y tan queridos por los Talareños.


Pero no sólo los talareños queremos a la Purísima, también la Purísima quiere a los talareños y que a mí me conste más de un milagro ha obrado en su ayuda. Yo viví uno de esos milagros. Siendo yo un crío, muy crío, asistía como monaguillo al cura párroco de aquel tiempo, creo que se llamaba D. Antonio. Por entonces los fuegos artificiales se tiraban en la plaza. La virgen en la plaza, el cura y los monaguillos delante (yo incluso con el calderillo del agua bendita y vestido con mi sotana) los fuegos subiendo al cielo y la plaza a reventar de gente. En esto que un camión sin frenos aparece lanzado por la curva del ventorrillo Garví. El conductor al percibir que no había por donde pasar en la plaza se arrimó al lado derecho de la carretera empotrando el camión contra las casas y lo que podía haber sido una matanza, de este monaguillo incluido, sólo terminó en un susto. Aquel día todos pensamos que la virgen nos había librado y todos sin excepción dimos gracias a la Purísima.

La verdad es que aquellos eran otros tiempos. Tiempos tranquilos. Tiempos pobres, pero apacibles. El mundo iba más despacio. Apenas había coches y los que había iban muy lentos. No hace mucho mi cuñada Mari me leía una carta que le escribí desde Francia en la que le decía: me he subido en un coche que corre más de 120Km. Talará era Tranquila, como los tiempos. En aquella época la escuela estaba donde hoy tenemos el ayuntamiento y los niños jugábamos al futbol en la carretera, la única que había. Si se le ocurría aparecer a algún coche alguien gritaba: ¡que viene un coche!, retirábamos las piedras que servían de portería, el coche pasaba y nosotros seguíamos jugando. Recuerdo los personajes entrañables de entonces. Estaban allí. El tío de los helados, al que yo siempre pedía dos de dos reales hasta que me demostró, diciéndome tonto, que su contenido era menos que uno de peseta. El hombre de los garbanzos tostados, del que yo siempre pensaba que estaba mal de la cabeza, porque le dabas un tazón de garbanzos crudos y él te daba uno de tostados. No lo entendía. El de las tortas y bollos que traía unas cuñas de chocolate fantásticas y que nunca más he vuelto a probar tan buenas. Eran personajes del paisaje, pero luego estaban los personajes del pueblo. Personajes de toda la vida. Los primeros maestros que conocí: D. Jesús y Dª Aurora con los que muchos aprendimos los primeros números y las primeras letras. Personas queridas y que los días de la primera comunión preparaban las escuelas (había dos: la de los niños y la de las niñas) como nadie para que los niños vestidos de blanco como el armiño, pudieran celebrar su comunión comiendo un chocolate con bollos de aceite. Recordad como terminaba el traje después de esa chocolatada. Recuerdo a D. Enrique, el boticario, al que cuando llegó la televisión, todas las noches se le metía en el salón de su casa un zalabal de críos. ¡Qué paciencia tuvo, Dios mío!. Recuerdo a Pepe Sanchez, sobre todo por su nombre. ¿Quién no aprendió a nadar en la alberca de Pepe Sanchez?. Recuerdo a Pepico el del cine, que el hombre, cuando ya la película llevaba un rato, nos dejaba pasar a todos los críos que esperábamos en la puerta.
Eran tiempos pobres, pero precisamente por esa pobreza la fiesta se vivía con una gran intensidad. Las fiestas, cuando se podía, se preparaban con esmero. Se hacían las magdalenas, los pestiños y los roscos. Y el mejor gallo del corral tenía las horas contadas. Aunque no siempre se podía. Como cuenta mi tío Miguel algún año se tuvieron que suspender las fiestas y cuando los parientes, que vivían en la ciudad, llegaron para celebrar la fiesta, el abuelo les espetó: Donde vais, si no hay función. ¿Venís a comeros la inclusa santa y a echar al viejo de la cama? Afortunadamente los tiempos han cambiado. Nos hemos hecho ricos y la necesidad ya no obliga. Han cambiado muchas cosas, pero hay una que permanece y que es típica de estas tierras. Las fiestas no son cosa del Ayuntamiento. Las fiestas las prepara el pueblo. Son los mayordomos, agrupados por barrios, los que con su entrega y dedicación hacen posible año tras año que estas fiestas se celebren. Hubo un tiempo en que las fiestas estuvieron a punto de desaparecer. No había candidatos a mayordomos. Entonces, D. José, el párroco de Talará, decidió que cada año fuera un barrio distinto el que preparara las fiestas. Decisión acertada. Dicen que la competencia estimula el quehacer bien hecho y eso pasó con las fiestas. Cada barrio y cada calle competía con la del año anterior para ver quien lo hacía mejor. De esta forma, esta institución de los mayordomos funciona a la perfección.
Gracias mayordomos por vuestra entrega y dedicación. A los de este año y a los de todos los años. Entre todos hacéis posible que estas fiestas tan queridas continúen. Gracias por vuestra imaginación para conseguir el dinero que hace falta. Gracias por las horas que dedicáis a pedir. A preparar las rifas. A la venta de lotería. Gracias por esas chuletadas y esas gigantes paellas. Gracias por las cucañas y por las carreras de cintas. Gracias por las mayorettes, tan muertas de frío siempre. Por la música que nos despierta con sus pasos dobles y sus marchas matutinas. Gracias por la cantidad de cohetes que estallan en el cielo de Talará. Gracias mayordomos.
Y gracias a vosotros, mayordomos de este año, por pensar en mí para pregonar estas fiestas. Sin duda os digo, que ha sido una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida. Porque la más grande que he tenido es ser hijo de quien soy: Paco y Amalia. Las personas que más quiero junto con mis hijos.


Autoridades, mayordomos, TALAREÑOS: a disfrutad de las fiestas.
Viva La purísima.


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