Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Fuerte de San Jerónimo y la Aduana. Portobelo-Panamá.

Quizá no hubiera sido conveniente, en ese momento, visitar la isla -es lo que pienso ahora-, pero en el instante en que Mr. Boss decidió que no lo haríamos me sentí algo desilusionado, pues no quería alejarme de la costa sin antes pisar una.

Seguíamos, casi sin rumbo, recorriendo la carretera transítsmica en busca de un pedazo de playa. Durante el trayecto me enteré que en Portobelo tiene un santo moreno (muy parecido al Señor de Ayabaca de mi país), que había sido un puerto importantísimo en la época colonial y que, por desgracia, no se le presta la atención que necesita para lograr un desarrollo (en lo turístico).

“Por aquí se puede bajar (a la playa)” -dijo Boss. Ni a Joseph, ni a mi nos pareció tan apropiado. Avanzamos un poco más. Tanto que pasamos una especie de letrero que daba la bienvenida al pueblo. Retrocedimos. Ingresamos a las calles. Pasamos un colegio y encontramos, si bien no era tan perfecta, una entrada que permitiría no perder de vista al carro y poder darnos un champuzón en las aguas caribeñas -bueno que el chapuzón nos los daríamos Mr. Boss y yo-.

Palmeras muy cerquita al mar, arena blanca, un mar esmeralda… ¿Era el Caribe? Pues si, todo, absolutamente todo, era un paisaje de postal. La playa en la que estuvimos era de arena gruesa, una entrada hacia el mar algo accidentada (con huecos), el agua con una temperatura perfecta, un sol radiante, todo el sitio era para mi.

Luego de remojarme un poco en el mar me senté en la orilla a contemplar las olas y esa agua que con el pasar del rato se mezclaba con el cielo. Por su parte, Mr. Boss andaba por ahí haciendo fotografías. Y Joseph, que no se decidió a bañarse, grababa en vídeo la experiencia.

De ese pedazo de playa pasamos al Fuerte de San Jerónimo. Llegamos allí buscando un lugar donde comer. No hallamos un restaurante pero si un edificio que durante la Colonia era conocido (hasta hoy) como La Aduana, y es que era el punto adonde llegaba el oro desde Perú para ser trasladado luego a España. Hoy la casa se ha convertido en un museo de sitio en cuya entrada se puede observar un cañón de batalla.

Entramos a pedir información y después recorrimos la muralla. La fortaleza de San Jerónimo está mucho mejor conservado que la de Santiago. Además que es mucho más grande, ésta mantiene aún los cañones (aunque un poco oxidados) que en el pasado protegieron muy bien la ciudad de los piratas.

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Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Fortaleza de Santiago, Panamá.

Mr. Boss salió de la autopista y tomó el camino que nos llevaría directamente a Portobelo. Kilómetros más allá el paisaje cambio. Ahora ya se podría ver el mar, varias palmeras y algunas islas. Sin duda, estábamos ya en la costa atlántica de Ciudad de Panamá.

Según el libro-guía el primer atractivo que se podía visitar era la Fortaleza de Santiago -construcción que se puede recorrer en poco tiempo y está muy bien conservada, aunque un tanto descuidada en su interior, pues varias de sus paredes están grafitadas y personas las utilizan como baño; además, que arrojan desperdicios, tales como latas y papeles-.

Una vez que Boss estacionó el carro, pasamos de lo fresco que íbamos los tres dentro del vehículo al sofocante calor de la intemperie. Ya abajo se nos acercó un moreno, que nos ofrecía a pasar a un restaurante cercano para degustar algo y si nos animábamos a visitar una de las islas que estaban frente al lugar. 

Pese a que habían algunos automóviles más estacionados, éramos los únicos que recorrían en ese momento la edificación de piedra. Atravesamos un portal con marco redondeado, un letrero a la entrada nos brindaba la información necesaria (fechas y la función que cumplió en sus mejores épocas la fortaleza). El recorrido fue algo breve. Una especie de jardín abandonado se encontraba después del umbral. Subimos por una rampa, llegamos hasta los recuadros en donde se supone estuvieron colocados alguna vez cañones de batalla. Nos tomamos algunas fotografías para el recuerdo. Descendimos y dimos un paseo aún más breve por el interior.

Al poco rato empezamos a oír voces. Era una pareja con un taxista que hacía las veces de guía turístico. Tres personas que no sé, ni sabré si decidieron recorrer la Fortaleza de Santiago.