La tercera es la vencida

Cerca de seis horas han pasado desde mi llegada a Talara, mi ciudad natal, y poco más de un día de mi arribo a Perú,  tras uno de los viajes que jamás olvidaré en mi vida, tras 26 días de reunir recuerdos con Joseph y con Mr. Boss.

Todo comenzó en julio del 2012, dos años después de que los tres recorrieramos juntos la selva y sierra norte peruanas, cuando en una de las tantas charlas con Joseph este me propuso que los visitara en San Hilarión -España-, y como por entonces los peruanos todavía necesitábamos de visa para entrar a terfitorio europeo pues ello solo quedo en intenciones por ambas partes.

El segundo intento se daría en octubre del 2015, cuando me vi obligado a dejar de trabajar y Joseph y yo ya habíamos comentado de una posible llegada mía al país ibérico.  Así acordamos, con mucho temor por parte de Joseph, que mi vkaje seria en setiembre del 2016.

Mr. Boss se encargó de reservar el boleto. Joseph previamente me había preguntado una y mil veces si era dable que yo fuese. Una segunda carta de invitación llegó a mi casa y todo indicaba que viajaría,  más aun porque los peruanos ya no necesitábamos de una visa.

Un mes antes me llaman de mi anterior trabajo y me proponen regressr. No sin antes comentarle a Joseph decidi aceptar…

Los dos elegimos obligados que mayo de este año seria si o si el viaje. Una nueva aventura que contare enposteriores publicaciones.

Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

No demoramos mucho en encontrar el taxi y en poco tiempo ya estábamos en el cuarto de hotel. Lugar en donde tampoco tardamos, pues Mr. Boss solo debía cambiarse de calzado. Con las mismas salimos y continuamos con la travesía por Ciudad de Panamá.

Es así que luego de hacer la caminata cerca al mar en la avenida Balboa pasamos nuevamente para el lado de las edificaciones. Hasta ese momento yo no ponía en marcha mi retentiva de ubicación, aunque sí me había quedado con el edificio ubicado en el cruce de las avenidas Ecuador y Balboa. Era el Ann Sullivan. El mismo que sirvió para tomar el camino correcto para retornar al hospedaje.

Parque Urraca – Ciudad de Panamá.

En ese lugar me enteré que el plan de aquel día era visitar el canal de Panamá (que se postergó) y la Casco antiguo de la ciudad (Panamá vieja). Para eso debíamos esperar a un bus turístico que nos llevaría hasta esos lugares, y algunos lugares más.

Nos plantamos en una parte de la acera en donde había un letrero de parada de autobús. Nada. Pasaba el tiempo y no se asomaba ni uno solo. Mr. Boss se decidió a preguntar a algunas personas que se encontraban en la zona. Vimos que se aproxima un vehículo rojo, de dos niveles (la parte inferior cerrada con vidrios y con aire acondicionado, la parte superior al aire libre, asientos a la derecha e izquierda de a dos y cubiertos con un techo de calamina color amarilla. Presurosos nos dirigimos hasta el.

Era de la línea de buses turísticos que queríamos tomar pero no iba al destino que ya Mr. Boss había decidido. Iríamos primero al casco antiguo y luego al canal. Nos tocó esperar un tanto de tiempo más y por fin llegó el ómnibus que nos llevaría hasta allí.  Al subir nos entregaron un triplico con un mapa de los recorridos que sigue y unos audífonos (estos si nos dieron uno para uno de nosotros).

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en la Panamá vieja. Ahí veríamos por primera vez a Rosalva, una morena que trabajaba para la empresa de buses turísticos. No intercambiamos más que el precio, por su parte, y los billetes, por parte de nosotros. Nos entregó los tickets y con ellos los derechos a montarnos en el bus las veces que queramos por dos días, además de un recorrido nocturno que brindan (el cual no tomamos).

Catedral y plaza central del casco antiguo de Ciudad de Panamá.

Salimos de la frescura del aire acondicionado del interior del vehículo al sofocante calor panameño. Bien, así empezaba el recorrido por lo que alguna vez fue la capital. Las pistas en ese lugar son mucho más estrechas que la de la ciudad nueva de Panamá. En estos meses se encuentra en plenos trabajos de reconstrucción y mantenimiento de los edificios clásicos. Se puede recorrer sin mayores sobresaltos, hay restaurantes (un poco caros pero cuentan con los servicios necesarios). En el casco antiguo quedan muy pocos vecinos, según nos comentaron el sitio ya no está destinado para familias sino para que sea un atractivo turísticos (Hoteles, más restaurantes, entre otras cosas).

Caminamos por algunas manzanas, la mayoría de ellas sin habitar. No teníamos un camino fijo a seguir porque varios tramos estaban “cerrados” porque habían hombres trabajando en la renovación de los edificios. Conocimos la Plaza Francia, una especie de alameda con varios puestos de artesanos. Paseamos por el malecón en donde increíblemente se nos acercó un señor y acertó con nuestras nacionalidades (sobretodo con la de Joseph y Mr. Boss que ya se les había confundido con americanos). Al parecer este señor, un moreno alto que parecía trabajar en el lugar, tenía muchas ganas de recordarnos la historia, sobretodo de la relación entre las antiguas naciones (Perú, España y Panamá). Menudo rollo nos lanzó, así que muy cortésmente Joseph le dio fin -por lo menos hasta ese momento porque más adelante nos aparecería otra vez-.

Andando y andando nos llegó la hora del almuerzo. Yo un tanto nervioso porque hasta ese momento mi única cercanía con la gastronomía panameña había sido por fotografías en Internet y la verdad no me había convencido mucho. El encontrar un restaurante que se adecue a nosotros nos tomó cierto tiempo.  

Seguimos caminando, observando a la vez los letreros del “menú del día”.  De ese modo llegamos nuevamente hasta la plaza central…

¿Enamorado?

Sé que no es la primera vez que escribo algo referente a mis sentimientos. Supongo no será la última vez. Espero esta vez no equivocarme como en anteriores ocasiones, pese a que dicen que las cosas se aprenden a base de aquellas que no salieron tan bien como se desea.

La habitación en la que me encuentro está tan vacía como el sentimiento de ausencia que hoy por hoy tengo. El silencio grita dentro de mí que es hora de aclarar lo que siento hacia ese muchacho que hace poco más de un año conocí en una sala del chat que alguna vez tuvo el Yahoo para los usuarios.

Fue una tarde cuando lo conocí. Mi buen amigo Joseph no se había conectado y decidí sumergirme en aquel sistema de conversación a distancia. No recuerdo que nick tenía puesto en ese momento,tampoco recuerdo exactamente lo que platicamos, pero si estoy seguro que la conversación se prolongó hasta las 20 horas -mi tiempo-.

Durante ese tiempo hablamos de todo y de nada a la vez. No intercambiamos fotografías pero si correos electrónicos. Ninguno de los dos se atrevía a dar por terminada la sesión y el momento que nos tocó compartir para tener las primeras pinceladas el uno del otro.

Me atrevo a decir que ambos, después de cerrar cada quien la ventana de conversación, quedamos con la sensación de querer saber más del otro. Al menos puedo afirmar que de mi parte si. No sé pero desde aquella vez siento curiosidad por saber de él, con los meses siento la necesidad de enterarme qué hace o qué deja de hacer, y después de un año tengo las ganas de verle en persona y saber cómo es su piel, a qué huele y de saber qué podría suceder después de ese encuentro.

Tal vez esos deseos o necesidades que siento para con él son producto de mi soledad o de mi ligera mente que con tan poco se echa a volar cuan hoja en el otoño de la vida. También pienso que no me encuentro preparado todavía para empezar una nueva relación porque tengo heridas que aún no se han cerrado (ello a pesar de que ya no siento nada por mi anterior pareja), heridas tales como las que me dejaron alguna vez cuando fui rechazado y engañado -quizá inconscientemente- hace cuatro años atrás o más.

No puedo afirmar que estoy de nuevo enamorado o que Ariel sea el chico con el que formaré una familia y pasaré mis días hasta que realmente alguien tan fuerte como el ángel de la muerte nos pueda separar o  que él vendrá algún día o yo vaya a verle.

Si todo saliera como deseo y que Dios, pese a que tiene pedidos mucho más importantes que el mio, me lo permite, a principios del próximo año estaría yo aterrizando por tierras españolas. Tendré la oportunidad, aparte de volver a ver a mi Joseph añorado, de decidir si ver o no a Ariel. Por lo pronto él ha dicho que para esas fechas suele huir de aquel frío casi ártico que hace por esos meses y que es probable que viaje para su país; también es cierto que me ha dicho que haga todo lo que sea posible para viajar y que pasará por mi aunque sea para compartir una o dos horas. Y más claro, aunque cueste creerlo, mi viaje hacia ese lugar no es precisamente el poder conocerle en persona.

No creo estar enamorado de Ariel. Estoy seguro de ello. Pero si quiero compartir más de un momento a su lado…

A un sello de España

Este es uno de los temas que jamás se me hubiera ocurrido tratar, y es que nunca se me pasó por la mente la posibilidad de cruzar el charco. No hasta que Mr. Boss y Joseph me lo dijeran personalmente en su último viaje a Perú; y desde entonces tengo unas raras ganas de ir hasta España y visitarles -aunque debo confesar que siempre he querido recorrer los mismos lugares que ambos suelen visitar. 
El monte Ulia, el jardín donde labora Boss o algún castillo cercano... cualquiera de ellos pero en menor grado como el caminar por tierras de aquel pueblito que no aparece en mapa alguno y que lleva el mismo nombre de la ciudad donde nací y he pasado gran parte de mi vida, Talara.
No importa la razón que me mueve a ir, lo importante es que la embajada española en Lima acceda a darme la visa que necesito para tomar el avión y hacer la travesía de no sé cuántas horas de distancia separan los dos países. 
Lo importante también es que yo pueda viajar hasta la capital para acercarme a la sede de España en Perú para hacer que me sellen uno de los documentos que son requisitos indispensables para tramitar la invitación que muy gentilmente mis amigos me harán.
No sé si llegue a cruzar el Atlántico, no sé si llegue algún día a visitar el lugar donde vive uno de mis mejores amigos, por no decir el único que tengo y creo que tendré...

Hasta siempre Genius

Después de muchos días me he vuelto a conectar con este mi blog. En este momento tengo una terrible jaqueca, y es que no he podido dormir como es debido, y no porque me haya ido a dormir pasadas las tres de la mañana.

En los últimos tres días llevo conectándome por las mañanas a mis mensajeros -de Yahoo y de Hotmail- para conversar por alguno de los dos con mi amigo Joseph. Bueno, hoy, mientras charlaba con Joseph, entre a mi correo electrónico para ver que mensajes tenía pendientes de revisar. Grande fue mi sorpresa al ver que Genius había comentado algunas fotos de un tal José Luis; dichos comentarios no tenían nada de extreordinario, lo que si me sorprendió y me confirmó es que Genius estuvo el año pasado por Perú -comenté esto en uno de mis post pasados- y muy bien acompañado.

Al parecer no le interesé lo suficiente a Genius como para que él decidiera nos conozciéramos. Todo esto me pone mal, pero creo que no merece la pena que yo ande así. La era de Genius acaba de terminar, y no ha sido decisión mía, estoy seguro que no volveré a chatear, ni hablar con él…. muchísimas gracias Genius por devolverme en parte la ilusión de vivir.

A los talareños

Talara – Granada – Andalucía – España.

ESCRITO UN 8 DE SEPTIEMBRE.


locationvalle_de_lecrinTalareños. Ya arrecia el frio. Ya la rinconada está cubierta de nieve. El viento de la sierra derriba con fuerza las hojas de los árboles y hace que las pellizas y los abrigos salgan de los armarios. Las naranjas colorean y el aire se enriquece con un apacible olor a chimenea y pestiños. Y lo más importante de todo, Isauro, mi amigo Isauro, empieza a dar vueltas por las calles de Talará. Todo esto anuncia algo maravilloso: ¡¡COMIENZAN LAS FIESTAS DE TALARA!! Fiestas que yo hoy tengo el honor de pregonar y que el que debería hacerlo por méritos propios es Isauro, el talareño más talareño que conozco.

Si algo caracteriza las fiestas de este nuestro pueblo es el frío. Ese frío intenso que se cuela por las orejas cuando todos los talareños y amigos de otros pueblos vamos por la noche en procesión detrás de nuestra Inmaculada y nuestro Santo Cristo del Zapato. Eso pasa porque Talará es un pueblo castizo. Fiel a sus orígenes y a sus tradiciones. Mientras otros muchos pueblos cambiaron sus fiestas al verano nosotros seguimos aquí en invierno, porque el día ocho de diciembre es el día de nuestra fiesta. El día de la Purísima y según cuentan los mayores del lugar, La Purísima quiso que continuaran en estas gélidas fechas porque una vez las cambiaron al verano y hay quien asegura que nevó. Por eso el día ocho de diciembre es el día más grande de Talará. Porque Talará es grande, muy grande, aunque cuando yo era chico sólo tuviera dos calles. Estaba la carretera y la otra calle. Calle la mitad de larga que la carretera a la que a la pobre nadie llamaba por su nombre: Calle Puentezuelas. Nunca me pregunté por qué todos la llamábamos la otra calle, hasta que con los años descubrí que en mi pueblo sólo había dos calles, porque las otras: calles de chite y Mondujar casi no eran calles por lo pequeñas que eran. Y los barrios de las Eras y de la Cañota, estaban lejos, bastante lejos. Eso era Talará, la Carretera y La otra calle. Calle que debería reivindicar su nombre popular como nombre oficial.


Tengo que confesar que a mí siempre me preocupó el origen de este nombre. Talará sonaba raro. Un poco a cachondeo. Un día cayó en mis manos el libro de D. Luis de Mármol Carvajal, Rebelión y castigo de los moriscos. Libro difícil de leer donde los haya. En el libro, este señor, cuenta en primera persona, porque participó en ella, la guerra de 1568 en la que los moriscos de la Alpujarra y del Valle de Lecrín se sublevaron por los reiterados incumplimientos de las capitulaciones por parte de los reyes de España. En este libro se describe con profundo detalle los lugares de los distintos escenarios de la guerra. Cual no fue mi sorpresa cuando en el capítulo XXXI pasa a describir el valle de Lecrín. Hace más de cuatrocientos años ya existían los mismos pueblos que hoy y con sus mismos nombres. Sólo uno había cambiado el nombre. Harat Halarabat. Para los cristianos que llegamos a estas tierras debía ser difícil pronunciarlo y lo hicimos más sencillo: TALARA.


talaraEstoy orgulloso de este pueblo y de este nombre. Hace tiempo, buscando cosas en internet, descubrí, ¡OOh sorpresa! Que hay una provincia en Perú con nuestro mismo nombre. La provincia de Talará. Provincia extensa y rica en petróleo, con playas al Pacífico, pero desconocedora de sus raíces. Hay que decirles a estos peruanos, porque creo que no lo saben, que el nombre de su provincia y de su ciudad significa Barrio Arabe. Y no sólo existe esta región con este nombre, existe también la ermita de Castilleja de Talhará. Bien es cierto que con h intercalada, pero Talará al fin y al cabo. Esta ermita es un monumento religioso fechada en el siglo XIV, que se encuentra en la localidad de Benacazón en la provincia de Sevilla, situada en el despoblado Castilleja de Talhara.

Como vemos nuestro nombre es importante. Un nombre que alguien con mucho orgullo llevó al otro lado del Atlántico para instaurarlo en tierras americanas y una ciudad, Talará del Perú, que cuenta como una de sus más importantes parroquias la de la Purísima. ¿Será casualidad?
Esta Purísima y este Santo Cristo del Zapato tan propios nuestros y tan queridos por los Talareños.


Pero no sólo los talareños queremos a la Purísima, también la Purísima quiere a los talareños y que a mí me conste más de un milagro ha obrado en su ayuda. Yo viví uno de esos milagros. Siendo yo un crío, muy crío, asistía como monaguillo al cura párroco de aquel tiempo, creo que se llamaba D. Antonio. Por entonces los fuegos artificiales se tiraban en la plaza. La virgen en la plaza, el cura y los monaguillos delante (yo incluso con el calderillo del agua bendita y vestido con mi sotana) los fuegos subiendo al cielo y la plaza a reventar de gente. En esto que un camión sin frenos aparece lanzado por la curva del ventorrillo Garví. El conductor al percibir que no había por donde pasar en la plaza se arrimó al lado derecho de la carretera empotrando el camión contra las casas y lo que podía haber sido una matanza, de este monaguillo incluido, sólo terminó en un susto. Aquel día todos pensamos que la virgen nos había librado y todos sin excepción dimos gracias a la Purísima.

La verdad es que aquellos eran otros tiempos. Tiempos tranquilos. Tiempos pobres, pero apacibles. El mundo iba más despacio. Apenas había coches y los que había iban muy lentos. No hace mucho mi cuñada Mari me leía una carta que le escribí desde Francia en la que le decía: me he subido en un coche que corre más de 120Km. Talará era Tranquila, como los tiempos. En aquella época la escuela estaba donde hoy tenemos el ayuntamiento y los niños jugábamos al futbol en la carretera, la única que había. Si se le ocurría aparecer a algún coche alguien gritaba: ¡que viene un coche!, retirábamos las piedras que servían de portería, el coche pasaba y nosotros seguíamos jugando. Recuerdo los personajes entrañables de entonces. Estaban allí. El tío de los helados, al que yo siempre pedía dos de dos reales hasta que me demostró, diciéndome tonto, que su contenido era menos que uno de peseta. El hombre de los garbanzos tostados, del que yo siempre pensaba que estaba mal de la cabeza, porque le dabas un tazón de garbanzos crudos y él te daba uno de tostados. No lo entendía. El de las tortas y bollos que traía unas cuñas de chocolate fantásticas y que nunca más he vuelto a probar tan buenas. Eran personajes del paisaje, pero luego estaban los personajes del pueblo. Personajes de toda la vida. Los primeros maestros que conocí: D. Jesús y Dª Aurora con los que muchos aprendimos los primeros números y las primeras letras. Personas queridas y que los días de la primera comunión preparaban las escuelas (había dos: la de los niños y la de las niñas) como nadie para que los niños vestidos de blanco como el armiño, pudieran celebrar su comunión comiendo un chocolate con bollos de aceite. Recordad como terminaba el traje después de esa chocolatada. Recuerdo a D. Enrique, el boticario, al que cuando llegó la televisión, todas las noches se le metía en el salón de su casa un zalabal de críos. ¡Qué paciencia tuvo, Dios mío!. Recuerdo a Pepe Sanchez, sobre todo por su nombre. ¿Quién no aprendió a nadar en la alberca de Pepe Sanchez?. Recuerdo a Pepico el del cine, que el hombre, cuando ya la película llevaba un rato, nos dejaba pasar a todos los críos que esperábamos en la puerta.
Eran tiempos pobres, pero precisamente por esa pobreza la fiesta se vivía con una gran intensidad. Las fiestas, cuando se podía, se preparaban con esmero. Se hacían las magdalenas, los pestiños y los roscos. Y el mejor gallo del corral tenía las horas contadas. Aunque no siempre se podía. Como cuenta mi tío Miguel algún año se tuvieron que suspender las fiestas y cuando los parientes, que vivían en la ciudad, llegaron para celebrar la fiesta, el abuelo les espetó: Donde vais, si no hay función. ¿Venís a comeros la inclusa santa y a echar al viejo de la cama? Afortunadamente los tiempos han cambiado. Nos hemos hecho ricos y la necesidad ya no obliga. Han cambiado muchas cosas, pero hay una que permanece y que es típica de estas tierras. Las fiestas no son cosa del Ayuntamiento. Las fiestas las prepara el pueblo. Son los mayordomos, agrupados por barrios, los que con su entrega y dedicación hacen posible año tras año que estas fiestas se celebren. Hubo un tiempo en que las fiestas estuvieron a punto de desaparecer. No había candidatos a mayordomos. Entonces, D. José, el párroco de Talará, decidió que cada año fuera un barrio distinto el que preparara las fiestas. Decisión acertada. Dicen que la competencia estimula el quehacer bien hecho y eso pasó con las fiestas. Cada barrio y cada calle competía con la del año anterior para ver quien lo hacía mejor. De esta forma, esta institución de los mayordomos funciona a la perfección.
Gracias mayordomos por vuestra entrega y dedicación. A los de este año y a los de todos los años. Entre todos hacéis posible que estas fiestas tan queridas continúen. Gracias por vuestra imaginación para conseguir el dinero que hace falta. Gracias por las horas que dedicáis a pedir. A preparar las rifas. A la venta de lotería. Gracias por esas chuletadas y esas gigantes paellas. Gracias por las cucañas y por las carreras de cintas. Gracias por las mayorettes, tan muertas de frío siempre. Por la música que nos despierta con sus pasos dobles y sus marchas matutinas. Gracias por la cantidad de cohetes que estallan en el cielo de Talará. Gracias mayordomos.
Y gracias a vosotros, mayordomos de este año, por pensar en mí para pregonar estas fiestas. Sin duda os digo, que ha sido una de las mayores satisfacciones que he tenido en mi vida. Porque la más grande que he tenido es ser hijo de quien soy: Paco y Amalia. Las personas que más quiero junto con mis hijos.


Autoridades, mayordomos, TALAREÑOS: a disfrutad de las fiestas.
Viva La purísima.


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