Te pido disculpas

¡Vaya! Seis meses han pasado desde la última vez que me senté frente a la pantalla de este computador, e ingresé a este mi blog a escribir unas líneas más en el diario de mi último viaje al extranjero: Panamá.

Hoy no escribiré un capítulo más de esa colección de recuerdos convertidos en letras, en esta oportunidad pediré disculpas, si una vez más, a mi incondicional Joseph, pues siento que de un tiempo a este he descuidado nuestra amistad y no le he dado la importancia que bien sabe él tiene para mi.

Recuerdo las veces en que era yo quien le pedía se quedara más tiempo conectado del que podía, y él queriendo o no lo hacía. Ahora siento yo que no le correspondo a esa atención que tuvo, y que aún tiene hacia mi, y estoy seguro que tendrá. Por eso quiero pedirte me disculpes amigo mio.

Hoy, sin duda, hablaremos un rato. Espero ser lo suficientemente atractivo y entretenido como para lograr que te digas a ti mismo que valió la pena esperar casi una semana para charlar nuevamente como aquiellos tiempos.

Joseph sabes lo mucho que te quiero y aprecio todo lo que has hecho por mi.

otras-flores

El Valle de Antón: Cerro Gaital, la ‘India dormida’ y un hotel curioso

Sexto día:

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Llegamos a El Valle de Antón a la hora del almuerzo. 

En pleno sol de mediodía, y pese a que Boss siempre andaba tan pendiente, pasamos el hotel sin percatarnos.

-Espera -dijo Joseph- Creo que ya pasamos el hospedaje.

Mr. Boss frenó el carro y manejó nuevamente hasta el local.

Bajó. Entró a una tienda a preguntar y regresó a avisar que ya debíamos bajar.

Para llegar a la recepción debíamos entrar por un pasaje que conducía a lo que era la cochera. Luego del registro, subimos hasta la habitación designada. Si antes nos había sobrado espacio, ahora nos faltaba. Cada quien eligió su cama y nos vestimos para bajar a almorzar.

Gran sorpresa me llevé en el comedor… Encontrar platos peruanos en la carta del restaurante realmente fue grato. 

El Valle de Antón: Cerro Gaital, la ‘India dormida’ y un hotel curioso

SEXTO DÍA:

El Valle de Antón, Panamá

Nuestro siguiente destino era El Valle de Antón, que según la guía turística de Joseph, es un antiguo cráter de volcán. El pueblo no es tan extenso, lo divide una carretera (que lleva el nombre de Avenida Principal). Existe una marcada diferencia entre los grandes afincados (dueños de casas muy bonitas) y los pobladores oriundos (de ropas sencillas), pero también hay un grupo de personas que bien se podría considerar que están en el medio.

El  tiempo para llegar a El Valle fue poco más de dos horas, pues hicimos una parada -no sé si a mitad de la ruta-.

Luego de guardar nuestros equipajes en el automóvil, y previa vista al aparato GPS, Boss arrancó. Fueron buenos los comentarios que hicimos de nuestra estadía en el Gamboa, y es que no estuvo tan mal pasar poco menos de un día en ese hotel.  

Entre charla y música de fondo, sin que nos diéramos cuenta, el panorama cambió. Fue así que, a cuanto más avanzáramos atrás se quedaba ese paisaje verdoso de costa, del cual habíamos disfrutado, para dar lugar a otro con aroma a sierra panameña. No mejor, ni peor, simplemente distinto.  

Esa pausa, de la que no estoy tan seguro fuera a mitad de camino, fue en un mirador. Un sitio que permite tener una espectacular vista de la naturaleza centroamericana y al que descendimos luego de que Boss estacionara el carro. Bajamos y  tuvimos que subir por una escalera hasta la cima. La ubicación estratégica nos permitió deleitarnos con lo observado y a animarnos a inmortalizar el momento con unas fotografías.

Gamboa: Parque y Mi Pueblito

CUARTO/QUINTO DÍA:

“Mi pueblito” – Ciudad de Panamá.

En el Gamboa solo estuvimos un día. Así que los tres saldríamos muy temprano en la mañana para nuestro siguiente destino. Las maletas ya estaban hechas, solo quedaba desayunar y realizar en Check out en la recepción del hotel.

El poco tiempo de vacaciones en Panamá con Joseph y Mr. Boss se había caracterizado, principalmente, por tener que despertar poco más de las seis de la mañana. Ello no se hizo tan pesado para mí, pues apenas llevaba poco más de tres meses que había dejado de levantarme a esa hora para acudir a la universidad.  

La noche anterior había dormido yo como en las nubes. Eso era fácil de “descubrir”, ya que no había dado tantas vueltas en la cama y porque ésta no presentaba las sábanas tan revueltas (estaba, pues, como si nadie hubiera dormido allí). El lecho era de medida King y a la altura perfecta para mi gusto. Lo mejor era que estaba muy pegada a la pared… Eso, ¡me encanta!

Después del desayuno, ya tenía dos vasitos yogures. Uno de piña y otro de fresa. En realidad hubiera tenido tres, sino hubiera sido porque uno de mis dos compañeros me repetía: “Que se va a dañar ese yogur”, “No pensarás llevártelo para Perú”, etc, etc.  Y, bueno, razón no le faltaba jeje.

Aún no pretendíamos salir rumbo para el próximo punto del itinerario. Salimos de la habitación para dar un paseo por los alrededores del Gamboa. Tomamos las cámaras fotográficas y empezamos con la caminata.

El primer lugar adonde llegamos fue un pequeño muelle, propiedad del hotel, desde donde parten las lanchas que hacen el recorrido por las aguas de un río. Paseo destinado para aquellas personas que gustan de ver aves. Nos hicimos algunas fotos. Pasamos por un local cerrado en donde lo más resaltante de la decoración era un cocodrilo. Anduvimos un poco más y llegamos hasta un conjunto de casas, de estilo de arquitectura norteamericano; de vivos colores; algunas ocupadas, otras parecían estar vacías; y cada cual más bonita que la otra. Finalmente, volvimos.

Ahora tocaba pagar la estadía y el consumo. Mientras Joseph y Boss se encargaban de ello, yo estaba sentado en el hall. Tardaron tanto que me dio tiempo de recordar nuestra visita a un centro para visitantes.

El sitio es conocido como Mi pueblito. Un proyecto que intenta enseñar cómo era la vida en la Panamá colonial, en la Panamá “yankie”, y en la Panamá oriunda. Personalmente me agrado conocerlo. La primera parada la hicimos en la Panamá colonial, muy bien representada en réplicas de los sitios más característicos de la ciudad de aquel entonces. Es así que se puede visitar la escuelita, el telégrafo, una casa, una capilla, entre otras. Cada cual con su decoración propia. No lleva mucho tiempo recorrer todo el área. Después pasamos a la Panamá “Yankie”, compuesta por casonas de dos niveles, con su decorado más fiel; casas en donde solían vivir los norteamericanos que llegaron al país para laborar en la construcción del Canal o por militares que trabajaban en la base que Estados Unidos tenía; aquí se puede encontrar una iglesia típica de evamgélicos. Por último, llegamos a la zona más sencilla y humilde; compuesta por chozas hechas de ramas y techos de palmas secas; con un fogón de leña y sin mucho por ver.

De mi recuerdo tuve que salir a la voz de llamado de Joseph. Nos dirigimos al cuarto para recoger las maletas y enrumbarnos para el pueblo que ya nos esperaba.

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:  

Balcón

Ese viajecillo en el tiempo, tan repentino, se cortó cuando oí la voz de Mr. Boss.

  • -¿Piensas quedarte ahí? -Me preguntó.
  • -Yo creo que sí. -Le respondí.

Él no insistió con palabras, pero si con imágenes. 

  • -Mira, ellos tampoco saben nadar y ya ves como la pasan bien. -Agregó.
  • Si pues. -Dije escuetamente.

Me propuso hacerme unas fotos con la cámara de su Ipad. Accedí. Luego de unas indicaciones (que ponte allí, que más allá, que baja la mirada, entre otras) me retrató en la gran piscina del Gamboa. Luego, se fue a andar por el campo.

Después de un rato, quedábamos ya poca gente en la terraza, salgo y me acerco a Joseph. Él leía las noticias en su tableta. Decidimos regresar a la habitación. No recuerdo exactamente si Boss ya se encontraba allí o llegó luego. Me di un duchazo para quitarme el cloro de la alberca. Así se fue haciendo de noche.

Hora de la cena. Se decidió que pediríamos servicio a la habitación. Me encargué de hacerlo yo. No lo hice tal como me lo indicaron. Pedí un plato de adulto y otro para niño (por recomendación de mis dos compañeros de viaje y porque no suelo comer mucho). Cenamos en la mesita que estaba en el balcón. Terminamos y arreglamos las maletas antes de ir a la cama. Al otro día saldríamos ya para el interior del Panamá.

Gamboa: Parque y Mi Pueblito

QUINTO / CUARTO DÍA:  

Piscina del Hotel Gamboa, Panamá

Antes, o quizá después del almuerzo, Joseph y yo dimos un paseo por las terrazas del hotel. Fue así que llegamos hasta la gran piscina y pude de esa manera leer el horario que se tiene para el uso de la misma. Ya había decidido que por la tarde pasaría a darme un chapuzón.

-Lo del chapuzón es un tanto exagerado, pues apenas me pasé el rato en uno de los extremos y muy pegado al suelo. Si, me estuve remojándome y de vez en cuando tratando de flotar con ayuda de unos pequeños cojines de goma que habían por ahí.

Luego del respectivo descanso Mr. Boss me pregunta si no iba a bajar a la alberca, pues sabe que me gusta, y la respuesta a la interrogante fue un rotundo si. Y como su intención era dormir sin compañía le pidió a Joseph que me haga compañía. Que yo podía estar ‘nadando’ y él (Joseph) leyendo.

Bajamos y buscamos un sitio disponible para sentarnos. No había mucho sol, ni tampoco muchas mesas desocupadas. Nos sentamos. Yo, de ver tanto turista junto me sentí intimidado, pero mi compañero me dio ánimos y de esa manera me levanté, me acerqué a la barra para pedir una toalla y luego de un rato me metí al agua.

Mientras estaba en la piscina recordaba nuestro cuarto día en Ciudad de Panamá. Recordé, pues, nuestra visita al Parque Metropolitano y a una especie de museo llamado Mi Pueblito. Para esos dos paseos no tuvimos que despertarnos muy temprano, aunque mis dos amigos son de aquellos que suelen despertar al gallo antes de que éste les despierte. Pues ya a primera hora de la mañana estaban alistándose para bajar a desayunar.

Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

El Parque Metropolitano es un sitio muy bueno para recorrer. Es una oportunidad de contrastar lo natural que tiene Panamá con la modernidad, pues en cierto punto del recorrido se puede ver los rascacielos de la capital panameña por detrás del verdor de la naturaleza. Llegamos a él en poco tiempo. El GPS nos guió bien. Paramos en una garita, preguntó Boss y nos indicaron que la entrada al parque estaba un poco antes. Retrocedió el carro y entramos a una especie de campamento campestre. Entramos a un local que en su interior había una pequeña sala y tres oficinas. Entramos a lo que era la tienda de souveniers. Mientras veía yo los productos que ofrecían mis dos compañeros de viaje adquirían el derecho a pase.

Después de esquivar a toda la gente que se encontraba en el umbral -personas que se habían dividido en dos grupos para hacer la excursión acompañados de un guía-, salimos y nos dirigimos al automóvil para tomar las cámaras y la botella de agua, además de otras cosillas que llevaba Joseph en su mochila. Me ofrecí para llevarla y con la negativa de Joseph la tomé y me la colgué. La caminata la hicimos sin guía y a nuestro “aire”. Empezamos con subir uno de los montes. El camino no estuvo tan mal, pero el cansancio (debido al calor) se hacía presente. A cada banca que divisaba me sentaba. Fue en este monte en donde se puede observar los grandes edificios capitalinos.

El descenso lo hicimos muy rápido. Ahora, era tiempo de empezar con el segundo recorrido. Tomamos un camino ‘rellenado’ con piedrecillas cercano a la carretera. Empezamos así la segunda subida. Fue aquí en donde yo ya no podía más con llevar la mochila. Joseph, muy observador él, se dio cuenta y me la pidió. El calor se acentuaba más y el sudor se hacía desesperante. Hicimos el recorrido muy bien. Llegamos a la cima del cerro desde donde se pueden observar las esclusas de la estación de Miraflores (Canal de Panamá). Finalmente, al terminar el camino, llegamos hasta la garita de control a la cual ya habíamos estado. Muy cerca había un baño. Entro. Salgo y me encuentro con una charla de sociedad y economía. Si no hubiera estado agotado quizá participaba más.

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:

Restaurante del Gamboa Hotel, Panamá.

En el Gamboa, tanto el desayuno, como el almuerzo -y supongo que también la cena- eran de estilo buffette, es decir que uno mismo elije lo que desea comer. Lo supongo porque solo desayunamos y almorzamos en el comedor del hotel, pues la cena la pedimos a la habitación.

El restaurante, muy reluciente por cierto, daba dos opciones de lugar para degustar los platillos: se podía decidir por comer en el interior o en la terraza (cuya vista regalaba, por ejemplo, un amanecer). El lugar tenía un portal que se podía abrir y conectaba a otra -ello cuando la primera sala se llenaba de comensales-. Las tres veces que fuimos comimos dentro.

Antes de salir a la excursión desayunamos. Habían diferentes tipos de pan, yogures de distintos sabores, zumos de distintas frutas y trozos de éstas (frutas) para preparar una ensalada. Además, de miel, huevos revueltos… Y al regresar, después de instalarnos en la recamara volvimos para almorzar. Ya para entonces Joseph se había encargado de hacer la reserva y entonces solo debimos esperar a que el anfitrión apareciera para que nos ubicara en alguna mesa, porque el local estaba bastante lleno.

En este momento no recuerdo lo que escogí para comer, pero sí me acuerdo que repetí dos veces. Y que me quedé con Joseph hasta terminar de almorzar. Nos levantamos de la mesa, salimos por la puerta que conectaba a la terraza y ningún mesero se nos había acercado para que firmáramos el consumo y se nos recargara a la cuenta.

Y nos dirigimos para el cuarto. Para llegar hasta el teníamos que atravesar el hall, la boutique y la tienda de recuerdos, un pasadizo, luego bajar por unas escaleras. Cada habitación tenía en la puerta de entrada un motivo selvático tallado, contaban con aire acondicionado, un baño bastante grande, un balcón refrescante y en él una hamaca. Dos camas gigantescas (tan grandes que no la ‘revolví’ como suelo hacerlo de tanto moverme). Y tan grande como las camas era el televisor.

Descansamos.