El Valle de Antón: Cerro Gaital, la ‘India dormida’ y un hotel curioso

Sexto día:

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Llegamos a El Valle de Antón a la hora del almuerzo. 

En pleno sol de mediodía, y pese a que Boss siempre andaba tan pendiente, pasamos el hotel sin percatarnos.

-Espera -dijo Joseph- Creo que ya pasamos el hospedaje.

Mr. Boss frenó el carro y manejó nuevamente hasta el local.

Bajó. Entró a una tienda a preguntar y regresó a avisar que ya debíamos bajar.

Para llegar a la recepción debíamos entrar por un pasaje que conducía a lo que era la cochera. Luego del registro, subimos hasta la habitación designada. Si antes nos había sobrado espacio, ahora nos faltaba. Cada quien eligió su cama y nos vestimos para bajar a almorzar.

Gran sorpresa me llevé en el comedor… Encontrar platos peruanos en la carta del restaurante realmente fue grato. 

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:

Restaurante del Gamboa Hotel, Panamá.

En el Gamboa, tanto el desayuno, como el almuerzo -y supongo que también la cena- eran de estilo buffette, es decir que uno mismo elije lo que desea comer. Lo supongo porque solo desayunamos y almorzamos en el comedor del hotel, pues la cena la pedimos a la habitación.

El restaurante, muy reluciente por cierto, daba dos opciones de lugar para degustar los platillos: se podía decidir por comer en el interior o en la terraza (cuya vista regalaba, por ejemplo, un amanecer). El lugar tenía un portal que se podía abrir y conectaba a otra -ello cuando la primera sala se llenaba de comensales-. Las tres veces que fuimos comimos dentro.

Antes de salir a la excursión desayunamos. Habían diferentes tipos de pan, yogures de distintos sabores, zumos de distintas frutas y trozos de éstas (frutas) para preparar una ensalada. Además, de miel, huevos revueltos… Y al regresar, después de instalarnos en la recamara volvimos para almorzar. Ya para entonces Joseph se había encargado de hacer la reserva y entonces solo debimos esperar a que el anfitrión apareciera para que nos ubicara en alguna mesa, porque el local estaba bastante lleno.

En este momento no recuerdo lo que escogí para comer, pero sí me acuerdo que repetí dos veces. Y que me quedé con Joseph hasta terminar de almorzar. Nos levantamos de la mesa, salimos por la puerta que conectaba a la terraza y ningún mesero se nos había acercado para que firmáramos el consumo y se nos recargara a la cuenta.

Y nos dirigimos para el cuarto. Para llegar hasta el teníamos que atravesar el hall, la boutique y la tienda de recuerdos, un pasadizo, luego bajar por unas escaleras. Cada habitación tenía en la puerta de entrada un motivo selvático tallado, contaban con aire acondicionado, un baño bastante grande, un balcón refrescante y en él una hamaca. Dos camas gigantescas (tan grandes que no la ‘revolví’ como suelo hacerlo de tanto moverme). Y tan grande como las camas era el televisor.

Descansamos.

Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

Creo que fue Mr. Boss, o quizá Joseph, quien se detuvo a leer la pizarra con los platillos del día puesta en la entrada del restaurante en el que almorzamos. El menú costó 8 balboas (o dólares -tienen casi el mismo valor) consistía en entrada, que era sopa; dos opciones de segundo plato,  bistec picado y pastas; y el refresco. Nada mal el sitio.

Con un airecillo de ambiente italiano. El restaurante estaba ubicado en una esquina frente a la Plaza central del Casco antiguo de Ciudad de Panamá. El comedor no era muy grande, habrían más o menos siete mesas con cuatro sillas cada una. Manteles blancos cubiertos con un cuadrado azul en medio y servilletas del mismo color que el mantel. Lo que más llamó mi atención fue la forma de los aros servilleteros, pues era de un tenedor enrollado a la medida.

Elegimos una mesa muy cerca a la barra de atención, tal vez pensamos que de esa forma nos atenderían más rápido. No éramos los únicos. Atrás mío había un señor almorzando ya y a espaldas de Joseph había cuatro muchachos (dos de ellos con rasgos asiáticos). Luego, llegaría una señora a comprar una pizza familiar, antes de ésta una pareja con un perro (los mismos que no se quedaron porque no se aceptaban mascotas).

Se acercó el mozo trayendo consigo la carta de platos. Mr. Boss no sabía cómo decir que estábamos ahí tan solo por el menú; creo que pasaba lo mismo con Joseph; así que me atreví a decirle al mesero que nosotros queríamos solo cualquiera de los dos platillos del día. Luego del pedido, y mientras esperábamos a que nos sirvieran, nos trajeron ‘palitos de ajo’ (para algunos pan) y de pronto entró un hombre, de mediana edad que parecía llevar prisa, y el mismo que a Mr. Boss le pareció era un personaje público (probablemente de farándula) de su país.

Comimos y empezamos la marcha de regreso. El calor estaba en su máximo esplendor. Con el bochorno encima llegamos hasta el lugar en donde el bus rojo nos dejó. Nos acercamos a Rosalva (la morena que nos había vendido los tickets). La intención de mis compañeros era solo de preguntar por la hora en la que llegaría el vehículo, pero yo cambié los planes, pues que mi espíritu de periodista resplandeció y empecé a lanzarle preguntas que ella muy educadamente respondía.

La charla se puso amena, cada quien daba una opinión, pero el sol nos consumía a los cuatro. Rosalva, muy despierta ella, nos propuso ir hasta el lugar que de alguna manera le aliviaba el calor. Por mi parte imaginé sería alguna sombra dada por un frondoso árbol. Erré. Si, fue un árbol, pero un árbol en proceso de crecimiento. Un arbolito que apenas podía acogernos. La charla siguió hasta que llegó el bus.  

Era poco más de las 15 horas. Ya un tanto tarde para visitar el Canal de Panamá, y es que los buses de turistas llegan hasta ahí hasta las 17:30. Y como perdimos tiempo en el atasco vehicular que se originó en una de las garitas del peaje del Corredor norte pasamos la tarde dando vueltas por la ciudad y nos quedamos sentados hasta poco más de las 18 horas.

En trujillo ya

Llegamos antes del mediodía a Trujillo. Algunas calles estaban bloqueadas por trabajos de reconstrucción a las calles aledañas al centro de la ciudad. Una sensación de frío, mucho más congelante y medio húmedo, invadía mi interior.

A la propuesta de Mr. Boss -de acompañarles hasta la próxima parada- le di un no como respuesta, aunque por dentro deseaba acompañarles hasta Lima, pero una vez más fuí egoísta y pensé en mí. Deseaba y prefería mil veces ser yo el despedido a despedirles a esos dos compañeros de vacaciones que la vida me regaló con la fachada de amigos, amigos verdaderos -a pesar de que conocí primero a Joseph, creo que congenié de alguna manera con Boss, bueno, eso espero y que no sea sólo una especulación mía-. La despedida acechaba cuan hiena hambrienta de momentos carnosos de sentimientos y de acitudes.

Mr. aparcó la camioneta casi frente a la entrada del hotel. Joseph y yo bajamos y llevamos algunos equipajes hasta la recepción. Nos anotamos en el libro de hospedados -muy curioso me pidieron el pasaporte en vez del DNI-. Me enteré en ese momento que la habitación sería triple; ambos habían pensado que pasaría la noche con ellos.

Se acercó Boss y mencionó la ubicación de la cochera. Me tocaba ir por lo último: una plantita que me había acompañado desde que dejamos Moyobamba, mi Ipod y no sé qué más fue. Caminé hasta el lugar; metido estaba en ello y de pronto se aproxima Mr. a ver algo que sinceramente no recuerdo -aunque debo reconocer que se me cruzó la idea de que fue a verificar que yo no dejase las llaves dentro del auto-. Tomé las cosas y nos regresamos hasta el hotel.

Ya en la habitación el “loco closet” de Joseph había sacado algunas cosas y metido las maletas en el lugar que el hábilmente había seleccionado para cada una. Mi maleta quedó fuera, pues no era necesario que yo sacase alguna cosa.

Salimos a buscar un sitio donde almorzar. Anduvimos por algunas calles cuyo nombre recuerdo nada o poco. Elegimos un sitio con alguna decoración que simulaba ser campestre. Un restaurant dividido en dos -vaya a saber la razón de aquello-. De lenta atención para atender los pedidos de los comensales y repartición de las peticiones. Vaya rollo ese. Mientras almorzabamos salió el sol -algo inesperado en esos meses de invierno. Yo pedí un plato de cabrito deshuesado, Joseph y Boss el mismo plato más la cerveza.

La tarde caía de a pocos. Regresamos caminando hasta el hotel. Ya tenía la hora y el número de asiento en el que me tocaría viajar en la zona VIP de una conocida agencia de buses que brindan el servicio de traslado de Trujillo a Talara. Y era casi inevitable que pensara en lo que sucedería a las 10 de la noche de ese día.

Domingo en Chiclayo

Esta vez sería yo quien, con mapa  en mano, guiaría a Mr. Boss por el camino adecuado al hotel. Fue así que pasamos Lambayeque sin problema alguno. Yo seguí concentrado en el papel y tratando de relacionar lo me decía en el y lo que veía. No era tan difícil pero con el cansancio del viaje me costaba un frágil esfuerzo más.

La mayoría de veces me confiaba más por la ruta que seguía la mayor cantidad de carros, camiones y mototaxis -me decía a mí mismo: a algún lugar céntrico se dirigirán- que por el croquis de la ciudad.

Pero todo el peso del trayecto Jaén – Chiclayo lo eché por la ventana cuando noté que algo raro pasaba en la ciudad. Un aguerrido tráfico ganaba por partida doble a una valiente policía de tránsito. Las pistas de la ciudad estaban inmersas en un descontrol total; carros por aquí, carros más allá y la cosa se pintaba cada vez más con un estilo abstracto.

No era más que la energía electrica se había ausentado. Ocurría lo mismo en la región Piura (capital y provincias). Luego me enteré que todo era producto de una falla en una de las represas hidroelectricas de la zona norte.

Llegamos al hotel. Bajamos los equipajes y nos registramos. La recepcionista nos mencionó el apagón que se estaba dando; intentó no alarmarnos diciendo que el hotel contaba con motor propio y que no nos veríamos afectados por el oscuro suceso.

Subimos por el ascensor hasta el piso 3,  donde estaba la habitación que nos habían designado esta vez. Ahora seríamos vecinos del cuarto anterior, aquel en que ví por primera vez a Boss. Si, era mucho más cómodo que la recámara que ocuparíamos por tan sólo una noche; eso porque era más amplio.

Por ser Domingo el restaurante del hotel no atendía. Nos tocó salir a la calle -no sin antes de que Joseph se encargara de acomodar la ropa en el closet; yo no me atreví a desvalijar, pues al día siguiente saldríamos muy temprano-.

Mr. Boss solicitó una recomendación a la chica de recepción. Quería saber el nombre de un restaurante adecuado para almorzar aquella tarde. Pasaban las 14 horas. Aún había gentecita verde desmantelando un escenario de una marca conocida de chocolate en polvo y que, según ellos, brindan mayor energía a los niños y deportistas. Sorpresivamente el tráfico había descendido a un grado muy alto. Nos subimos a un taxi, un carro de estilo clásico, con asientos bastantes desgastados y un chofer con ganas de pasearnos.

No estuvo tan mal. El local se llamaba “Sabores peruanos”. A la entrada un mozo nos dió la bienvenida y nos dirigió a una mesa. Helechos largos colgaban en casi todo el techo del comedor. Una tremenda fotografía de un convento revestía la pared que cubría las entradas a los servicios higiénicos. Estuvimos ubicados a un extremo, muy cerca a la entrada del baño de mujeres.

Luego de una fotografía llegaron nuestro pedidos. El sitio parecía que iba a reventar de tanta gente. Murmullos enredosos por todos lados. Familias enteras habían decidido llegar a comer al lugar ese. Todo ello se perdía en cada bocado que nos llevábamos a la boca.

Se canceló la cuenta y salimos. En un salón se encontraban personas que esperaban desocupasen alguna mesa los comensales de turno.

En un primer deseo se decidió que regresaríamos al hotel caminando, pero después de cruzar las dos vías. nos encontrábamos dentro de un taxi… Llegamos justo a tiempo para la siesta; aunque sólo la haría Boss. Joseph y yo metidos en las computadoras -claro yo mucho más tiempo que él-.

Continuará…

Jaén de Bracamoros -2da parte.

No recuerdo si fueron dos días o apenas uno, antes de nuestra llegada a Jaén, que recibí el mensaje de texto en el que mi mamá me decía que me mandaría algo más de dinero. Mientras viajabamos hacia ese lugar llegó el sms que me daría aviso a que ya me podía acercar a cualquier oficina de la compañía estadounidense de envío a distancia de dinero -“Unión occidental”-. El dinero estaba ahí, sólo debía encontrar la oficina en cuanto pudiese.

El calor no era tan desesperante para Mr. Boss y Joseph. Y yo estaba feliz con ese clima. Para mi no hacía tanto calor, para ellos sí que era calor.

Luego de desempacar nuestras cosas de las maletas en la habitación descendimos hasta la recepción del hotel. Se entregaron las llaves y una señora nos advirtió a que tuviéramos cuidado con lo que llevabamos al centro de la ciudad. Vaya intimidación que nos hizo.

Vaya sorpresa que me llevé, realmente me afectó muchísimo lo desaseado que es la ciudad. El buen concepto que me había transmitido mi hermana que estuvo por ahi meses antes se desvaneció junto a las sucias aguas del  río que atraviesa Jaén de Bracamoros. Y es que desde la “entrada”, desde varios kilómetros antes de llegar a la ciudad, se puede observar el cúmulo de bolsas de polietileno tiradas en el campo.

Salimos del hotel sin mucha prisa y cierta curiosidad por saber cómo era la ciudad a la que apenas unas horas habíamos llegado.

Para Mr. Boss, conocedor de la botánica, le interesaba en especial visitar el Jardín botánico del pueblo. Lugar del cual se había enterado de su existencia a través de la internet. Creyó que pasar tres días en Jaén eran más que sificientes para deleitarse reconociendo y conociendo las especies de la flora originarios de la región.

Con las indicaciones del trayecto que debíamos seguir para llegar hasta el centro de la ciudad, el cual se encontraba a dos cuadras en dirección recta al hotel, nos dirijimos hacia ahi.

Frente al hotel tiendas que exponían toda clase de productos y servicios, igual a los lados vecinos. Muy cerca al puentecillo gris una estación de comisaria, razón por la cual explicaba la inminente presencia de agentes policiacos en la zona, incluso dentro del hospedaje. Detrás de la comisaría un pueblerino circo, de carpa azulada y un gran letrero que atraía y daba la bienvenida a los entusiastas niños con sus padres. De lado a lado, y en la corta extensión de largo que tiene, mendigos que a gritos pedían el clamor de los transeúntes. Tiendas y más tiendas rodearon nuestro andar.

LLegamos a la plazuela central. Dimos medio paseo. Después de una mirada alrededor escogimos el restaurante en el que ibamos a tomar el almuerzo. LactoVac recuerdo se llamaba el luhar, el mejor sitio para disfrutar de la variedad de helados que se pueden beber en Jaén.

El restaurante ocupa todo un edificio rojo de tres pisos. Entramos. Al lado izquierdo, una especie de vitrina en dónde exhibían los postres que ofrecen a los asiduos comensales, unos pasos más adentro la recepción y la “caja” de pago; al lado derecho, un letrero vertical que informaba de los distintos platillos que preparan, seguido de mesas y sillas. Al fondo, la cocina y la escalera que conducía a los siguientes niveles.

Escogimos una mesa muy cerca al ventanal para tener una vista de la plazuela. Detrás mío estaba el televisor que hacía menos ansiosa la espera. Se acercó el mozo y tomó nuestro pedido. Comimos. Y le pregunté dónde quedaba la cadena de tiendas de electrodomésticos del logo amarillo con letras negras que conforman el nombre de una ciudad brasilera. Sabía yo que en esas tiendas siempre hay una oficina de la agencia de envíos de dinero porque hacía unos años envié desde una de ellas dinero hacía el extranjero.

Llegamos a la bendita tienda esa y le pregunté a un agente vendedor para dónde estaba ubicada la oficina de “Unión Occidental”. Mala noticia me dió. Hacía un tiempo que ya no tenían convenio alguno ambas empresas. Ni modo salí del lugar fastidiado, no porque me tocaría buscar alguna, sino porque. qiozá, podía incomodar a mis amigos.

A varias personas le pregunté si conocían alguna oficina de la antes mencionada agencia de envíos. Ninguno supo darme razón. Así fue que le pregunté a un policía; me dió dos nombres de las agencias bancarias en las que podía acercarme a cobrar el giro que me enviaba mi mamá.

No sé si era una Cooperativa de ahorros o alguna Caja, pero “Tallo” se llamaba. Esperé que la señorita atendiera y me acerqué. Mera burocracia. No tenía opción a cobrar a menos que llevara conmigo una copia de mi Documento Nacional de Identidad (DNI). Me tocó salir, entrar a un centro de copiado y volver a entrar. Ya en el mostrador, entregué mi DNI y su copia, dí algunos datos imprescindibles míos y mencioné el nombre de quien me enviaba el dinero (mi madre).

Tomé el dinero, se lo entregué a Boss para que me guardará -estaría más seguro con él que conmigo- y nos dirijimos para el hotel. A la siesta.

Almuerzo patrio

El próximo 28 del mes el Perú cumplirá un año más de haber dejado de ser colonia española a tan sólo un grito libertario que daria José de San Martín -de eso serán 188 años-.

Lo mejor de estas fechas es que la mayoria de personas salimos de vacaciones, algunas por quince días y otras por un mes. Y así muchos nos podemos reencontrar con familiares que vemos poco o casi nada durante el periodo de trabajo o estuidios.

Todos los años, la empresa donde labora mi papá, organiza un almuerzo de confraternidad por motivo de celebrar un aniversario más de la compañía y, por festejo patrio. Este año no pudo asistir mi papá junto a mi mamá, y me tocó a mi ser el “reemplazo” y ser así el acompañante de mi madre a ese almuerzo.

Grupo musical "Candela" amenizó la reunión de aquel día

Grupo musical "Candela" amenizó la reunión de aquel día

La mañana se pasó volando, sin darme cuenta ya estaba próximo el mediodía y debía empezar a vestirme de acuerdo a la ocasión. Mi madre no se encontraba en casa, pues se había ido a la peluqueria para que le hagan un “retoque” -pero regresó con un cambio de imagen-. Aprovecho el tiempo de su ausencia para afeitarme y comer algo y evitar que mis intestinos empezaran a tocar cuan orquesta desafinada por no tener trabajo digestivo -además que aun no había desayunado-.

almurzo PetroTechTambién me dio tiempo de elegir el atuendo que llevaría: tomé una camisa rosa,un jean y unos zapatos mocasines que compré en mi último viaje a la frontera con el Ecuador.

Salimos de casa, el sol resplandecía e intentaba dar calor con sus invernales débiles rayos, corría una brisa fria y humeda… y echamos de menos al carro que tuvimos hasta hace algunos años. Si, se repitió uno de aquellos momentos en que nos solemos autopreguntar ¿por qué lo vendimos? Lo vendimos porque la ciudad en la que vivimos es demasiado pequeña y se puede ir a cualquier lugar andando.

Eran ya un poco más de las 13 horas, y la mayoría de choferes supongo se encontrarían almorzando en sus casas, es por eso que nos tocó esperar cerca de quince minutos a que llegase un auto y nos llevase hasta “Negritos” -distrito talareño, ubicado a veinte minutos de la ciudad, en donde se llevaría a cabo el almuerzo-. Fue un automóvil color blanco que se encargó de llevarnos a mi mamá y a mi.

El viaje se hizo nada y llegamos, el clima era distinto: el cielo llevaba un traje de fuerte color azul celeste, con un estampado escaso de nubes y como broche un sol más caluroso que el sol de Talara, el mismo que era arrullado por un insistente viento que terminó desarmando lo que sería la cubierta de los toldos.

Lugar de encuentro: Portón #4        Esta vez fue en el jardín, al cual lo habian vestido, en tonos blanco y rojo, con toldos árabes que habían sido victimas del viento que soplaba con gran fuerza en ese momento. Mesas alrededor de la pista de baile llevaban manteles blancos, sobre ellas un mediano tapete rojo y enmedio un agradable y vistoso arreglo floral. Las sillas, al igual que las mesas, estaban de blanco, algunas con un enorme lazo rojo y otras con llevaban lazo dorado que simulaba un cinturón. La atención inigualable, a cargo de chicos y chicas que, vestidos impecablemente, nos alcanzaban todo lo que quisiéramos comer o beber. Los invitados muy bien vestidos formaban una media luna frente a lo que sería el escenario que albergaría, primero, a un grupo criollo y después a la conocidisima orquesta “Candela” de Iquitos.

De entrada nos dieron a degustar un fresco platillo muy peruano llamado Ceviche, hecho a base de pez espada. Para brindar un Pisco Sour, el cual me lo tomé sin ni siquiera respirar jeje. Luego de un rato vino el plato de fondo, muy a mi pesar, fue arroz con pollo -por cierto sólo me comí el arroz-. Bebí gaseosa hasta decir basta, claro que también hubo cerveza, pero no bebí ni un sólo vaso… pues no me gusta.

En verdad pasé un rato bueno de cuatro horas. La orquesta no estuvo mal, la atención adecuada, la comida exquisita… pero mejor sería si el dinero que se gastaron en hacer toda esa ceremonia se lo hubieran dado a cada uno de los trabajadores que forman la gran familia de PT.