Casi a ciegas II

El ser muy corto de vista me ha vuelto un chico muy inseguro. Varias han sido las veces en las que me he sentido feo. Más por fuera que por dentro. El temor ha estado siempre a la par de la miopía que tengo desde que nací.

Exagerado a menudo lo soy. Joseph me suele decir que si es por mi origen latinoamericano. Yo creo que él piensa que así somos todos los peruanos. Como sea. El pensar que me podía caer con cualquier peldaño o en alguna zona agreste se hizo más notorio en mi cuando viajé a Panamá y visité un monte con cuestas muy empinadas.

La sensación de inestabilidad me hizo aceptar el hombro de Mr. Bozz, quien se ofrecido como bastón para que no perdiera el equilibrio y cayera en algunos de los abismos que bordeamos.

El sentimiento de impotencia es inexplicable. La percepción de inseguridad es indescriptible. Cada día me preparo a por si cruzara la frontera de la oscuridad. Por ratos creo que estoy preparado, pero en otros -la gran mayoría- me doy cuenta que no lo estoy.

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Casi a ciegas

De fondo azul y pequeñas letras de color vainilla. El grosor de los cristales siempre el mismo. Un marco no tan pesado para que mi pequeña nariz pudiera cargar lo pesado de la miopía que padezco desde que nací. Así fueron los primeros lentes que usé en mi vida.

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La primera vez que fui a un oftalmólogo, sin temor a confundirme, fue cuando tenía seis años de edad. Mi madre me llevó por recomendación de quien por ese entonces era mi profesora del Jardín de Infancia. La miss Condoy citó alguna mañana a mis padres para decirles que yo no podía responder de manera adecuada a las actividades que ella programaba. Además, debía acercarme demasiado al libro de grandes letras y llamativos dibujos. Todo indicaba que mis ojos necesitaban de algo mas que luz para poder ver el contenido de mis cuadernos y libros.

Era de tarde, No recuerdo exactamente la hora. El médico, un argentino de apellido Chiappe. Hasta hace algunos años le visitaba más seguido que ahora que paso los 30 años de edad. Mi madre y yo, y dos hermanos míos acudimos al consultorio por primera vez. Nervioso estaba, pero me distraia jugando con mi hermana y mi hermano, el tercero, con quienes corría dentro y fuera del local.

Un lugar tenebroso -me parecia- por la poca luz. Máquinas por ese entonces modernas. Recuerdo me senté en una en la que pude observar un paisaje borroso. Todo bien dijo el doctor. Pasamos a la siguiente. Uno y otro lente más. Con el rato se iba haciendo más grueso. La sorpresa del especialista por la alta miopía que tengo desde niño era tan grande como esta.

-Señora, su hijo tiene mucha medida dijo el medico a mi mamá.

-¿En la familia hay más personas con alta miopía? -fue la pregunta que siguió.

Mi madre asintió casi por reacción -incluso cuando este le recomendó lentes de contacto, quizá para evitar que otros niños se birlasen de mi.

-Vamos a hacer la prueba de resistencia. Veremos si sus ojos soportan las lentillas -Afirmó Chiappe, mientras me llevaba consigo a otro ambiente del consultorio.

No podría describir la sensación de un cuero extraño en is ojos. Solo puede decir que en ese momento quería regresar a casa. Tenía muchas ganas de llorar. Más al ver cómo iban a quedar los lentes que después de una semana tenía que usar de manera peremne.

“Lentes de botella”,”cuatro ojos”, “Paul Phiffer -si, el de la serie Los años maravillosos”, fueron algunos de los insultos que tanto compañeros de aula, como de otras, y ni qué decir de los niños como yo que me cruzaba en la calle, me dijeron constantemente y que me llevaron a dejar de usar los lentes por vergüenza. Es que la niñez a veces suele ser tan cruel.

Tenía ya 10 años. La miopía había aumentado un poco más. Debía usar sí o sí las gafas de vidrios gruesos. Entonces estaba obligado a “cercarme” y hacer oídos sordos a todas las burlas que seguramente iba a ser blanco. Al siguiente año, para la fiesta de promoción de mi hermana Catalina, mis padres me propusieron usar lentes de contactos. Esta vez Debía hacer un esfuerzo y soportarlos. Acudí a aquella reunión con nuevo look . Me sentí liberado, y no solo porque ya no llevaba unos cristales tan pesados, sino porque con ellos se fueron algunos complejos míos. Por primera vez me pude sentir un poco más normal.

Noche previa en Lima

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Dos o tres meses antes de mi viaje me tocó editar dos noticias sobre incidentes con aviones en el Perú en los que ambas aeronaves tuvieron que aterrizar de emergencia por reportar desperfectos técnicos, una de las dos se incendió.

¿Cuánta posibilidad había en que el avión que me llevaría a Lima fallase? No lo sé, ni tampoco quería comprobarlo. Y bueno, tampoco quería andar presuroso por tener que bajar de uno para abordar otro. Así que decidí comprar el boleto con un día de anticipación del vuelo hacia Madrid.

Lo compré un mes antes de la fecha de mi vuelo a España. Recuerdo que mientras buscaba en la página web de la aerolínea, mi madre se acerca y me pide que, por favor, le consiga uno para ella, pues había decidido acompañarme a la capital peruana.

Así fue. Reservé los pasajes de avión en la mañana de un miércoles, a la tarde ya formaba la cola en el banco para pagarlos. Tuve suerte, el día estaba sombrío y no había mucha gente esperando.

Un día antes del viaje. Mi hermano Remato se anima a viajar con nosotros y, me pide de favor que le consiga un cupo en el avión. Me lo pidió de tal manera que no importó si ello me costaría trabajo en adquirir un boleto para él.

El día llegó. Más tiempo nos llevó en abordar la aeronave que en el vuelo de apenas hora y media. Otro tiempo, de similar extensión, tuvimos en la espera de nuestros equipajes en la faja del aeropuerto.

Para la tarde, ya en Lima, nos fuimos a recorrer un poco el centro histórico, luego entramos a un centro comercial -en Surco- y para antes de las 9:00 p.m. ya dormíamos.

¿Dormir? Ellos, porque yo no pegué el ojo en casi toda la noche.

Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

Tomamos cada quien una cámara para fotografiar. Por mi parte no había llevado una porque la que solía usar era de uso familiar y está dañada de la “tapita” que asegura las baterías  bueno, la cosa es que mis compañeros habían llevado una extra para prestármela. Por la parte de Joseph, tomó su mochila, en donde llevaba las gorras, la guía del país, una botella con agua y la cámara de video, aparte de la de fotos.  Y Mr. Boss, pues que simplemente salió, claro, con su cámara ‘pegada’ a la correa.

Que Mr. Boss es un tanto presuroso, sin embargo tiene un aire de ser calmado. Y si, siempre anda con prisas para algunas cosas (como el desayunar, el conducir, el despertarse temprano, entre otras cosas); pero cuenta con mucha calma para otras, como para cuando es momento de tomar una fotografía (y es que es algo detallista al momento de cuadrar una imagen) o para cuando explica algo (el cómo ‘funciona’ un programa de edición de imágenes o cómo mejorar el estilo para hacer fotos). Yo diría que es único en su especie, pues que me tuvo mucha paciencia para cuando le hacía yo fotos de muy mal gusto (aunque no haya tenido yo mala intención al hacerlas) o para cuando no ‘avanzaba’ con la comida. Ah y un tanto despistado también lo es, tan o más que yo que siempre ando perdiendo objetos.

Joseph era de los tres el más cauteloso. Que si Mr. Boss necesitaba algo ya lo tenía Joseph para dárselo. Que si  tenía yo sed, pues ya me convidaba del agua que llevaba. Un punto a su favor, que todo ello lo sacaba de su mochila… de aquel bolso que no quería soltar (aunque le empezara a doler el hombro) y que casi casi era una tienda a cuestas.

Salimos del hotel en dirección a la avenida Balboa, una vía que bordea un tramo de la costa de la ciudad capital del Panamá. El calor se hacía insoportable pero las ganas de recorrer el lugar y conocerlo nos hacía caminar sin desmayo. Anduvimos dos, o quizá tres, cuadras y ya podía yo percibir el olor a brisa marina (aunque Mr. Boss dijera que no era el característico olor a playa). Carros veloces iban de izquierda a derecha y viceversa en cuatro vías de asfalto. Subimos por el puente peatonal más cercano, una escalera de tipo caracolesco nos llevó a la cima, y ahí a pleno sol nos detuvimos a observar parte de la ciudad. Una foto por aquí, otra por allá, comentarios iban y venían y seguimos la marcha.

Pasamos  sin mayor demora al otro lado. Para el lado del mar. Un mar de aguas turbias que bordeaba una orilla de piedras y concreto. Un mar que a cierta distancia mostraba con timidez su belleza color azul cielo. Fue así que pasamos por admirables piletas, un parque recreacional (con plataforma para fútbol incluída), el club de yates de Ciudad de Panamá… y decimos volver para el lado de las edificaciones. 

Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

No recuerdo exactamente que fue lo que me despertó aquella primera mañana. Por un lado, mi ‘adaptación’ a una ciudad que era nueva para mí, por el otro, la pregunta que le hiciera Mr. Boss a Joseph: “¿Se va a despertar ya?”. En poco tiempo me encontré en la ducha, tratando de que el agua cayera con una temperatura agradable, nada, que perdí esa pequeña batalla, fue así que me duché con agua fresca (y es que con el calor que hacía por entonces en Ciudad de Panamá el ducharse con agua tibia realmente considero es un suicidio). Me vestí y salí del baño.

Creo que tardé más de lo debido, pues mis dos compañeros de habitación ya estaban esperándome para bajar a desayunar -No descubrí hasta ese momento que suelo demorar en ducharme- No atiné más que a sonreír y, claro, me apresuré en estar listo. Todavía éramos inconscientes del bochorno que nos esperaría a  poco tiempo.

Bajamos por el ascensor. No recuerdo si comentamos algo. Salimos y entramos al comedor del hotel. Mr. Boss se encargó en decidir la mesa. Uno a uno nos fuimos sentando.

  • -Buenos días -Nos dijo la mesera, una muchacha de edad madura, con lentes convencionales y con efecto ‘fotogray’, de piel clara y cabellos de un débil rubio que se hacía negro.
  • -Hola -Respondimos casi en coro.

Vaya, después del calor que había sentido al descender hasta el restaurante paso a sentir frío, pues nos habíamos ubicado frente a uno de los aparatos de aire acondicionado que había en el lugar. Pero que bien pude soportar y no morir casi congelado. Por mi parte fueron dos huevos duros (sancochados), dos tostadas, y ensalada de frutas; Mr. Boss huevos fritos, tocino, tostadas también ensalada de frutas; por su parte, Joseph, a quien le tocó esperar algo más por su desayuno, pidió pancakes, tostadas y ensalada de frutas. Los tres pedimos café con leche. desayunamos y subimos nuevamente al cuarto para recoger las cosas que necesitaríamos para dar el primer paseo en Ciudad de Panamá.

Los números de 2012

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2012 de este blog.

Aquí hay un extracto:

600 personas llegaron a la cima del monte Everest in 2012. Este blog tiene 6.400 visitas en 2012. Si cada persona que ha llegado a la cima del monte Everest visitara este blog, se habría tardado 11 años en obtener esas visitas.

Haz click para ver el reporte completo.

Entre charapas y motores

¡Maldita boa! o el anteponer el artículo para referirse a cualquier pronombre de persona -sobre todo si es mujer-, son algunos detalles que resaltan el hablar de un oriundo del oriente peruano. Y ni qué decir de ese peculiar tono cantarino que hace más pintoresco y fácil el reconocer que esa persona es de la selva.

Dos mujeres, dos niños y un hombre de mediana edad son los charapas que entre sus conversas y el ruido del motor de cada bus que llega o está a punto de salir son la causa de mi “laberintitis”.

La mayor de todos, una señora de aproximadamente 50 años de edad, de cabellos lacios y piel bronceada, es duela de una lengua que no se detiene ni para tomar aire. La otra, con un celular de oropel que no deja de timbrar, de cabellos lacios y medianos (próximos a ser castaños), parece no ser mayor de cuarenta años. Los dos niños, aparentemente hermanos, delgados, sonrientes y de la misma estatura, parecen que serán expertos hablantines canterinos. Y el único hombre de ese grupo de charapas, a simple vista aparenta ser muy tranquilo; sentado en el misma silla permanece en el mismo lugar desde que entró a la sala de embarque, cuida sigilosamente a los pequeños y de cuando en vez intercambia palabras con sus familiares. Todos ellos visten ropas de telas frescas y holgadas (como de playa); y todos ellos también se caracterizan por los ojos achinados.

Estoy seguro que más de una persona que lea este texto pensará que estoy en Iquitos o en Tarapoto, pues no. lamentablemente no lo estoy. Me encuentro en Lima, la gris, smoteada y bulliciosa que con orgullo y heroísmo fortalece ese mal entonado adjetivo: Lima, la fea.

Pero, tan heroica como lo puede ser la capital peruana o cualquier persona que viva en esta selva de cemento, lo puedo llegar a ser yo en este momento.

Continuará…