El Valle de Antón: Cerro Gaital, la ‘India dormida’ y un hotel curioso

Sexto día:

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Llegamos a El Valle de Antón a la hora del almuerzo. 

En pleno sol de mediodía, y pese a que Boss siempre andaba tan pendiente, pasamos el hotel sin percatarnos.

-Espera -dijo Joseph- Creo que ya pasamos el hospedaje.

Mr. Boss frenó el carro y manejó nuevamente hasta el local.

Bajó. Entró a una tienda a preguntar y regresó a avisar que ya debíamos bajar.

Para llegar a la recepción debíamos entrar por un pasaje que conducía a lo que era la cochera. Luego del registro, subimos hasta la habitación designada. Si antes nos había sobrado espacio, ahora nos faltaba. Cada quien eligió su cama y nos vestimos para bajar a almorzar.

Gran sorpresa me llevé en el comedor… Encontrar platos peruanos en la carta del restaurante realmente fue grato. 

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El Valle de Antón: Cerro Gaital, la ‘India dormida’ y un hotel curioso

SEXTO DÍA:

El Valle de Antón, Panamá

Nuestro siguiente destino era El Valle de Antón, que según la guía turística de Joseph, es un antiguo cráter de volcán. El pueblo no es tan extenso, lo divide una carretera (que lleva el nombre de Avenida Principal). Existe una marcada diferencia entre los grandes afincados (dueños de casas muy bonitas) y los pobladores oriundos (de ropas sencillas), pero también hay un grupo de personas que bien se podría considerar que están en el medio.

El  tiempo para llegar a El Valle fue poco más de dos horas, pues hicimos una parada -no sé si a mitad de la ruta-.

Luego de guardar nuestros equipajes en el automóvil, y previa vista al aparato GPS, Boss arrancó. Fueron buenos los comentarios que hicimos de nuestra estadía en el Gamboa, y es que no estuvo tan mal pasar poco menos de un día en ese hotel.  

Entre charla y música de fondo, sin que nos diéramos cuenta, el panorama cambió. Fue así que, a cuanto más avanzáramos atrás se quedaba ese paisaje verdoso de costa, del cual habíamos disfrutado, para dar lugar a otro con aroma a sierra panameña. No mejor, ni peor, simplemente distinto.  

Esa pausa, de la que no estoy tan seguro fuera a mitad de camino, fue en un mirador. Un sitio que permite tener una espectacular vista de la naturaleza centroamericana y al que descendimos luego de que Boss estacionara el carro. Bajamos y  tuvimos que subir por una escalera hasta la cima. La ubicación estratégica nos permitió deleitarnos con lo observado y a animarnos a inmortalizar el momento con unas fotografías.

Gamboa: Parque y Mi Pueblito

CUARTO/QUINTO DÍA:

“Mi pueblito” – Ciudad de Panamá.

En el Gamboa solo estuvimos un día. Así que los tres saldríamos muy temprano en la mañana para nuestro siguiente destino. Las maletas ya estaban hechas, solo quedaba desayunar y realizar en Check out en la recepción del hotel.

El poco tiempo de vacaciones en Panamá con Joseph y Mr. Boss se había caracterizado, principalmente, por tener que despertar poco más de las seis de la mañana. Ello no se hizo tan pesado para mí, pues apenas llevaba poco más de tres meses que había dejado de levantarme a esa hora para acudir a la universidad.  

La noche anterior había dormido yo como en las nubes. Eso era fácil de “descubrir”, ya que no había dado tantas vueltas en la cama y porque ésta no presentaba las sábanas tan revueltas (estaba, pues, como si nadie hubiera dormido allí). El lecho era de medida King y a la altura perfecta para mi gusto. Lo mejor era que estaba muy pegada a la pared… Eso, ¡me encanta!

Después del desayuno, ya tenía dos vasitos yogures. Uno de piña y otro de fresa. En realidad hubiera tenido tres, sino hubiera sido porque uno de mis dos compañeros me repetía: “Que se va a dañar ese yogur”, “No pensarás llevártelo para Perú”, etc, etc.  Y, bueno, razón no le faltaba jeje.

Aún no pretendíamos salir rumbo para el próximo punto del itinerario. Salimos de la habitación para dar un paseo por los alrededores del Gamboa. Tomamos las cámaras fotográficas y empezamos con la caminata.

El primer lugar adonde llegamos fue un pequeño muelle, propiedad del hotel, desde donde parten las lanchas que hacen el recorrido por las aguas de un río. Paseo destinado para aquellas personas que gustan de ver aves. Nos hicimos algunas fotos. Pasamos por un local cerrado en donde lo más resaltante de la decoración era un cocodrilo. Anduvimos un poco más y llegamos hasta un conjunto de casas, de estilo de arquitectura norteamericano; de vivos colores; algunas ocupadas, otras parecían estar vacías; y cada cual más bonita que la otra. Finalmente, volvimos.

Ahora tocaba pagar la estadía y el consumo. Mientras Joseph y Boss se encargaban de ello, yo estaba sentado en el hall. Tardaron tanto que me dio tiempo de recordar nuestra visita a un centro para visitantes.

El sitio es conocido como Mi pueblito. Un proyecto que intenta enseñar cómo era la vida en la Panamá colonial, en la Panamá “yankie”, y en la Panamá oriunda. Personalmente me agrado conocerlo. La primera parada la hicimos en la Panamá colonial, muy bien representada en réplicas de los sitios más característicos de la ciudad de aquel entonces. Es así que se puede visitar la escuelita, el telégrafo, una casa, una capilla, entre otras. Cada cual con su decoración propia. No lleva mucho tiempo recorrer todo el área. Después pasamos a la Panamá “Yankie”, compuesta por casonas de dos niveles, con su decorado más fiel; casas en donde solían vivir los norteamericanos que llegaron al país para laborar en la construcción del Canal o por militares que trabajaban en la base que Estados Unidos tenía; aquí se puede encontrar una iglesia típica de evamgélicos. Por último, llegamos a la zona más sencilla y humilde; compuesta por chozas hechas de ramas y techos de palmas secas; con un fogón de leña y sin mucho por ver.

De mi recuerdo tuve que salir a la voz de llamado de Joseph. Nos dirigimos al cuarto para recoger las maletas y enrumbarnos para el pueblo que ya nos esperaba.

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:  

Balcón

Ese viajecillo en el tiempo, tan repentino, se cortó cuando oí la voz de Mr. Boss.

  • -¿Piensas quedarte ahí? -Me preguntó.
  • -Yo creo que sí. -Le respondí.

Él no insistió con palabras, pero si con imágenes. 

  • -Mira, ellos tampoco saben nadar y ya ves como la pasan bien. -Agregó.
  • Si pues. -Dije escuetamente.

Me propuso hacerme unas fotos con la cámara de su Ipad. Accedí. Luego de unas indicaciones (que ponte allí, que más allá, que baja la mirada, entre otras) me retrató en la gran piscina del Gamboa. Luego, se fue a andar por el campo.

Después de un rato, quedábamos ya poca gente en la terraza, salgo y me acerco a Joseph. Él leía las noticias en su tableta. Decidimos regresar a la habitación. No recuerdo exactamente si Boss ya se encontraba allí o llegó luego. Me di un duchazo para quitarme el cloro de la alberca. Así se fue haciendo de noche.

Hora de la cena. Se decidió que pediríamos servicio a la habitación. Me encargué de hacerlo yo. No lo hice tal como me lo indicaron. Pedí un plato de adulto y otro para niño (por recomendación de mis dos compañeros de viaje y porque no suelo comer mucho). Cenamos en la mesita que estaba en el balcón. Terminamos y arreglamos las maletas antes de ir a la cama. Al otro día saldríamos ya para el interior del Panamá.

Gamboa: Parque y Mi Pueblito

QUINTO / CUARTO DÍA:  

Piscina del Hotel Gamboa, Panamá

Antes, o quizá después del almuerzo, Joseph y yo dimos un paseo por las terrazas del hotel. Fue así que llegamos hasta la gran piscina y pude de esa manera leer el horario que se tiene para el uso de la misma. Ya había decidido que por la tarde pasaría a darme un chapuzón.

-Lo del chapuzón es un tanto exagerado, pues apenas me pasé el rato en uno de los extremos y muy pegado al suelo. Si, me estuve remojándome y de vez en cuando tratando de flotar con ayuda de unos pequeños cojines de goma que habían por ahí.

Luego del respectivo descanso Mr. Boss me pregunta si no iba a bajar a la alberca, pues sabe que me gusta, y la respuesta a la interrogante fue un rotundo si. Y como su intención era dormir sin compañía le pidió a Joseph que me haga compañía. Que yo podía estar ‘nadando’ y él (Joseph) leyendo.

Bajamos y buscamos un sitio disponible para sentarnos. No había mucho sol, ni tampoco muchas mesas desocupadas. Nos sentamos. Yo, de ver tanto turista junto me sentí intimidado, pero mi compañero me dio ánimos y de esa manera me levanté, me acerqué a la barra para pedir una toalla y luego de un rato me metí al agua.

Mientras estaba en la piscina recordaba nuestro cuarto día en Ciudad de Panamá. Recordé, pues, nuestra visita al Parque Metropolitano y a una especie de museo llamado Mi Pueblito. Para esos dos paseos no tuvimos que despertarnos muy temprano, aunque mis dos amigos son de aquellos que suelen despertar al gallo antes de que éste les despierte. Pues ya a primera hora de la mañana estaban alistándose para bajar a desayunar.

Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

El Parque Metropolitano es un sitio muy bueno para recorrer. Es una oportunidad de contrastar lo natural que tiene Panamá con la modernidad, pues en cierto punto del recorrido se puede ver los rascacielos de la capital panameña por detrás del verdor de la naturaleza. Llegamos a él en poco tiempo. El GPS nos guió bien. Paramos en una garita, preguntó Boss y nos indicaron que la entrada al parque estaba un poco antes. Retrocedió el carro y entramos a una especie de campamento campestre. Entramos a un local que en su interior había una pequeña sala y tres oficinas. Entramos a lo que era la tienda de souveniers. Mientras veía yo los productos que ofrecían mis dos compañeros de viaje adquirían el derecho a pase.

Después de esquivar a toda la gente que se encontraba en el umbral -personas que se habían dividido en dos grupos para hacer la excursión acompañados de un guía-, salimos y nos dirigimos al automóvil para tomar las cámaras y la botella de agua, además de otras cosillas que llevaba Joseph en su mochila. Me ofrecí para llevarla y con la negativa de Joseph la tomé y me la colgué. La caminata la hicimos sin guía y a nuestro “aire”. Empezamos con subir uno de los montes. El camino no estuvo tan mal, pero el cansancio (debido al calor) se hacía presente. A cada banca que divisaba me sentaba. Fue en este monte en donde se puede observar los grandes edificios capitalinos.

El descenso lo hicimos muy rápido. Ahora, era tiempo de empezar con el segundo recorrido. Tomamos un camino ‘rellenado’ con piedrecillas cercano a la carretera. Empezamos así la segunda subida. Fue aquí en donde yo ya no podía más con llevar la mochila. Joseph, muy observador él, se dio cuenta y me la pidió. El calor se acentuaba más y el sudor se hacía desesperante. Hicimos el recorrido muy bien. Llegamos a la cima del cerro desde donde se pueden observar las esclusas de la estación de Miraflores (Canal de Panamá). Finalmente, al terminar el camino, llegamos hasta la garita de control a la cual ya habíamos estado. Muy cerca había un baño. Entro. Salgo y me encuentro con una charla de sociedad y economía. Si no hubiera estado agotado quizá participaba más.

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:

Restaurante del Gamboa Hotel, Panamá.

En el Gamboa, tanto el desayuno, como el almuerzo -y supongo que también la cena- eran de estilo buffette, es decir que uno mismo elije lo que desea comer. Lo supongo porque solo desayunamos y almorzamos en el comedor del hotel, pues la cena la pedimos a la habitación.

El restaurante, muy reluciente por cierto, daba dos opciones de lugar para degustar los platillos: se podía decidir por comer en el interior o en la terraza (cuya vista regalaba, por ejemplo, un amanecer). El lugar tenía un portal que se podía abrir y conectaba a otra -ello cuando la primera sala se llenaba de comensales-. Las tres veces que fuimos comimos dentro.

Antes de salir a la excursión desayunamos. Habían diferentes tipos de pan, yogures de distintos sabores, zumos de distintas frutas y trozos de éstas (frutas) para preparar una ensalada. Además, de miel, huevos revueltos… Y al regresar, después de instalarnos en la recamara volvimos para almorzar. Ya para entonces Joseph se había encargado de hacer la reserva y entonces solo debimos esperar a que el anfitrión apareciera para que nos ubicara en alguna mesa, porque el local estaba bastante lleno.

En este momento no recuerdo lo que escogí para comer, pero sí me acuerdo que repetí dos veces. Y que me quedé con Joseph hasta terminar de almorzar. Nos levantamos de la mesa, salimos por la puerta que conectaba a la terraza y ningún mesero se nos había acercado para que firmáramos el consumo y se nos recargara a la cuenta.

Y nos dirigimos para el cuarto. Para llegar hasta el teníamos que atravesar el hall, la boutique y la tienda de recuerdos, un pasadizo, luego bajar por unas escaleras. Cada habitación tenía en la puerta de entrada un motivo selvático tallado, contaban con aire acondicionado, un baño bastante grande, un balcón refrescante y en él una hamaca. Dos camas gigantescas (tan grandes que no la ‘revolví’ como suelo hacerlo de tanto moverme). Y tan grande como las camas era el televisor.

Descansamos.

Gamboa, resort y selva

QUINTO DÍA:

Gamboa Hotel

Se decidió por tomar una de las tres rutas que ofrece el Gamboa para que sus huéspedes realicen. El paseo duraría el tiempo necesario para que la habitación estuviera lista ya para nosotros. Así que salimos al parqueo, Mr. Boss se encontraba en el carro alistándose para la exploración de ese momento. Joseph y yo nos acercamos a él, estaba contento, pues había podido fotografiar un Tucán.

Los tres nos aproximamos a la entrada principal del hotel. Debíamos esperar al camión que nos trasladaría hacia el punto de inicio de la ruta elegida. Antes de subir uno de los empleados pegó un sticker a todos los turistas que estábamos presentes, un cuadradito del color que iba de acuerdo a lo elegido. A nosotros nos tocó verde. Esperamos unos minutos más y el vehículo llegó.  

Camión – Gamboa Hotel.

Un pequeño camión cuya tolva estaba dividida en tres secciones con dos filas de asientos cada una. Estaba pintada con motivos selváticos y pintada en tono ‘piel de leopardo’. Una lona nos alivianaba del sol y unas escaleras de tres gradas nos permitía subir. En la primera sección se ubicó un matrimonio español (la pareja con sus dos hijos y los abuelos), en la segunda Joseph y Mr. Boss -de cara al camino- y frente a ellos yo junto a un matrimonio estadounidense. Y, en la tercera, otro matrimonio norteamericano y una familia de rasgos asiáticos. El resto de visitantes, como una pareja francesa, subieron a una furgoneta.

Durante todo el trayecto, que en realidad no fue tan largo como me lo imaginé antes, fui oyendo música. Llegamos hasta la estación del teleférico y nos juntaron en un grupo de cinco (éramos mis amigos y yo más la pareja de franceses). Fuimos el segundo grupo en subir a una de las cabinas.Yo tenía un tanto  de nervios, pues era la primera vez que me subía a un medio de esos (y más aún cuando semanas antes había visto por la televisión que en Colombia había fallado uno y tuvieron que ‘rescatar’ a las personas suspendidas en el aire). No pasó nada. Que en cuanto se puso en movimiento y la vista se hacía un tanto más agradable ese tonto temor se esfumó.

El aparato nos llevó hasta el otro lado en donde nos tocó caminar un tramo muy corto hacia una torre de 5 niveles de alto. Ya en la cima se podía observar el Canal del Panamá y una pequeña aldea de aborígenes del lugar. Nos hicimos unas fotos y descansamos un rato.

Teleférico – Gamboa Hotel.

Pero el paseo no se terminó ahí. Después del teleférico nos volvimos a subir al camión que simulaba un felino. En la segunda visita, ya no nos acompañaba los franceses. Esta vez estarían la familia española y un matrimonio americano. Era el momento de visitar los acuarios, el mariposario y el serpentario. Ese fue el orden que se tuvo.

Antes de entrar al local de las grandes peceras, estuvimos en un punto de venta en donde señoras indígenas ofrecían sus productos artesanales -muy bonitos pero un tanto caros… Pero valía la pena pagar el precio-. Fue ahí donde mis dos compañeros de viaje entablaron amistad con sus compatriotas (la gran familia española). En el lugar no solo habían peces, sino también algunas tortugas y, si mal no recuerdo, un lagarto de mediano tamaño.

-A mi particularmente me gustan los acuarios, pero esa exhibición me aburrió un tanto.

Luego, caminamos un tanto hasta llegar al mariposario. Esa exposición, el estar rodeado de esos frágiles animalitos me encantó. Aunque fue muy corto el recorrido estuvo muy interesante. Claro, hasta que se tenía que pasar por una especie de laboratorio, el cual era -a mi parecer- demasiado pequeño como para que estuviésemos ahí metidos tanta gente. Me quedé afuera con Boss.

Ahora el serpentario. Un tanto frío para mi gusto. Las paredes estaba hechas de tal manera que daba la sensación de que se ingresaba a una caverna. El ver tan de cerca los tipos de culebras que tienen me pareció muy interesante. Ahí solo pude ver algunas, y es que se camuflan tan bien que a mi mala visión se perdían en su espacio.

Finalmente, el orquideario. Un jardín de mediana extensión en donde se cultivan algunos tipos de Orquídeas. Una más bonita que otra, de todo ‘modelo’ y color. Tampoco me pareció tan aburrido. Pude hacer algunas fotos. Al salir de allí ya nos esperaban las movilidades (esta vez el camión ya no estaba). Así que me regresé al hotel solo porque Mr. Boss y Joseph decidieron caminar hasta el hotel.