Ciudad de Panamá: Fortalezas, playas y malecón

TERCER DÍA:

Muelle Portobelo, Panamá.

Si en la intemperie era sofocante estar, el interior del carro era aún más, y es que se había convertido en un horno móvil. Ello por un rato, pues solo bastó encenderlo para que, aparte de ponerle en marcha, se activara el aire acondicionado. Tomamos nuevamente la carretera de la avenida Transítsmica, luego que nuestro deseo de querer pasar a la isla quedara truncado, ya que al salir de la fortaleza no había ningún hombre que nos llevara hasta allí.

Ir rumbo a una playa era nuestra intención. Ni Joseph, ni Mr. Boss, mucho menos yo, sabia a qué playa iríamos -situación que más adelante se repetiría- pero a alguna tendríamos que llegar. Avanzamos unos kilómetros más, mientras oíamos música y de cuando en vez conversábamos, hasta que de pronto Boss medio frena.

¿Qué pasó? -me autopregunté. Levanté la mirada y obtuve la respuesta. Al observar por la ventana del lado izquierdo pude darme cuenta que se trataba de un sepelio. Varios autos estacionados a los lados de la pista. Personas vestidas de negro -varias de ellas llorando- acudían a uno de los tantos cementerios que se pueden ver en algunos tramos de las carreteras panameñas.

Luego de dejar atrás el momento llegamos a una especie de muelle. Frente a él se encontraba una isla muy conocida -para variar no recuerdo el nombre en este momento- que cada fin de semana es visitada por miles de panameños para disfrutar de sus playas. “Ahora sí -me dije- Ahora sí iré por primera vez a una isla”. No fue así. Nos montamos nuevamente en el carro y otra vez íbamos en busca de un pedazo de playa.

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TERCER DÍA:

Fortaleza de Santiago, Panamá.

Mr. Boss salió de la autopista y tomó el camino que nos llevaría directamente a Portobelo. Kilómetros más allá el paisaje cambio. Ahora ya se podría ver el mar, varias palmeras y algunas islas. Sin duda, estábamos ya en la costa atlántica de Ciudad de Panamá.

Según el libro-guía el primer atractivo que se podía visitar era la Fortaleza de Santiago -construcción que se puede recorrer en poco tiempo y está muy bien conservada, aunque un tanto descuidada en su interior, pues varias de sus paredes están grafitadas y personas las utilizan como baño; además, que arrojan desperdicios, tales como latas y papeles-.

Una vez que Boss estacionó el carro, pasamos de lo fresco que íbamos los tres dentro del vehículo al sofocante calor de la intemperie. Ya abajo se nos acercó un moreno, que nos ofrecía a pasar a un restaurante cercano para degustar algo y si nos animábamos a visitar una de las islas que estaban frente al lugar. 

Pese a que habían algunos automóviles más estacionados, éramos los únicos que recorrían en ese momento la edificación de piedra. Atravesamos un portal con marco redondeado, un letrero a la entrada nos brindaba la información necesaria (fechas y la función que cumplió en sus mejores épocas la fortaleza). El recorrido fue algo breve. Una especie de jardín abandonado se encontraba después del umbral. Subimos por una rampa, llegamos hasta los recuadros en donde se supone estuvieron colocados alguna vez cañones de batalla. Nos tomamos algunas fotografías para el recuerdo. Descendimos y dimos un paseo aún más breve por el interior.

Al poco rato empezamos a oír voces. Era una pareja con un taxista que hacía las veces de guía turístico. Tres personas que no sé, ni sabré si decidieron recorrer la Fortaleza de Santiago.

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TERCER DÍA:

Camino a Portobelo

La salida de aquel primer paseo fuera de Ciudad de Panamá fue un tanto lioso, sobretodo porque el GPS no señalaba la ruta adecuada a seguir, pero ni bien Mr. Boss dominó el camino todo marcho sobre ruedas.

Durante el camino Joseph sugirió que podíamos oír la música que contenía el Mp3 que mi hermano me había prestado para no aburrirme durante las cinco horas que estaría suspendido en el aire rumbo a Panamá. “Debe tener música que solo le gusta a él. Mejor pon…” -dijo Boss. Silencio y seguimos.

La carretera a Portobelo tiene forma de serpentina, con subidas y bajadas, con curvas de derecha a izquierda y viceversa. Sin embargo, permite al viajero deleitarse con unos paisajes de ensueño (aún más cuando se aproxima a ese mar color esmeralda). 

Con la música de fondo y de vez en cuando una esporádica conversa de mi parte pasó el tiempo y cada vez más nos parecía que nuestro destino (Portobelo) no aparecía nunca. El momento me recordaba a las primeras vacaciones que compartí junto a ellos (allá por el 2010), pero esta vez habían muchas diferencias, por ejemplo, ya existía más confianza, el aprecio de ellos hacia mi y de mi para con los dos estaba aún más fortalecido y, bueno, ya no me parecía que discutían cuando hablaban entre sí.

Joseph había llevado la guía  de viaje y de cuando en cuando le daba un vistazo al mapa para ubicarnos en el rumbo: “Ya falta nada”, “vete por aquí”, entre otras frases se le podían oír. Yo tomé el libro algunas veces, y otras leía en voz alta lo que era muy posible que viéramos. 

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TERCER DÍA:

Fachada del hotel Centroamericano -Ciudad de Panamá.

Sé que Mr. Boss se encargó de hacer el itinerario del viaje (y es que la pasa bien haciéndolo). Sé también que él prefiere mil veces el campo que la playa. No sé, ni me enteraré nunca, cuánto tuvo que ver Joseph para que se incluyera la visita, de al menos, dos lugares costeros.

Esa tercera mañana nos despertamos un tanto más temprano -porque entre el desayuno, el tiempo para asearnos, el ‘arreglar’ las cosas para el paseo y el tener que echarle algo de combustible al carro sí que nos iba a llevar algo de tiempo-. Bien, salimos los tres del hotel. No recuerdo por qué no entré a la cochera junto a mis dos amigos, pero para cuando tenía intención de entrar, ésta (la cochera) ya estaba cerrada. A un aviso de alguno de los dos me regresé a recepción a pedirle a la señora encargada en ese momento de la atención que abriera el portón. -Ah! Ya recordé, es que en no salí junto a ellos del hotel, que salí después de entregar las llaves de la habitación a la recepcionista.

Como era costumbre, Mr. Boss iba al volante del carro, Joseph a su lado y yo (por decisión propia) atrás. El vehículo fue sacado de la cochera, Boss estacionó un rato para que yo pudiera subir, programó el aparato GPS para que nos indique el camino hacia un grifo (estación de combustibles) y así partimos.

Era la primera vez que yo “viajaba” guiado por un aparatito de esos. No me fiaba mucho pero me despreocupé porque según me comentaron mis dos compañeros es muy útil… ¡En fin!

Para entonces, tanto Joseph como yo, empezábamos a ser testigos de las interminables discusiones y colerines de Mr. Boss para con el GPS. El problema no era el aparato tecnológico, sino el contenido, es decir el mapa del Panamá que nos vendieron no estaba tan bien hecho (sobretodo en nuestros desplazamientos por el interior del país). Hasta ese momento la situación me causaba un poco de gracia y dejaba a un lado la preocupación, pues confiaba en la habilidad y astucia del conductor. Demoramos en encontrar una estación, pero no nos incomodaba mucho porque el día recién iniciaba.

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TERCER DÍA:

 

En mi país (Perú) hay una pregunta que suele hacerse cuando alguien se ‘olvida’ de saludar por la mañana: “¿Hemos dormido juntos?”, pues se considera que si dos personas no han compartido habitación es de ‘buena’ educación dar los “buenos días”. Y bajo ese ‘concepto’ es que no saludaba a Joseph, ni a Mr. Boss, porque ya eran dos días que dormía en la misma recámara de ellos dos.

Hasta ese momento no había pensado en que mi falta de saludo al despertar le incomodaba de alguna manera a uno de mis dos compañeros de viaje. Mucho menos había ‘captado’ esos “buenos días” que me solía dar Mr. Boss en un tono peculiar, pues era él a quien le incomodaba. Empezaba así la primera actitud mía que le fastidiaría un poco durante los días que estuvimos los tres juntos.

Tal vez me faltó explicar a Mr. Boss respecto a la interrogante que solemos hacernos los peruanos ante la falta de un saludo mañanero, y decirle también que cuando me despierto en la mañana no llevo los lentes puestos y que sin ellos no puedo saber quien está y quien no. Y que puedo oír el ruido que hace la persona presente y puedo saludar sin ningún problema a su sombra con poca probabilidad de poder  confirmar que es ella.

Como dije ese ‘detalle’ era el primero de tres, del segundo me enteraría días después en Boca Chica, y el tercero en el último día que estuve con ellos en Panamá.