Todavía penumbras

El calor se hizo más para cuando salimos a la intemperie. Yo con la maleta y Joseph a mi lado. Mr. Boss se adelantó para encontrar el taxi que ya había ‘contratado’. Por cada pasajero habían 5 taxistas -fue mi perspectiva. Bien, fue así que tomó uno: automóvil blanco con cajuela para maletas en la parte trasera. La tarifa del aeropuerto al hotel (ubicado en la Avenida Ecuador) fue de 15 dólares.

El chofer, un moreno de mucho hablar, nos habló un poco de la situación del Panamá en la actualidad y de los últimos cambios que se habían hecho en la ciudad capital. Muy amable el señor pero creo que solo Mr. Boss fue la única persona que le prestó atención. Quizá Joseph también. Por mi parte no. Lo único que yo quería era llegar ya a la habitación, pues estaba demasiado cansado después de más de un día de viaje.

Era ya cerca de la 1 de la madrugada, el trayecto me parecía interminable y la noche me parecía mucho más oscura que una de mi país. Con Joseph intercambié algunas palabras (en realidad respondí a unas preguntas), pues íbamos sentados en los asientos de atrás, mientras que Mr. Boss iba al lado del taxista echándole conversa.

  • -¿Augustus te has fijado en los rascacielos? -me preguntó Mr. Boss.
  • -¿Rascacielos? -respondí con otra pregunta.
  • -Sí, mira -me dijo Joseph al mismo tiempo que me señalaba hacia la oscuridad más profunda que había visto en mi vida.
  • Ah, si… ¡Qué bonitos! -Afirmé sin ni siquiera haberlos ubicado en el espacio a la vez que realicé otra pregunta: ¿Qué tipo de personas los ocupan?
  • -Pues la gente con dinero -Responde Mr. Boss.

Creo que después de esa charla no dije más nada. Había decidido esforzarme tantito más para enterarme si llegaba a ver alguno de esos rascacielos que no los vería hasta horas más tarde. Esfuerzo en vano, todo me parecía muy oscuro hasta que llegamos a un trozo de ciudad y al fin alcanzaba a ver puentes peatonales, semáforos (los pocos que hay en Ciudad de Panamá) y más carros en marcha.

Durante todo el trayecto tuve la sensación que el taxi siguió un interminable camino recto, sin ningún desvío o cruce de peatones. No me enteré nunca cuán interminable fue ese recorrido, tal vez fue muy breve pero el agotamiento y las ganas de echarme en la cama me lo hicieron ver así.

Iba con Joseph y mis pensamientos hasta que de pronto noté que dobló una esquina, siguió dos cuadras más de casas y se detuvo. “Aquí estamos ya” -dijo el conductor del carro. Levanté la mirada y leí el nombre luminoso del hotel. Un edificio de 4 ó 5 pisos, con cochera y restaurante. Me bajé, tomé mi maleta. Mr. Boss se encargó de pagarle al señor.

Ingresé por un portal de vidrio; enmedio: una iluminación amarilla inundaba el ambiente; a la izquierda: una pequeña sala de visitas, un pasillo que llevaba hacía las computadoras, la lavandería y la oficina del gerente; una puerta de vidrio también que daba acceso al restaurante (en ese momento a oscuras); a la derecha: las escaleras, una pequeña oficina “al paso”  en donde se hacían las reservaciones para el carro y el ascensor.

Mr. Boss se acercó a la recepción para pedir las llaves de la habitación.  La recepción era un pequeño cuadrado con un computador, hojas, tres relojes con horas diferentes (la de Panamá, la de Italia y la de Estados Unidos), un señor que hacía las veces de el ‘botones’ y el recepcionista. Subimos por el ascensor, saqué la ropa pijama, “buenas noches por aquí, buenas noches por allá” y a ¡dormir! 

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