Destino: Panamá

  • -¿Lleva líquidos inflamables? -Me preguntó una de las señoritas de Avianca.
  • -Uhmm, creo que no -respondí con una sonrisa irónica-. Pero si consideras al desodorante como tal, pues entonces si que llevo.
  • Luego de sonreír. -Bueno, no es para tanto… ¿Me entrega por favor su boleto?
  • -Sí, claro… Aquí están… Que mi destino es Panamá -dije- pero me toca hacer una parada en Bogotá para cambiar de avión… Ya sabes, para aminorar gastos.
  • -Volvió a sonreír y dijo: Que si, muchos viajeros lo suelen hacer, especialmente los más jóvenes.
  • -¿Ah sí? -Pregunté. 
  • Así es señor Masillas -Respondió.
  • -Debe ser por el gusto a la aventura, además de ahorrarse unos céntimos -Agregué.
  • Debe ser… Bueno, tome esto que le servirá para presentar algún reclamo en caso no haya llegado su equipaje hasta su destino.
  • -Bien, gracias… Un gusto y hasta luego.

Durante la conversación, para cuando me tocó presentar el pasaje, me doy cuenta que llevaba conmigo el morralito de Camelia (al parecer me olvidé de entregarlo al momento de ingresar a los counter de aerolíneas). Sin vergüenza alguna caminé con Barbie a mi lado, impresa en tonos rosas y florecillas en tonalidades lilas. Salí de esa zona y me reencontré con la niña pidiéndome -casi a gritos- con una notoria emoción su “carterita”.

Subimos hasta el ingreso a los salones de vuelos internacionales y pedí a mi madre pararnos muy cerca a un monitor de “aviso de salidas” . Fue así que mientras esperábamos una hora “prudente” para despedirnos que Camelia se separó de todos para salir huyendo. ¿La razón? Pues unas religiosas que andaban de un lado a otro vestidas hasta el copete con sus hábitos. Descubrimos así que la niña no las ve como debería verlas, sino que causa en ella cierto miedo. Ni modo, que la despedida se adelantó.

Recorrí un corto camino en Zig Zag, guiado por una especie de cinturones que unen unos pequeños postes negros. Saludé muy cortés a una trabajadora de seguridad del aeropuerto e ingresé a la zona de migraciones.

Migraciones. Fue allí donde un señor regordete me pide la documentación (pasaporte y DNI -documento nacional de identidad) y me preguntó para dónde me dirigía. Dije que a Colombia. Me entregó el pasaporte sin más y a la vez un papelito -casi insignificante- que sería aquello que llaman un salvoconducto para estar en países sudamericanos pertenecientes a la Unasur. Me recordó a su vez que lo debería entregar a mi regreso.

Ahora tocaba la franja de seguridad. Primer contacto con la Interpol (Policía Internacional, que parecía más peruana que la chicha morada). Menos mal y me tocó de los pocos amables que quedan en la actualidad. La mujer policía me pidió que echara lo que llevara en una bandeja (ya antes había recordado uno de los consejos de Mr. Boss: el echar incluso el reloj minutos antes de entrar a esa zona). Fue así que puse mi bolsito y mi mochila, mis anteojos y mi reloj, mi pulsera y el mp3. ¿Las zapatillas también? -pregunté. Me respondió que no era necesario, a menos que tuviera ojuelas de metal en los pasadores.

¡Uff! Ningún timbrado, ahora a buscar la sala de espera. -Uhmmm, la número 24, en un sitio que no había visitado en años-. La preocupación me llevó a levantar la cabeza y ¡zaz! me percaté que en la parte superior de los pasillos habían letreros con flechas que indicaban la dirección a cada salita. Me encontraba a mitad, de la 11 a la 24 no hay mucha distancia. Luego de pasar por algunas tiendas de Dity Free llegué por fin hasta el lugar donde me tocaba hacer el tiempo hasta la hora de abordar el avión.

Vaya, todavía no hay gente -me dije a mí mismo. Me animé a ver algunas vitrinas y alcanzo a ver una discotienda, ingresé y compré un disco que iba a regalar a mis dos amigos (Joseph y Mr. Boss). La primera producción discográfica de William Luna fue la elegida para ellos. Cantante que a opinión de Mr. Boss tiene un timbre de voz algo femenina.

Al regresar ya se había formado semejante cola para ingresar al avión, y es que habían unido el vuelo de Avianca con el de Taca (bueno, que en realidad es la misma aerolínea). Luego de aclarar qué fila era de tal y tal compañía me puse en la más corta jeje.

¡Por fin! Ya estaba sentado en el avión. Empezaba así la aventura oficialmente. Al rato se sentó a mi lado un muchacho. Era colombiano y jugador de póquer online, el mismo que descubrió que prácticamente era mi primer vuelo en la vida (no es para menos después de muuuucho tiempo las cosas no son las mismas). El avión despegó sin mayores contratiempos y compartí el momento de la cena, una esquelética charla y una revista con el colocho (que muy tonto yo nunca le pregunté su nombre). El muchacho no era muy alto, tenía algo de panza, pero era muy atractivo. Olía muy bien y nunca se quitó la gorra de la cabeza.

Aterrizamos en Bogotá después de dos horas y media de viaje. El frío se hizo sentir en cuanto salí de la aeronave. Preguntando y preguntando nunca me salí del área de internacionales. Pasé nuevamente por una revisión de equipaje de mano y subí hasta la zona de salones de espera. La sala 28A debía encontrar en el menor tiempo posible. La hallé sin mayor problema. Ya había unas cuantas personas esperando allí. Me senté, encendí el mp3 y me puse a oír música hasta que dijeron: ¿Destino: Panamá?

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