Ciudad de Panamá: Parques, avenidas y mar

PRIMER DÍA:

Corredor Norte

El atasco en el peaje del Corredor tenía forma de embudo. Cuatro filas de carros se habían formado. Automóviles de distintas formas, tamaños y colores se enfrentaban entre sí por llegar hasta la garita y librarse de esa manera de embotellamiento.  El calor se hacía tan visible como nuestras (la de los pasajeros) ganas de querer pasar rápido el momento. 

paso lento llegamos hasta la ventanilla. El chófer pagó la tarifa y de ahí hasta la estación de Miraflores no tardamos nada (hasta ese momento no me enteraba que esa estación guardaba relación directa con el Canal de Panamá y… no me enteraría hasta el día siguiente). El vehículo se detuvo frente a una especie de paradero que estaba ‘conectado’ a un sinfín de escalinatas  que conducían hasta las boleterías del lugar.

El ómnibus dio una vuelta de media luna y volvió a detenerse casi a mitad de las escaleras. Subieron algunos pasajeros. Siguió la ruta hasta llegar hasta un lugar conocido como la Calzada de Amador, tres islas unidas entre sí y con la costa de Ciudad de Panamá con la tierra que se extrajo en la construcción del canal.

Avanzamos por un camino opticamente estrecho y largo. El bus se detuvo frente a un centro comercial. Tampoco bajamos porque el tiempo no era nuestro aliado en ese instante. Subieron más pasajeros.  Por un lado mar, por el otro también, enmedio la carretera y a un lado de ésta un camino de acera y palmeras que muy gustosamente se puede recorrer cuando cae el sol. Seguimos hasta llegar a otro centro comercial que lleva por nombre Multicentro, que era la última parada del autobús   

Calzada de Amador

En el Multicentro dimos algunas vueltas, bueno, que en realidad buscábamos un lugar donde podíamos beber algo y comer algún postre . Fue así que avanzamos poco más allá de las escaleras eléctricas del primer nivel y encontramos un módulo ubicado en medio del pasillo con algunas mesitas y sillas que simulaban ser de madera, pero que en realidad eran metálicas. Nos acercamos al mostrador de bocaditos, cada quien eligió lo que le provocaba comer y nos sentamos.

Mr. Boss se encargó de hacer el pedido en la caja del mini restaurante. Joseph y yo permanecimos sentados. Joseph acudió al llamado de Mr. Boss. Yo seguí sentado. Al rato se aproximan ambos para decir que lo que queríamos no había en ese momento. Subimos hasta el segundo nivel y encontramos un sitio en donde pudimos saciar nuestras ganas de comer y beber algo.

Regresamos al hotel casi de noche. Subimos a la habitación. Esperamos a que fueran las 20 horas para cenar. Bajamos poco antes de esa hora y cenamos. Volvimos a subir. Nos aseamos y ¡a dormir! Bueno, ellos dos porque yo me quedé un rato viendo televisión.

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PRIMER DÍA:

Creo que fue Mr. Boss, o quizá Joseph, quien se detuvo a leer la pizarra con los platillos del día puesta en la entrada del restaurante en el que almorzamos. El menú costó 8 balboas (o dólares -tienen casi el mismo valor) consistía en entrada, que era sopa; dos opciones de segundo plato,  bistec picado y pastas; y el refresco. Nada mal el sitio.

Con un airecillo de ambiente italiano. El restaurante estaba ubicado en una esquina frente a la Plaza central del Casco antiguo de Ciudad de Panamá. El comedor no era muy grande, habrían más o menos siete mesas con cuatro sillas cada una. Manteles blancos cubiertos con un cuadrado azul en medio y servilletas del mismo color que el mantel. Lo que más llamó mi atención fue la forma de los aros servilleteros, pues era de un tenedor enrollado a la medida.

Elegimos una mesa muy cerca a la barra de atención, tal vez pensamos que de esa forma nos atenderían más rápido. No éramos los únicos. Atrás mío había un señor almorzando ya y a espaldas de Joseph había cuatro muchachos (dos de ellos con rasgos asiáticos). Luego, llegaría una señora a comprar una pizza familiar, antes de ésta una pareja con un perro (los mismos que no se quedaron porque no se aceptaban mascotas).

Se acercó el mozo trayendo consigo la carta de platos. Mr. Boss no sabía cómo decir que estábamos ahí tan solo por el menú; creo que pasaba lo mismo con Joseph; así que me atreví a decirle al mesero que nosotros queríamos solo cualquiera de los dos platillos del día. Luego del pedido, y mientras esperábamos a que nos sirvieran, nos trajeron ‘palitos de ajo’ (para algunos pan) y de pronto entró un hombre, de mediana edad que parecía llevar prisa, y el mismo que a Mr. Boss le pareció era un personaje público (probablemente de farándula) de su país.

Comimos y empezamos la marcha de regreso. El calor estaba en su máximo esplendor. Con el bochorno encima llegamos hasta el lugar en donde el bus rojo nos dejó. Nos acercamos a Rosalva (la morena que nos había vendido los tickets). La intención de mis compañeros era solo de preguntar por la hora en la que llegaría el vehículo, pero yo cambié los planes, pues que mi espíritu de periodista resplandeció y empecé a lanzarle preguntas que ella muy educadamente respondía.

La charla se puso amena, cada quien daba una opinión, pero el sol nos consumía a los cuatro. Rosalva, muy despierta ella, nos propuso ir hasta el lugar que de alguna manera le aliviaba el calor. Por mi parte imaginé sería alguna sombra dada por un frondoso árbol. Erré. Si, fue un árbol, pero un árbol en proceso de crecimiento. Un arbolito que apenas podía acogernos. La charla siguió hasta que llegó el bus.  

Era poco más de las 15 horas. Ya un tanto tarde para visitar el Canal de Panamá, y es que los buses de turistas llegan hasta ahí hasta las 17:30. Y como perdimos tiempo en el atasco vehicular que se originó en una de las garitas del peaje del Corredor norte pasamos la tarde dando vueltas por la ciudad y nos quedamos sentados hasta poco más de las 18 horas.

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PRIMER DÍA:

No demoramos mucho en encontrar el taxi y en poco tiempo ya estábamos en el cuarto de hotel. Lugar en donde tampoco tardamos, pues Mr. Boss solo debía cambiarse de calzado. Con las mismas salimos y continuamos con la travesía por Ciudad de Panamá.

Es así que luego de hacer la caminata cerca al mar en la avenida Balboa pasamos nuevamente para el lado de las edificaciones. Hasta ese momento yo no ponía en marcha mi retentiva de ubicación, aunque sí me había quedado con el edificio ubicado en el cruce de las avenidas Ecuador y Balboa. Era el Ann Sullivan. El mismo que sirvió para tomar el camino correcto para retornar al hospedaje.

Parque Urraca – Ciudad de Panamá.

En ese lugar me enteré que el plan de aquel día era visitar el canal de Panamá (que se postergó) y la Casco antiguo de la ciudad (Panamá vieja). Para eso debíamos esperar a un bus turístico que nos llevaría hasta esos lugares, y algunos lugares más.

Nos plantamos en una parte de la acera en donde había un letrero de parada de autobús. Nada. Pasaba el tiempo y no se asomaba ni uno solo. Mr. Boss se decidió a preguntar a algunas personas que se encontraban en la zona. Vimos que se aproxima un vehículo rojo, de dos niveles (la parte inferior cerrada con vidrios y con aire acondicionado, la parte superior al aire libre, asientos a la derecha e izquierda de a dos y cubiertos con un techo de calamina color amarilla. Presurosos nos dirigimos hasta el.

Era de la línea de buses turísticos que queríamos tomar pero no iba al destino que ya Mr. Boss había decidido. Iríamos primero al casco antiguo y luego al canal. Nos tocó esperar un tanto de tiempo más y por fin llegó el ómnibus que nos llevaría hasta allí.  Al subir nos entregaron un triplico con un mapa de los recorridos que sigue y unos audífonos (estos si nos dieron uno para uno de nosotros).

En un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en la Panamá vieja. Ahí veríamos por primera vez a Rosalva, una morena que trabajaba para la empresa de buses turísticos. No intercambiamos más que el precio, por su parte, y los billetes, por parte de nosotros. Nos entregó los tickets y con ellos los derechos a montarnos en el bus las veces que queramos por dos días, además de un recorrido nocturno que brindan (el cual no tomamos).

Catedral y plaza central del casco antiguo de Ciudad de Panamá.

Salimos de la frescura del aire acondicionado del interior del vehículo al sofocante calor panameño. Bien, así empezaba el recorrido por lo que alguna vez fue la capital. Las pistas en ese lugar son mucho más estrechas que la de la ciudad nueva de Panamá. En estos meses se encuentra en plenos trabajos de reconstrucción y mantenimiento de los edificios clásicos. Se puede recorrer sin mayores sobresaltos, hay restaurantes (un poco caros pero cuentan con los servicios necesarios). En el casco antiguo quedan muy pocos vecinos, según nos comentaron el sitio ya no está destinado para familias sino para que sea un atractivo turísticos (Hoteles, más restaurantes, entre otras cosas).

Caminamos por algunas manzanas, la mayoría de ellas sin habitar. No teníamos un camino fijo a seguir porque varios tramos estaban “cerrados” porque habían hombres trabajando en la renovación de los edificios. Conocimos la Plaza Francia, una especie de alameda con varios puestos de artesanos. Paseamos por el malecón en donde increíblemente se nos acercó un señor y acertó con nuestras nacionalidades (sobretodo con la de Joseph y Mr. Boss que ya se les había confundido con americanos). Al parecer este señor, un moreno alto que parecía trabajar en el lugar, tenía muchas ganas de recordarnos la historia, sobretodo de la relación entre las antiguas naciones (Perú, España y Panamá). Menudo rollo nos lanzó, así que muy cortésmente Joseph le dio fin -por lo menos hasta ese momento porque más adelante nos aparecería otra vez-.

Andando y andando nos llegó la hora del almuerzo. Yo un tanto nervioso porque hasta ese momento mi única cercanía con la gastronomía panameña había sido por fotografías en Internet y la verdad no me había convencido mucho. El encontrar un restaurante que se adecue a nosotros nos tomó cierto tiempo.  

Seguimos caminando, observando a la vez los letreros del “menú del día”.  De ese modo llegamos nuevamente hasta la plaza central…

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PRIMER DÍA:

El paseo por la faja costera de Ciudad de Panamá no fue el primero que hicimos. Antes, una hora y media más o menos, habíamos andado por algunas avenidas de la capital panameña. Fue más o menos corto porque tuvimos que regresar por un percance que tuvo Mr. Boss al caminar.

El destino no lo tenía yo muy claro, solo seguía a mis dos compañeros de viaje en lo que era la primera caminata en el país centroamericano. Fue así que salimos del hotel en dirección a la avenida Balboa, no llegamos a ella, doblamos a la primera esquina de la cuadra, anduvimos dos manzanas y tomamos en camino de la derecha hasta llegar a un camino cerrado por obras.

No recuerdo exactamente cómo es que llegamos hasta una calle de la cual resaltaba una iglesia blanca, una  muy blanca, de la cual no recuerdo el nombre, pero que tenía en la parte superior de ésta una figura en piedra de una virgen (quizá de la ‘del Carmen’ o ‘de la puerta’… ¡qué más da!) y de la cual, si mal no recuerdo,  Joseph hizo algunas tomas de vídeo.

Después de habernos detenido un rato para contemplar el edificio religioso seguimos con nuestro andar. Fue así que pasamos pistas a doble vía, calles con tramos de veredas en mal estado y por los rascacielos… sin duda estábamos en el centro financiero de la ciudad.  

Caminando y caminando llegamos hasta una zona donde debimos evitar no pisar uno de los tantos charcos formados tal vez por una llovizna que cayó la noche anterior (aunque me pareció ser de algún desagüe en mal estado). De lo moderno, casi elegante, de la zona financiera habíamos pasado a la comercial, era así la Vía España.

Y no fue hasta llegar a una tienda de artefactos electrónicos que me enteré que Joseph y Mr. Boss andaban en busca de un GPS que tuviera el mapa del Panamá para así poder ubicarse de manera más rápida al conducir. Pero antes de entrar a la tienda tuvimos que subir a un puente peatonal bastante descuidado, era de color amarillo, muy ancho pero de escaleras estrechas que conectaba ambas aceras de la avenida España.

Me distraje un rato observando la vitrina de la tienda. Mis compañeros ya estaban adentro preguntando por el aparato GPS. Salió Joseph para verme. Lo observé y entré. Mientras ellos andaban en la compra, yo seguía viendo los productos en exhibición.

Finalmente se hizo la adquisición del GPS (aparato que luego hiciera renegar a Mr. Boss al manejar por el interior del país). Salimos. Comentarios iban y venían. La intención era regresar caminando al hotel para dejarlo y volver a salir a tomar el ‘bus rojo’. Plan de regreso que, felizmente, no se hizo realidad (pues yo no podía dar un paso más, que después de mucho tiempo había vuelto a andar distancias tan extensas como son las calles de una ciudad capital) y tuvimos que buscar un taxi que nos llevara con urgencia hasta nuestro lugar de destino.

Minutos antes, íbamos por una de las calles, Joseph primero, le seguía a duras penas yo, y detrás venía Mr. Boss. De pronto, éste último, casi abruptamente nos hizo detener. “¿Qué pasó?” -preguntó Joseph. Respuesta que recibiría directamente viendo lo que pasaba. No era más que la suela de una de las sandalias de Mr. Boss había terminado derrotada (aún más que yo) por el presuroso caminar.

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PRIMER DÍA:

Tomamos cada quien una cámara para fotografiar. Por mi parte no había llevado una porque la que solía usar era de uso familiar y está dañada de la “tapita” que asegura las baterías  bueno, la cosa es que mis compañeros habían llevado una extra para prestármela. Por la parte de Joseph, tomó su mochila, en donde llevaba las gorras, la guía del país, una botella con agua y la cámara de video, aparte de la de fotos.  Y Mr. Boss, pues que simplemente salió, claro, con su cámara ‘pegada’ a la correa.

Que Mr. Boss es un tanto presuroso, sin embargo tiene un aire de ser calmado. Y si, siempre anda con prisas para algunas cosas (como el desayunar, el conducir, el despertarse temprano, entre otras cosas); pero cuenta con mucha calma para otras, como para cuando es momento de tomar una fotografía (y es que es algo detallista al momento de cuadrar una imagen) o para cuando explica algo (el cómo ‘funciona’ un programa de edición de imágenes o cómo mejorar el estilo para hacer fotos). Yo diría que es único en su especie, pues que me tuvo mucha paciencia para cuando le hacía yo fotos de muy mal gusto (aunque no haya tenido yo mala intención al hacerlas) o para cuando no ‘avanzaba’ con la comida. Ah y un tanto despistado también lo es, tan o más que yo que siempre ando perdiendo objetos.

Joseph era de los tres el más cauteloso. Que si Mr. Boss necesitaba algo ya lo tenía Joseph para dárselo. Que si  tenía yo sed, pues ya me convidaba del agua que llevaba. Un punto a su favor, que todo ello lo sacaba de su mochila… de aquel bolso que no quería soltar (aunque le empezara a doler el hombro) y que casi casi era una tienda a cuestas.

Salimos del hotel en dirección a la avenida Balboa, una vía que bordea un tramo de la costa de la ciudad capital del Panamá. El calor se hacía insoportable pero las ganas de recorrer el lugar y conocerlo nos hacía caminar sin desmayo. Anduvimos dos, o quizá tres, cuadras y ya podía yo percibir el olor a brisa marina (aunque Mr. Boss dijera que no era el característico olor a playa). Carros veloces iban de izquierda a derecha y viceversa en cuatro vías de asfalto. Subimos por el puente peatonal más cercano, una escalera de tipo caracolesco nos llevó a la cima, y ahí a pleno sol nos detuvimos a observar parte de la ciudad. Una foto por aquí, otra por allá, comentarios iban y venían y seguimos la marcha.

Pasamos  sin mayor demora al otro lado. Para el lado del mar. Un mar de aguas turbias que bordeaba una orilla de piedras y concreto. Un mar que a cierta distancia mostraba con timidez su belleza color azul cielo. Fue así que pasamos por admirables piletas, un parque recreacional (con plataforma para fútbol incluída), el club de yates de Ciudad de Panamá… y decimos volver para el lado de las edificaciones. 

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PRIMER DÍA:

No recuerdo exactamente que fue lo que me despertó aquella primera mañana. Por un lado, mi ‘adaptación’ a una ciudad que era nueva para mí, por el otro, la pregunta que le hiciera Mr. Boss a Joseph: “¿Se va a despertar ya?”. En poco tiempo me encontré en la ducha, tratando de que el agua cayera con una temperatura agradable, nada, que perdí esa pequeña batalla, fue así que me duché con agua fresca (y es que con el calor que hacía por entonces en Ciudad de Panamá el ducharse con agua tibia realmente considero es un suicidio). Me vestí y salí del baño.

Creo que tardé más de lo debido, pues mis dos compañeros de habitación ya estaban esperándome para bajar a desayunar -No descubrí hasta ese momento que suelo demorar en ducharme- No atiné más que a sonreír y, claro, me apresuré en estar listo. Todavía éramos inconscientes del bochorno que nos esperaría a  poco tiempo.

Bajamos por el ascensor. No recuerdo si comentamos algo. Salimos y entramos al comedor del hotel. Mr. Boss se encargó en decidir la mesa. Uno a uno nos fuimos sentando.

  • -Buenos días -Nos dijo la mesera, una muchacha de edad madura, con lentes convencionales y con efecto ‘fotogray’, de piel clara y cabellos de un débil rubio que se hacía negro.
  • -Hola -Respondimos casi en coro.

Vaya, después del calor que había sentido al descender hasta el restaurante paso a sentir frío, pues nos habíamos ubicado frente a uno de los aparatos de aire acondicionado que había en el lugar. Pero que bien pude soportar y no morir casi congelado. Por mi parte fueron dos huevos duros (sancochados), dos tostadas, y ensalada de frutas; Mr. Boss huevos fritos, tocino, tostadas también ensalada de frutas; por su parte, Joseph, a quien le tocó esperar algo más por su desayuno, pidió pancakes, tostadas y ensalada de frutas. Los tres pedimos café con leche. desayunamos y subimos nuevamente al cuarto para recoger las cosas que necesitaríamos para dar el primer paseo en Ciudad de Panamá.

Todavía penumbras

El calor se hizo más para cuando salimos a la intemperie. Yo con la maleta y Joseph a mi lado. Mr. Boss se adelantó para encontrar el taxi que ya había ‘contratado’. Por cada pasajero habían 5 taxistas -fue mi perspectiva. Bien, fue así que tomó uno: automóvil blanco con cajuela para maletas en la parte trasera. La tarifa del aeropuerto al hotel (ubicado en la Avenida Ecuador) fue de 15 dólares.

El chofer, un moreno de mucho hablar, nos habló un poco de la situación del Panamá en la actualidad y de los últimos cambios que se habían hecho en la ciudad capital. Muy amable el señor pero creo que solo Mr. Boss fue la única persona que le prestó atención. Quizá Joseph también. Por mi parte no. Lo único que yo quería era llegar ya a la habitación, pues estaba demasiado cansado después de más de un día de viaje.

Era ya cerca de la 1 de la madrugada, el trayecto me parecía interminable y la noche me parecía mucho más oscura que una de mi país. Con Joseph intercambié algunas palabras (en realidad respondí a unas preguntas), pues íbamos sentados en los asientos de atrás, mientras que Mr. Boss iba al lado del taxista echándole conversa.

  • -¿Augustus te has fijado en los rascacielos? -me preguntó Mr. Boss.
  • -¿Rascacielos? -respondí con otra pregunta.
  • -Sí, mira -me dijo Joseph al mismo tiempo que me señalaba hacia la oscuridad más profunda que había visto en mi vida.
  • Ah, si… ¡Qué bonitos! -Afirmé sin ni siquiera haberlos ubicado en el espacio a la vez que realicé otra pregunta: ¿Qué tipo de personas los ocupan?
  • -Pues la gente con dinero -Responde Mr. Boss.

Creo que después de esa charla no dije más nada. Había decidido esforzarme tantito más para enterarme si llegaba a ver alguno de esos rascacielos que no los vería hasta horas más tarde. Esfuerzo en vano, todo me parecía muy oscuro hasta que llegamos a un trozo de ciudad y al fin alcanzaba a ver puentes peatonales, semáforos (los pocos que hay en Ciudad de Panamá) y más carros en marcha.

Durante todo el trayecto tuve la sensación que el taxi siguió un interminable camino recto, sin ningún desvío o cruce de peatones. No me enteré nunca cuán interminable fue ese recorrido, tal vez fue muy breve pero el agotamiento y las ganas de echarme en la cama me lo hicieron ver así.

Iba con Joseph y mis pensamientos hasta que de pronto noté que dobló una esquina, siguió dos cuadras más de casas y se detuvo. “Aquí estamos ya” -dijo el conductor del carro. Levanté la mirada y leí el nombre luminoso del hotel. Un edificio de 4 ó 5 pisos, con cochera y restaurante. Me bajé, tomé mi maleta. Mr. Boss se encargó de pagarle al señor.

Ingresé por un portal de vidrio; enmedio: una iluminación amarilla inundaba el ambiente; a la izquierda: una pequeña sala de visitas, un pasillo que llevaba hacía las computadoras, la lavandería y la oficina del gerente; una puerta de vidrio también que daba acceso al restaurante (en ese momento a oscuras); a la derecha: las escaleras, una pequeña oficina “al paso”  en donde se hacían las reservaciones para el carro y el ascensor.

Mr. Boss se acercó a la recepción para pedir las llaves de la habitación.  La recepción era un pequeño cuadrado con un computador, hojas, tres relojes con horas diferentes (la de Panamá, la de Italia y la de Estados Unidos), un señor que hacía las veces de el ‘botones’ y el recepcionista. Subimos por el ascensor, saqué la ropa pijama, “buenas noches por aquí, buenas noches por allá” y a ¡dormir! 

Reencuentro y… nada más

Era poco más de la medianoche en Ciudad de Panamá. El aterrizaje se dio sin sobresaltos. Mis ansías por salir del avión eran tan grandes como el deseo de volver a ver, esta vez personalmente a Joseph y a Mr. Boss, pero más grande aún era mi intriga por cuánto tiempo decidirían darme en migraciones de ese país.

Un boquerón de aire caliente me dio la primera bienvenida, luego vendría el trillado saludo de las aeromozas y personal del aeropuerto, para después pasar a formar la fila de los viajeros que deberíamos registrar nuestro ingreso a Panamá. No esperé mucho tiempo y finalmente pasé a una de las oficinas “al paso” de migraciones.Fue así que me atendió un funcionario. El hombre no pasaría de los 45 años, con un poco de sobrepeso, cabellos rizados (muy corto) y de piel morena (mucho más canela que la mía).  

  • -Hola, buenas noches -le dije mirándole fijamente a los ojos (ello para no demostrar que estaba muy nervioso).
  • -Buenas noches señor -fue lo único que me dijo.

Sin mencionar palabra alguna revisó mi pasaporte, leyó un tanto la hojita que me habían dado en el avión y estampó el sello. Sin decirme siquiera cuántos días me podía yo quedar en aquella nación centroamericana y que yo, por ser turista, contaba desde ese momento con un seguro que cubría los gastos de alguna enfermedad percibida durante mi estadía o algún accidente que tuviese.

Mientras las demás personas parecían tener prisa, yo caminaba lentamente, y es que tenía un tanto de nervios de volver a ver a mis dos amigos. Una tontería quizá si, pero fue lo que sentía en ese momento. A paso lento llegué hasta las fajas transportadoras del equipaje. Habíamos pocos esperando ya y nadie nos decía por cuál de todas las que habían en el lugar aparecerían nuestros equipajes.

Tuve suerte, mi maleta fue la tercera en salir. Una gris, casi metálica, con stickers redondos pegados en sitios estratégicos para que yo la pudiera reconocer y la tomara en cuanto la viese aparecer. La tomé y caminé siguiendo a las personas, pues creía que ellas me dirigirían hasta la salida.

Sin darme cuenta me encontraba frente a un montón de personas. Unos con cartelitos blancos con nombres de personas, otras abrazándose y yo mirando tímidamente (me decía a mi mismo no veo a ninguno y ahora qué).

Y nada, fue tan espontaneo como aquel beso que me sorprendió la primera vez que vi en persona a Joseph, y al fin lo ubiqué -o creo que él me vió primero, o tal vez fue Mr. Boss-. Acompañando a la tranquilidad por haberles encontrado estaba ahí, revoloteando dentro de mí, la alegría de volverlos a ver.

Un casi tenue y fugaz saludo a Mr. Boss. Él, llevando prisa y contándome que no había llevado el carro por una razón que no recuerdo, lo veía tan igual como la última vez que nos encontramos en Chiclayo, en Perú. Aunque le notaba algo que no había percatado aquella oportunidad y mucho menos podía percatarme en ese momento, ya que estaba un tanto cansado y la iluminación no era la adecuada, y bueno, que tampoco contaba con el tiempo suficiente como para saber lo que era.

A Joseph, tan reluciente de ropa,, quizá tan o más emocionado que yo por volvernos a reencontrar, le noté algo distinto. No era el mismo de aquella primera vez en Perú., pero al igual que me pasaba con Mr. Boss me sucedía con él: no podía saberlo hasta que llegamos al hotel. Un abrazo de lado fue nuestro saludo, y él tan preocupado por mí (aunque más por mi familia) me pide que le de  un número para que yo me comunicara y avisara de esa manera que había llegado ya a Panamá.

Ring, ring… Nadie responde el celular. Ya lo intentaré más tarde o mañana le dije…

Reencuentro y… ¿algo más?

Descendí junto a los demás pasajeros por unas escaleras de concreto. Tan iluminadas que parecían ser blancas. Vaya, a cada paso que daba al bajar podía percibir ese frío serrano que caracteriza a Bogotá. Al rato me encontraba fuera del aeropuerto. Abordé el bus que me llevaría hasta las escaleras del avión. Por suerte encontré un asiento disponible.

El trayecto lo hice junto a una señora que llevaba unas zapatillas con retoques andinos (sin duda era peruana). Uhmm, el microbus no dejaba de dar vueltas el aire ya enfriaba mi rostro y empezaba a respirar frío, crudo y duro. Menuda sorpresa, pues el chófer no estaba enterado a cual de las tantas aeronaves que estaban estacionadas debía dejarnos… ¡Qué horror!

Luego del paseo inesperado por las instalaciones de las pistas de aterrizajes regresamos hasta la puerta de embarque. Aclarada ya la mente del conductor nos llevó hasta la escalera de abordaje. Uno a uno de los viajeros fuimos subiendo hasta la entrada. Mi lugar era la fila después de la “primera clase”.

Nuevamente ventanilla… ¡Qué suerte!

El avión era de menor tamaño que el que me llevó hasta Colombia. Los asientos eran mucho más incómodos. No tenía pantallita alguna para por lo menos elegir un par de canciones. Así que todo el viaje me la pasé oyendo las interminables preguntas de un niño (muy lindo él) que viajaba con su padre (muy guapo él). Ambos con un look urbano en matices marrones y negros, llevaban gorro y muy relucientes.

Desde el cielo pude visualizar embarcaciones muy iluminadas que daban la impresión de ser algún  crucero de turistas y de a pocos se fue asomando tímidamente (al menos por mi lado) el aeropuerto de Tocumen. Del frío de Bogotá pasé, casi abruptamente, al calor panameño.

Fue así que se haría realidad el deseo que compartía con Joseph: el verme aparecer por la salida de pasajeros en el aeropuerto de Panamá, y es que ello significaba solo una cosa: que no me había despistado en ninguno de los anteriores. ¡Qué emoción! Al fin volvía a ver a Mr. Boss y a Joseph.  De esa manera se producía el reencuentro… ¿Algo más? Pues sí, que se me activó el Rooming internacional de la compañía de celulares con la que tengo un contrato de servicio.

Destino: Panamá

  • -¿Lleva líquidos inflamables? -Me preguntó una de las señoritas de Avianca.
  • -Uhmm, creo que no -respondí con una sonrisa irónica-. Pero si consideras al desodorante como tal, pues entonces si que llevo.
  • Luego de sonreír. -Bueno, no es para tanto… ¿Me entrega por favor su boleto?
  • -Sí, claro… Aquí están… Que mi destino es Panamá -dije- pero me toca hacer una parada en Bogotá para cambiar de avión… Ya sabes, para aminorar gastos.
  • -Volvió a sonreír y dijo: Que si, muchos viajeros lo suelen hacer, especialmente los más jóvenes.
  • -¿Ah sí? -Pregunté. 
  • Así es señor Masillas -Respondió.
  • -Debe ser por el gusto a la aventura, además de ahorrarse unos céntimos -Agregué.
  • Debe ser… Bueno, tome esto que le servirá para presentar algún reclamo en caso no haya llegado su equipaje hasta su destino.
  • -Bien, gracias… Un gusto y hasta luego.

Durante la conversación, para cuando me tocó presentar el pasaje, me doy cuenta que llevaba conmigo el morralito de Camelia (al parecer me olvidé de entregarlo al momento de ingresar a los counter de aerolíneas). Sin vergüenza alguna caminé con Barbie a mi lado, impresa en tonos rosas y florecillas en tonalidades lilas. Salí de esa zona y me reencontré con la niña pidiéndome -casi a gritos- con una notoria emoción su “carterita”.

Subimos hasta el ingreso a los salones de vuelos internacionales y pedí a mi madre pararnos muy cerca a un monitor de “aviso de salidas” . Fue así que mientras esperábamos una hora “prudente” para despedirnos que Camelia se separó de todos para salir huyendo. ¿La razón? Pues unas religiosas que andaban de un lado a otro vestidas hasta el copete con sus hábitos. Descubrimos así que la niña no las ve como debería verlas, sino que causa en ella cierto miedo. Ni modo, que la despedida se adelantó.

Recorrí un corto camino en Zig Zag, guiado por una especie de cinturones que unen unos pequeños postes negros. Saludé muy cortés a una trabajadora de seguridad del aeropuerto e ingresé a la zona de migraciones.

Migraciones. Fue allí donde un señor regordete me pide la documentación (pasaporte y DNI -documento nacional de identidad) y me preguntó para dónde me dirigía. Dije que a Colombia. Me entregó el pasaporte sin más y a la vez un papelito -casi insignificante- que sería aquello que llaman un salvoconducto para estar en países sudamericanos pertenecientes a la Unasur. Me recordó a su vez que lo debería entregar a mi regreso.

Ahora tocaba la franja de seguridad. Primer contacto con la Interpol (Policía Internacional, que parecía más peruana que la chicha morada). Menos mal y me tocó de los pocos amables que quedan en la actualidad. La mujer policía me pidió que echara lo que llevara en una bandeja (ya antes había recordado uno de los consejos de Mr. Boss: el echar incluso el reloj minutos antes de entrar a esa zona). Fue así que puse mi bolsito y mi mochila, mis anteojos y mi reloj, mi pulsera y el mp3. ¿Las zapatillas también? -pregunté. Me respondió que no era necesario, a menos que tuviera ojuelas de metal en los pasadores.

¡Uff! Ningún timbrado, ahora a buscar la sala de espera. -Uhmmm, la número 24, en un sitio que no había visitado en años-. La preocupación me llevó a levantar la cabeza y ¡zaz! me percaté que en la parte superior de los pasillos habían letreros con flechas que indicaban la dirección a cada salita. Me encontraba a mitad, de la 11 a la 24 no hay mucha distancia. Luego de pasar por algunas tiendas de Dity Free llegué por fin hasta el lugar donde me tocaba hacer el tiempo hasta la hora de abordar el avión.

Vaya, todavía no hay gente -me dije a mí mismo. Me animé a ver algunas vitrinas y alcanzo a ver una discotienda, ingresé y compré un disco que iba a regalar a mis dos amigos (Joseph y Mr. Boss). La primera producción discográfica de William Luna fue la elegida para ellos. Cantante que a opinión de Mr. Boss tiene un timbre de voz algo femenina.

Al regresar ya se había formado semejante cola para ingresar al avión, y es que habían unido el vuelo de Avianca con el de Taca (bueno, que en realidad es la misma aerolínea). Luego de aclarar qué fila era de tal y tal compañía me puse en la más corta jeje.

¡Por fin! Ya estaba sentado en el avión. Empezaba así la aventura oficialmente. Al rato se sentó a mi lado un muchacho. Era colombiano y jugador de póquer online, el mismo que descubrió que prácticamente era mi primer vuelo en la vida (no es para menos después de muuuucho tiempo las cosas no son las mismas). El avión despegó sin mayores contratiempos y compartí el momento de la cena, una esquelética charla y una revista con el colocho (que muy tonto yo nunca le pregunté su nombre). El muchacho no era muy alto, tenía algo de panza, pero era muy atractivo. Olía muy bien y nunca se quitó la gorra de la cabeza.

Aterrizamos en Bogotá después de dos horas y media de viaje. El frío se hizo sentir en cuanto salí de la aeronave. Preguntando y preguntando nunca me salí del área de internacionales. Pasé nuevamente por una revisión de equipaje de mano y subí hasta la zona de salones de espera. La sala 28A debía encontrar en el menor tiempo posible. La hallé sin mayor problema. Ya había unas cuantas personas esperando allí. Me senté, encendí el mp3 y me puse a oír música hasta que dijeron: ¿Destino: Panamá?