Después de trece años

La última vez que me subí a un avión fue en septiembre del 1999. ¿El destino? Pues la ciudad del Cuzco, en Perú. Un viaje que realicé junto a algunos compañeros de clase por haber acabado con éxito la secundaria y a cargo de los dos profesores tutores de las dos aulas de quinto año que habían en el colegio del cual pertenecí desde el jardín de infancia (cuando más o menos tenían cinco años de edad). Sin temor a fallar en el cálculo han pasado cerca de catorce años.

Más de una década que no pisaba un aeropuerto ni siquiera para despedir o recibir a alguien que conozca. Un tiempo que es suficiente para descubrir que las cosas han cambiado -y no hago referencia por lo sucedido en los Estados Unidos en el 2011 para cuando se atentó contra las “Torres gemelas”, sino a que hasta para desabrochar el cinturón de seguridad era algo novedoso para mi (y es que según mis recuerdos de cuando viajaba de niño o para aquel viaje de promoción el desabrocharse el cinturón era algo -según mi opinión- era mucho más sencillo).

Pero los cambios no solo se han dado en cuestión de seguridad dentro del avión, sino también en la forma de cómo se aborda. Hoy en día existen túneles que te dirigen hasta la misma puerta de entrada a la nave o buses que te trasladan de la puerta de abordaje hasta la aeronave -algo que para la época de cuando solía viajar por el aire facilita porque antes debíamos caminar hasta las escaleras que permitían subir el avión. Por otro lado está el modo de comprar el boleto, antes recuerdo que se debía acudir hasta una oficina de la aerolínea elegida para viajar y comprarlo, hoy en día, aunque también se puede realizar la compra personalmente desde un stand también se puede obtener el pasaje por teléfono (muy poco usado) o por la internet (tal y como lo hiciera Mr. Boss para “separar” mi cupo en el avión).  

Otros cambios que se han dado es que en la actualidad no se puede llevar en el equipaje de mano agua o cualquier líquido que parezca sospechoso para la policía de cualquier aeropuerto en el mundo, mucho menos se puede guardar cortauñas o tijeras. El tiempo de abordaje también ha variado, hoy se espera bastante más de cuando debía yo esperar de cuando niño o en aquella vez que viaje junto a mis excompañeros de aulas.

Tantos cambios y tan poca confianza para con la raza humana que hacen de un viaje en avión en toda una ceremonia, casi casi religiosa. Una experiencia tan metódica y tan lenta que se hace áspera, pero tan corta y algo ruda (en algunos aterrizajes) que se hace pesada, pero que me importó poco vivirla ya que mi espíritu de “aventura” -tal vez de un periodista nato- y el deseo de volver a reencontrarme con dos buenos amigos me daban las fuerzas suficientes para llevar a cabo un viaje en avión después de trece años y sin compañía alguna.

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