Mi dulce Camelia

En los próximas días se cumplirán cuatro de aquel día en que la vi por primera vez. Verla allí, tan tierna y tan frágil, tenía muchas ganas de tomarla entre mis brazos y decirle al oído que era la niña que yo tanto había esperado (y es que ya tenía cinco meses antes a un chiquillo).

Pese a esas ganas locas de sacarle de la cuna en la clínica, decidí no hacerlo porque me daba cosa tomarla  de una manera equivocada y lo menos que deseaba era causarle algún daño… Y así pasaron los días y los meses, hasta ahora en que me atrevo a decir que desde ese primer día se había ganado ya todo mi afecto y cariño.

De piel rosa y cabellos oscuros dormía y dormía como si nunca hubiese querido salir de ese cálido lugarcito en que se encontraba horas antes. La miraba y re miraba y no me lo creía.

Ella no es mi hija pero la quiero como tal, y si de algo le puedo servir, no pensaré más de dos veces en acudir a su llamado. Pero bueno, que ella con el tiempo ha ido sorprendiéndonos a todos en casa. A cada visita que nos hace ilumina con su candidez cada rincón de la casa, y pese a sus gritos, que junto a los otros dos niños se unen en coro antiarmónico no dejan de romper con la oscuridad del silencio que suele darse cuando en la cada hay tantos adultos.

Ayer, estrujó este viejo corazón y me hizo lloriquear cuando de la nada se apareció en mi habitación y me dijo con su vocecita y como si quisiera que nadie más que yo le oyera que no le hiciera caso a Pablo, mi hermano menor, cuando éste me dijo cosas bastantes feas y que le importó poco que la niña le oyera decir tanta calabazada junta:

-“No le hagas caso a Pablo… que está loquito… y él es el… (repitió inocentemente la grosería que éste me había dicho)”.

Ay Camelia, mi dulce niña… estoy más que seguro que no me he equivocado en quererte tanto.

 

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¿Me recuerda?

Pocas veces puedo entablar una relación amical con alguién. Tampoco es que la llegue a considerar como tal. Lo cierto es que llegamos a compartir más de un momento con una conversación amena.

Conocí a Mirella porque ambos formamos parte de uno de los ocho grupos que se formaron en el curso de radio 3. Fue durante ese semestre que supongo tomamos confianza el uno para con el otro.

Hace un año ella dejó la universidad porque temía, por tercera vez, desaprobar una de las asignaturas que forman parte de la cadena de cinco redacciones que llevamos en la facultad. Fue con ese retiro que perdimos de alguna manera comunicación.

Hace un rato -primeros días de marzo-, en la primera clase de Derecho,ella se sentó dos filas anteriores a la que yo estaba. No la reconocí de espaldas. me costó un tanto reconocerla cuando ella volteó para dar un vistazo a todo el aula.

¿Cruzamos miradas? ¡Quizá!

¿Me recordó al verme? Pues no sé, porque ni ella, ni yo, hicimos algún gesto de saludo -ni el más mínimo esfuerzo lo lozana que pueden estar nuestras mentes.

Luego de la primera hora de clase tocó el timbre del descanso, ninguno de los dos tuvo la iniciativa de acercarse. Y así pasó la siguiente hora: sin intercambiar palabra alguna, pese a que estaba sentada a mi lado. .

Entre charapas y motores

¡Maldita boa! o el anteponer el artículo para referirse a cualquier pronombre de persona -sobre todo si es mujer-, son algunos detalles que resaltan el hablar de un oriundo del oriente peruano. Y ni qué decir de ese peculiar tono cantarino que hace más pintoresco y fácil el reconocer que esa persona es de la selva.

Dos mujeres, dos niños y un hombre de mediana edad son los charapas que entre sus conversas y el ruido del motor de cada bus que llega o está a punto de salir son la causa de mi “laberintitis”.

La mayor de todos, una señora de aproximadamente 50 años de edad, de cabellos lacios y piel bronceada, es duela de una lengua que no se detiene ni para tomar aire. La otra, con un celular de oropel que no deja de timbrar, de cabellos lacios y medianos (próximos a ser castaños), parece no ser mayor de cuarenta años. Los dos niños, aparentemente hermanos, delgados, sonrientes y de la misma estatura, parecen que serán expertos hablantines canterinos. Y el único hombre de ese grupo de charapas, a simple vista aparenta ser muy tranquilo; sentado en el misma silla permanece en el mismo lugar desde que entró a la sala de embarque, cuida sigilosamente a los pequeños y de cuando en vez intercambia palabras con sus familiares. Todos ellos visten ropas de telas frescas y holgadas (como de playa); y todos ellos también se caracterizan por los ojos achinados.

Estoy seguro que más de una persona que lea este texto pensará que estoy en Iquitos o en Tarapoto, pues no. lamentablemente no lo estoy. Me encuentro en Lima, la gris, smoteada y bulliciosa que con orgullo y heroísmo fortalece ese mal entonado adjetivo: Lima, la fea.

Pero, tan heroica como lo puede ser la capital peruana o cualquier persona que viva en esta selva de cemento, lo puedo llegar a ser yo en este momento.

Continuará…