Un puente, unas ventanillas y una granja

Debo reconocer que soy un bebedor  adicto a la leche. En todas sus posibles presentaciones; desde la fresca hasta la condensada y con todos los, posibles también, acompañantes que se le puede agregar a ese líquido blanco que tanta energía me suele dar y sobretodo sacia mi sed de obtener un poco de energía para poder sentirme en condiciones de seguir con mi rutina diaria -que no es mucha-.

Pero en aquel viaje a Cajamarca estuve a punto de pisar la delgada línea roja que separa ese gusto y adicción por la leche que tengo desde niño y el renunciar a beber un vaso más en lo que me queda de vida. Pues jamás había sentido el olor a lácteo tan penetrante y fastidioso, me atrevería a decir nauseático, hasta que en la ruta al paseo turístico que tomamos nos llevó hasta la fábrica de derivados que se pueden obtener del elemento líquido: leche.

Fue luego de la visita al jardín de Hortensias que llegamos hasta la granja que alberga a las vacas más productoras de la ciudad de Cajamarca. La verdad que coincidía con Boss en la poca ilusión y el desacuerdo de ir hasta ese lugar.

Creo que Joseph también coincidía con ese pensar, aunque haya sido el único de los tres que se atrevio a entrar hasta los ambientes donde elaboran los quesos en todas sus presentaciones, manjar y no recuerdo que mas. Yo lo intenté pero el percibir el olorcito a lácteo que me mente relacionó con el mismo olor a un vómito de bebé me impidió dar un paso más; fue así que decidí sentarme en uno de los bancos de cemento que había en el jardín. Al rato Mr. Boss se acercaría.

Mientras que Joseph realizaba el tour interior a la fábrica esa, Boss y yo fuimos testigos de un inusual desfile de vacas. No llegué a contar cuántas fueron en total. Pero si fuí capaz de ver cómo una de ellas iba dejando a su andar aquello que reforzaría el deseo de renunciar a mi adicción por la leche.

Menos mal que no esperamos tanto. La noche empezaba a caer sobre nosotros y los perros empezaban a salir. Era tiempo de regresar ya.

Pero antes de llegar a la bendita fábrica de lácteos. Al inicio de nuestro segundo paseo por los alrededores de la ciudad el guía nos llevó hasta un puente colgante. Sí, esos que bailan al ritmo del viento y que a mi parecer no prestan la seguridad necesaria para cualquier persona que deba atravesarla, en especial a personas como yo que somos un tantito urbanas y “flojas” para andar en pasos movedizos.

Llegamos al puente después de unos veinte minutos de haber partido desde el hotel de los novios. Antes de bajar el negociante señor que hacía las veces de guía nos aviso que podíamos contratar los servicios de traslado de esbeltos y fuertes caballos que por sólo unas monedas nos llevarían hasta la próxima parada.

El machismo peruano se vio representado en aquel noviecillo que casi casi amarra a la mujer al lomo del caballo para que se atreviese a montar.

Realmente considero que, a pesar de lo movedizo del terreno que pisábamos, el momento del puente fue el más recreativo y chistoso de todo el viaje que hice junto a Joseph y Boss. Sobretodo la manera como Joseph pasaba jeje.  Momento que muy bien perpetuó Mr. Boss con una de las dos cámaras fotográficas que llevó.

Puente colgante - Cajarmarca

Atravesamos una especie de caseta de control. Unos señores se encargaron de contabilizar a las personas que ibamos en el grupo y empezamos a subir por escalones de piedra -que nunca el guía ese se tomó el rato de decir si eran de elaboración inca o son instrumentos modernos.

Aquel momento fue el primero y el único que utilicé la videocámara que había llevado al viaje. Grabé los pasos de Joseph al subir, luego una visión panorámica del pueblo y finalmente las Ventanillas de Otuzco -que en realidad son tumbas de la época inca-.

Ya en la cima y frente a las tumbas el guía nos reunió en semicirculos para según él darnos las explicaciones al respecto. La verdad que repitió el mismo discurso alegórico del día anterior. Yo oía mejor las palabras que decía el otro señor guía que al grupo que tenía a cargo. Le pedí al señor que por favor nos hablara más sobre lo que teníamos al frente -las ventanillas-.

Luego, del tedioso discurso nos hizo subir sobre las ventanillas y nuevamente el negocio por los ojos de los turistas.

En Cajamarca existió una forma de sepultar a los muertos que consistía en excavar nichos en roca y colocar a los difuntos allí, haciendo uso de lo alto de los barrancos, a ese enigmático lugar popularmente se le denominó Ventanillas de Otuzco, a 8 km al noroeste de la ciudad en el distrito de los Baños del Inca, conocida así por el aspecto de los nichos cuadrados o rectangulares de 50 a 60 cm de altura, tallados en las paredes del cerro, que se asemejan a ventanas y pueden alcanzar hasta 8 y 10 metros de profundidad   (http://www.micajamarca.com/Default.aspx?tabid=55)

Algunas fotos nos hicimos entre los tres, otras entre dos y una en la que aparecemos los tres.

Descendimos por el mismo sendero de rocas y nos montamos a la combi que nos llevaría hasta el jardín de Hortensias y, finalmente, hasta la hacienda de vacas lecheras, en dónde compramos algunas rosquitas y galletas para comer durante el viaje.

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