Recuerdos que matan

De pronto, el silencio que caracterizaba aquella plazuela arequipeña fue roto por un estruendoso grito de mujer desesperada que con un enérgico “no” intentaba evitar que aquella silueta cayera en el inmenso vacío que llenaba el acantilado cercano. Minutos antes, las pocas parejas de enamorados que suelen alimnetar su amor con besos y caricias habían visto a un señor que, como perdido de la realidad, pasó raudamente. Ese hombre que alcanzaba el metro ochenta de estatura, de contextura gruesa, de cabellos entre canos y castaños, y que vestía una ropa de “señor de bien” era José Ignacio Lara; que de esa manera decidia poner fin a sus pasos perdidos de su ajetreada vida adolescente, y así desligarse de aquel pasado que ya lo había convertido en un muerto en vida.

Años atrás, el 1 de mayo de 1976, como de costumbre, Joaquín Macera -que padecía de un leve retardo mental y que laboraba como guardián de un fundo- se dirigía a su lugar de trabajo sin imaginarse lo que vería más adelante en su andar. Yacían en el suelo dos cadáveres, de un hombre y de una mujer. Aterrorizado, pero decidido, corrió a avisarle al capataz del fundo, de apellido Grisaldo, de lo que había encontrado cerca de la acequia. Ambos se dirigieron al dueño de la hacienda, Belisario Verau, quien decidió llamar a la Guardia Civil. El hombre no imaginaba que de esa manera empezaba la historia de un caso sin solución y que él se convertiría en el primer sospechoso de la policía.

***

Luego de un mes entero en que Flor de María Pereyra no habpia tenido clases en la Universidad regresa con su mamá de un viaje en el que habían visitado a algunos familiares que vivían fuera de Arequipa. En aquel viaje había conocido al hombre que le hiciera pasar gratos e inolvidables momentos, y del cual se había enamorado.

El galán que había logrado que Flor de María dejara su corazón en Puno se llamaba Fernán Arpasi, un muchacho fornido, de estatura media y de personalidad amiguera y jovial. Gustaba de inscribirse en distintas organizaciones estudiantiles tan sólo para conocer a más personas y aumentar su círculo de amigos. Era de Cuzco pero estudiaba en la ciudad de Puno -lugar donde conocería a Flor de María, quien había llegado de visita a esa ciudad serrana-. De clase social media, de la cual se sentía poco a gusto de pertenecer, era dueño de una disconformidad que lo inclinaría a entrar al mundo de la droga, en donde ganaría el dinero que le permitiría vivir como siempre anheló.

Ese negocio al que se dedicaba Fernán Arpasi lo llevó a conocer a la generación de jóvenes adolescentes de las familias más pudientes de la ciudad de Arequipa cuando enamorado siguió a Flor de María. El interés que tenía hacia ella provocaba en él la pérdida del miedo hacia el padre de la muchacha, Manuel Pereyra, un señor que estaba retirado de la policía y que trataba a sus hijos con ese caracter firme y rígido que le había dejado el pertenecer a esa institución treinta años de su vida. La madre de Flor era todo lo contrario. Y la hermana estaba sumamente dedicada a sus estudios y a acabar su carrera para trabajar y ayudar con los gastos de la casa.

Arpasi se hizo novio de Flor de María. Por tal motivo debía viajar constantemente. El ir y venir de Puno a Arequipa, le facilitaba trasladar la mercadería ilegal que vendía a los “jailosos”. Por aquellos días Fernán se convertía en un panal de miel que atraía como abejas a aquellos chiquillos adictos a la droga. Uno de sus clientes habituales era Jara…

 

CONTINUARÁ…

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