Una flor azul

Esa memoria casi casi prodigiosa de la que me jacto hace como un post atrás me ha fallado. Pues no recuerdo el nombre de aquella flor azul que pude conocer en mi primer, y creo último, viaje a la ciudad de Cajamarca.

De pequeño habia una serie de dibujos animados en la que una niña -Angel-, acompañada de un perro y una gata, pasaba una y mil aventuras en busca de la “flor de los siete colores”. Desde entonces adopté un singular gusto por las flores, sobretodo por la Orquidea y de grande por los tulipanes.

En muchas oportunidades ví imágenes de distintas formas con variedad de aromas, así como también de diferentes colores, entre ellos el azul. Me pregunté si en verdad era posible que existiese las flores de tonalidades azules o era acaso producto de la mano artística de algún especialista en diseño gráfico o de fotografía.


Recuerdo que sólo en una ocasión me obsequiaron una docena de rosas. Tradicionales y de perfecta forma. De un rojo intenso y bien definido. Cada una de ellas en la posición adecuada para que no se deshojara ninguna. Venían atadas delicadamente con un cordón plateado y envueltas con un suave papel de color rojizo. Las doce dentro de una caja blanca rectangular que a su vez estaba cerrada por una cinta dorada que aseguraba el logo de una de las mejores tiendas de arreglos florales -al parecer eran de una buena jardinería, pues era lo mínimo que me merecía.

Estaba charlando con mi primera pareja. Había llegado a explicar el porqué de su comportamiento, el porqué me habia caido en la infidelidad y que a pesar de ello me quería y apreciaba como la primera vez -palabras que ya no calaban dentro de mi, y es que estaba bastante herido y decepcionado no por el hecho de haberme sido infiel, sino por el hecho de enterarme que sólo había tenido un objetivo, ser la primera persona en recibir lo más preciado que tenía por ese entonces, mi virginidad-.

Fueron rosas de perdón. Pétalos que con los días fueron cayendo junto a mi ilusión, secos por la depresión de la cual estaba inmerso. Sin embargo tomé dos rosas, las cubrí con una hoja de papel bond, las aseguré con clips para que no se movieran y las puse dentro de una enciclopedia, esos libros gruesos y pesados que permitirían secarlas sin que perdieran su forma; tomé la enciclopedia y la guardé dentro de la caja de libros y archivos de mis años de universidad y hasta la actualidad no me he atrevido a abrirla y ver si esas dos rosas secaron adecuadamente o simplemente perdieron el color.

Hace poco le comenté este hecho al tal Noel -un chico que he conocido como un mes atrás, o quizá más, no lo sé-. Y me dijo que le parecía que yo era muy “fácil” (que perdoné muy rápido). La verdad que le perdoné porque, para empezar, me era necesario sentirme bien conmigo mismo, no podía pasar mis días reprochándome lo tonto que había sido, enamorado, pero tonto, por eso decidí oirle. Segundo, quería desligarme de ese rencor que tenía dentro, sentimiento del que me quise deshacer pero creí no lograría eso sino enfrentaba a la causa de el. Y, fue tanta la insistencia de mi pareja primera por querer hablarme que accedí a escucharme -hasta en eso fue egoista, estoy seguro que quería “limpiar” su conciencia-.

Aquella tarde fue la segunda vez que hice el amor…

Yo esperaba una Orquidea o unos cuantos Tulipanes. Yo esperaba mucho y recibí poco. Fue la última vez que le pude sentir tan cerca, fue la última vez que pude oir los latidos de su corazón y fue la última vez que nuestros labios se rozaron.

Aún seguía con la curiosidad o la intriga de que si en verdad existían las flores azules.


En casa casi nunca han faltado flores. Cuando no hay flores es porque mi madre está enferma… Para la cocina siempre deben ser naturales, para la sala o el comedor unas artificiales no caen tan mal. Eso si de colores suaves y muy reservados.

Es así que en un viaje a Lima le acompañé al entonces famoso Centro Comercial “Camino Real”, En una de las tiendas entramos a una que ofrecía gran variedad de productos para la decoración de las casas. Cómo de costumbre nos pasamos un buen rato dando vueltas y viendo en detalle cada cosa que se vendía, y comparando precios también.

Aquella vez me dijo el nombre de aquella flor que había comprado -el mismo de esa flor azul cajamarquina-. Ya en casa, busqué entre los libros de la biblioteca información respecto a ese arreglo artificial que asemejaba muy bien ser natural. Leí pero no me pude enterar que existen flores en tonalidades azules.

En mi viaje a Cajarmarca. En aquel segundo tour que decidimos realizar, después de atravesar un puente colgante y de visitar las Ventanillas de Otuzco, llegamos hasta un jardín de flores. Era una oportunidad más que yo veía la misma flor que mi madre compró hace muchos años en Lima pero en grupo y en natural. De otros colores distintos al rosa pálido que la que ella adquirió y que por bastante tiempo exhibió en la sala de mi casa.

Casi al inicio del paseo por el florístico jardín Mr. Boss me comenta sus conocimientos acerca de esas flores. Me dice que entre los colores que existen de esa especie floral está el azul; además agregó que le apenaba no hubiese un ejemplar azulino. Debo reconocer que no le creí tanto, sinceramente me costaba.

Lilas o rosadas, entre otros, pero ninguna azul en el corto tramo que habíamos avanzado. Hasta que giré hacia la izquierda y pude ver una, si, una flor azul, era la primera vez que la veía. Puse en alerta a Boss del “descubrimiento” que yo habia hecho. Creo que se sorprendió y ello le dio pie a explicar más -vaya que yo disfrutaba con aquellas explicaciones, me recordaba al hermano mayor de mi mamá. con quien pasé mucho tiempo oyéndole sobre sus viajes por los distintos países que él ha estado y del porqué de las cosas según su perspectiva-.

Unos pasos más y llegamos a una especie de casa rústica. Que de casa tenía poco o nada, pues era una tienda más, una oportunidad más que “nuestro” guía tenía para hacer su negocio.

Anduve a paso de enano observando cada objeto de la tienda. Hasta que llegamos a una especie de jardín, por el cual había un baño. Era el momento indicado para que Joseph se deshiciera de su necesidad por miccionar. Claro el baño estaba ocupado, él no soportaba un minuto más. Así que se le aconsejo acudiera a la intimidad de un campo abierto en el que estaban construyendo tal vez lo que sería una parte más de la casa esa de negocio. Muy contrariado acudió y al regresar hizo saber lo bien que se sentía por haber miccionado.

Ellos tomaron el camino de salida del lugar. No me percaté de ello. Me encontraba entretenido con unos arreglos decorativos colgantes de la tienda. Hasta que el llamado de uno de los dos compañeros me hizo saber que ya era momento de regresar.

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Acabo de buscar en la internet el nombre de la flor azul. Su nombre coloquial es HORTENSIA… Es un arbusto originario del Japón vivaz de hasta 1.50 mts de altura cuando se cultiva en el suelo y unos 60 centímetros cuando se cultiva en contenedor.

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