Un puente, unas ventanillas y una granja

Debo reconocer que soy un bebedor  adicto a la leche. En todas sus posibles presentaciones; desde la fresca hasta la condensada y con todos los, posibles también, acompañantes que se le puede agregar a ese líquido blanco que tanta energía me suele dar y sobretodo sacia mi sed de obtener un poco de energía para poder sentirme en condiciones de seguir con mi rutina diaria -que no es mucha-.

Pero en aquel viaje a Cajamarca estuve a punto de pisar la delgada línea roja que separa ese gusto y adicción por la leche que tengo desde niño y el renunciar a beber un vaso más en lo que me queda de vida. Pues jamás había sentido el olor a lácteo tan penetrante y fastidioso, me atrevería a decir nauseático, hasta que en la ruta al paseo turístico que tomamos nos llevó hasta la fábrica de derivados que se pueden obtener del elemento líquido: leche.

Fue luego de la visita al jardín de Hortensias que llegamos hasta la granja que alberga a las vacas más productoras de la ciudad de Cajamarca. La verdad que coincidía con Boss en la poca ilusión y el desacuerdo de ir hasta ese lugar.

Creo que Joseph también coincidía con ese pensar, aunque haya sido el único de los tres que se atrevio a entrar hasta los ambientes donde elaboran los quesos en todas sus presentaciones, manjar y no recuerdo que mas. Yo lo intenté pero el percibir el olorcito a lácteo que me mente relacionó con el mismo olor a un vómito de bebé me impidió dar un paso más; fue así que decidí sentarme en uno de los bancos de cemento que había en el jardín. Al rato Mr. Boss se acercaría.

Mientras que Joseph realizaba el tour interior a la fábrica esa, Boss y yo fuimos testigos de un inusual desfile de vacas. No llegué a contar cuántas fueron en total. Pero si fuí capaz de ver cómo una de ellas iba dejando a su andar aquello que reforzaría el deseo de renunciar a mi adicción por la leche.

Menos mal que no esperamos tanto. La noche empezaba a caer sobre nosotros y los perros empezaban a salir. Era tiempo de regresar ya.

Pero antes de llegar a la bendita fábrica de lácteos. Al inicio de nuestro segundo paseo por los alrededores de la ciudad el guía nos llevó hasta un puente colgante. Sí, esos que bailan al ritmo del viento y que a mi parecer no prestan la seguridad necesaria para cualquier persona que deba atravesarla, en especial a personas como yo que somos un tantito urbanas y “flojas” para andar en pasos movedizos.

Llegamos al puente después de unos veinte minutos de haber partido desde el hotel de los novios. Antes de bajar el negociante señor que hacía las veces de guía nos aviso que podíamos contratar los servicios de traslado de esbeltos y fuertes caballos que por sólo unas monedas nos llevarían hasta la próxima parada.

El machismo peruano se vio representado en aquel noviecillo que casi casi amarra a la mujer al lomo del caballo para que se atreviese a montar.

Realmente considero que, a pesar de lo movedizo del terreno que pisábamos, el momento del puente fue el más recreativo y chistoso de todo el viaje que hice junto a Joseph y Boss. Sobretodo la manera como Joseph pasaba jeje.  Momento que muy bien perpetuó Mr. Boss con una de las dos cámaras fotográficas que llevó.

Puente colgante - Cajarmarca

Atravesamos una especie de caseta de control. Unos señores se encargaron de contabilizar a las personas que ibamos en el grupo y empezamos a subir por escalones de piedra -que nunca el guía ese se tomó el rato de decir si eran de elaboración inca o son instrumentos modernos.

Aquel momento fue el primero y el único que utilicé la videocámara que había llevado al viaje. Grabé los pasos de Joseph al subir, luego una visión panorámica del pueblo y finalmente las Ventanillas de Otuzco -que en realidad son tumbas de la época inca-.

Ya en la cima y frente a las tumbas el guía nos reunió en semicirculos para según él darnos las explicaciones al respecto. La verdad que repitió el mismo discurso alegórico del día anterior. Yo oía mejor las palabras que decía el otro señor guía que al grupo que tenía a cargo. Le pedí al señor que por favor nos hablara más sobre lo que teníamos al frente -las ventanillas-.

Luego, del tedioso discurso nos hizo subir sobre las ventanillas y nuevamente el negocio por los ojos de los turistas.

En Cajamarca existió una forma de sepultar a los muertos que consistía en excavar nichos en roca y colocar a los difuntos allí, haciendo uso de lo alto de los barrancos, a ese enigmático lugar popularmente se le denominó Ventanillas de Otuzco, a 8 km al noroeste de la ciudad en el distrito de los Baños del Inca, conocida así por el aspecto de los nichos cuadrados o rectangulares de 50 a 60 cm de altura, tallados en las paredes del cerro, que se asemejan a ventanas y pueden alcanzar hasta 8 y 10 metros de profundidad   (http://www.micajamarca.com/Default.aspx?tabid=55)

Algunas fotos nos hicimos entre los tres, otras entre dos y una en la que aparecemos los tres.

Descendimos por el mismo sendero de rocas y nos montamos a la combi que nos llevaría hasta el jardín de Hortensias y, finalmente, hasta la hacienda de vacas lecheras, en dónde compramos algunas rosquitas y galletas para comer durante el viaje.

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Antes de salir

Han pasado algunas semanas desde el día en que escribí un post  en el que menciono nuestra asistencia a un restaurante cajamarquino, el cual estuvimos andando en su busqueda, que en la mañana del segundo paseo acudimos a almozar… y no recuerdo el nombre.

Llegamos hasta el de una manera graciosa. Ibamos tan a prisa y con la intención de encontrarle, sobre todo de Mr. Boss, que pasamos por el frontis de la casona que alberga el restaurante y ninguno de los tres se percató que aquello que vimos a vista de pájaro era lo que tanto estábamos buscando. La cosa es que nos tocó regresarnos por el camino. Esta vez Boss fue quien se dió cuenta que era el comedor que saciaría nuestro apetito.

Decidimos que comeriamos en el patio del lugar. Una zona ventilada, ordenada y prolijamente limpia. No era un restaurante cualquiera. La mesera que nos atendió vestía un traje que parecía el de una monja: una blusa -que no recuerdo el color- una casaca marrón y una falta del mismo color tan larga que no dejaba ver que modelo y color de zapatos calzaba en ese momento. Pedimos un menú ejecutivo para cada uno -aunque no estoy seguro si Joseph pidió lo mismo que Boss-.

Fue durante el almuerzo que Joseph expresó su deseo de que no nos tocara compartir el trayecto con los limeños que habíamos visto el día anterior al medidía y que tanto escándalo hicieron tan solo para comer.

Terminamos y regresamos al hotel. Hora de la siesta. Se me antojó revisar mi correo electrónico. No quería incomodar a ninguno de mis dos compañeros de viaje en su dormir y decicí salir al mueble del balcón a usar mi computadora personal.

Pero la bateria de la máquina ya no daba a más y el rendimiento empezó a disminuir deliberadamente. Conecté el enchufe al interruptor pero no transmitía energía. Me preocupé porque el adaptador de la corriente de la pc ha tenido dos reparaciones. Los nervios me invadieron, no recordaba que se hubiera golpeado bruscamente como para que se hubiera dañado. Bajé hasta el comedor del hotel y el alma volvió a mi cuerpo al ver que ya cargaba de electricidad la bateria de la computadora.

El rato pasó más que rápido. Yo me había propuesto estar poco tiempo frente a la pantalla. Pero el ponerme a buscar asientos disponibles en las páginas web de las agencias de buses que partieran de Trujillo hasta Talara demandó muchos más minutos de los que me propusé estar en la internet.

Miré la hora en el reloj de la pantalla y vaya que ya era hora de subir y vestirme para nuestro próximo paseo. Cerré todas las ventanas de los sitios web a los que habia entrado, espero a que se apague la pc y subo raudamente hasta la habitación.

A pocos pasos de la puerta, entre el suelo y el primer escalón de la escalera, estaba parado Mr. Boss. Con una cara de interrogante (¿dónde se habrá metido este muchacho?) y de apuro me dice que ya iba a bajar a buscarme, que pensaban que del balcón no me movería y que era el momento de ir hasta la plaza para tomar el carro que nos conduciría a una próxima aventura.

Una mamá con su hijo -un niño de más o menos diez años de edad- sentados en la cabina del chofer de la combi. Otra familia de tres personas -el papá, la madre y un hijo adolescente en la parte de atrás. Nosotros en la segunda linea de pasajeros y no recuerdo quiénes más venían atrás nuestro. Sólo faltaba llenar la primera línea de asientos que va después del conductor.

Los que faltaban era una pareja de recién casados. Un chico alto de raza notoriamente influenciada por el color serio y una muchacha de estatura baja y medio regordeta. Descendierón por las escaleras del hotel que los acogía en su luna de miel.

Fue así que la combi se llenó se enrumbó hacia nuestro primer pare… un puente, unas ventanillas y una granja.

Recuerdos que matan

De pronto, el silencio que caracterizaba aquella plazuela arequipeña fue roto por un estruendoso grito de mujer desesperada que con un enérgico “no” intentaba evitar que aquella silueta cayera en el inmenso vacío que llenaba el acantilado cercano. Minutos antes, las pocas parejas de enamorados que suelen alimnetar su amor con besos y caricias habían visto a un señor que, como perdido de la realidad, pasó raudamente. Ese hombre que alcanzaba el metro ochenta de estatura, de contextura gruesa, de cabellos entre canos y castaños, y que vestía una ropa de “señor de bien” era José Ignacio Lara; que de esa manera decidia poner fin a sus pasos perdidos de su ajetreada vida adolescente, y así desligarse de aquel pasado que ya lo había convertido en un muerto en vida.

Años atrás, el 1 de mayo de 1976, como de costumbre, Joaquín Macera -que padecía de un leve retardo mental y que laboraba como guardián de un fundo- se dirigía a su lugar de trabajo sin imaginarse lo que vería más adelante en su andar. Yacían en el suelo dos cadáveres, de un hombre y de una mujer. Aterrorizado, pero decidido, corrió a avisarle al capataz del fundo, de apellido Grisaldo, de lo que había encontrado cerca de la acequia. Ambos se dirigieron al dueño de la hacienda, Belisario Verau, quien decidió llamar a la Guardia Civil. El hombre no imaginaba que de esa manera empezaba la historia de un caso sin solución y que él se convertiría en el primer sospechoso de la policía.

***

Luego de un mes entero en que Flor de María Pereyra no habpia tenido clases en la Universidad regresa con su mamá de un viaje en el que habían visitado a algunos familiares que vivían fuera de Arequipa. En aquel viaje había conocido al hombre que le hiciera pasar gratos e inolvidables momentos, y del cual se había enamorado.

El galán que había logrado que Flor de María dejara su corazón en Puno se llamaba Fernán Arpasi, un muchacho fornido, de estatura media y de personalidad amiguera y jovial. Gustaba de inscribirse en distintas organizaciones estudiantiles tan sólo para conocer a más personas y aumentar su círculo de amigos. Era de Cuzco pero estudiaba en la ciudad de Puno -lugar donde conocería a Flor de María, quien había llegado de visita a esa ciudad serrana-. De clase social media, de la cual se sentía poco a gusto de pertenecer, era dueño de una disconformidad que lo inclinaría a entrar al mundo de la droga, en donde ganaría el dinero que le permitiría vivir como siempre anheló.

Ese negocio al que se dedicaba Fernán Arpasi lo llevó a conocer a la generación de jóvenes adolescentes de las familias más pudientes de la ciudad de Arequipa cuando enamorado siguió a Flor de María. El interés que tenía hacia ella provocaba en él la pérdida del miedo hacia el padre de la muchacha, Manuel Pereyra, un señor que estaba retirado de la policía y que trataba a sus hijos con ese caracter firme y rígido que le había dejado el pertenecer a esa institución treinta años de su vida. La madre de Flor era todo lo contrario. Y la hermana estaba sumamente dedicada a sus estudios y a acabar su carrera para trabajar y ayudar con los gastos de la casa.

Arpasi se hizo novio de Flor de María. Por tal motivo debía viajar constantemente. El ir y venir de Puno a Arequipa, le facilitaba trasladar la mercadería ilegal que vendía a los “jailosos”. Por aquellos días Fernán se convertía en un panal de miel que atraía como abejas a aquellos chiquillos adictos a la droga. Uno de sus clientes habituales era Jara…

 

CONTINUARÁ…

El niño de Chulliyachi

Acabo de llegar a la cálida provincia de Sechura y una señora abre la tienda que con tanto ahinco atiende diariamente. De tez trigueña y delgada pero con la fuerza suficiente como para subir la pesadisima puerta corrediza de su local comercial. La mujer no sobrepasa el 1.70 de altura y a la que todos conocen como doña Margarita Dediós. Se ha hecho tarde que pasadas las ocho de la mañana recién abre las puertas de “Don Melchor”. Esta actividad la realiza casi todos los días durante sesenta años, incluyendo aquellos meses que duró la estadía de El Niño en aquella parte de Piura hace ya veintiséis años. Le pido algo ligero para comer y dos botellas con agua, y Marlene -la muchacha que trabaja junto a la señora- me las alista para llevar. Sólo espero pasar un relajante día de playa.

Algunas personas le llaman Chulliyachi, otras Chulliyache, le llamen como quieran llamarle no le quita ninguna característica de la que es dueña esta playa.

De arenas tan bronceadas como la piel de los escasos pescadores que aún  van al lugar, montados en sus veleros o balsillas en busca de Sardinas, Cojinovas, Sucos,Tollos y Caballas que con cordel en mano los suelen pescar; tan amplia que hay espacio suficiente para todo aquel que quiera pasar un rato de descanso y de paseo; y de marinas aguas limpias y tranquilas.

Hoy en día se intenta borrar de la memoria aquella fatídica tarde del 31 de enero de 1983 en las que sus aguas mansas dejaron de serlo para revolverse y, disfrazadas de maretazos, sobrepasa la frontera con la antigua caleta de Chulliyachi, dejando como resultado un pueblo fantasma.

Nadie le quiso poner nombre alguno  a ese niño que se hacía sentir desde mediados del mes de diciembre y que tanto daño hizo. La visita en aquel año de El Niño ha sido una de las más caras que ha tenido el Perú. No sólo porque permaneció con nosotros seis largos meses, sino porque los daños directos producidos por este fenómeno ambiental, tanto en produucción como en infrastructura, en todo el país se estimaron en 730 millones de dólares. Nuestra región fue la más afectada que todas, con 500 millones de dólares en daños (fue el 68% del total de daños en el país).

Aquel lunes el mar amaneció tranquilo, tanto que les pareció una buena oportunidad a los hermanos Pablo y Teófilo Antón Amaya para echarse a la mar y probar suerte en pescar algo, y así tener para saciar el hambre de sus respectivas familias en los próximos días; ya que a causa de las torrenciales lluvias que se habían producido en las últimas semanas, los caminos que conducían a la caleta de Chulliyachi se habían interrumpido, sobre todo los que comunicaba a Sechura con Piura y Paita, y los alimentos que traían los barcos de la marina peruana no eran suficiente y muchas veces ni llegaban a las familias. Pasada la 1 de la tarde del 31 el mar, repentinamente, comenzó a agitarse. Entre las 2 y 3 de aquella negra tarde, el agua estaba “molesta” y la mayoría de los pescadores comenaron a desembarcar. Se qeudó en altamar, llevado por la sinrazón de la corriente, Don Claudio, quien pudo obersvar como las personas corrían desesperadamente en dirección a los médanos en el momento que se percataron que se aproximaba hacia ellos, de manera muy lenta, una gigantesca ola de aproximadamente 10 metros de altura.

Minutos antes, en tierra, las mujeres se dedicaban a sacar el agua de la lluvia anterior de sus casas, los niños intentaban recuperar la alegría que hacía más de un mes habían olvidado. Entre esas personas se encontraba Marlene Álvarez Periche, que con cuatro años de edad intentaba ayudar a su mamá Esperanza a baldear. De pronto, es alzada en brazos por el señor Gobernador de aquel tiempo de Chulliyachi, Hipólito Fiestas, y subida al vehiculo de éste para ser llevada a los médanos. Su mamá alarmada del suceso, empezó a correr con su bebé en brazos en busca de un lugar seguro y para no ser alcanzada por la ola. Muchos fueron rescatados por miembros de la Compañía anfibia de Matacaballo, que en sus botes salvavidas fueron en su auxilio.

“El niño es malo” -se oía en la boca de muchos chulliyachinos- que veían con tristeza y asombro cómo la caleta que hacía un rato tenía su plaza, un único colegio y dos capillas, ahora no tenía nada  más que ruinas y los esfuerzos inundados por la cólera de aquel niño que se resistía a irse y se adueñaba del terreno que los acogió por años.

Tristes y resignados, pero tranquilos por haber salvado sus vidas, los pobladores de la caleta comenzaron su andar hacia la ciudad de Sechura, otros fueron llevados en carros militares. Marlene se reencontró con su mamá en la plaza. Su hermanito ardía en fiebre y era casi imposible caminar por la zona en busca de un médico. Las botas de jebe no ayudaban mucho y el fango hizo resbalar a su madre en dos ocasiones. Encontraron a un doctor que atendiese al bebé, pero los medicamentos no estaban al alcance, costaban mucho y un remedio ni se encontró debido a la escasez de medicina que se dio en la época. Finalmente, el hermano de Marlene se recuperó con muchos cuidados de la mamá.

Después de la tragedia de la tarde del 31 de enero, los pobladores con ayuda del Gobierno central y el Municipio de Sechura fueron reubicados en la parte sur de la ciudad. Al lugar en donde se asentaron le llamaron “Nuevo Chulliyachi”; y esta vez no utiliarían más agua de mar, ni peñas porosas y conchuelas, ni arena de la playa para levantar los muros de sus nuevas viviendas, tampoco harían sus techos de madera y paja. Otro grupo de damnificados pidieron posada en las casas de sus familiares sechuranos.

Entre esas familias estaba la de Marlene. Después de muchos años se mudaron del todo para la ciudad de Talara, lugar en donde viven hasta ahora (sept. 25 de 2009). Por su parte, la muchacha regresó a Sechura, pues dice no soprotar el olor a gas que acompaña al aire de Talara. Ahora (Sept 29) de 31 años, está casada y es madre de tres niños -de 10, 7 y 3 años-. Trabaja desde hace un tiempo para Margarita Dediós en “Don Melchor”.

Mientras tanto Pablo y Teófilo inetnta no recordar cada minuto que vivieron ese lunes de enero d 1983. Actualmente, siguen yendo a esa ancestral caleta que en 2004 aún era “la soledad en llamas”. Ambos participaron en el concurso de remo y de balsillas que se realizó a comienzos de este año (2009), con la finalidad de demostrar sus aptitudes y habilidades en el manejo de esas actividades. Pero organícese lo que se pueda organizar, las ruinas de la otrora caleta de Chulliyachi les recordará aquel acontecimiento que marcaría por siempre sus vidas y que aún les provoca un cierto temor a una inesperada visita de aquel fenómeno ambiental que conocemos como “El Niño”.

Escrita por CEAUGMAS, para un texto del curso de Redacción y Análisis de textos II.

 

Una flor azul

Esa memoria casi casi prodigiosa de la que me jacto hace como un post atrás me ha fallado. Pues no recuerdo el nombre de aquella flor azul que pude conocer en mi primer, y creo último, viaje a la ciudad de Cajamarca.

De pequeño habia una serie de dibujos animados en la que una niña -Angel-, acompañada de un perro y una gata, pasaba una y mil aventuras en busca de la “flor de los siete colores”. Desde entonces adopté un singular gusto por las flores, sobretodo por la Orquidea y de grande por los tulipanes.

En muchas oportunidades ví imágenes de distintas formas con variedad de aromas, así como también de diferentes colores, entre ellos el azul. Me pregunté si en verdad era posible que existiese las flores de tonalidades azules o era acaso producto de la mano artística de algún especialista en diseño gráfico o de fotografía.


Recuerdo que sólo en una ocasión me obsequiaron una docena de rosas. Tradicionales y de perfecta forma. De un rojo intenso y bien definido. Cada una de ellas en la posición adecuada para que no se deshojara ninguna. Venían atadas delicadamente con un cordón plateado y envueltas con un suave papel de color rojizo. Las doce dentro de una caja blanca rectangular que a su vez estaba cerrada por una cinta dorada que aseguraba el logo de una de las mejores tiendas de arreglos florales -al parecer eran de una buena jardinería, pues era lo mínimo que me merecía.

Estaba charlando con mi primera pareja. Había llegado a explicar el porqué de su comportamiento, el porqué me habia caido en la infidelidad y que a pesar de ello me quería y apreciaba como la primera vez -palabras que ya no calaban dentro de mi, y es que estaba bastante herido y decepcionado no por el hecho de haberme sido infiel, sino por el hecho de enterarme que sólo había tenido un objetivo, ser la primera persona en recibir lo más preciado que tenía por ese entonces, mi virginidad-.

Fueron rosas de perdón. Pétalos que con los días fueron cayendo junto a mi ilusión, secos por la depresión de la cual estaba inmerso. Sin embargo tomé dos rosas, las cubrí con una hoja de papel bond, las aseguré con clips para que no se movieran y las puse dentro de una enciclopedia, esos libros gruesos y pesados que permitirían secarlas sin que perdieran su forma; tomé la enciclopedia y la guardé dentro de la caja de libros y archivos de mis años de universidad y hasta la actualidad no me he atrevido a abrirla y ver si esas dos rosas secaron adecuadamente o simplemente perdieron el color.

Hace poco le comenté este hecho al tal Noel -un chico que he conocido como un mes atrás, o quizá más, no lo sé-. Y me dijo que le parecía que yo era muy “fácil” (que perdoné muy rápido). La verdad que le perdoné porque, para empezar, me era necesario sentirme bien conmigo mismo, no podía pasar mis días reprochándome lo tonto que había sido, enamorado, pero tonto, por eso decidí oirle. Segundo, quería desligarme de ese rencor que tenía dentro, sentimiento del que me quise deshacer pero creí no lograría eso sino enfrentaba a la causa de el. Y, fue tanta la insistencia de mi pareja primera por querer hablarme que accedí a escucharme -hasta en eso fue egoista, estoy seguro que quería “limpiar” su conciencia-.

Aquella tarde fue la segunda vez que hice el amor…

Yo esperaba una Orquidea o unos cuantos Tulipanes. Yo esperaba mucho y recibí poco. Fue la última vez que le pude sentir tan cerca, fue la última vez que pude oir los latidos de su corazón y fue la última vez que nuestros labios se rozaron.

Aún seguía con la curiosidad o la intriga de que si en verdad existían las flores azules.


En casa casi nunca han faltado flores. Cuando no hay flores es porque mi madre está enferma… Para la cocina siempre deben ser naturales, para la sala o el comedor unas artificiales no caen tan mal. Eso si de colores suaves y muy reservados.

Es así que en un viaje a Lima le acompañé al entonces famoso Centro Comercial “Camino Real”, En una de las tiendas entramos a una que ofrecía gran variedad de productos para la decoración de las casas. Cómo de costumbre nos pasamos un buen rato dando vueltas y viendo en detalle cada cosa que se vendía, y comparando precios también.

Aquella vez me dijo el nombre de aquella flor que había comprado -el mismo de esa flor azul cajamarquina-. Ya en casa, busqué entre los libros de la biblioteca información respecto a ese arreglo artificial que asemejaba muy bien ser natural. Leí pero no me pude enterar que existen flores en tonalidades azules.

En mi viaje a Cajarmarca. En aquel segundo tour que decidimos realizar, después de atravesar un puente colgante y de visitar las Ventanillas de Otuzco, llegamos hasta un jardín de flores. Era una oportunidad más que yo veía la misma flor que mi madre compró hace muchos años en Lima pero en grupo y en natural. De otros colores distintos al rosa pálido que la que ella adquirió y que por bastante tiempo exhibió en la sala de mi casa.

Casi al inicio del paseo por el florístico jardín Mr. Boss me comenta sus conocimientos acerca de esas flores. Me dice que entre los colores que existen de esa especie floral está el azul; además agregó que le apenaba no hubiese un ejemplar azulino. Debo reconocer que no le creí tanto, sinceramente me costaba.

Lilas o rosadas, entre otros, pero ninguna azul en el corto tramo que habíamos avanzado. Hasta que giré hacia la izquierda y pude ver una, si, una flor azul, era la primera vez que la veía. Puse en alerta a Boss del “descubrimiento” que yo habia hecho. Creo que se sorprendió y ello le dio pie a explicar más -vaya que yo disfrutaba con aquellas explicaciones, me recordaba al hermano mayor de mi mamá. con quien pasé mucho tiempo oyéndole sobre sus viajes por los distintos países que él ha estado y del porqué de las cosas según su perspectiva-.

Unos pasos más y llegamos a una especie de casa rústica. Que de casa tenía poco o nada, pues era una tienda más, una oportunidad más que “nuestro” guía tenía para hacer su negocio.

Anduve a paso de enano observando cada objeto de la tienda. Hasta que llegamos a una especie de jardín, por el cual había un baño. Era el momento indicado para que Joseph se deshiciera de su necesidad por miccionar. Claro el baño estaba ocupado, él no soportaba un minuto más. Así que se le aconsejo acudiera a la intimidad de un campo abierto en el que estaban construyendo tal vez lo que sería una parte más de la casa esa de negocio. Muy contrariado acudió y al regresar hizo saber lo bien que se sentía por haber miccionado.

Ellos tomaron el camino de salida del lugar. No me percaté de ello. Me encontraba entretenido con unos arreglos decorativos colgantes de la tienda. Hasta que el llamado de uno de los dos compañeros me hizo saber que ya era momento de regresar.

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Acabo de buscar en la internet el nombre de la flor azul. Su nombre coloquial es HORTENSIA… Es un arbusto originario del Japón vivaz de hasta 1.50 mts de altura cuando se cultiva en el suelo y unos 60 centímetros cuando se cultiva en contenedor.