Una aventura a la vista

Eran más de las trece horas y el estómago se hacía sentir, no sé si en todos, pero en mí si que se hacía sentir, pues el hambre me acechaba a cada minuto que pasaba.

Poco a poco quedaba atrás aquel bosque rocoso que tanto esfuerzo demandó de mi parte. Nuevamente subidos en la última fila de asientos de la combi. Ya de regreso a la ciudad.

Luego de una parada para que los que gustasen obtener una fotografía panorámica de Cajamarca llegamos por fin a la plaza mayor.

Aquella tarde sería la última vez que viera a ese italianito tan guapete y “solitario” que nos acompañó en la aventura. Joseph y Mr. Boss se despidieron y tomamos el camino que nos conduciría hasta el hotel. Debíamos dejar las mochilas, asearnos y volver al centro de la ciudad para almorzar.

Después de algunas rondas por el lugar, elegimos un restaurante con un peculiar estilo italiano. De pocas mesas y escasas sillas. El local era más largo que ancho. Los vidrios rechinaban de lo limpios, la loseta blanquecina presentaba un vivaz tono claro. Dos opciones para el menú: tallarines con carne y, si mal no recuerdo, Milanesa de pollo.

Al entrar, para el lado izquierdo un maduro con una laptop sobre la mesa. Me pareció atractivo y fue por eso que elegí sentarme en una de las cuatro sillas que me permitiera verle con disimulo pero directamente. Y fue así hasta que llegó su novia jeje.

Ya para entonces Joseph había entrado al baño y al sentarse comentó de un cuadro con mariposas disecadas, muy parecido al que yo había comprado el día anterior. Yo ya había estado pero no me había fijado en ese detalle, pues más llamó mi atención un cuadro de Piolín que había frente a la puerta del cuarto de baño.

Los hambrientos clientes del restaurante llegaban a paso lento. Como si el hambre se lo hubiera tragado de un sorbo… Fue así que terminamos y regresamos al hospedaje. Ahora tocaba el reposar y si era posible siestar un rato.

Antes de salir Mr. Boss consultaba todos los tripticos que tenía de los distintos lugares que hay para visitar en la ciudad de Cajamarca o en sus alrededores. Cualquier cosa estaba bien, pero eso sí, que no vaya en el programa una visita a alguna fábrica de lácteos -lugar que de todas maneras visitamos-.

Hora de salida. Listos los tres salimos rumbo a la plazuela. Dos temas a discutir: el lugar y la empresa turísitica que nos llevaría hasta el lugar que eligiésemos. Para ello entramos a una juguería.

No recuerdo exactamente el nombre de aquel jugoso sitio. Pero no estaba nada mal. Aunque eso sí apenas había lugar para estirar las piernas. Y bueno, se decidió por visitar las Ventanillas de Otuzco, un paseo por el jardín de Hortensias, un puente colgante y la visita a una de las tantas fábricas  de productos lácteos que existen en la zona… Si, era el itinerario de nuestra próxima aventura a vivir.

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