Cumbemayo. Un bosque de piedra

A simple vista me pareció que la travesía iba a ser liviana, comparándola con la caminata que hicimos en la fortaleza de Kuelap. Y lo hubiera sido si estuviese al nivel del mar; aún así, con poco oxigeno y unos rayos solares ultravioletados, no dejó de ser agradable.

Luego de que las muchachas cantoras terminaran con su demostración  artística empezamos a subir poco a poco, y cada vez se me hacía más arduo el respirar… Era tarde y no me podía echar para atrás, y es que la aventura no se pintaba del todo mal.

Mr. Boss de cuando en cuando se distanciaba del grupo para capturar el mejor momento de algún cuadro serrano. Joseph, sin imaginar lo que más adelante le pasaría, estaba atento a las explicaciones del guía, hablador de ilusiones, incas y resentimientos arcaicos. ¿Y yo? pues caminando por donde alguna vez lo hicieron mis antepasados.

Inmensas rocas que simulan distintas formas, desde elefantes hasta grandes monjes petrificados, inmortales y estáticos en el tiempo. Senderos agrestes que conducían hasta el más sorprendente espesor del bosque de piedras.

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