La caverna

La caminata por el bosque de piedras me había cansado. No tenía ganas de dar un paso más. Ya había “comentado” mi cansancio. Ya estaba subido en la combi con dirección incierta y sin saber lo que acontecería más adelante.

Tan sólo tomó unos pocos minutos llegar hasta la próxima aventurilla. Si, fue todo tan breve que más tiempo pasamos de pie junto a una casa campestre del lugar que vendía todo tipo de alimentos serranos, dizque la comida del inca.

Descendimos todos de la combi. Bueno, casi todos porque una de las alemanas se quedó dentro para recuperarse de todo aquello que habíamos caminado.

Debimos pasar por sobre un puentecillo provisional, pues era apenas una tabla de madera que unía ambas orillas de una especie de canal -cabe mencionar que habían unos cuantos hombres trabajando en lo que según ellos iba a ser el puente-.

Llegamos hasta una cueva, que pena que no recuerde el nombre, y luego de las recomendaciones que el guía nos dijo para poder atravesarla sin problema alguna y de la mejor manera, llegó el momento.

Primero el guía, luego el niño, después Joseph, seguía yo y tras de mi el joven italiano. Mr. Boss iba siguiendo al italomuchacho, las chillonas chiquillas que por andar fotografiándose no habían oído las instrucciones para pasar por la cueva y, finalmente, las dos alemanas.

La travesía fue breve pero muy adrenalítica, por no decir claustrofóbica, y es que ninguna persona que padezca de ese miedo lo podría hacer.

Entré, al principio todo amplio, y aún podía caminar sin dificultad alguna. Paso a paso y el espacio se hacía cada vez más angosto. La oscuridad se tragaba a grandes raciones la luz que al principio iluminaba el andar.  Realmente estaba todo oscuro y tan estrecho, tanto que ni la luz de mi celular  podía iluminar el suelo. Así fue que decidí rápidamente dejarme llevar por el sonido que emitía la botella que llevaba Joseph en uno de los bolsillos laterales. Avancé cierto tramo guiado por el ruido del plástico al rozar con las paredes de la cueva hasta que por fin pude ver el final del túnerl. Aquella luz de esperanza que me permitiría ver nuevamente el agradable paisaje serrano.

¡Qué alivio! mientras Boss “ayudaba” a las gritonas peruanas, yo por fin había salido de aquella claustro-experiencia. Apenas descendimos un poco para llegar hasta la casa “de las comidas”. Eso olía a que el guía estaba de acuerdo con toda esa gente comerciante, nada malo claro, si es que no hubiera sido tan evidente.

Era cerca de las tres de la tarde y recién ibamos llegando a la ciudad. Nos tocaba regresar al hotel, dejar las cosas y buscar un lugar donde podamos almorzar.


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Cumbemayo. Un bosque de piedra

Esta es la enésima entrega que subo a la red ¿Motivos? Pues muchos; entre ellos el poco tiempo que me deja los estudios y el cubrir la información por casi toda Piura, además, está el hecho de que me cuesta un tanto ser objetivo en este capítulo de la travesía juliana al lado de dos amigos entrañables, y es que para mi fue un ejercicio casi sobrenatural jeje.

Pero en sí está el hecho de que las visitas al blog han caído estrepitosamente. Ahora no pasan a las treinta leídas por día. Al parecer no les gusta lo que cuento en los post relacionados al viaje. Como sea seguiré escribiendo y contando lo que recuerdo de aquellos días.

El tiempo pasaba y el sol se hacía sentir a cada momento que pasaba. De tal manera que el frío se disipaba y gota a gota el cuerpo entraba en calor. Dentro de mí crecía la incertidumbre de quitarme o no la camiseta manga larga que llevaba puesta; si lo hacía los rayos solares quemarían sin piedad alguna la piel de durazno de la que soy dueño, y si no me la quitaba mi peso corporal se “iría en agua”.

Me decidí por la segunda alternativa antes planteada, y es que la “bajada” no se notaría en mí por lo delgado que ya soy.


Seguimos descendiendo y descubriendo lo que para nosotros era desconocido hasta ese entonces. El terreno se hacía un tanto más agreste, las rocas se presentaban cada vez más altas. Pasamos por senderos que por ratos se perdían, caminamos siguiendo el curso de lo que alguna vez fue un acueducto inca, veiamos jeroglíficos de crucez -que según el guía hacían referencia a las creencias espirituales de los antiguos pobladores de la zona-, hasta llegar a la “roca de sacrificios”.

Por esas trampas que tiene el destino a cada uno de nosotros, Joseph cae en una. Vaya, que metió la pata literalmente, sin darse cuenta que había un agujero en su camino sumergió bruscamente el pie derecho, bueno hasta la rodilla. No fue nada, o algo parecido fue lo que dijo, pero muy admirablemente siguió con el curso del paseo.

Menos mal y ya faltaba nada para acabar con la ruta del Cumbemayo… pero aún faltaba una visita más, sí la de la cueva.

A la tercera va vencida

Y me encontraba ahí, sentado en la acera y abrazado a mi mochila, con nervios en punta y asimilando rápidamente lo sucedido. No lo creía, me costaba y las cosas daban vuelta a mí alrededor.

Ya había ocurrido en dos oportunidades anteriores. El objetivo siempre el mismo, mi teléfono celular. ¡Vaya rollo! Ni que el aparato ese hubiera sido el de última tecnología o del modelo más exclusivo que haya en el mercado de telefonía móvil; pues apenas me costó cuatrocientos soles en aquel tiempo cuando lo compre.

El primer intento ocurrió hace ya algún tiempo atrás. No era el mismo celular, recuerdo era un Sony Ericson color celeste y pantalla a colores.

Era domingo y estaba sentado en una de las bancas que están frente a la pista a lo largo de la avenida Grau. Mataba el rato que faltaba para empezar mis labores en el cine local –mi anterior trabajo-. Para no marearme a causa de ver tanta luz amarilla de los autos que transitaban por el lugar en ese momento, saqué el aparato de mi bolsillo y elegí un juego para distraerme un rato. En cuánto ascendía de nivel, los minutos se hacían nada, un sujeto de muy mal aspecto se paró frente a mí y me dijo que le entregara el celular “a las buenas” si no deseaba pasarla mal.

Le respondí que no se lo iba a dar –algo atrevido de mi parte-. Quise mostrarle al hombre que no le temía, pero sobretodo transmitirle seguridad en mis palabras y actitud. El rostro del malhechor se desencajó y noté que introducía su grotesca mano en uno de los sucios bolsillos del pantalón que llevaba puesto –lo más probable es que había decidido sacar el verduguillo que llevaba-.

Decido dejar de ver su rostro y miro hacia un lado y noto que se acercaba una familia. Así que decidí rápidamente acoplarme a ese grupo de personas. Le comenté al ladronzuelo que ya llegaba mi familia y sólo atiné a decirle chau.

La segunda vez ocurrió cuando salía de una discoteca, a la cual había ido junto a unos compañeros del curso. En aquella oportunidad el atraco fue mientras esperaba pasara un taxi que me cobrara menos de los que estaban estacionados a las afueras del local. Estaba acompañado de un amigo. Cansados de esperar de pie nos sentamos en la acera, charlabamos mientras esperamos que pasara un vehiculo por ahí.

Ambos notamos que tres muchachos subidos en una moto lineal transitaron muy cerca a nosotros. Nosotros seguimos conversando hasta que en el momento menos esperado dos de los tres muchachos toman por el cuello a mi amigo y le piden que entregara todo lo que tenia. Aunque el forzajeó con los dos le terminaron quitando el celular y la billetera. Luego, seguía yo, uno de los dos tipos se me acerca y con pistola en mano me pide le entregase lo que llevaba -mi celular y sencillera, cosas que no pensaba darle-. Retrocedo poco a poco, el me sigue apuntando con la pistola la cara y yo le repito una y mil veces que no tenia nada.

Aquella vez esos mismo ladrones cuadraron a uno de mis primos con su esposa queienes salian del festejo de un matrimonio.

Ahora, apenas dos días, llegué de Talara y mientras esperaba tomar un taxi, decidí sacar mi celular del bolsillo en donde lo llevaba. Lo desbloqueo y empiezo a meterme en el reloj y ¡zaz! una mano morena y algo velluda me arracha el aparato de las manos y con la fuerza me tumba al suelo, sentado en la acera sólo atiné a coger fuerte mi mochila para que no se la llevaran, pues ahi llevaba una laptop.

Esta vez se llevaron mi celular, y con el toda la información de los contactos que me suelen dar informacion y entrevistas para realizar mis reportes… realmente a la tercera fue la vencida!

Pido un segundo de silencio

Lo usual es que siempre se pida un minuto de silencio por aquella o aquellas personas que han acaecido por alguna enfermedad o por algún atentado -por los que se le puede considerar héroes-. Pero esta vez sólo pediré uno; si, un misero e insignificante segundo de silencio.

Un tiempo en el que casi puede pasar desapercibido cualquier cosa que no vale la pena. Un tiempo en el que puede perderse en el vacío las palabras que alguna vez me atreví a decir, sin mencionar la osadía al considerar que me atría. Un tiempo en el que pude emocionarme con las farsantes palabras y caretas que me mostró. Un tiempo en el que me pude ilusionar y desilusionar a pasos de gigante, acompañada de decepción.

La figura de Genius. Esa que creí era original y única. Poco a poco se ha ido desvaneciendo muy alejada de mi.

Alguien que dice que no le gustan “las plumas”, de vez en cuando se sumerge bajo el mundillo del aleteo y alboroto de hombres que no se aceptan así mismos tal cual son… Ralmente Geminis con sus dos caras quedó bastante pequeño al lado de Genius, alguien con más caras en la tierra no he podido conocer en la vida.

No piensen que escribo este post por despecho, pues no es así. A lo mucho tiene un grado de resentimiento y otro tanto de decepción -lo he dicho antes-.

De un tiempo a este me suelo preguntar por el motivo que me hizo fijar mirada en su persona, y no encuentro la respuesta. Sólo sé y reconozco que aunque no lo quiera reconocer sigo siendo un ingenuo, alguien que se ilusiona con cualquier personajillo que se aparece en una sala de chat. Yo que tan incredulo y desconfiado de ese medio de comunicación estoy metido y he llegado a sentir atracción por alguien que me pinto flores y mariposas, más idiota ¡no he podido ser señores!

GENIUS, no sé si aún entras a leer este blog… sólo quiero decir que me arrepiento de haberte prestado una atención que en verdad no la merecías y me arrepiento de ese gusto que llegué a sentir hacia tu persona… Estoy resentido contigo… y no me queda más que decirte: “hay deudas que no se llegan a pagar jamás en la vida”… por eso pido tan sólo un segundo de silencio, el tiempo que te mereces.

Cumbemayo. Un bosque de piedra

A simple vista me pareció que la travesía iba a ser liviana, comparándola con la caminata que hicimos en la fortaleza de Kuelap. Y lo hubiera sido si estuviese al nivel del mar; aún así, con poco oxigeno y unos rayos solares ultravioletados, no dejó de ser agradable.

Luego de que las muchachas cantoras terminaran con su demostración  artística empezamos a subir poco a poco, y cada vez se me hacía más arduo el respirar… Era tarde y no me podía echar para atrás, y es que la aventura no se pintaba del todo mal.

Mr. Boss de cuando en cuando se distanciaba del grupo para capturar el mejor momento de algún cuadro serrano. Joseph, sin imaginar lo que más adelante le pasaría, estaba atento a las explicaciones del guía, hablador de ilusiones, incas y resentimientos arcaicos. ¿Y yo? pues caminando por donde alguna vez lo hicieron mis antepasados.

Inmensas rocas que simulan distintas formas, desde elefantes hasta grandes monjes petrificados, inmortales y estáticos en el tiempo. Senderos agrestes que conducían hasta el más sorprendente espesor del bosque de piedras.

Cumbemayo. Un bosque de piedras

Luego de un tembloroso desayuno salimos en dirección a la Plaza de Armas de la ciudad. Ese sería el punto de encuentro para tomar la combi que nos llevaría hacia Cumbemayo.

Como costumbre Joseph cargaba con medio closet al interior de su mochila. Lo necesario para no pasar apuros.

Llegamos unos minutos antes a la hora pactada, así que decidimos hacer tiempo sentados en uno de los bancos de la plaza.

Por mi parte, tenía los labios resecos como cuarteados (todo ello a causa de andar mucho y del sol que me habia caído directamente al rostro el día anterior cuando anduvimos por el cerro de Santa Polonia- aunque en realidad es un problema que suelo tener cada vez que subo a la sierra).

Me separé un rato de Joseph y de Mr. Boss para dirigirme hacia la farmacia para algo que me “refrescara” los labios: mantequilla de cacao; apenas gasté medio sol en adquirirla. Pero no sólo tenía ese problemilla, también me dolía la cabeza, quizá producto del no haber podido dormir bien; 1 sol y 0.60 céntimos invertí para deshacerme de ese malestar incómodo.

Regresé hasta donde había dejado a mis dos compañeros de viaje. No los hallé. Me doy vuelta y me acerqué a un hombre sentado en el banco del frente y le pregunté si se había fijado para dónde se habían dirigido dos distinguidos señores jeje. Mientras me hablaba el señor alzo la mirada y pude verlos.

Me apliqué un poco en los labios de manteca y metí las barritas en uno de los bolsillos laterales de mi mochila.

La prsentación peruana de la mantequilla de cacao fue causa de “admiración” para Joseph y blanco de sus comentarios de sorpresa.

Poco a poco fue llegando la gente que formaría parte de nuestro grupo: nosotros, tres alemanas, dos muchachitas que me parecían ser cajamarquinas y un bastante atractivo italiano… Y arrancó el carro hacia el bosque de piedras, y con el las explicaciones del guía, previo saludo y presentación.

La bienvenida al Cumbemayo nos la dio un dúo de mujeres vestidas con trajes típicos. Cantaron dos melodías en quechua. Y que, finalmente, buscaban el “lo que sea su voluntad”… Y así empezamos la caminata, con un no improvisado show artístico.