Cajamarca. Iglesias, plazuelas y calles.

En un primer momento creí que la habitación contaba con aire acondicionado, miré alrededor y no encontraba el aparato y menos oía el sonido de éste. Y es que me parecía demasiado la sensación de frío que yo percibía  en ese momento. Con el o sin el debía descargar algunas cosas de la maleta.

Joseph no esperó demasiado para meterse de lleno en el closet que había en la habitación. Yo hacía casi lo mismo. Mr. boss, creo, observaba las guías de viaje.

Por ese entonces se me ocurrió mandar a lavar algunas prendas, sobretodo, los pantalones jean de color claro -eso porque son algo difíciles de quitarles las manchas y quería “ahorrarme” ese trabajito al llegar a casa-. Lo comenté a viva voz a mis dos compañeros de habitación y Joseph me recomendó que lo hiciera al bajar; palabras que entraron por mi oido derecho y salieron por el izquierdo.

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Luego que cada quien eligiera la cama en la que le provocaba dormir los días que estaríamos en Cajamarca, salimos a andar por las calles, plazuelas e iglesias.

Definitivamente que los europeos prefieren el turismo vivencial, algo que no va con los latinoamericanos que solemos tener otros gustos y costumbres al momento de viajar. No es que la haya pasado mal, pero si que demandó casi casi un esfuerzo sobrehumano de mi parte.

Nos lanzamos al ruedo. De primera intención queríamos llegar hasta la Plaza de Armas de la ciudad, luego visitar, de ser posible, algunos museos, ver iglesias, descansar en sus plazuelas y recorrer sus calles.

Fue así que fuimos por una callejuela, salimos por otra; bajamos y volvimos a subir; una que otra foto; caminamos por una vereda y regresamos por la misma… todo eso en busca de la anhelada Plaza. Hasta que por fin, todo ese recorrido desembocó por la zona este, y con el sol a nuestras espaldas llegamos hasta el sitio en donde se reúnen la mayoría de cajamarquinos.

Y ese esfuerzo casi sobrehumano del que he hablado hace dos párrafos atrás se hizo presente en mi para cuando me tocó subir los infinatamente escalones, en el cerro de Santa Polonia, que conducen hasta la iglesia del mismo nombre. Más aún cuando decidimos subir hasta la “silla del inca”. Pero nada me hizo sentir más orgulloso que el demostrar al confeso e incredulo Joseph  mi resistencia humana, porque la sobrehumana en realidad no existe en mi. Sobretodo en los recorridos que nos esperarían por experimentar.

¿El paseo? agotador pero entretenido. A pesar de que no pudimos acercarnos lo necesario a la supuesta “silla del inca”, encontramos por ahi una muy parecida silla de piedra en la que casi obligadamente me hice una fotografía. Al descender compré algo para mis sobrinitos y se hacía ya la hora del almuerzo.

El lugar elegido fue el comedor de un hotel muy cercano a la Plaza central. Tres menúes y una cerveza fue nuestro pedido. El tiempo de espera se hizo letras, y éstas palabras en nuestros ansiosos paladares que se originaban en nuestros interiores y que trataban de ocultar el hambre que por dentro nos comía a grandes trozos.

Un lugar agradable, con una cálida y tenue iluminación amarillenta, con sillas y mesas de maderas oscuras, una barra de bar en el contiguo ambiente y un patio central muy típico de la época colonial peruana que albergaba una escalera y una que otra aislada mesa para comensales internos y visitantes, se hizo nada para cuando llegaron unos capitalinos, bulliciosos y “sacacasillas” a cualquier amante del silencio e intimidad de un apetitoso almuerzo serrano cajamarquino.

Al salir a Mr. Boss se le despertaron la ganas de visitar el cuarto de baño. Al cual no me provocó entrar. No sé, y a pesar de la descripción que él nos dijera primero, no pude, ni puedo imaginarmelo. Pero por lo que menciono faltaba poquito para miccionar como una mujer, es decir sentado. Sin embargo, Joseph lo haría medio inclinado, muy apegado a las paredes -no sé si realmente sentía las ganas de orinar o solamente entró por la curiosidad que despertaría en él lo dicho por Boss.

CONTINUARÁ…

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