Domingo en Chiclayo

Esta vez sería yo quien, con mapa  en mano, guiaría a Mr. Boss por el camino adecuado al hotel. Fue así que pasamos Lambayeque sin problema alguno. Yo seguí concentrado en el papel y tratando de relacionar lo me decía en el y lo que veía. No era tan difícil pero con el cansancio del viaje me costaba un frágil esfuerzo más.

La mayoría de veces me confiaba más por la ruta que seguía la mayor cantidad de carros, camiones y mototaxis -me decía a mí mismo: a algún lugar céntrico se dirigirán- que por el croquis de la ciudad.

Pero todo el peso del trayecto Jaén – Chiclayo lo eché por la ventana cuando noté que algo raro pasaba en la ciudad. Un aguerrido tráfico ganaba por partida doble a una valiente policía de tránsito. Las pistas de la ciudad estaban inmersas en un descontrol total; carros por aquí, carros más allá y la cosa se pintaba cada vez más con un estilo abstracto.

No era más que la energía electrica se había ausentado. Ocurría lo mismo en la región Piura (capital y provincias). Luego me enteré que todo era producto de una falla en una de las represas hidroelectricas de la zona norte.

Llegamos al hotel. Bajamos los equipajes y nos registramos. La recepcionista nos mencionó el apagón que se estaba dando; intentó no alarmarnos diciendo que el hotel contaba con motor propio y que no nos veríamos afectados por el oscuro suceso.

Subimos por el ascensor hasta el piso 3,  donde estaba la habitación que nos habían designado esta vez. Ahora seríamos vecinos del cuarto anterior, aquel en que ví por primera vez a Boss. Si, era mucho más cómodo que la recámara que ocuparíamos por tan sólo una noche; eso porque era más amplio.

Por ser Domingo el restaurante del hotel no atendía. Nos tocó salir a la calle -no sin antes de que Joseph se encargara de acomodar la ropa en el closet; yo no me atreví a desvalijar, pues al día siguiente saldríamos muy temprano-.

Mr. Boss solicitó una recomendación a la chica de recepción. Quería saber el nombre de un restaurante adecuado para almorzar aquella tarde. Pasaban las 14 horas. Aún había gentecita verde desmantelando un escenario de una marca conocida de chocolate en polvo y que, según ellos, brindan mayor energía a los niños y deportistas. Sorpresivamente el tráfico había descendido a un grado muy alto. Nos subimos a un taxi, un carro de estilo clásico, con asientos bastantes desgastados y un chofer con ganas de pasearnos.

No estuvo tan mal. El local se llamaba “Sabores peruanos”. A la entrada un mozo nos dió la bienvenida y nos dirigió a una mesa. Helechos largos colgaban en casi todo el techo del comedor. Una tremenda fotografía de un convento revestía la pared que cubría las entradas a los servicios higiénicos. Estuvimos ubicados a un extremo, muy cerca a la entrada del baño de mujeres.

Luego de una fotografía llegaron nuestro pedidos. El sitio parecía que iba a reventar de tanta gente. Murmullos enredosos por todos lados. Familias enteras habían decidido llegar a comer al lugar ese. Todo ello se perdía en cada bocado que nos llevábamos a la boca.

Se canceló la cuenta y salimos. En un salón se encontraban personas que esperaban desocupasen alguna mesa los comensales de turno.

En un primer deseo se decidió que regresaríamos al hotel caminando, pero después de cruzar las dos vías. nos encontrábamos dentro de un taxi… Llegamos justo a tiempo para la siesta; aunque sólo la haría Boss. Joseph y yo metidos en las computadoras -claro yo mucho más tiempo que él-.

Continuará…

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