Ruta, río y malestar… rumbo a Chiclayo

Aún quedaban algunos caramelos mentolados y mucho camino por recorrer hacia la ciudad de Chiclayo. La música no pudo distraer mi malestar. No estaba mareado. Tenía el estómago sumamente revuelto; y no sé porqué.

La camioneta estaba reluciente, pues Mr. Boss aprovechó que en Jaén teníamos mucho tiempo libre para que un muchacho se encargara de lavarla. Realmente ese muchacho opacó mi intento de limpieza que hice en Moyobamba.

Fue una mañana, específicamente un mediodía. Al regreso de nuestro intento por llegar hasta el fronterizo poblado de San Ignacio. Y es que creíamos que la carretera hasta ese lugar se encontraba totalmente asfaltada y como no es mucha la distancia nos pareció una buena idea. Craso error. Hasta un poco más allá de la mitad del camino se encontraba asfaltado, luego empezaba una vpia vehicular que parecía más a una trocha que una pista.

Ese breve recorrido no estuvo tan mal. Aprovechamos para bajar a estirar un poco las piernas. Algunas fotografías. En un tramo pudimos descender hasta el mismisimo río que bañaba cierta ruta; algunas mariposas revoloteaban entre las rocas; unos pasos más allá una mototaxi con un señor y algunos niños se encargaban de limpiarla.

No suelo miccionar a mitad del campo; siempre lo hago antes de subir a un bus. No me había repletado en el desayuno, pues comí lo necesario. Mi cuerpo estaba presente, ahí sentado, pero mi mente estaba a distancia de el.

Para entonces ya había comunicado a Joseph y a Boss que llevaba el estómago revuelto -claro siempre y diciendo que no era gran cosa para que no se preocuparan demasiado-. De pronto Mr. Boss entró a un grifo (estación de gasolina) para suministrar al carro de combustible. Descendí y le pregunté a la chica si el baño estaba disponible para usar. A lo que respondió que si.

El lugar parecía una carceleta. Había una reja blanca y una puerta medio apolillada que daba la bienvenida. De frente un lavador con un hilo de agua que no cesaba. Al lado izquierdo una fila de inodoros, algunos sin tapa en el tanque, otros sin agua en la taza. Entré al que me pareció el más decente de todos. Oriné, respiré y me eché un poco de agua.

El motor del carro estaba encendido ya, y Joseph se había sentado en la parte de atrás. Era agradable, pero prefería ir en la parte trasera. Ahora más despejado tenía ganas de hablar un poco más y de leer un tanto “Arrebatados”.

Durante el viaje hablamos de carros, de las marcas que son muy comunes en Perú y las que son más conocidas o preferidas en Europa.

Y así llegamos un domingo a la ciudad de Chiclayo.

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