Adiós… Jaén de Bracamoros

No recuerdo bien si llegué a decirles, a Mr.Boss y a Joseph, que cada vez que andabamos por los pasillos del hotel en el que estuvimos en Jaén me daba la sensación de andar por el pasillo de un hospital. Paredes blancas y con poco vestir, el piso de cerámica blanco tambien, una que otra planta por ahí, fluorescentes blancos también y muebles de los años cincuenta o, quizá, sesenta… ¡Qué más da!

Tres pisos constituían el local de hospedaje. Un edificio que es más largo que ancho. Tenía como clientela más usual a efectivos policiales… A la entrada, en los alrededores, por los pasillos y en los alrededores. Policías al por mayor.

Debo confesar que alguna vez tuve fantasías con alguno, pero definitivamente eran de aquellos policías de revista, esos musculosos, con barba a medio crecer, lentes redondeados de sol, altos y de poco cerebro. Estos que pude ver parecían no tener cerebro; ni parecían de revista; musculos si, pero en sus traseros porque los veía más estando sentados, aplastados en el mueble que estaba frente a la recepción; no llevaban lentes, ni barba a medio crecer; tampoco eran altos. En otras palabras no tenían nada que ver con aquella calenturienta fantasía mía.

Mal día nos hospedamos. Era bastante seguro que les habían dejado sueltos para que salieran de la rutina del trabajo. Aquel primer día no sólo no había podido dormir por tener una sola almohada, sino que muy de madrugada me despertaron gritos que ni siquiera trataban de tomar la apariencia de la discreción. Policías, seguramente los más jóvenes, se buscaban y animaban entre sí para salir de rumba y pasar un buen viernes.

Rienda suelta a su mala educación e indiscreción es lo que demostraron -opinión mía de mi-.

No es que odie a los policias, los detesto. Son todos tan animales y brutos. Y esa experiencia no ha sido la primera que me da una pésima impresión de los miembros de la seguridad. Ya, hace unos años atrás, me encontraba en la agencia de buses que llevan a Piura, tuve un “encontrón”. Recuerdo, era de mañana, había bastante desorden -como suele pasar los días lunes- y mientras yo formaba, de muy mal humor, la fila en espera de mi turno para comprar el boleto de viaje se me acercó uno y me dijo que no fomentara el desorden, que debería formar bien la fila. A lo que respondí que no era necesario que me pusiera como un ovejo al matadero para “mejorar” la situación del momento. El vibrón se plantó delante mio y como una mole impidió que avanzara.

¿Cómo salí de aquel embrolló? -me pregunté a mi mismo. Aunque no estuviera de acuerdo en ese momento. él patán policial merecía respeto. Pensaba y re pensaba en una posible salida. ¡Bingo!. Comenté con la señora que iba detrás de mi. Sólo bastó aquello para que la gente empezará a reclamar por mi jeje. Sólo así logré que la pared verde se derrumbara.

Reservados los Derechos de Autor

Volviendo a Jaén de Bracamoros.

Salíamos de la “celda 209” para la calle. La puerta de la habitación del frente estaba abierta. Con una mirada directa no se podía mas que alcanzar a ver una cama tendida. Doblando la mirada, a pocos centímetros en dirección a la izquierda, sobre la cama vecina, un policía en interiores. Tumbado cuan vaca cansada de tanto pastar.

Pero qué imagen tan desagradable. No hay nada más traumático que ver a un hombre qué no le importa que desconocidos le vean en su más íntima escena de ocio. Con este comentario no quiero dar la imagen de un cucufato, tampoco de un educado sin remedio, pero no es posible que se haga público el cansancio o malestar.

Para la última noche en Jaén se decidió cambiar de restaurante. Éste tenía una iluminación mucho más calida que el otro. La mesera, empalagosa pero agradable. Nos entregó la carta. Elegimos lo que nos provocaba cenar. Luego de algunas preguntas que les hiciera a Joseph y a Boss, llegó mi turno.

La mozuela creyó que pertenecía yo a alguna sectar esotérica ¿El motivo? pues llevaba cen mi polo un estampado al centro de la Proporción Áurea de Leonardo Da Vinci. Sabemos que Da Vinci era un iniciado lider de la red de sociedades secretas y fue capaz de pronosticar la invención de algunos objetos que hoy en día utilizamos en nuestra cotidiana vida; quizá ello le hizo pensar eso sobre mi.

Luego de respondidas sus interrogantes nos trajó los platillos que cada uno de nosotros le había solicitado. Yo sólo pedí un sandwich de pollo y un vaso de jugo. La verdad que no sentía mucha hambre. Terminamos de comer, se pagó la cuenta y salimos para la plaza a sentarnos a charlar un rato más.

Regresamos a la habitación, ha ordenar y meter todo lo que habíamos sacado de las maletas. Por mi parte sólo había desmatelado lo necesario: el estuche de mis lentes de contactos. el liquido multipropósito, algunas ropas, audífonos…

Otra vez le había dado la bienvenida al amanecer. Otra noche sin poder dormir bien.

Salimos muy temprano. Era domingo y un poco más de las 7 horas de la mañana. Una peluquería abierta. Los estragos del libertino sábado se hacían notar. La plaza estaba llenita de gente, en su mayoría hombres. Hombres que estaban a la espera de que llegase el carro del patrón para que los lleve hasta la chacra y así trabajar en ella.

Les srodeamos y llegamos al mismo restaurant de la cena. La misma chica nos atendió. Desayunamos y de retorno al hotel nos tocó abrirnos pase entre el gentío de personas que merodeaban la plazuela de armas.

Bajamos nuestros equipajes. Se entregaron las llaves y partimos nuevamente a la carretera. Chiclayo nos esperaba. No sin antes hacer una parada a mitad del camino para comprar bocadillos que comer durante el viaje. Baje a comprar bolsitas de papas fritas para Joseph y Mr. Boss  y palitos de queso para mi.

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