Cumbemayo. Un bosque de piedras

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Después de haber cenado y cancelado la cuenta del restaurante “Se nos acabó” salimos. Joseph necesitaba comprar una botella de agua mineral para beber durante la noche y madrugada. Para conseguirla no tuvimos que andar demasiado porque al lado del comedor había una tienda que ofrecía toda clase de bebidas y golosinas.

Estaba exhausto. Había sido un día de caminatas. Y de un largo trayecto hacia Cajamarca… así que merecía la pena descansar.

La noche había llegado y yo envuelto cuan caramelo me destiné a dormir.

Recuerdo que en su “última” llegada a Perú de  Ed acordamos que iriamos, a su regreso, para Cajamarca. No sé si aquella vez haya sido en verdad su último viaje a mi país, pero de lo que si estoy más que seguro es que ese plan nunca se llegó a realizar. Así que era la primera vez que me encontraba en esa ciudad.

El sofá de imitación de cuero marrón, el clima casi gélido, los pinos australianos “típicos” de la serranía peruana, fueron algunas de las cosas que me traían los momentos que pasé junto a él. Tanto así que esa primera noche me tocó soñar con él.

La esfumante realidad de aquel sueño me hizo experimentar sensaciones que yo hubiera querido seguir con ello. Pero el frío de la madrugada me despertó -frío que sólo yo percibía-. Esperaba con mucha ansía que el brazo grueso y armoniosamente velludo de Ed me rodeara con una cariñosa fuerza y me atrajera hacia el calor de su cuerpo para que de esa manera pudiese retomar el sueño al compas de su respirar.

No fue así. Me encontraba, como en los últimos tres años. solo. Tenía la necesidad de abandonar la cama, sentarme en el mueble marrón y ver como iba aclarando el día. Faltaban cinco horas para ir a Cumbemayo. Me decidí por buscar tanteando el interior del cajón de la mesita de noche los audífonos de mi teléfono celular.

No sé cuánto ruido hice para que Mr. Boss preguntase quien era el que hacía tanto ruido. El cielo aclaraba poco a poco.

Respondí.

Realmente quería salir de alli porque me sentía encerrado en mis propias añoranzas. Pero debía esperar a que Boss se levantase y entrara al baño, seguido de Joseph -eso era algo que no me fastidiaba, pero era algo gracioso, me parecía estar en una escuela militar en donde el superior (de acuerdo al rango) tomara primero las cosas-.

Fue asi que ya estábamos listos para bajar al comedor del hospedaje a desayunar. Yo quizá con un frío exagerado ¡Dios! me temblaba a cada minuto que pasaba y me atrevo a decir que me estaba congelando.

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Entrevista con… ¿el enemigo?

Ya desde una semana antes la profesora de redacción de noticias nos había comentado la idea hablar con cada uno de nosotros. ¡Sí! se pasaría un buen rato hablando y criticando todos los horrores ortográficos que solemos tener.

Los comentarios no se hicieron esperar, así como también las preguntas y nervios por acudir a la mencionada cita con…¿el enemigo?

La muy organizada mentora dividió la lista de los alumnados en dos grupos: de la A a la J y de la L hasta la Z. Por mi apellido me tocó estar en el segundo bloque de inexpertos escritores de noticias… ¡qué miedo!

Viernes a las 9 en punto de la mañana debía estar ahi, frente a ella, siendo testigo de como asesinan poco a poco mi estilo de redactar una noticia; y por ende recibiendo el cuerpo descuartizado de un montón de letras que deberían describir la realidad tal cual es (me lo enseñó la segunda dama de hierro de la facultad: Raquel Ramirez).

Ay! como le echo de menos a esa profesora. Realmente me adapté, creo yo, a sus exigencias y pude “captar” la noción de cómo se debe escribir un reporte.

Pero bueno. tampoco es que la nueva maestra esté del todo mal. Todo lo contrario es una excelente profesional -quizá por ello me atreví a quedarme callado y ser testigo mudo del cruel asesinato de mi redacción.

Salí tarde de mi habitación. Por poco y la escena del día anterior se repetía -el quedarme dormido una hora más jeje-. Pues nada, me duché, tomé un poco de leche y me dirigí a la Universidad.

Mientras caminaba un montón de ideas me invadieron. Pensar y re pensar, costumbre la mía. Augustus, deja pasar… Augustus, oye la música del Ipod… Augustus, no hay nada que temer… Augustus, debes confirmar toda la buena impresión de aquella segunda dama de hierro de la redacción que tan buen concepto tiene de ti… Augustus por aqui, por allá y más acá… Por Dios! deja de pensar ya.

Vaya sorpresa. el otro grupo de reda reciben sus clases en el salón contiguo al mio. Ya estaban por cerrar, Majo esta en el umbral del salón. Me miró y la miré y un saludo sin palabras se dió.

En eso me doy cuenta que venía contra mi una diminuta jauria de chicas de mi clase. ¿Qué pasó? -pregunté. La profesora atendería en su oficina.

Asu… el enemigo decidió jugar en su terreno. Y aún no había acabado de hablar con los chicos de ese primer bloque.

Las reglas cambiaron. Ya no estaríamos en un sitio imparcial, un salón de clase. Sería en su despacho, en dónde sus libros, computadora y mis crónicas y noticias le darían toda la razón.

Con temores, dudas, nervios y algo predispuesto a esa entrevista entré.

Por costumbre tengo mirar fijamente a los ojos -pues así me doy cuenta de cuán fuerte es la otra persona-. Pero ésta vez la mirada se me fueron a las uñas de la profesora -y es que las uñas bien cuidadas de las mujeres me encantan; me gusta ver los distintos diseños que suelen elaborarse en tan pequeño espacio-. El enemigo tenía unas manos muy bien cuidadas. Con un estilo de vestir sobrio sin despegarse de la elegancia ejecutiva se encontraba aquel enemigo que resultó un tiernecito cachorro.

Me ayudó muchísimo aquella charla. Me hizo notar los errorres que suelo cometer al momento de redactar un reporte noticioso y que mi opinión no sirve de mucho -a menos por ahora jeje-,

Cajamarca: “se nos acabó”

Por la tarde del día anterior nos inscribimos en un tour para visitar las zonas aledañas de la ciudad de Cajamarca que son las más visitadas. No sé cual fue el motivo que llevó a Mr. Boss a tomar esa agencia de turismo en vez de otra, aunque el paseo no estuvo tan mal el primer día.

La hora pactada para tomar la combi que nos llevaría hasta el lugar sería las 9 de la mañana, aunque el guía nos recomendó que estuviésemos media hora antes. Aquella mañana visitariamos Cumbemayo y una de las cuevas cercanas a ese bosque de rocas.

Salimos del local y a unos pasos encontramos una juguería. El sitio era pequeño, la mesa bastante estrecha pero, aún con ello, degustamos nuestros jugos. Seguimos andando por la ciudad.

A la noche estuvimos sentados en una de las bancas de la Plaza de Armas, y ahi, frente a la Iglesia de San Francisco, charlamos un rato hasta que llegó la hora de la cena.

Vaya restaurante que escogimos. A cada pedido, “se nos acabó” respondía la mesera. No anticuchos, sólo cerveza Cuzqueña… Lo único bueno es que era relativamente barato.

Cajamarca. Iglesias, plazuelas y calles.

En un primer momento creí que la habitación contaba con aire acondicionado, miré alrededor y no encontraba el aparato y menos oía el sonido de éste. Y es que me parecía demasiado la sensación de frío que yo percibía  en ese momento. Con el o sin el debía descargar algunas cosas de la maleta.

Joseph no esperó demasiado para meterse de lleno en el closet que había en la habitación. Yo hacía casi lo mismo. Mr. boss, creo, observaba las guías de viaje.

Por ese entonces se me ocurrió mandar a lavar algunas prendas, sobretodo, los pantalones jean de color claro -eso porque son algo difíciles de quitarles las manchas y quería “ahorrarme” ese trabajito al llegar a casa-. Lo comenté a viva voz a mis dos compañeros de habitación y Joseph me recomendó que lo hiciera al bajar; palabras que entraron por mi oido derecho y salieron por el izquierdo.

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Luego que cada quien eligiera la cama en la que le provocaba dormir los días que estaríamos en Cajamarca, salimos a andar por las calles, plazuelas e iglesias.

Definitivamente que los europeos prefieren el turismo vivencial, algo que no va con los latinoamericanos que solemos tener otros gustos y costumbres al momento de viajar. No es que la haya pasado mal, pero si que demandó casi casi un esfuerzo sobrehumano de mi parte.

Nos lanzamos al ruedo. De primera intención queríamos llegar hasta la Plaza de Armas de la ciudad, luego visitar, de ser posible, algunos museos, ver iglesias, descansar en sus plazuelas y recorrer sus calles.

Fue así que fuimos por una callejuela, salimos por otra; bajamos y volvimos a subir; una que otra foto; caminamos por una vereda y regresamos por la misma… todo eso en busca de la anhelada Plaza. Hasta que por fin, todo ese recorrido desembocó por la zona este, y con el sol a nuestras espaldas llegamos hasta el sitio en donde se reúnen la mayoría de cajamarquinos.

Y ese esfuerzo casi sobrehumano del que he hablado hace dos párrafos atrás se hizo presente en mi para cuando me tocó subir los infinatamente escalones, en el cerro de Santa Polonia, que conducen hasta la iglesia del mismo nombre. Más aún cuando decidimos subir hasta la “silla del inca”. Pero nada me hizo sentir más orgulloso que el demostrar al confeso e incredulo Joseph  mi resistencia humana, porque la sobrehumana en realidad no existe en mi. Sobretodo en los recorridos que nos esperarían por experimentar.

¿El paseo? agotador pero entretenido. A pesar de que no pudimos acercarnos lo necesario a la supuesta “silla del inca”, encontramos por ahi una muy parecida silla de piedra en la que casi obligadamente me hice una fotografía. Al descender compré algo para mis sobrinitos y se hacía ya la hora del almuerzo.

El lugar elegido fue el comedor de un hotel muy cercano a la Plaza central. Tres menúes y una cerveza fue nuestro pedido. El tiempo de espera se hizo letras, y éstas palabras en nuestros ansiosos paladares que se originaban en nuestros interiores y que trataban de ocultar el hambre que por dentro nos comía a grandes trozos.

Un lugar agradable, con una cálida y tenue iluminación amarillenta, con sillas y mesas de maderas oscuras, una barra de bar en el contiguo ambiente y un patio central muy típico de la época colonial peruana que albergaba una escalera y una que otra aislada mesa para comensales internos y visitantes, se hizo nada para cuando llegaron unos capitalinos, bulliciosos y “sacacasillas” a cualquier amante del silencio e intimidad de un apetitoso almuerzo serrano cajamarquino.

Al salir a Mr. Boss se le despertaron la ganas de visitar el cuarto de baño. Al cual no me provocó entrar. No sé, y a pesar de la descripción que él nos dijera primero, no pude, ni puedo imaginarmelo. Pero por lo que menciono faltaba poquito para miccionar como una mujer, es decir sentado. Sin embargo, Joseph lo haría medio inclinado, muy apegado a las paredes -no sé si realmente sentía las ganas de orinar o solamente entró por la curiosidad que despertaría en él lo dicho por Boss.

CONTINUARÁ…

Cajamarca

Con la compañía de Rocío Durcal, el conjunto orquestal de la película “Cometas en el cielo”, entre otras el viaje de Chiclayo a Cajamarca se hizo entretenido. Con algunas paradas para retratar un buen paisaje, y que Mr. Boss tomaría con una de sus cámaras. Con un despiste del mismo por adelantar a los camiones de carga que se cruzaban por nuestro camino y que nos llevaría hasta una fábrica de cemento de la zona… Llegamos, por fín a Cajamarca.

El día estaba estupendo. el sol calentaba el entorno y disipaba de alguna manera el frio de la madrugada, la actividad en la ciudad parecía imparable, señoras de grandes polleras con niños a cuestas decoraban las calles. Y ya nos habíamos decidido encontrar el hotel que un día anterior había yo llamado para confirmar nuestra llegada.

Vaya que nos costó. De arriba para abajo, de abajo para arriba; de izquierda a dereche, y viceversa andaba la camioneta por estrechos caminos vehiculares. Preguntando a despistados transeúntes si conocían la ubicación del hotel tal.

El nombre del hospedaje es El Cumbe Inn.

LLegamos y la primera sorpresa fue que no contaba con estacionamiento propio. Bueno, nada que no se pudiera solucionar en ese momento; o después, y es que se tuvo que esperar hasta la tarde para que abrieran la playa de estacionamiento con la que trabaja El cumbe. Cochera a la que nunca fuí.

Nos indicaron la habitación que nos habían designado, pasando por el jardín interno, subiendo por una escalera de fierro hasta un segundo piso, y frente al gimnasio del lugar. Un mueble ,que parecía ser de cuero, en el balcón; a los pies una olla de barro pintada de blanco para echar la basurilla y entramos.

CONTINUARÁ…

¿Llegamos a Cajamarca?

Usualmente prefiero dormir tarde para poder coger un sueño largo y, de alguna manera, placentero. Y es que si duermo temprano adopto un sueño intermitente, me despierto más veces en la noche que el sonar de mi alarma despertadora de mi celular. Y hasta el momento había tenido varias noches de sueño intermitente.

Durante esas noches de desvelo en la oscuridad, teniendo como compañeros de habitación a Mr. Boss y a Joseph, me era más que difícil levantarme de la cama, encender la pc y ponerme a oír música o ver algún video musical. No me quedaba otra más que tantear la superficie de la mesita de noche en busca de los audífonos, “a ciegas” insertarlos en uno de los muchos orificios que tiene mi celular y ponerme a buscar una emisora radial y ponerme a oírla hasta caer rendido nuevamente a los brazos de Morfeo.

Yo sentía aún sueño, con el me levanté de la cama y me duché. Joseph y Boss habían hecho lo mismo ya. Así que subimos hasta el comedor del hotel y pedimos el desayuno. Como era costumbre Mr. acabó primero y expresó a viva voz la pena que sentía por no haber vuelto a ver a Julissa -la camarera que nos atendió en la anterior vez que estuvimos hospedados-.

Oyendo las noticias y platicando me quedé con Joseph. Seguimos degustando los panecillos y el café con leche. Muy dentro mío seguía siendo presa fácil para el atrasado sueño; aún así me preparé algunos panecillos con mantequilla para comerlos a media mañana mientras iríamos camino a Cajamarca.

Si, estaba con sueño. No porque haya tenido un sueño intermitente a causa de acostarme temprano. Aquella noche no había podido dormir porque sentía emoción porque al otro día llegaría a la ciudad que alguna vez intenté ir con mi mamá y dos de mis hermanos -en aquella ocasión había renunciado de mi trabajo en un cine local y con el dinero de mi “liquidación” invité a mi madre y ella a mis hermanos. Llegamos sólo hasta Chiclayo-.

Para cuando terminamos de desayunar, Joseph y yo, tomamos nuevamente el ascensor y fuimos víctimas de unas miradas de extrañeza, resultado de la malicia, de una de las húespedes. Todo ello producto de que notaría que yo le enseñaba la manera como había envuelto los panes a Joseph. No quedó más que en una anécdotilla.

Con maletas en mano abandonamos la habitación. Cada vez más concientes de que el viaje se hacía minúsculo en los días; se aproximaba, acechando con huellas de algodón, el final de aquella aventura que por primera vez me había atrevido a tomar -estoy seguro que sería lo mismo para mis dos ibéricos amigos-.

Llegamos a la recepción. Se canceló la deuda. Pasaron revisa al triple dormitorio. Y nos trepamos a la camioneta. La mañana estaba bastante fría, se podía observar aún un tímido sol al este de la ciudad.

Esta vez no fue tan complicado salir de Chiclayo, esta vez debíamos tomar la carretera que va al sur, aquella que va a Trujillo. Mr. Boss al timón adelantaba, lo adelantaban y, en algunos casos, le cerraban el pase los demás carros.

Camino a la izquierda, indicaba un letrero, se encuentra Cajamarca -a 2600 m.s.n.m-. Todo bien, gracias a Dios. En un tramo, muy cerca al desvio que tómamos, había una estación de camiones que calentaban motores, se apuntaban a subir la cuesta. Hasta ese momento, ninguno de los tres, tenía idea de lo que nos deparaba el camino.

Menos mal y no fue nada malo, pero fastidioso si. En muchos momentos Boss me parecía un corredor de autos, sobretodo, cuando adelantaba a los demás ¡hacía rugir al motor! Al principio eso me asustó un poco, pero finalmente me gustó y “disfrutaba” cada vez que lo hacía. Me llegué a contagiar de ese sentimiento de incomodidad cada vez que encontraba, Boss, una fila de 3, 5 y hasta 9 camiones de carga en nuestro camino.

Debo confesarles lectores míos que el redactar estos días de viaje me trae mucha nostalgía. Y es que no quiero darle la razón a Joseph de que quizá aquella vez ha sido la única vez que he podido verle -y ahora a Mr. Boss que me ha caído tan bien, y cada vez mejor cuando pienso que ha tenido que soportar a alguién que en su vida había visto antes.

Por ahora doy por terminado este escrito… en unas horas más tendré que empezar con mi rutina universitaria nuevamente.

Hace un 9 de julio iba al encuentro de Joseph. Empezaba unos días de viaje y buena compañía. Hoy, 9 de agosto, empiezo unos días de compañía y buenos estudios…

Continúa…