Jaén de Bracamoros -2da parte.

No recuerdo si fueron dos días o apenas uno, antes de nuestra llegada a Jaén, que recibí el mensaje de texto en el que mi mamá me decía que me mandaría algo más de dinero. Mientras viajabamos hacia ese lugar llegó el sms que me daría aviso a que ya me podía acercar a cualquier oficina de la compañía estadounidense de envío a distancia de dinero -“Unión occidental”-. El dinero estaba ahí, sólo debía encontrar la oficina en cuanto pudiese.

El calor no era tan desesperante para Mr. Boss y Joseph. Y yo estaba feliz con ese clima. Para mi no hacía tanto calor, para ellos sí que era calor.

Luego de desempacar nuestras cosas de las maletas en la habitación descendimos hasta la recepción del hotel. Se entregaron las llaves y una señora nos advirtió a que tuviéramos cuidado con lo que llevabamos al centro de la ciudad. Vaya intimidación que nos hizo.

Vaya sorpresa que me llevé, realmente me afectó muchísimo lo desaseado que es la ciudad. El buen concepto que me había transmitido mi hermana que estuvo por ahi meses antes se desvaneció junto a las sucias aguas del  río que atraviesa Jaén de Bracamoros. Y es que desde la “entrada”, desde varios kilómetros antes de llegar a la ciudad, se puede observar el cúmulo de bolsas de polietileno tiradas en el campo.

Salimos del hotel sin mucha prisa y cierta curiosidad por saber cómo era la ciudad a la que apenas unas horas habíamos llegado.

Para Mr. Boss, conocedor de la botánica, le interesaba en especial visitar el Jardín botánico del pueblo. Lugar del cual se había enterado de su existencia a través de la internet. Creyó que pasar tres días en Jaén eran más que sificientes para deleitarse reconociendo y conociendo las especies de la flora originarios de la región.

Con las indicaciones del trayecto que debíamos seguir para llegar hasta el centro de la ciudad, el cual se encontraba a dos cuadras en dirección recta al hotel, nos dirijimos hacia ahi.

Frente al hotel tiendas que exponían toda clase de productos y servicios, igual a los lados vecinos. Muy cerca al puentecillo gris una estación de comisaria, razón por la cual explicaba la inminente presencia de agentes policiacos en la zona, incluso dentro del hospedaje. Detrás de la comisaría un pueblerino circo, de carpa azulada y un gran letrero que atraía y daba la bienvenida a los entusiastas niños con sus padres. De lado a lado, y en la corta extensión de largo que tiene, mendigos que a gritos pedían el clamor de los transeúntes. Tiendas y más tiendas rodearon nuestro andar.

LLegamos a la plazuela central. Dimos medio paseo. Después de una mirada alrededor escogimos el restaurante en el que ibamos a tomar el almuerzo. LactoVac recuerdo se llamaba el luhar, el mejor sitio para disfrutar de la variedad de helados que se pueden beber en Jaén.

El restaurante ocupa todo un edificio rojo de tres pisos. Entramos. Al lado izquierdo, una especie de vitrina en dónde exhibían los postres que ofrecen a los asiduos comensales, unos pasos más adentro la recepción y la “caja” de pago; al lado derecho, un letrero vertical que informaba de los distintos platillos que preparan, seguido de mesas y sillas. Al fondo, la cocina y la escalera que conducía a los siguientes niveles.

Escogimos una mesa muy cerca al ventanal para tener una vista de la plazuela. Detrás mío estaba el televisor que hacía menos ansiosa la espera. Se acercó el mozo y tomó nuestro pedido. Comimos. Y le pregunté dónde quedaba la cadena de tiendas de electrodomésticos del logo amarillo con letras negras que conforman el nombre de una ciudad brasilera. Sabía yo que en esas tiendas siempre hay una oficina de la agencia de envíos de dinero porque hacía unos años envié desde una de ellas dinero hacía el extranjero.

Llegamos a la bendita tienda esa y le pregunté a un agente vendedor para dónde estaba ubicada la oficina de “Unión Occidental”. Mala noticia me dió. Hacía un tiempo que ya no tenían convenio alguno ambas empresas. Ni modo salí del lugar fastidiado, no porque me tocaría buscar alguna, sino porque. qiozá, podía incomodar a mis amigos.

A varias personas le pregunté si conocían alguna oficina de la antes mencionada agencia de envíos. Ninguno supo darme razón. Así fue que le pregunté a un policía; me dió dos nombres de las agencias bancarias en las que podía acercarme a cobrar el giro que me enviaba mi mamá.

No sé si era una Cooperativa de ahorros o alguna Caja, pero “Tallo” se llamaba. Esperé que la señorita atendiera y me acerqué. Mera burocracia. No tenía opción a cobrar a menos que llevara conmigo una copia de mi Documento Nacional de Identidad (DNI). Me tocó salir, entrar a un centro de copiado y volver a entrar. Ya en el mostrador, entregué mi DNI y su copia, dí algunos datos imprescindibles míos y mencioné el nombre de quien me enviaba el dinero (mi madre).

Tomé el dinero, se lo entregué a Boss para que me guardará -estaría más seguro con él que conmigo- y nos dirijimos para el hotel. A la siesta.

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