Moyobamba IV

Me encontraba metido en la ducha cuando oí que la puerta correriza que dividía mi habitación con la de Joseph y Mr. Boss se movía de acuerdo a la fuerza que solía utilizar este último para abrirla.

Como era usual, Boss se moría de nervios por el viaje que nos esperaba -lo más probable era porque no conocía la ruta- y el simple hecho de pensar que el tráfico iba estar insoportable le ponía los pelos en punta. Así fue, que luego de desayunar solía pararse de la mesa y dirigirse a la habitación para “relajarse”.

Aquella mañana no fue la excepción, pero esta vez le acompañaría yo -y es que aún me faltaban cosas por meter en la maleta y verificar que no se me haya quedado nada por algún rincón, ello porque ya en Chiclayo había padecido una pérdida-.

Para cuando salí al parqueo del hotel ya estaba Mr. Boss frente al timón de conducción. Metí la maleta en la parte trasera, acomodé mi mochila y bolsa. Uno, dos, cinco… diez minutos y Joseph no salía de la recepción. No quedó otra que bajarme a ver qué era lo que sucedía, qué era aquello que le impedía salir.

No era más que un dilema de la chica recepcionista por no saber usar adecuadamente el escaner de la tarjeta de crédito. Uno, dos, cinco… diez minutos y ni Joseph, ni yo salíamos del lugar. De pronto, nos sorprendió oir la voz de Mr. Boss. Se enteró de lo que acontecía y sin más salimos.

-Las llaves estan dentro… -dijo Boss con una cara figurada con una medio sonrisa impotente –

Luego de unos segundos de incredulidad por parte mía y de Joseph a lo que decía Boss, llegó el momento de buscar el culpable. No pasó a mayores. Nos quedamos fuera pensando y repensando en cual sería la adecuada solución.

Lo primero fue cancelar la visita a Tarapoto -tal vez fue lo mejor porque el futuro nos depararía algo peor-. Después, pedir un día más en el hotel. El equipaje se encontraba en el interior de la camioneta Finalmente, vinieron las llamadas: a Lima, al mecánico del pueblo, al cocinero del hotel que alguna mañan conocía para abrir autos, entre otras más.

El seguro recomendaba que podíamos quebrar el vidrio más pequeño que tenga el automóvil y la administradora del hotel decía que llamáramos al mecánico del pueblo que seguramente nos iba a solucionar el problema sin tanta burocracia. Esto último fue lo que Mr. Boss eligió hacer.

Mientras esperábamos parados los tres en el parqueo anduvimos caminando por las instalaciones. Boss me enseñó las hormigas recolectoras de hojas -que por cierto no son tan grandes como la presentan en los documentales-; me habló un poco más de la vegetación que nos rodeaba. Joseph por su parte andaba resignado; y yo igual.

Personalmente me sentía inquieto, me aburría el no hacer nada. Entré al hotel, me acerqué a la recepción y les pedí una franela, pero me dieron un pedazo de papel absorbente de baño. Luego de agradecer lo tomé y caminé hacia la camioneta y empecé a quitarle la tierra que llevaba encima.

Mientras yo realizaba mi trabajo Joseph me hacía compañía y conversación. En eso entró un carro de bomberos. Cruzamos miradas Joseph y yo y sin palabras nos preguntamos mutuamente por el porqué de la presencia de un móvil estatal. En eso descendió el mecánico, no sé si era su apellido real pero la mayoría de personas le llamaban Sr. Nieto.

Joseph entró lo más rápido posible que podía caminar en busca de Boss. Así que me quedé rodeado de Nieto y si pandilla. Al parecer era el mecánico de la policía en Moyobamba, bueno, lo era porque oyendo sin querer queriendo la conversación que mantuvo con sus compañeros lo pude confirmar. Y también, al parecer creyó que yo también era español, y es que lo pude comprobar porque me trató como tal y me habló del triunfo eminente de la selección de fútbol de ese país.

En menos de lo que canta un gallo, cantó la alarma del carro. Por fin ya estaba abierto y el “arreglito” no le había lastimado mucho, apenas unos roces. Al señor ese se le pagó, se trepó al carro bomberín y se marchó como vino.

El último día en Moyobamba lo pasamos en el hotel. Cerca del mediodía un baño en la piscina, un compartir con aceitunas y chicharrones de pollo acompañados con un zumo de naranja; el almuerzo; por la tarde, una siesta y salir a conversar un rato; por la noche, salir a cenar y a dormir. Al día siguiente nos esperaba un largo viaje a la ciudad de Jaén.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s