Moyobamba II

Desde el mirador se podía observar una especie de escuela a orillas del río Mayo. A los tres nos entró cierta por conocer el camino que nos podría llevar hasta el mismisimo río. No esperamos mucho y en menos de un cinco minutos ya estabamos siguiendo, primero, el acceso dentro de la ciudad y, después, la vía aquella que tanto queríamos seguir.

En esa tarde recorrimos un regular tramo, pero nos sirvió para enterarnos de los detalles pertinentes para realizar un paseo en lancha por las aguas del río Mayo. El horario era de las 15 a 17 horas. No era necesario pagar por persona, suficiente con dar un solo pago por viaje, que dependía de la distancia que queríamos recorrer. Y con ropa ligera y mucho repelente para espantar todos los molestosos mosquitos o cualquier otro bicho que osara en picarnos.

Ya en la piscina mi cuerpo empezó a experimentar un movimiento involuntario y muy difícil de controlar. Me temblaba de frío. Así que no estuve mucho tiempo metido en ella.

El día amaneció bastante bien. Subimos al comedor para desayunar: Mr. Boss unos bollos con mantequilla, café con leche y un zumo de naranja; Joseph, café sin o muy poca leche, algunos bollos con mermelada, jugo de papaya y ensalada de frutas; y yo, jugo de piña, ensalada de frutas (piña y plátano) y café con muchísima leche.

Por la mañana no hicimos mucho. Fue así que llegó la hora del almuerzo y tan pronto como acababamos nos dirigíamos hacia las habitaciones para arreglar todo lo que queríamos llevar al paseo por las aguas del Mayo.

Faltando media hora aún para las quince ya estabamos rumbo al río. Boss estacionó la todoterreno gris y descendimos. Se le acercó un señor, dueño de la lancha que nos condiciría por aquellas aguas.

Era una lancha pintada de blanca, unos asientos de madera del largo del ancho de la embarcación, con un techo que no cubría para nada del sol, y tonalidades de la bandera peruana por doquier, a través del suelo se podía ver el agua y el van ven de la danza que hacía con la corriente acuática desestabilizaba nuestro equilibrio.

A pesar de que no colmó nuestra espectativa, el paseo estuvo entretenido. Se pudieron ver algunas de las especies de aves que habitan en las riberas del río y las distintas plantas que cubren en determinados tramos las orillas de éste.

Toda una odisea se convertía el descender o subirse a la lancha. Personalmente deseaba ser un alcalde o presidente de la región para poder mejorar las condiciones del servicio que se presta en el lugar. Faltan muchas medidas de seguridad, como la ausencia de muelles adecuados o el uso de chalecos para flotar en caso de volcace la embarcación.

Me esforzaba mucho en calcular las distancias adecuadas para poder plantar mi pie y no dar un “mal paso” y resbalar por la loma que se debía subir y descender a la vez, o el pisar la madera ideal que estuviese totalmente segura.


Regresamos con pocas fuerzas al hotel, al menos de mi parte fue así. Me qeudé dormido más temprano que de costumbre  y tuve la oportunidad de oir una madrugadora lluvia y oír algunos ruídos característicos de la selva amazónica.

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