La comida familiar, una costumbre en decadencia

“Dado que la cena ha sido una experiencia comunal en casi todas las sociedades (…), el hecho de que esta práctica haya disminuido visiblemente (…) en el curso de una sola generación es una prueba notable de la rapidez con que ha cambiado nuestra vinculación social”, asegura Robert Putnam en el libro Sola en la bolera. ¿Qué factores han contribuido a este fenómeno? En primer lugar, el alto costo de la vida ha obligado a ambos esposos a trabajar más horas. Las madres o padres solteros, cuya situación económica suele ser más precaria, disponen incluso de menos tiempo. En segundo lugar, el trajín de la vida moderna fomenta la comida rápida y el hábito de comer a toda prisa. No sólo los adultos, sino también los niños tienen demasiados compromisos, como la práctica de deportes y otras actividades extraescolares.

A esto se suma el hecho de que hay padres que prefieren volver a casa cuando los niños ya están durmiendo para evitar sus rabiertas a la hora de la comida. Otros llegan temprano, pero esperan que los niños coman y se vayan a la coma para sentarse a cenar tranquilamente con sus esposas.

Tales situaciones hacen que los miembros de familia coman a distintas horas. Las notas pegadas al refrigerador sustituyen a la conversación en la mesa. Cada cual llega, caliente una comida precocinada y se sienta frente al televisor, la computadora o la videconsola. Dado que estas tendencias sociales parecen irreversibles, ¿vale la pena nadar contra la corriente?

Estos tres párrafos los he extraído del suplemento Despertad, repartido por los Testigos de Jehová. Esto no quiere decir que yo pertenezca a dicha corriente religiosa. Creo no pertenecer a ninguna en especial, yo sólo creo en Dios y trato de guardar sus mandatos divinos.

¡En fín! la religión por la que más me inclino no es el tema central de éste escrito. El tema es la revaloración por las costumbres que muchas veces no optienen de nosotros la merecida atención.

El último miércoles viajó mi mamá con mi hermano menor para Piura. Allá se encuentra mi hermana con su familia viviendo. Mi papá en estos días, para variar, le toca trabajar. Mi hermano, para evitar “conflictos” conmigo respecto a lo que se cocinara en el día para almorzar o cenar se fue con su familia a casa de su suegra. Así que sólo me he quedado con mi padre, aunque él llega a mitad de la noche -pasadas las 20 horas-.

Hoy, por recomendación de Joseph, decidí preparar comida “nueva” para la cena. Mi intención era cenar junto a mi papá, y así charlar un poco más de lo acostumbrado. Así fue que después de haberme reconciliado con mi mejor amigo, me destiné a tomar una breve siesta, pues tenía que renovar fuerzas para preparar algo ligero, pero ligero, ya que en verano como que se quitan las ganas de comer -por lo menos a mi me sucede jeje-.

Después de pasar cuarenta y cinco minutos más o menos cocinando, arreglé la mesa para que todo estuviese en orden y me puse a ver televisión un rato hasta que llegase mi papá. Luego de algunos minutos llegó a casa, sin ganas de comer; se metió a la ducha, se puso a ver las noticias en su habitación y, luego de un rato, dormido se quedó.

Bueno, quizá no ha sido un buen día como para buscar una charla mediofamiliar. Me tocó cenar solo. No es por nada pero lo que preparé estuvo exquisitamente delicioso.

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