En la dulce espera

La mayoría de nosotros hemos tenido un amigo incondicional en nuestra época del colegio. Yo no fuí la excepción. Mi mejor amigo en aquel tiempo se llama Giancarlo, él actualmente radica en la ciudad de Trujillo y, aunque nos comunicamos poco ya, seguimos conversando de vez en cuando.

Giancarlo llegó al colegio a partir del primer año de la secundaria. En la primaria un muchacho al que lo conocían mejor como el “pollito” fue mi compañero de juegos y travesuras. Al padre del pollito lo designaron a otra ciudad en su trabajo, y fue así que él tuvo que cambiarse de escuela. Y no me enteré hasta aquel primer día de clases.

Después de los tres meses de verano que duran las vacaciones llegó un lunes cualquiera, era el primer día de clases en el colegio parroquial mixto de la ciudad de Talara, como era costumbre mia llegué algo tarde para evitar la tediosa y aburrida ceremonia de inauguración del año escolar de mi ex colegio. Llegué entonces justo para cuando los alumnos estaban entrando ya en las aulas.

Yo me encontraba algo nervioso por el cambio de horario, ya no estudiaría de tarde sino muy temprano en la mañana, el cambio de materias y por el cambio de profesores -ahora mucho más estrictos y exigentes-. Pero nada, todo trascurrió de lo más normal y nada fue como me lo habían pintado muchas veces los alumnos mayoresl, entre ellos algunos primos. De presentación en presentación se pasó gran parte de la mañana hasta que llegó la hora del refrigerio.

Me encontraba ya en el segundo plantel, en aquel lugar donde nos llevaba el profesor de Educación física a realizar los distntos ejercicios, o simplemente a jugar con mis compañeros de primaria. Una alta y amplia plataforma de concreto, con dos aros para encestar en un partido de Basteckball, así como también arcos para fútbol, uno que otro algarrobo y mucho terreno para corretear de un lado a otro y demostrar quién era el más veloz de todos. Ahora ya no llegaría sólo a hacer deporte por media hora, sino que pasaría buenas horas de mi vida oyendo clases de lengua, matemáticas, religión entre otras asignaturas.

Ahora que usaría ya la corbata en mi uniforme, ganaría mayores responsabilidades y tendría la oportunidad de conocer nuevas gentes. Como el haber conocido a Giancarlo, mi mejor amigo del colegio. Él es tan distinto a mí, pero qué bien que congeniamos.

Ahora que ha pasado una década de haber dejado las aulas, seguimos siendo amigos. Y como dije antes no conversamos tan a menudo, pero de cuando en vez uno que otro correo electrónico o un mensaje por celular. Un saludo por Navidad, Fiestas Patrias o cumpleaños -aunque este año no recibí su saludo-.

Hace dos días cumplió años y lo celebró junto a dos compañeros también del cole, su mamá y su novia en Huanchaco (una playa trujillana). ¿Cómo es que me enteré de aquella celebración?  Pues visitando su perfil en el Hi5. Fue en una de las fotos que él ha colgado que leí: “En la dulce espera”. Y cómo es “normal” mi mente voló a mil kilómetros de mi y llegué a la conclusión de que sería papá.

Ayer me lo encontré por el mensajero del Hotmail y le pregunté si era cierto lo que se lee en su comentario de fotografía y me dijo que si… que estaba en la dulce espera… en la dulce espera del bus.

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