Viernes no tan santo

Desde hace mucho tiempo me he dado cuenta que no me siento a gusto con la realidad que me ha tocado vivir, específicamente con la sociedad y las costumbres que se están adoptando en los últimos años. Considero que las personas somos libres, y eso conlleva a que cada uno de nosotros decida lo quiera hacer o dejar de hacer; Dios nos creo libres y seguiremos así hasta el final de nuestra vida.

Por tal razón es que no creo en el destino y menos en esa excusa tonta que he oido muchas veces de personas que se consideran “prácticos” de que un individuo es como es por culpa de su entorno. Primero, el hombre no es esclavo de su destino, las personas no seremos jamás esclavos de nuestras propias vidas y somo nosotros quienes tomamos las decisiones -por ende debemos hacernos responsables de las consecuencias que acarreen éstas-. En segundo lugar, la sociedad no hace al hombre; el entorno no influye en nuestros comportamiento y menos cuando es momento de tomar una decisión -a lo mucho son nuestros sentimientos quienes provocan las decisiones poco pensadas-.

Particularmente me considero mentalmente libre, no me gusta dejarme llevar por nadie. Claro que suelo oir los consejos, sobretodo, los de mis padres -ahora que no está mi abuela-, pero al final soy yo quien decide y no suelo arrepentirme de mis decisiones. Pero si me siento libre intelectualmente, mi alma no lo es.

Otro día hablaré del encarcelamiento injusto que padece mi alma. Hoy quiero dar a conocer mi intolerancia y mi malestar hacia todas aquellas personas que un día como el de hoy, que supuestamente es de recogimiento, autoanálisis y familiar, ha preferido armar las jaranas más bullosas que en el verano no pudieron.

Sinceramente hubiera preferido irme a la playa con mis familiares, como lo hicimos el año pasado, pero no se ha podido por cuestiones de organización y de acuerdos. Este año nos hemos quedado en casa; a mi me molesta demasiado la bulla de la música, de las conversaciones a gritos que mantienen algunos vecinos por aqui -sería mejor que bajaran el volume al equipo de música y así se oirian mejor- y el olor a cerveza y cigarro que de cuando en cuando trae consigo el airecillo otoñal que ya hace en la ciudad.

Este año, también, son los primeros días santos que mi abuela no pasará en su casa.

Cuando me vanía de Piura por ratos pensaba en mi abuela y hasta ahora no puedo asimilar que ella ya no está en este mundo. Aun tengo la necesidad de irle a ver a su habitación y pasarme una mañana o una tarde oyendola o siquiera viéndola dormir. Hay momentos en el día o en la noche que parece oigo su voz, pero en cuestión de segundos viene a mi el darme por enterado que no está viva.

Bueno, ya las ganas de escribir se han ido de mi… es conveniente que deje de hacerlo.

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