Sin alma – un adiós a mi ser

Existen muchas maneras de enfrentar las diferentes circunstancias que se nos presentan en la vida, sobretodo, aquellos momentos en que reina la tristeza. En lo particular, cuando la pena es mucho más grande que la estatura de mi temple suelo refugiarme en el silencio, las ganas de compañia se minimizan tanto que levanto a mi alrededor los muros más grandes y fuertes que se pueden haber construido hasta el momento.

No sé si sea un don, tampoco estoy seguro de que sea un defecto o maldición, pero me suele pasar que algunas veces algo dentro de mi me avisa lo que inevitablemente va a pasar en un futuro cercano. Es por eso que llevaba varios días en que, según mi tonto pensar, me estaba “preparando” para lo que veía, ciegamente y en contra, llegar. Creía que dejando de irle a ver el dolor de su viaje sin retorno iba a ser menos intenso del que si hubiera seguido yéndole a ver.

Ese presentimiento no fue en vano, se hizo real en menos tiempo del que yo esperaba. En lo que si fallé fue en esa absurda decisión de “alejarme” de ese angelito. Y aunque no podía yo dejar de pasar siquiera dos días seguidos de irle a ver ya me estaba haciendo la idea de que se tenía que ir en cualquier momento.

Ya quisiera yo cambiar el mundo, pero eso queda en un simple deseo de un hombre decepcionado de la vida. Ya quisiera dejar fácilmente de pensar en todo lo que me ocurre, pero eso queda en una débil intención de un hombre débil. Ya quisiera yo desaparecer de este mundo o, al menos, no haber llegado nunca a esta realidad, pero eso queda en unas tontas ganas de un hombre invadido por la melancolía y el dolor de haber perdido lo más preciado, y lo único, que tenía.

A las personas que he llegado ha apreciar en mi vida y se han ganado mi confianza les he abierto mi corazón, tal como me lo dijo ella. Siempre suelo decir que mi abuela es mi ser, mi guía, mi mentora, mi ejemplo de vida, mi único amor verdadero, mi base, mi palabra de aliento, mi razón de vivir, en una sola palabra mi todo.

El dolor sigue tan latente como el día en que el Señor decidió que ella se fuera dejándome en esta tierra de la que ya estoy cansado de estar. Mi decisión de escribir hoy en mi blog es porque necesito un medio que me permita desfogar el llanto que se secó dentro de mi y, al fin, poder hablar del tema sin guardarme nada dentro de mi -tampoco confundir que quiero hacer público la tragedia que se ha dado en la familia-.

Eran las primeras horas del quinto día del presente mes. Yo aun dormía plácidamente sobre mi cama. De pronto desde la profundidad de mi sueño alcanzo a oir gritos y llantos que provenían desde la casa de mi abuela. Sin muchas ganas de acudir a ese tornado de dolor latente, de mis familiares que vivían con mi abuela, me levanto a paso lento -pues era como ir a la sentencia que se me había asignado-. Ya mi mamá y mi hermano Renato se encontraban en la habitación. Ellos trataban de controlar la situación y reacciones entendibles de mis tías y primas, pero era en vano. Llego hasta el umbral de la habitación de mi ser más amado y le alcanzo a ver en su agonía.

Estando alli de pie. casi congelado, no atino ni siquiera a tomarle de la mano o por lo menos darle un beso de despedida. Qué dolor más grande sentía yo al verla partir y sin despedirse de nadie, ni de mi ¿es acaso mucho pedir? Ahora creo que si porque ella estaba en pleno transe a un mundo totalmente diferente a esta cochina realidad.

El ver como poco a poco su cuerpecito frágil se estaba preparando para el viaje: se fue estirando centímetros extras, quizá para ocupar adecuadamente el espacio que iba a tener en la caja funeraria, sus ojos fueron vestidos por una “tela” blanquecina, quizá para que no pudiese ver las situaciones producidas a su alrededor por la desesperación de las personas; sus labios se cerraron con tal fuerza que no salió de si un ¡ay!; sus manos adoptaron una temperatura tan baja que quizá se conservaría muy bien un cubo de hielo; sus gestos parecían ser de dolor, quizá por el desprendimiento del alma con el cuerpo… todos estos “síntomas” partieron mi débilucho corazón.

Les confieso que en aquel momento no sólo se estaba desprendiendo el alma de mi abuela, sino también la mía. El ver como mi único gran tesoro de ser se iba segundo a segundo es una experiencia cruel y estoy seguro que jamás olvidaré, así como a ella. Desde el día cinco es que ando sin alma, siento un espectacular vacío -mucho más grande del que usualmente tengo-. Estoy sin alma si, pero no por eso me convertiré en una mala persona, en una persona que no tenga corazón… no lo haré porque a ella no le gustaría que yo fuese como esos individuos que van por el mundo pensando sólo en ellos sin importarles lo que los demás puedan sentir o pensar; ella no me dió jamás ese ejemplo, sino todo lo contrario.

Regresando al momento de la habitación de mi abuela. Seguía yo parado, como un poste, en una esquina del cuarto sin hacer nada -lo que provocaba que casi todos no se fijaran que yo estaba alli presente en aquella lamentable despedida. En eso un medio primo que se encontraba alli también tuvo el absurdo pensar de que se podía aun hacer algo y volverla nuevamente; algo que no era más falso como el beso que dió Judas a Jesucristo. Sólo llegaron a la clínica para que certificaran el deceso de mi ser.

No quería que nadie me hablase, no quería que alguien se atreviese a tocarme para darme un abrazo, no quería saber nada de nada. Retorné a mi casa, entre y me dirigí directamente a mi habitación -tal vez con la floja esperanza de que mi abuela vuelva a casa con vida-.

Sentía dolor y realmente yo no quería que ella partiera tan de pronto, pero, como he dicho antes, el llanto se secó dentro de mi. La razón de que no saliera de mi lágrima alguna es que vino a mi los recuerdos de haberla visto sufrir demasiado por dolores tan grandes que provocaban fuese dopada, al menos ya fallecida no sentiría dolor físico alguno. Pero no sólo eso hace que de alguna manera asimile y acepte la idea que ya no tengo el ser, sino la idea de que ella rogará para que yo me vaya muy pronto a estar con ella y hacerle compañia como he estado acostumbrado.

Estos tres días que han transcurrido me la he pasado durmiendo con ayuda de pastillas. No me atreví a verla echada en el cajón. No he querido hablar con nadie: ni familiares ni amigos. Sólo me he decidido salir de mi cama para acompañar a mi abuela hasta lo que desde ayer es su morada y también para agradecer a Genius, Joseph y Ale Am.

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