Veinte de enero

escribiendo1Acabo de llegar hace media hora a Piura. En este momento estoy sentado sobre mi cama escribiendo en el cuaderno que utilicé el semestre anterior en la Universidad, ya que esta vez no he querido transportar mi computadora portátil he decidido traer sólo lo primordial para mi aseo personal, algunos trapos para vestir porque acá tengo algo más de ropa y el dinero que siempre guardo por si se me presenta alguna emergencia como la que estoy atravesando en estos días.

En fechas anteriores a la de hoy (veinte de enero) en mi casa se podía respirar un aire lleno de tensión entre mis familiares, realmente era un ambiente muy insoportable para mi, y es que no me gusta o me agrada poco que los únicos seres a los que quiero y con los que estoy compartiendo parte de mi vida se encuentren disgustados entre sí.

En la mañana de hoy día no quería despertar y menos levantarme de la cama, algo dentro en mi decía que aquel día no iba a ser demasiado grato para mi persona. Y por no acatar el mensaje que me transmitía mi intuición a manera de imágenes entrecortadas -quizá haya sido mi propia imaginación pero sucedió así- me vi inmerso en una discusión que me gané gratuitamente por intentar “arreglar” las cosas.

No estoy seguro si vale la pena el recordar y comentar lo que aconteció conmigo en aquella actitud de cólera mezclada con fastidio y asqueo que me invadió por la situación que estaba viviendo la semana pasada en el hogar que me ha acogido desde que involuntariamente llegué a este mundo.

Pasado el mediodía y aun nadie había almorzado en casa, estábamos esperando a que llegase mi hermano y su familia para empezar a comer. De pronto estalló un intercambio de palabras muy duras entre mi mamá y mi hermana ¿el motivo? Ni siquiera lo llegué a saber hasta el instante en que oí el nombre de mi “cuñadito” y supe que era él la causa de ese conflicto verbal entre ambas. Inevitablemente tenía que acudir para la cocina porque aun no me había provocado desayunar hasta ese momento de guerra, cuyas armas eran más que peligrosas.

La verdad que eso –del desayuno- fue sólo la excusa que tenía para poder acercarme hasta el ojo del huracán de voces, que a pasos de gigante se iba acercando al grado F5.

ira

Dependiendo del valor de complejidad que pueda tener el asunto, lo peor que puede ocurrir en casa es que mi madre se ponga de mal humor, pues cuando esto ocurre los resultados del “efecto dragón” serán aterradores. Y ha sido lo que se ha dado hoy martes veinte de enero.

Una vez más, y conscientemente, soy un damnificado de mis buenas intenciones y de mi debilidad sentimental. Por acudir al auxilio de Catalina que estaba siendo casi exterminada por el ataque sin tregua por parte de mi mamá, que si bien soy el menos indicado para juzgarla pienso que en gran parte no tenía razón o no la tiene al querer intervenir en la vida de mi hermana.

Aunque mi “cuñadito” no sea santo de mi devoción, y que la relación de el conmigo no es tan amigable como debiera serlo, resolví intervenir en la discusión entre ellas dos para “tratar” que mi mamá se diera cuenta que no estaba siendo del todo justa al no aceptar que el y mi hermana se casen. ¡Y qué trabajo más pesado! El lograr que mi madre asimile la idea de que el es la persona que Catalina ha elegido para compartir su vida y a quien ella le quiso dar un hijo –que ahora es mi sobrino- realmente es pesado.

Viene a mi el recuerdo de lo mucho que me costó el que mi mamá entienda y acepte la idea de que no todos sus hijos son “normales”. Que de sus cuatro hijos uno le salió “fallado” y que no desea ser reparado. Y ese hijo raro, u “oveja negra” como me suele denominar a veces, soy yo. Y para rematar a ese hijo le gustan las personas de su mismo sexo. ¡Señores esa decisión de confesarle demandó de mi mucha más fuerza de la que yo imaginaba!.

Debo reconocer que en aquel tiempo tuve el apoyo de Ed, quien era mi pareja. Ayuda que me sirvió de mucho, y que se transformó en un interés que sólo se da entre dos seres que en verdad se aman. Ese interés se expresaba en las llamadas telefónicas diarias que me hacía y en las que preguntaba cómo me estaba yendo o como me estaba sintiendo y la conversación que mantuvo con mis dos padres más adelante, que de alguna manera los “tranquilizó”. De ese modo logramos que me re-aceptarán como su hijo –bueno no sólo a mi, sino también a el-.

Volviendo al caso de mi hermana, ella tiene el respaldo de mi “cuñadito” pero eso no cuenta para nada, porque el ha perdido del todo la posibilidad de hablar si quiera por teléfono con alguno de mis dos padres ¡no quieren ni oír su voz! Por razones que luego les contaré en algún escrito próximo, tampoco cuenta con el apoyo de ninguno de mis hermanos, mucho menos el mío.

Pero bueno, hoy quise dejar de lado mi repelo hacia la persona de mi “cuñadito” e intervine. Aunque debo reconocer que lo hice más por el cariño que siento hacia Catalina y quiero que ella sea feliz, y también porque no me agrada ver que ella tenga el trabajo de criar sola a su hijo y, porque quiero que ya se vaya de casa y se lleve consigo al nene que, no es por exagerar, llora hasta porque lo miran –sé que esto último es algo egoísta de mi parte, pero es insoportable escuchar sus gritos y engreimientos llorosos-.

Como resultado de ese combate es que yo me encuentro ahora por acá. No he comido en todo el día porque las ganas de probar bocado se esfumaron después de aquel encuentro, pero eso no me interesa en este momento. Lo que si me interesa y preocupa es cómo la esté pasando mi hermana en casa.

Dejo de escribir ya porque quiero salir al centro de la ciudad para comprar algo que calme el león hambriento que llevo ahora dentro de mi y me está obligando a buscar comida con urgencia. Por otro lado, tengo que hacer algunas llamadas: una para asegurar mis alimentos en los días que estaré por aquí, y otra para saber como está el ambiente en casa.

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