Mariposa ilusionada

¿Alguna vez te has preguntado el porqué me sucede esto a mi o por qué yo? podemos formularnos la misma pregunta de varias maneras, pero la respuesta siempre es la misma: que somos nosotros mismos los que provocamos que ese algo nos suceda. Siendo concientes o no pero siempre actuamos por actuar en las muy variadas circunstancias en que solemos estar, sin pensar tanto por las consecuencias, y es que, como dicen por alli, “si no aprovechas la oportunidad, probablemente te estes reprimiendo a vivir una de las mejores experiencias, y lo que es peor no sabrás si pudo ser buena o mala”.

La frase anterior la he oido una infinidad de veces, sobretodo, de personas que suelen o,  mejor dicho, se consideran “prácticos”. Como si los individuos fuéramos un vaso descartable o como un foco que sólo es tomado en cuenta mientras nos pueda alumbrar en nuestras lecturas nocturnas, vamos por el mundo “utilizando” y probando si funciona bien o mal. Y, cómo siempre la culpa la tiene la situación o la soledad. ¿Y dónde quedan los sentimientos? ¿dónde dejamos la razón que se nos fue asignada? ¿por qué no reconocemos nuestros errores, pero principalmente, por qué no somos concientes de nuestras limitaciones?.

El día uno de este año, quise irme para Piura. Aunque me gusta estar en casa -me considero hogareño- y siempre ando buscando quehacer para distraerme y no dormirme en mis laureles. Aquel día metí un poco de ropa a la mochila, cogi un poco de dinero y me fui al terminal de buses que se dirigen para la capital de la región; pues apenas está a dos horas de donde vivo y el paisaje que se observa en el trayecto es muy diverso y atractivo para mi gusto.

Estando ahí, ya sentado, en el bus los recuerdos de una persona que en su momento me hizo muy feliz (con el no existían los horarios, cuando el se ponía hacerme muecas para arrancarme una sonrisa). Señores yo no sé que el hacía pero siempre se las ingeniaba para que yo me sintiese como en las nubes -y claro yo también hacia todo para que el se sintiese a gusto a mi lado-. Esos recuerdos fueron mi compañero de asiento en ese viaje, es más en un determinado momento llegué a creer que estaba el a mi lado. Mientras tenía los ojos cerrados podía verle, podía olerle y podía hablar con su silencio, pero cuando los abria notaba que eso no era más que el resultado de que aun le puedo extrañar -aunque ya con menor intensidad-.

Llegué a mi habitación y no sé por que pero creía que al abrir la puerta le iba a encontrar, otra consecuencia de mi imaginación; ya que al abrir esa puerta no encontré más que un cuarto con olor a cerrado, mi cama siempre templada y muy fria, las ventanas opacas, el suelo con polvo y los objetos (incluso mis cuadernos y libros) estaban grises. No encontré más que la soledad en su máxima expresión. La verdad que, aparte de estar fuera de onda por el ataque repentino y tramposo de los recuerdos ya dormidos de aquel amor,  estaba muy rendido del viaje que no me animé a dar una limpieza, y con sólo cambiar las sábanas de mi lecho y las fundas de las almohadas me eché mirando al techo, hasta quedarme dormido.

Al despertar, me dije desde tonto hasta los estatus más altos de apelativos que en cuyos conceptos encierran a la debilidad representada en letras. ¡No puede ser posible! el recuerdo de Ed nuevamente en mi… es este corazón mio el que aun se resiste a renunciar del todo a lo que fue una de mis mejores relaciones -por no decir la única-, pues mi razón ya asimiló mi ruptura definitiva con un buen hombre. He aqui la respuesta a dos preguntas que dejé colgadas anteriormente.

Filosofando señores. Los sentimientos siempre están presentes en cada acto humano. Son ellos, sean positivos o negativos, los que deberían girar en torno a la razón, pero muchas veces -por no decir casi siempre- son estos los que toman la delantera y nos hacen cometer actos que solemos considerar espontáneos. Por ejemplo, Dionisio está tan feliz que desearía compartir esa alegría con alguién, pero este se encuentra en su trabajo y debe guardar la compostura, pero esa felicidad de alguna manera se desbordará de el y se notará en cada acción que este haga: en un abrazo, en un saludo cordial, etc. (actos espontáneos).

Siempre hay que dejar que nuestras acciones hablen por nosotros mismos- me lo dijo un sacerdote de mi Universidad. Pero analizando minuciosamente esa frase he descubierto que puede ser un arma de doble filo y que en sí no dice ni significa nada de nada. Considero que no hay mejor manera de tener las cosas claras que a través del diálogo, a menos yo que suelo ser bastante despistado  -algo contradictorio a mi esencia detallista-.

Acabo de recordar algo que me dijo Joseph: “tu manejas a los demás como personajes de tus novelas… olvidas que también tenemos sentimientos…” -en realidad me lo dijo en una discusión- pero eso no importa. La cuestión es que me sirve de ejemplo para poder explicarles el porqué la frase del cura me parece arma de doble filo. Primero, el “mostrarme” como alguien intelectual le ha hecho pensar que a mi me gusta manejar a las personas, algo que de cierto tiene el máximo nivel del ficticismo que contiene “Metamorfosis” de Kafka. Y, en segundo, respecto al olvido de mi parte de los sentimientos de los demás, pues no hay nada más claro en mi que pensar siempre más en los demás que en mi mismo; yo ando por la vida con el único objetivo de no hacer daño a nadie y menos lastimar los sentimientos; lo cierto y, también, lo que ando asimilando es que a nadie le ha importado lo que yo he podido sentir.

Bueno, ya es un poco tarde para seguir filosofando y yo debo descansar por hoy mi cerebro jeje… intentaré seguir el hilo de este escrito.

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