El dejo piurano

Al igual que lo publicado abajo éste también es un escrito hecho por el profesor Arrizabalaga.

Una de las acepciones que el Diccionario ofrece del sustantivo “dejo” define lo siguiente: “acento peculiar del habla de determinada región”. El español en Piura presenta un “dejo” característico, que permite reconocer fácilmente a los hablantes piuranos por su forma de hablar diferente al de otras regiones del Perú, fundamentalmente por la entonación, que a veces se ha explicado, sin fundamentos probados, como una influencia andaluza, como influencia del habla de México y Centroamérica o como sustrato de las lenguas tallanes.

Carlos Robles Rázuri decía que fue “tal vez la influencia andaluza la que le ha dado el acento cantarino, armonioso” al habla local. Sigue la opinión que mostrara Víctor Eguiguren, quien en 1894 afirmara que era común comparar la forma de hablar de los “sechuras o sechuranos”, por “cierta gracia en el decir”, con la de los andaluces. Reynaldo Moya Espinosa cree, por el contrario que la originalidad de la “dulce entonación” de los piuranos, que motiva en otros lugares tantas bromas, constituye un “sello de la piuranidad” conserva la traza de las antiguas lenguas locales, tan diferentes del quechua y las demás lenguas andinas: “el sec no murió del todo, ya que su entonación fonética se trasladó al castellano”.

Juan Alvarado Chuyes tiene una teoría que merece un comentario más extenso: “Esa entonación cantarina que nos identifica al hablar, dice Alvarado, nos vino a los piuranos desde el mero México. Y así es como tenemos un dejo peculiar en el país. El mismo que, lejos de la patria, hace que se nos confunda con los propios mexicanos.” La razón es que la primera población de Piura se vó muy aumentada con los aventureros españoles, indios guatemaltecos y mexicanos así como buen número de esclavos negros que acompañaron a Pedro de Alvarado, hipótesis que supone que “nos quedó con ellos el dejo”. Si bien estos hechos son ciertos, más parece que la presencia de un vínculo con México y ciertas semejanzas, se deben más particularmente a la relación comercial que unió el puerto de Paita con Veracruz durante los trescientos años de la dominación española.[1]

EL CANTANDITO DEL DEJO

Indudablemente la entonación es el aspecto más inaprensible de las lenguas, a pesar de que el lenguaje es básicamente vocal. La escritura es un artificio subsidiario, no imprescindible, y relativamente reciente en la historia de la cultura humana, pero es más fácil de analizar. Hablamos empleando sonidos diversos que reflejan en una lengua un número asombrosamente limitado de fonemas, en castellano 22, 23, o 24 según los dialectos. Articulamos sonidos que necesariamente tienen alguna duración, intensidad, timbre y tono. No hay sonido que carezca de tono, aunque a los sonidos que presentan tonos inarmónicos los llamamos “ruido”.

Un amigo taxista oriundo de Huancayo pero afincado en Piura desde hace 9 años, me comentaba: “En Piura tienen su dejo, hablan cantando”. Yo le pregunté entonces: ¿En Huancayo también cantan? “También -respondió-, cada lugar tiene sus modos de hablar, sus costumbres, sus fiestas…”

Con la claridad con la que se expresaba mi taxista querría yo explicar dos o tres cuestiones acerca del acento piurano, esto que todos conocemos y, sobre todo los foráneos, intentamos describir con adjetivos diversos: El hablar piurano es musical, melodioso, cálido, pausado, cantarín, cadencioso… Adjetivos que no son sino aproximaciones limitadas a un hecho difícilmente analizable, aunque perfectamente empírico. Veamos cómo dos escritores peruanos nos informan del dejo piurano.

Mario Vargas Llosa, casi al inicio de La casa verde presenta a un personaje enigmático que recién llega a Piura de la siguiente manera:

“Se llamaba Anselmo y decía ser peruano, pero nadie logró reconocer la procedencia de su acento: no tenía el habla dubitativa y afeminada de los limeños, ni la cantante entonación de los chiclayanos; no pronunciaba las palabras con la viciosa perfección de la gente de Trujillo, ni debía ser serrano, pues no chasqueaba la lengua en las erres y las eses. Su dejo era distinto, muy musical y un poco lánguido…”[2]

Vemos que de forma muy inteligente aprovecha Vargas Llosa el rasgo de la entonación para crear un misterio en torno a Anselmo: nadie en Piura reconoce su acento, por lo que no puede adivinarse su procedencia de ningún modo. Interesantísimos resultan los comentarios, nada científicos pero atinados, acerca del acento de limeños, chiclayanos, de la gente de Trujillo y del serrano, que serían precisamente los que los personajes del relato distinguirían en su entorno ordinario.

Efectivamente, como mi amigo taxista, todos podemos apercibirnos de la existencia de nuestro propio acento cuando la llegada de un extraño que habla distinto nos permite contrastarlo con el otro. Los demás hablan distinto que nosotros. El dejo es una especie de “marca” o “señal” de identidad.

Aquí se manifiesta que el lenguaje es un hecho social, cultural. Y como todo hecho social, tiende un equilibrio inestable entre el “espíritu de campanario” y la fuerza del intercambio, entre el particularismo y la comunicación. Aquel es centrípeto: busca señalar la identidad propia y diferenciarla de la de los otros. La fuerza del intercambio es centrífuga y solidaria: busca confundirse en una identidad mayor compartida por muchos, en proporción a la cercanía y a la intensidad de la comunicación.

LA ENTONACIÓN IDENTIFICA

La distancia de Piura respecto a Abancay es lo que hace que Gerardo, el hijo del comandante, el niñito piurano recién llegado que Ántero presenta a Ernesto, el protagonista de Los ríos profundos, se destaca no solamente porque “el costeño caminaba con más donaire” o porque miraba “vivazmente” a las muchachas, sino porque hablaba “al modo de los costeños, pronunciando las palabras con rapidez increíble” y además “cantaba algo al hablar”. Con él tendrá luego Ernesto una pelea con puntapié incluido, aunque eso es harina de otro costal. Lo importante es que el forastero es fácilmente identificado por los demás niños:

“Un costeño, en lo denso de los pueblos andinos, donde todos hablamos quechua, es singular, siempre; es diferente de todos.”

El dejo compartido identifica a los hablantes de una región particular y es su rasgo diferenciador con respecto a los hablantes de las demás regiones. Dentro de una lengua hay características comunes en la entonación que la identifican con respecto a las demás lenguas. A su vez dentro de una lengua como el castellano hay diferencias en la entonación de unas regiones a otras, así como del habla rústica al habla urbana, y en los diversos niveles socioculturales del habla de un lugar, como de los distintos tipos de discurso que un mismo hablante sabe realizar.

Anselmo proviene de otro lugar por lo que tiene distinto dejo. Pero pronto se acostumbra a Piura: “Pronto aprendió las fórmulas del lenguaje local y su tonada caliente, perezosa”, dice Vargas Llosa. Son calificaciones completamente subjetivas, por supuesto. La entonación no es “caliente” ni “fría”, como tampoco “perezosa” o al contrario, “trabajadora”. Así lo expresa como limeño Vargas Llosa, confundiendo quizás el habla con el carácter de los hablantes o con el clima de la región.

Lo cierto es que la entonación de un habla regional viene marcada por un ritmo y una velocidad, y un conjunto de combinaciones tonales más o menos fijas. Todas son musicales, todas tienen ritmo, todas “cantan”, porque todos cantamos al hablar. En castellano parece que la velocidad normal de la voz articula entre 8 y 12 fonemas al segundo. En general, cada ocho o diez sílabas busca una pausa, obligada naturalmente por la necesidad de tomar el aire necesario y de interpretar mentalmente la frase escuchada o la que se va a pronunciar seguidamente. La entonación unifica cada enunciado y sirve para distinguir la modalidad de las oraciones. Si decimos: Hace mucho calor estamos dando una afirmación. En cambio si decimos: ¿Hace mucho calor? expresamos una interrogación, y al decir: ¡Hace mucho calor! una exclamación.

La voz masculina es proporcionalmente más grave que la voz femenina, por el distinto tamaño de las cuerdas vocales, más largas en los hombres que en las mujeres y los niños. Las voces agudas se asocian con estados de nerviosismo y de alegría, mientras que las voces graves parecen tristes o deprimidas.

Si bien estos principios son generales o universales en las lenguas (dados por las condiciones fisiológicas de la voz humana), cada lengua tiene secuencias de tonos “normales” y dentro de una lengua el habla de cada región se acomoda a unos moldes particulares, y lo cierto es que el dejo piurano es, como dice Martha Hildebrandt, verdaderamente divergente y singular. Así los piuranos siguen distinguiendo perfectamente al foráneo o extranjero nada más que este “forano” pronuncie unas pocas palabras. Solamente por la entonación.

PIURA EN EL LENGUAJE PERUANO

Pedro Benvenutto Murrieta hizo el primer estudio del castellano en el ámbito nacional en 1936. Establece una primera división dialectal, más por intuición general que como resultado de una comprobación minuciosa, ya que constata “la ausencia de trabajos sistemáticos” y los “escasos datos” con que cuenta.[3] Ubica a Piura dentro del dialecto litoral norteño señalando algunos rasgos fonéticos, aunque al describir su división atiende básicamente a la entonación, mostrándose un poco impresionista. Así, dice que la pronunciación en el litoral centro y sur es “igual a la de Castilla en España” pero “su evolución se parece mucho a la andaluza”. Del mismo modo no es muy exacto ni preciso cuando dice: “El litoral norte, dice, se diferencia muy particularmente en la entonación”. Los rasgos en que identifica el hablar piurano son los siguientes:

1. La epéntesis de y en piqueyo, riyó, seyas… “se observa con mayor intensidad en el litoral norte; en Lima se presenta raras veces”.

2. “El seseo constituye uno de los rasgos más característicos de la pronunciación peruana. No es, sin embargo, uniforme en todas las regiones. En la costa se articula la s como en Andalucía. (…) En la sierra predomina la variedad castellana purísima, la s silbante”.

3. “El yeísmo de la costa tiene dos modalidades. En el norte (Tumbes, Piura, Lambayeque y Libertad), se relaja la y hasta el extremo de que el vulgo la suprime enteramente en el medio de las palabras, pronunciando gaína, caudío, gamarría, botea, a pesar de que en voces como maliceyo, repiqueteyo, piqueyo, donde es pegadiza, la articula con cierta africación”[4].


PIURA ES UNA REGIÓN AFORTUNADA

Cuenta con la primera y única descripción detallada hecha de un dialecto local peruano. Fue elaborada por Martha Hildebrandt en 1949 con el título: El español de Piura y le valió como tesis para optar al título de doctor en letras en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos[5]. Sin pretender un “estudio exhaustivo”, hace observaciones muy interesantes de la fonética, caracterizada por arcaísmos y vulgarismos como: agora, escuro, jarto, jumar, cirgüela, por la diptongación de hiatos: maistro, rial, pérdida de la palatal gaína y epéntesis palatal: criyatura, feyo, aspiración de -s implosiva ante velar: mohca, y velarización de -n final.

En su tesis, Martha Hildebrandt observaba muy atinadamente que, frente al aislamiento que vive Piura con respecto a Lima, existía un gran intercambio comercial con Ecuador, del que “se interfiere un intercambio cultural intenso”. Una ruta comercial, muy transitada sobre todo en tiempos del virreinato, unía el puerto de Paita y la ciudad de Piura con las ciudades de Loja y Cuenca, en la sierra sur del Ecuador. Piura fue, históricamente, parte del obispado deQuito hasta la creación, a mediados del siglo XVII, del obispado de Trujillo.

También Peter Boyd Bowman señalaba en 1953 “la continuidad fonética entre las costas de Perú, Colombia y el Ecuador (…) frente a la de sus provincias andinas”. Estimaba el hispanista norteamericano que “las fronteras actuales del Ecuador con los países colindantes no corresponden ni a fronteras naturales, ni a fronteras lingüístico culturales (se habla el mismo español de ambos lados), ni a fronteras políticas antiguas (incaicas y coloniales). Por fin, en un estudio reciente, el norteamericano John Lipski vuelve a considerar la costa norte del Perú como variedad diferenciada de castellano, de nuevo basándose en rasgos fonéticos (pérdida de palatal sonora, así como de oclusivas sonoras intervocálicas: cuchío, botea, en vez de “cuchillo”, “botella”, etc).[6]


LA PRONUNCIACIÓN DEL CASTELLANO EN PIURA

Se caracteriza por una serie de rasgos, que se pueden percibir con más intidez en el habla popular de las calles de las ciudades de Piura y con mayor intensidad todavía en el extenso campo de los valles del Piura y el Chira. En la serranía de Huancabamba y Ayabaca se dan rasgos propios del español andino con algunas diferencias que procuraremos señalar aunque éste sea sólo un panorama general. Nos apoyaremos en la literatura regional particularmente en la narrativa de Enrique López Albújar y Carlos Espinoza León, además de los estudios etnográficos de monseñor Miguel Justino Ramírez y en los repertorios y diccionarios de piuranismos de Robles Rázuri, Puig, Arámbulo Palacios y Carlos Arellano Agurto, además del repertorio sechurano recogido por César Arrunátegui Novoa.[7]

Esteban Puig considera que las “contracciones por supresión de letras” o “las deformaciones” que ocurren en el habla piurana “se producen por hablar apresuradamente o por la “flojera” con que se pronuncia arrastrando perezosamente las sílabas”, constituyendo junto con la creación de giros, frases e intrerjecciones uno de los aspectos más interesantes del folclor piurano. Edmundo Arámbulo destaca “lo indiscutible y escepcional” que es “la graciosa, vivaz y cantarina forma de hablar de los piuranos”. Sin duda que estos estudiosos y otros muchos que se han intersado por las peculiaridades de esta región norteña aportan una valiosísima información a la ciencia lingüística, incluso sin tener una formación rigurosamente científica en la materia. Intentaremos brindar aquí un análisis algo más riguroso en el que no pueden faltar algunos términos técnicos quizá confusos para la mayoría, pero necesarios para indicar con precisión la naturaleza del fenómeno detectado. Sirvan aquí al menos para tener una primera descripción detallada del dialecto.


CONSONANTISMO

En la costa norte predomina el seseo de tipo predorsal (se articula con el predorso de la lengua), aunque se ha detectado una variante dentalizada en posición intervocálica. Tiende a aspirarse en posición implosiva, generalmente ante consonante velar: ehkondido, buhkando, pihco…, aunque es una pronunciación sentida como reciente, má propia de los jóvenes de clases acomodadas por imitación al habla limeña difundida principalmente a través de las novelas televisivas. El habla popular debilita la implosiva casi siempre en las partículas pue’, enton’ (por “pues”, “entonces”). En la sierra la sibilante es más aguda porque se suele pronunciar acercando la punta de la lengua a las encías de manera apical en lugar de predorsal. Por ello es más tensa y no suele perderse en ningún caso, como ocurre, en general, en todas las tierras altas de América.

En general el consonantismo de las provincias andinas es más tenso y realiza con total perfección la pronunciación de las sonoras intervocálicas: cada, sabido, acabado, bodega…

Toda la provincia es “yeísta”, aunque el habla rústica de la sierra conserva escasamente la lateral palatal, sobre todo los hablantes mayores de cuarenta años. Se producen muchas disgrafías por este motivo, incluso en autores cultos, como el propio Arámbulo Palacios, que escribe cabaya (35). En la costa es general la pérdida de la palatal en contacto con la vocal i: cucharía, mantequía, servieta, granadía, rodía, gaína.[8] Encuentro en un relato infantil “hornias de carbón”. Edmundo Arámbulo consigna la pérdida de la palatal del diminutivo en el término: cagarrutia de golondrina (38). El fenómeno da lugar a ultracorrecciones como sandilla[9]. En Sechura se conserva un arcaísmo en el nombre de la chirimía (antiguo instrumento musical), que todos dicen y escriben aquí chirimiya para referirse a un grupo de músicos tradicionales. Y en Sechura también se nombra a un personaje de una danza típica de Nochebuena la Mariquía (Arrunátegui, 48).

Este rasgo fonético, ya obsevado por Pedro Henríquez Ureña en 1921 (probablemente por las noticias que le proporcionara Riva Agüero, vincula efectivamente la costa piurana con México y parte de Centroamérica, por lo que no dejan de tenera razón, aunque sea en parte, los que defienden un vínculo lingüístico entre Piura y México: es el puente de tablas del antiguo comercio portuario entre Paita y Veracruz el que trae y lleva, con las mercancías, las palabras con sus características pronunciaciones (también formas gramaticales como sus mercedes, ya en desuso en este dialecto, pero aún usual en extensas zonas de Colombia).

En general, la consonante velar es poco tensa y puede aspirarse: bahamos, tehas, abaho. La consonante /f/ puede pronunciarse bilabial [φ]. El habla rústica la velariza ante /u/: juerte, ajuera, jueron, junciona. También se puede velarizar la bilabial: “no golverá a tocarme” (López Albújar, 83). Todas las sonoras intervocálicas se pronuncian con poca tensión, y sobre todo –d– puede perderse: toitito, terminao, parao, abogao. Es sentido como vulgar: pelau, robau. Son de uso extendido en el campo expresiones como majau o tuitas en lugar de “majado” y “toditas”. La -d final se pierde siempre, lo que provoca disgrafías: verdá, vitalidá, así como otras que he podido registrar en ejercicios de los estudiantes hábitad, búsquedad, espíritud…

En la costa se han detectado algunos casos de rotacismo: arquilar, arfiler. Son esporádicos los cambios acentuales: háyamos, carácteres, kilógramo, méndigo. Los grupos cultos vacilan: cáusula (pero también: actógrafo). En Ayabaca detectamos inseptos.

Hay restos de h- aspirada, convertida en jota, que en el caso del peruanismo jato (originalmente ‘cabaña’, ‘casucha’, que ha producido algunos derivados: jatear, quedarse jato, jateada) se han generalizado al incorporarse al habla urbana, a través del habla juvenil. Se dan muestras de una antigua conservación de la velar procedente de la h aspirada andaluza no sólo en el americanismo de origen marino jalar, sino también en términos de uso rústico o vulgar: jediondo, juido, jijuna (“hijo de una”) y juyir, registrados en Arámbulo Palacios (págs. 146, 147 y 148), así como el americanismo enjorguetar (derivado de “horca”), que aquí recibe la acepción de “colgar a las personas algún objeto o encargar un niño para que los trasnporten” (99). Y tal vez en jerguir ‘vara que termina en forma de horgueta en la que se amarra el copo de lana o algodón’, y en jiguana ‘culebra voladora de vientre amarillo’ (127) que registra el padre Esteban Puig.

En la sierra piurana se asibila –rr–, sobre todo intervocálica: arriero, carro. Las consonantes mantienen su timbre aquí y en cambio es común la pérdida de la vocal postónica: dients, entons’s, gras’s, estam’s, nosotr’s.


VOCALISMO

El vocalismo del habla piurana se caracteriza por diptongar los hiatos, (es decir, cerrar la vocal /e/ un grado para convertirla en /i/) hecho que afecta de modo general a los frecuentativos en –ear (que se convierte en –iar) y a combinaciones similares: golpiar, pasiar, bloquiar, voltiar, peliar, huaquiar, gasiosa, coloriado, petrolio, pión, tias parao. Por ultracorrección podemos encontrar las incorrecciones: vacea, vacear, en vez de vacía, vaciar, sí como negocear en lugar de negociar. Edmundo Arámbulo registra las formas asoliar (20), campiar (40), curiosiar (61), chispia y chispiar por chispea y chispear (77), fresquiar (110), lambiojospior (222), regodiar como ‘hacer las cosas de mala gana, sin mayor interés’ (243), sombriar (261), aunque sin diptongo registra “penquear” (217). Esteban Puig anota ojiar (161).[10] En la sierra este fenómeno no está tan extendido, pero hemos escuchado: vandiar el río, en vez de “vadear”, aunque el verbo significa, en la costa, más bien moverse de un lado a otro (de una banda a otra). Afecta a creaciones léxicas como sestiar como ‘descansar’, paltiar por “paltear” con el sentido de ‘confundirse’. Una expresión popular es ¡y diay! (“y de ahí”), con el sentido de “¡y qué!”. Con menos frecuencia se puede diptongar el hiato /oa/: tualla en lugar de toalla. Igualmente peor se convierte en pior. Arámbulo registra el término cuantuá, (diptongación con aféresis) de “cuánto hace que“, usual en expresiones como “Desde cuantuá te estoy esperando” (p. 57). Los participios sólo se llegan a diptongar en el habla rústica: “prepárate unos picaus pa mi manta” (Ramírez, 39). Pero al parecer en el bajo Piura y particularmente en Sechura la reducción del participio se desarrolló hasta el extremo, sin la presión de ninguna norma culta, pues César Arrunátegui consigna comechau, colorau, condenau (34), desentrañau ‘ingrato’ (43), pisau (87), sampau (95), sobrau (97) y otros, además de las diptongaciones de puacá (89), siaydo por se ha ido (95), etc. y aporta un ejemplo sechurano esclarecedor: (153),

Quia pasau que siacaydo tu calamina (19)

El término lambiojos (en lugar de lameojos, nombre de un minúsculo insecto que acostumbra a acercarse volando a los ojos de las personas y animales) muestra además la conservación esporádica del grupo –mb-. Existe también el regionalismo lambido aplicado a la persona confianzuda y atrevida, registrado por todos los lexicógrafos. Ocasionalmente se da, al contrario, la simplificación del grupo en tamién.

El hiato se suprime en el habla rústica mediante epéntesis: tareya, correya, seyamos, veya, mareya. Esteban Puig registra la pronunciación en modismos del habla popular: afijéyese en el suelo, por “asiéntese en el suelo” (27), más que seya (146), pa que no seya porfiado (237), pa que no reveseyen, con el significado de “para que no digan chismes” (237), además de la expresión interjectiva arreia (39), que aparece con frecuencia en la literatura regionalista. Precisamente Carlos Espinoza León en su novela Foilán Alama el bandolero (Ediciones Maza, Piura, 1997), registra despreseyan por “desprecian” y tareya por “tarea” (158-162). Edmundo Arámbulo registra también apeyarse por “apearse” (16). Arámbulo registra que el modismo “mas que sea” se suele pronunciar “más que sella” (176). La frase: “está revesea que revesea” suele pronunciarse “está reveseya que reveseya“. La expresión es además un piuranismo: “el reveseo y la chismografía, dice Robles Rázuri, son una sola y misma cosa (Diario El Tiempo, 17/09/82).[11] Justino Ramírez registra deyes, en lugar de des, aunque parece una forma muy poco usual: “pa que me deyes los ángeles a mi cholito” (98). Es una forma antigua que en Sechura aparece en una composición verbal curiosa, consignada por Arrunátegui: mitadeyelo o mitadeyeme, por pártelo, párteme, con el sentido de ‘dividir algo en dos mitades’ (78).

Aunque no parece un fenómeno muy extendido, se detecta el cierra de la vocal final en algunos términos, como oliadu, (de oleado), en referencia al que ha recibido el bautismo o la extremaunción (Puig, 162).


CAMBIOS ESPORÁDICOS

Es frecuente la aféresis en las formas del verbo estar: ‘stoy, ‘tamos, ‘ta que dice. También ónde, en lugar de dónde. En la sierra escuchamos hijado por “ahijado”. Al contrario, se han detectado prótesis en afusilar, ajuntar, arraigambre, dentrar… En Sechura rempujar, por empujar (93), aunque Arellano registra como propio de todo Piura el nombre de un coleóptero pelotero llamado rempujo, que justamente va empujando hacia su nido bolitas de escremento (21).

Es normal la apócope de para en expresiones como “pa’ que no reveseyen“, etc. así como otros cambios esporádicos comunes al habla rústica de todo el mundo hispánico: enriedo (Puig, 99), enjuria, (99) disvariar (91). Es común la asimilación de engrampador. Errores ocasionales que he registrado don rebundancia o redondancia (por confusión pór “abundar” o “redondo”), “los antendió con honores” (por cruce con “entender”), o razocíneo (por “raciocinio”). No tomaremos aquí en cuenta fenómenos que afectan a la morfología del verbo, aunque abundan formas como semos, dean, haiga (también veiga o seiga), explicables por cambios analógicos… Baste decir que está muy extendida la confusión de la segunda persona del pretérito perfecto: tuvistes, comistes, en lugar de tuviste, comiste, etc. Y que en la primera persona del plural es común el cambio de m por n por la semejanza de la flexión verbal con el pronombre: estábanos, cantábanos, en lugar de estábamos, cantábamos, etc. Estos errores se tienden a corregir en el habla urbana y en las personas educadas.

Se dan otros fenómenos esporádicos. Parece metátesis el regionalismo nicles (de “níquel”, aplicado a la moneda de menor valor tal vez por influencia del inglés americano hablado por los empleados de la International Petroleum Company en Zorritos y TALARA hasta los años 60). Lo registra Edmundo Arámbulo (190). Hay una reducción del diptongo y disimilación de la postónica en contimás (procedente de cuanto más), marcador intensivo “que indica desprecio” según Arámbulo (54).

ARCAÍSMOS

Debido al prolongado asilamiento en que se mantuvo Piura durante siglos, ha conservado muchos arcaísmos fonéticos, característicos del habla rural y antes rechazados, pero ahora recuerdos entrañables de un hablar antiguo y noble. Así tenemos formas como agora (por ahora), naides (por nadie), velay (sinalefa de vela ahí, por mira ahí), y el mismo haiga. Formas arcaicas de la conjugación como vide, o ha vido (por vi, o ha visto), truje (por traje), y otros. Son comunes a otros muchos dialectos hispánicos, particularmente al habla de Ecuador y Colombia, así como a los dialectos de Centroamérica. Deben considerarse en relación a arcaísmos léxicos y gramaticales como dejuro o endenantes, también usuales en la región.


EL DEJO EN LA LITERATURA REGIONAL

La literatura regional está plagada de formas peculiares muchas veces hasta el exceso, pues el ánimo de registrar lo popular y de marcar en el relato el habla regional incita a la concentración en breves diálogos de todas las características del dialecto. Por ejemplo, en la novela Taita Yoveraqué de Francisco Vegas Seminario[12], se acumulan ideyas, morciégalos (9), piores (10) miajita, esperencia (11), acetaría, dotor (21), cariada, bromeye (24), cambéyese, pior (25), neciar, ventiau (32), picaus, ideya (34), cambeyan, cambiau (37), los gamonales ya jieden, prencipio (38), prefeto, ación, juerzas, fello (39), aceto, rial, dijuntos, iscriciones, tamien (43), enriedan (51), ventiau (54), dentren (55), pleitiar (67), mojino (74), anotició (103), lambe rabo (175), y muchos más. Una sola página proporciona tal información dialectal que hoy, luego de cincuenta años, nos deja quizás un regusto de insinceridad, aunque cada uno de esos rasgos pueda encontrarse separadamente sin dificultad en el habla popular cataquense:

“Pues lo pastié y lo pastié hasta que cayó en mis manos vivito y coliando. (…) Pero dentre, don Hermelindo, dentre, que aquí quema el sol, y necesito tamién meter en el cepo, de pies y manos, a este ladrón melonero. (…) Usted puede torcer la justicia con papeleyo, pero no con consejitos.” (128)

Este deseo de transcribir el habla popular en la literatura se ha mantenido en escritores posteriores, como Carlos Espinoza Léon (Chulucanas), Genaro Maza (Sullana), Jorge Moscol Urbina (Piura) y muchos otros. Víctor Borrero, por ejemplo, hace hablar así al protagonista de su relato “Tomapampa e Jambur”:

“Hace rato tás bosteza que te bosteza, vete a reposar a la hamaca si quieres, que a mí lo único que me apensiona no es la citación de la que te hablé como después de todo el juez es mi nieto y por juerza tiene ques tar de mi parte sino la cara que pondrán los padres de la china.”[13]

Es necesario hacer mayores estudios, pero sirva esta primera panorámica como punto de partida para futuras investigaciones. El español purano es un habla dialectal bien caracterizada y es patente la conciencia metalingüística existente no sólo en el relato de Vargas Llosa, sino principalmente en los propios hablantes piuranos acerca de las peculiaridades de su propio dialecto, e incluso me atrevo a decir que tal conciencia, si bien menos precisa, existe también en los hablantes de otras regiones del Perú, que identifican el hablar piurano como uno de los característicamente diferentes al estándar limeño el “dejo inimitable del terruño”, como decía Eudocio Carrera Vergara, “de esa tierra brava, ardiente y feraz que, a pesar del pobre riego de qu edisfruta, saber dar recado sabroso y abundante para una buena olla, a la par que hijos valerosos a la patria” [14].

NOTAS:

[1] Ver Carlos Robles Rázuri, “La lengua de los piuranos”, artículo publicado en el diario El Tiempo de Piura el 2 de julio de 1982; Víctor Eguiguren, “Estudio sobre la riqueza territorial de la provincia de Piura”, Boletín de la sociedad geográfica de Lima. 4, 1894, 143-176. Cito pág. 170. Reynaldo Moya Espinosa, Breve historia de Piura. Sullana, Ed. El Correo, 1982; y Juan Alvarado Chuyes “El mero dejo”, en Temas piuranísimos, vol. II. Piura, Universidad Nacional de Piura, 1990, págs. 31-33). Ver también nuestro trabajo sobre burros campeches.
[2] Mario Vargas Llosa, La casa verde. Ed. Argos Vergara, Barcelona, 1979, pp. 53-54. José María Enguita también ha puesto de relieve el interés dialectológico de estos comentarios, en “Americanismos léxicos y textos literarios”, Torre 3, 7-8, 1998: 381-397. José María Arguedas, Los ríos profundos (1958). Lima, Peisa, 2001, pág. 204. No es la primera vez que Vargas Llosa presta atención al dejo de sus personajes. En Conversación en La Catedral (1969), se describe a un librero diciendo que “tenía un ligero acento español, unos ojitos locuaces, una barba triangular muy blanca” (Madrid, Santillana, 1988, p. 176). Está claro que su forma de hablar lo caracteriza más aún que la forma de sus ojos o lo llamativo de su barba.
[3] Pedro Benvenutto Murrieta, El lenguaje peruano. Lima, Imprenta Sanmartí, 1936, pág. 113. Rivarola opina que “no ofreció en verdad ninguna justificación valedera” a su zonificación. “Su propuesta -añade Rivarola- obedecía a una intuición parcialmente acertada, pero carecía de sustentación”. En “El español de Perú. Balance y perspectiva de la investigación”, Lexis, 10, 1986, págs. 25-52. Cita en pág. 31. El mismo Murrieta era sincero al deplorar: “Pobrísimo es el material con que se cuenta para estudiar la fonética de nuestro castellano.” El lenguaje peruano…, pág. 107.
[4] El lenguaje peruano…, págs. 118-119 y 122. Su idea de “africación” parece no corresponder con el concepto consagrado en los estudios de fonética articulatoria.
[5] En el léxico recoge algunos arcaísmos: “alferecía”, “aliño”, “dejuro”, “velay”, destacando el verbo “majar”, que en el resto del país fue sustituido por el quechismo “chancar”; algunos vocablos de probable origen tallán: “jañape”, “pacaso”, “angolo”, junto con neologismos derivados del fondo patrimonial: “manudo” (ladrón), “faltoso” (tonto), “clarito” (chicha trasparente) “encalavernarse” (perderse en el desierto). En sus escasas observaciones morfosintácticas habla de rezagos, aunque muy débiles, de voseo en las clases sociales más bajas: “tu sos”, “pa vos”, presencia de diminutivo –ico/a (que tampoco se escucha en la actualidad), y vulgarismos o arcaísmos propios de la conjugación en el habla rústica de todo el mundo hispánico: “haiga”, “seiga”, “veiga”, “vide”, “truje” (en vez de haya, sea, vea, vi, traje). Cincuenta años después de que Martha Hildebrandt hiciera este estudio, muchos de estos fenómenos se han retirado al habla rústica o se han perdido. Un resumen de esta tesis se publicó con el título: “El español en Piura. Ensayo de dialectología peruana”, en la revista Letras de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 43, 1949, pp.256-272.
[6] Cfr. “Sobre la pronunciación del español en el Ecuador”. Nueva Revista de Filología Hispánica, 7, 1953, 221-233. También John Lipski, El español de América. Madrid, Cátedra, 1997.
[7] Enrique López Albújar, Matalaché (1928), Lima, Peisa, 1996; Carlos Espinoza León, Foilán Alama, el bandolero (1974), Piura, Maza editores, 1997; Miguel Justino Ramírez, Lo que el cholo cano me dijo. Folclore morropano, Chiclayo, 1950. Carlos Robles Rázuri escribió una colección de artículos en el diario El Tiempo de Piura bajo el título general La lengua de los piuranos en los años 1982-1984. Esteban Puig, Breve diccionario folclórico piurano. Piura, Universidad de Piura, 1995, p. 16; Edmundo Arámbulo, Diccionario de piuranismos. Piura, Municipalidad Provincial de Piura, 1995, en la página 3 de la introducción. También César Arrunátegui Novoa, Diccionario costumbrista sechurano, Sechura, 1996; y Carlos Arellano Agurto, Piuranidades. Dichos y costumbres de Piura. Piura, Sietevientos, 1996.
[8] En el letrero del menú de un restaurante pude leer: “asado, filete de res, criadías…”
[9] En un examen universitario, un alumno escribía: “tenemos órganos activos: lengua, úvula, labios, y órganos pasivos: dientes, encillas, paladar…” En un domicilio encontré esta anotación: “dejar bien cerradas las ventanas y las celosillas“.
[10] Anoto entre paréntesis el número de página de cada referencia.
[11] También Edmundo Arámbulo registra (con disgrafía manifiesta) reveceyo “acto de revecear o hablar mal de otras personas” (245). En el habla urbana la expresión equivalente es “rajar de otras personas” (241).
[12] Lima, Juan Mejía Baca y P.L Villanueva editores, 1956. José Estrada Morales estimaba que la novela “es una estampa viva de la realidad piurana” y “ni que decir del habla, las contracciones, la música de los términos, dichos sabrosos y expresiones con ají y pimienta” (a pesar de que el novelista ¡confunde poto y mate!), por lo que es una fuente de información valiosa “estudiándola en profundidad”. Ver Manuel Vegas Seminario, acercamiento a las orillas de su fuente. Piura, Imprenta Huiman, 1999, pp. 31 y 91.
[13] Víctor Borrero, Cuentos tallanes, Piura, Aral Editores y Diario El Tiempo, 1007, p. 8.
[14] Eudocio Carrera Vergara, “Una chichería piurana en Lima”, en Lima criolla de 1900, Lima, Sanmartí, 1954, págs. 231-238.

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