El español americano

Texto extraido del blog del profesor Arrizabalaga.



1. EL CASTELLANO Y LAS LENGUAS AMERICANAS

La comunicación entre españoles e indios representó siempre, pero más al comienzo, un grave problema. En su Diario, Cristóbal Colón señalaba que “como siempre trabajase por saber adónde se cogía el oro, preguntaba a cada uno, porque por señas ya entendía algo” (29 de diciembre de 1492). Bartolomé de las Casas lo dice con elegancia: “no con la boca, sino con las manos, porque las manos les servían aquí de lengua”. Hubo malentendidos, como aquella ocasión en que Colón ordena que varios músicos amenicen a los indios que los rodean con sus canoas. Estos, al verles con tambores y otros instrumentos bailando, pensaron que se trataba de una declaración de guerra y empezaron a lanzarles flechas. Así se constató pronto la necesidad de contar con intérpretes., y por ello los conquistadores tomaban, en cada nuevo descubrimiento, algunos jóvenes indios a los que enseñaban castellano para que sirvieran de “lengua”. Cristóbal Colón escribe en una carta a Gabriel Sánchez:
Yo luego que llegué a aquel mar, en la primera isla cogimos indios que aprendiesen de nosotros y juntamente me diesen noticia de lo que de estas islas sabían.

En su segundo viaje de exploración Almagro tomó dos jóvenes tumbesinos: Martinillo y Tomasillo, quienes favorecieron el avance de los conquistadores. Asi también Pizarro, en tierras de la Capullana, “rogó a los principales que allí estaban que les diese cada uno de ellos un muchacho para que aprendiesen la lengua y supiesen hablar para cuando volviesen”, relata Cieza de León.[i] Asimismo encontramos casos como el de Hernando de Aldana, quien según Cieza, “entendía un poco de la lengua de los indios porque lo había procurado”.[ii] De la incomunicación inicial, pronto se pasó a este intercambio precario e indirecto que ofrecían los “ladinos”. El camino al bilingüismo y a la extensión del castellano iba a ser lento y difícil. Los misioneros tomaron el quechua como “lengua general” de los reinos del Perú y al emplear esta lengua en la evangelización procuraron su expansión más allá de los confines del imperio incaico.
Los españoles arribaron a las costas tumbesinas en 1532. La rápida conquista del territorio, a partir de la prisión y muerte de Atahualpa, hizo posible la fundación de Lima en 1535, aplicando inmediatamente el sistema de encomiendas. Una vez descubiertas las fabulosas minas de plata del cerro de Potosí (actual Bolivia), y las de mercurio de Huancavelica, se organizó un lucrativo comercio con la metrópoli, basado en la explotación minera mediante mano de obra indígena. Perú había comenzado siendo un territorio remoto, pero pronto se convirtió en el virreinato más importante de la América Española. Esto permitió un desarrollo cultural extraordinario. En 1551 se funda la Universidad de San Marcos, donde el obispo Jerónimo de Loayza mandó abrir una cátedra de lengua quechua para su enseñanza a los curas y religiosos “doctrineros”. Antonio Ricardo instala en Lima una imprenta en 1584 y publica, por encargo del III Concilio Limense, la Doctrina Christiana y Catecismo para Instrucción de los Indios, para facilitar la evangelización en las “doctrinas” de todo el virreinato. Es un texto trilingüe, escrito en castellano, quechua y aymara y constituye el primer libro impreso en el Perú (y en toda Sudamérica). La importancia de Lima en aquella época se constata al comprobar que Buenos Aires y otras capitales no contaron con imprenta hasta fines del siglo XVIII.
Hasta entonces, el virreinato peruano conoció una etapa de bilingüismo prácticamente estable. Las ciudades de la sierra eran principalmente quechuahablantes y los españoles que llegaban debían aprender la lengua para entenderse con indígenas, mestizos e incluso criollos. En Cuzco, el quechua era “la lengua universal de la ciudad”, según el presbítero costeño Ignacio de Castro.[iii] Ha sido en la segunda mitad del siglo XX cuando, por influencia de la escolarización obligatoria, el servicio militar y la difusión de la radio y la televisión, el castellano avanza de modo casi incontenible. Solo en los ultimos años se está promoviendo la educación bilingüe y, desde la oficialización del quechua y las demás lenguas (1975), surge una consideración más positiva de las lenguas indígenas: ya no se consideran un obstáculo al progreso, sino un rico patrimonio cultural que es necesario promover y conservar.

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2. LA POLÍTICA LINGÜÍSTICA DE LA COLONIA.

José Luis Rivarola resume la evolución de la política lingüística de la monarquía española con respecto a las Indias en los siguientes términos:
“La política lingüística de la administración colonial se caracterizó por sus vacilaciones y matices, pero fundamentalmente osciló entre el imperialismo idiomático radical que tendía a la imposición excluyente del castellano, única lengua capaz de expresar las verdades evangélicas, y el urgido realismo que fomentó el estudio de las lenguas indígenas generales, para que pudieran servir de instrumentos en la catequesis.”[iv]

La monarquía española, desde un principio, se propuso enseñar a los naturales la lengua castellana y la doctrina cristiana. Carlos V ordena en 1550 que “a esas gentes se les enseñase la lengua castellana” para lo cual manda que “a los indios se les pongan maestros que enseñen a los que voluntariamente la quisieren aprender”. Sin embargo la empresa era realmente difícil. Los indios en primer lugar no mostraban mucho interés por aprender el castellano.[v] Se crean colegios para los hijos de los caciques y principales, como es el caso del jesuita San Francisco de Borja del Cuzco, pero serán muy pocos, como testimonia el Inca Garcilaso, los que lleguen a adoptar plenamente la lengua de los conquistadores. Los soldados y funcionarios querían obligar a los indios pero los misioneros eran contrarios a que se ejerciera ninguna violencia sobre ellos. Estos conseguirán el apoyo del rey. Así, el Consejo de Indias pidió al rey Felipe II en 1579 que ordenara a “los curas, sacristanes y otras personas que lo sepan y puedan hacer con amor y caridad, enseñen la lengua castellana a los indios y la doctrina cristiana”[vi] Pero el rey Felipe II les respondió de este modo:
No parece conveniente apremiarlos a que dejen su lengua natural, mas se podrán poner maestros para los que voluntariamente quisieren aprender la castellana, y se dé orden como se haga guardar lo que está mandado en no proveer los curatos sino a quien sepa la de los indios.[vii]

Así pues, los misioneros adoptaron la postura opuesta a la imposición del castellano y aprendieron las lenguas americanas. El problema estaba en que eran demasiado numerosas y muy diferentes unas de otras. El jesuita José de Acosta, provincial de la extensa provincia del Perú hace una aproximación, quizás algo exagerada, en 1588:
“se diferencian entre sí por sus setecientas o más lenguas: apenas hay valle de una cierta extensión que no tenga su propia lengua materna”
Los misioneros optaron por escoger las más difundidas o generales. Con genuino celo apostólico no solamente las aprendieron, sino que redactaron gramáticas y diccionarios de las mismas que sirvieran a otros para el mismo fin, a imitación de las gramáticas de Nebrija. Las más antiguas son las que se hicieron del azteca, en México, y del quiché de Guatemala.
Fray Domingo de Santo Tomás publicó la primera Gramática o arte de la lengua general de los indios de los Reynos del Perú y el primer Lexicon o vocabulario de la lengua general de los indios del Perú, en Valladolid, en 1560, en un rápido viaje hecho a España. Observamos que en el elogio de la lengua hay un objetivo político, ya que se dirige al rey para desmentir las opiniones contrarias a la enseñanza del quechua:
Fray Domingo de Santo Tomás llegó al Perú en 1540 acompañando a los primeros dominicos que se asentaron en Perú. Organizó el estudiantado dominico en Lima y estableció una escuela para indígenas. Fue enviado a los llanos de Trujillo y a la provincia de Huaylas a adoctrinar a los indios, aprendiendo en poco tiempo el quechua. Después de quince años de estancia en aquellos reinos se propuso componer una gramática del quechua de esa lengua “tan extraña, tan nueva, tan incógnita, tan peregrina a nosotros”, como dice en su prólogo, admirando “la gran policía, la abundancia de vocablos, la conveniencia que tienen con las cosas que significan”.
“Mi intento pues principal, S.M. al ofreceros este Artezillo ha sido para que por el veays muy clara y manifiestamente quan falto es lo que muchos os han querido persuadir ser los naturales de los reynos del Perú barbaros e indignos de ser tratados con suavidad y libertad que los demás vasallos vuestros lo son.”
En 1586 Antonio Ricardo imprime en Lima un Arte y vocabulario en la lengua general del Perú llamada quichua, y en la lengua Española, de autor anónimo, que tendrá una segunda edición en Sevilla en 1603. El jesuita Diego González Holguín compuso también una Gramática y Arte Nueva de la lengua general de todo el Perú, llamada Quichua o lengua del Inca, impresa en Lima en 1607. En 1579 se creo formalmente (existía desde 1576), una cátedra de lengua quechua, cuyo estudio era obligatorio para todos los clérigos y religiosos. Idénticas cátedras se abrirán en la Universidad San Antonio Abad del Cuzco y en la de San Cristóbal de Huamanga. Por fin, el también jesuita Ludovico Bertonio publicó un Vocabulario de la lengua aymara en 1612. Por fin, Fernando de la Carrera, cura párroco de Reque, publicó en 1644, en Lima, una gramática del mochica, lengua general de los llanos de Lambayeque.
El resultado de esta política a favor de las lenguas generales no se hizo esperar. El P. Acosta, ya en 1590, observa que muchos misioneros dominan perfectamente el quechua e incluso el aimara, que “no es difícil ni difiere mucho de la lengua general del Inga, por lo que bastantes eclesiásticos pueden expresarse en ambas modalidades idiomáticas”. Así también hay quienes conocen el puquina del altiplano, que es “otra lengua dificultosa y muy usada en aquellas provincias”. Durante todo el siglo XVII y la mayor parte del XVIII se mantuvo esta política, a pesar de que en ocasiones los obispos mostraban preocupación por la falta de sacerdotes versados en lenguas, y no veían posible enseñar con perfección la doctrina cristiana por medio de intérpretes.
En la segunda mitad del XVIII cambia radicalmente la política de la metrópoli. Los ilustrados no solamente reformaron la administración colonial unificando y centralizando los tributos. También quieren la unificación lingüística de todos sus dominios. En 1767 fueron expulsados los jesuitas, grandes defensores de las lenguas indígenas. En 1769, el arzobispo de México, Francisco Antonio de Lorenzana, escribe a Carlos III. Argumenta que son tantos los idiomas y tan distintos que no hay misioneros suficientespara atenderlos, y a veces los que saben esas lenguas no son los clérigos más indicados, etc…
El rey ordena entonces “que se extingan los diferentes idiomas y solo se hable el castellano” y decreta, en la célebre Célula de Aranjuez (1770), el nombramiento de maestros que enseñen el castellano por todas las Indias. Pero no había medios humanos ni económicos para hacer triunfar este proyecto hispanizador.
Pocos años después se extiende en toda Hispanoamérica el impulso emancipador, que se culmina en la batalla de Ayacucho (1824). Serán las nuevas naciones hispanoamericanas las que impulsen en adelante la hispanización. En realidad amplias regiones han adquirido el castellano recién en la segunda mitad del siglo XX por acción de la alfabetización, la radio y la televisión y el servicio militar obligatorio.

3. LA DIVISIÓN DIALECTAL DEL ESPAÑOL AMERICANO.

El gran pensador y humanista dominicano Pedro Henríquez Ureña propuso dividir el español americano en cinco grandes regiones. Lo hizo de forma provisional en 1921, desarrollando su división en varios trabajos posteriores. Tomó en cuenta: “la proximidad geográfica de las regiones que las componen, los lazos políticos y culturales que las unieron durante la colonización española, y el contacto con una lengua indígena principal”[viii]. Estas cinco regiones son:
a) Mexicana, tendría como lengua de “sustrato” el azteca o nahua, y comprendería México, América Central y el suroeste de los Estados Unidos.
b) Caribeña, tendría como sustrato el arahuaco y el caribe, y ocuparía las Antillas: Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo, gran parte de Venezuela y la costa atlántica de Colombia.
En las Antillas se produjo la primera acomodación del castellano al continente americano. Desde 1492 hasta 1519 los españoles establecieron sus primeras colonias en las Antillas, por lo que esta etapa se ha venido en llamar también “período antillano”. En 1519 conquistan México y en 1532 dan el gran salto al imperio incaico, con lo que la situación cambia radicalmente. En 1541 Validia funda Santiago de Chile y en 1580 se da la fundación definitiva de Buenos Aires. Los treinta primeros años fueron fundamentales para configurar la base lingüística del español americano, ya que el predominio de los andaluces en este periodo le aportó con el seseo y otros rasgos un carácter innovador. Entonces aparece la conciencia, por parte de los “isleños”, de una identidad en parte diferente de los que llegarían después, los chapetones. Su dominio del entorno, la experiencia forjada en los primeros años debió reflejarse también en el lenguaje. Los cronistas señalaban que estos “isleños” o “baquianos” tenían ya un modo de hablar caracterizado, sobre todo, por un notable repertorio léxico adquirido en el trato con los nativos antillanos.[1] El colombiano Rufino José Cuervo lo explicaba así:
“Puede decirse que la Española fue en América el campo de aclimatación donde empezó la lengua castellana a acomodarse a las nuevas necesidades. Como en esta isla ordinariamente hacían escala y se formaban o reforzaban las expediciones sucesivas, iban estas llevando a cada parte el caudal lingüístico acopiado, que después seguían aumentando o acomodando a los nuevos países
conquistados”.[1]
Todo desplazamiento colectivo da lugar a procesos de acomodación con las mismas características: adaptación de vocablos propios para designar realidades nuevas y adopción de términos prestados de las lenguas oriundas de las zonas conquistadas. Es entonces comprensible que en América cada avance colonizador produjera una nueva acomodación, en un proceso acumulativo y sucesivo. De modo que una vez que se implanta el español en el Perú, el castellano ya había vivido dos procesos de acomodación en las Antillas (1492-1519), y en Tierra Firme (1519-1532). Del primero conserva numerosos antillanismos (maíz, yuca, ají, cacique, tiburón, y muchos otros). Del segundo proceso guarda términos aztecas (tomate, aguacate, camote, chile y otros) y algunos, como chicha, chaquira, de la lengua cuna de Panamá.[1] El Inca Garcilaso observa “todos los nombres que los españoles ponen a las frutas y legumbres del Perú son del lenguaje de las islas de Barlovento”.[1] Germán de Granda planteó la idea de acomodaciones acumulativas en el español americano en las que las palabras siguen la dirección de las conquistas.[1] Sólo en ocasiones seguían el camino contrario, caso del quechua, que como reconocía ya el murciano Fray Pedro Simón (1627) al hablar del Reino de Nueva Granada “es del Pirú”.[1] Constata Juan Carlos Zamora que 63 de 69 préstamos taínos son empleados fuera de las Antillas, mientras que de 93 voces aztecas sólo 39 se oyen fuera de su territorio, y de 24 palabras de origen quechua tan sólo 8 son usados fuera del espacio andino.[1]
c) Andina, tiene sustrato quechua y ocupa la mayor parte de Colombia, la meseta venezolana, Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste argentino.
d) Chilena, con sustrato araucano o mapuche.
e) Rioplatense, tiene sustrato guaraní y comprende Argentina, Uruguay y Paraguay.

Alonso Zamora Vicente apoya sin reservas la división de Henríquez Ureña, aunque no olvida que se propuso como una primera visión provisional.[ix] Charles Kany la recoge y, aunque no llegar a criticarla, confiesa que no le es útil para distribuir los fenómenos sintácticos que estudió. Acepta que esta división se refleja en el léxico (en los préstamos de sustrato) pero no es uniforme ni en lo fonético, ni (añade Kany) en el aspecto morfosintáctico. Esto lo obliga a consignar los fenómenos por las naciones respectivas en que se producen.[x]
Esta división ha sido fuertemente criticada por distintos autores, en especial por el uruguayo José Pedro Rona, quien planteaba cuatro objeciones.[xi] No son solamente cinco las grandes familias lingüísticas americanas. En la región rioplatense, el guaraní solo pudo influir en la parte nororiental, especialmente en Paraguay. No se puede explicar la diversidad americana solamente por el sustrato de las lenguas indígenas. Y no deben usarse criterios extralingüísticos para determinar la diferenciación lingüística. Dice Manuel Alvar que ahora “sabemos más que en tiempos de Henríquez Ureña y no podemos atenernos a unos datos que sobre paupérrimos eran parciales”.[xii]
Sin embargo, la división en cinco zonas responde a una visión intuitiva y general que tiene su justificación en las diferencias léxicas. Cada región ha adoptado una cierto número de palabras de las lenguas indígenas mayoritarias. Algunas incluso son de uso general y otras de uso restringido, características de cada región y particularmente identificativas porque en la conciencia metalingüística de los hablantes la diferenciación léxica es reconocible de forma inmediata. La división, lo reconoce el propio autor, tiene su justificación en las diferencias léxicas. Si son secundarias respecto a otras, no quiere decir que carezcan de importancia, pues es probado que cada región ha adoptado una cierto número de palabras de las lenguas indígenas mayoritarias, no solamente de uso rústico o local.[xiii]
La extensión de los indigenismos muestra perfectamente la direccion de los asentamientos coloniales, puesto que la acomodación del español a América fue un proceso acumulativo en su expansión sucesiva. Muchos términos antillanos se extendieron por toda América, así como numerosos aztequismos. No pocos quechuismos se extendieron hacia el cono suramericano. En cambio los términos del mapuche o del guaraní apenas se conocen fuera de Chile o Paraguay. Las palabras acompañaron a los colonizadores y pervivieron imponinéndose incluso a equivalentes locales. Así palabras antillanas como maíz o cacique sustituyeron a sus correspondientes términos quechuas: zara y curaca.

En las crónicas hay multitud de testimonios de la incorporación de nuevos términos. En su Relación del descubrimiento y conquista de los reinos del Pirú, Pedro Pizarro escribe en 1571: “Hay otra fruta que se llama palta, que acá nosotros le tenemos puesto nombre pera, porque tiene la misma hechura y verde que una pera grande. Esta tiene una corteza que si la comen amarga como corteza de granada. La carne que tiene dentro es muy suave, que en la boca es tan blanda como manteca de vacas y es sana. Tiene dentro una pepita casi como un huevo; esta pepita no es de provecho, porque amarga.[xiv]
En otras ocasiones no prospera la incorporación del indigenismo sino que se adapta un término patrimonial, como lo comenta el mismo Pizarro: “Hay otra fruta que llaman achupallas, que acá nosotros les tenemos puesto nombre piñas, porque tienen la fación de piña. Son tan grandes como melones, agridulces al comer cuando están maduras, y si no lo están, son muy agrias. Se cortan en ruedas y así, echadas en agua, se comen, porque se amansa el agrio.”
Cada palabra tiene así su propia historia. La “pimienta de indias” fue definitivamente designada con el término taíno ají, que se impuso en Sudamérica desplazando al quechua uchu, aunque en México fue rebautizada nuevamente con el aztequismo chile. Huamán Poma y el P. Acosta recogen los tres términos y atestiguan claramente la dirección hacia donde irradiaban los indigenismos acomodados al incipente español americano. Otros ejemplos: el aztequismo aguacate se extiende por el centro y el sur de América (y viaja también a España), pero en el Perú se sustituye por el quechuismo palta, que se extiende a su vez al cono sur del continente. El taíno guaba llega hasta Piura, mientras que desde Lambayeque y Trujillo hacia el sur se extiende el quechua pacae. El antillano yuca se extiende por casi todo el continente hasta que en la región rioplatense es sustituido por el guaraní mandioca. El P. Acosta testimonia la sinonimia geográfica en reiteradas ocasiones: “en el Pirú llamaban estos bailes comúnmente taqui; en otras provincias de indios se llamaban areytos; en México se dicen mitotes”.[xv]

De cualquier manera, el habla de un país o de una región no se limita al léxico, ni éste se refleja de forma uniforme en todos los hablantes. Si se toma como ejemplo una novela de Vargas Llosa se encontrarán indudablemente menos indigenismos que si practicamos ese mismo rastreo en Los ríos profundos (1958) de José María Arguedas o en El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría (1944). Los tres escritores son indudablemente hablantes peruanos. Una novela no puede darnos el panorama completo de todo un país, pero la literatura en su conjunto puede acercar un poco nuestra visión a la realidad variada del español americano.

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4. TIERRAS ALTAS Y TIERRAS BAJAS.

Pedro Henríquez Ureña atisbaba también en 1921 una diferenciación lingüística entre las tierras costeñas o “calientes”, y las tierras interiores o “frías” de América, preguntándose si fuera posible que el clima hubiera tenido efecto sobre la evolución del castellano en América. Mientras que las tierras calientes tienden a perder las consonantes en posición final de sílaba: lo fóforo, entonce, no pue, ehtamo, las tierras frías tienden a perder las vocales átonas: los fósf’ros, entons’s, no p’s, estam’s. Debido a esto las hablas interiores mejicanas se parecen más a los dialectos andinos, mientras que la costa caribeña de México y el Caribe se parecen más a los dialectos costeños de Ecuador, Chile y Argentina. Aquí podemos escuchar frases como: Nohotro ehtamo todoh muy contentoh, mientras que allá escucharemos seguramente: Nosotr’s ‘stam’s tod’s muy content’s.
Los estudiosos han intentado explicar esta importante diferenciación en razón no ya al clima, sino a la distribución de los colonos españoles (andaluces ocuparían las costas mientras que castellanos y montañeses de España buscaron el interior), a la influencia de las lenguas indígenas (nula en las costas, intensa en el interior), al grado de comunicación con los puertos de la metrópoli (mayor en las costas que en el interior de América), etc.
Angel Rosenblat plantea en 1962 “de manera caricaturesca” esta división diciendo que “las tierras altas se comen las vocales y las tierras bajas se comen las consonantes”. Las razones con que Rosemblat lo justifica son muy interesantes:
“Las tierras bajas han sido colonizadas predominantemente por gentes de las tierras bajas de España, sobre todo de Andalucía, y tienen más bien impronta andaluza. Las tierras altas más bien tienen sello castellano y su consonantismo tenso, a veces enfático, manifiesta la influencia de la lengua indígena: las grandes culturas americanas fueron culturas de la meseta y sus lenguas se caracterizaban precisamente por la riqueza del consonantismo.”[xvi]

Julio Fernández Sevilla piensa más acorde a la realidad establecer una división geográfica vinculando los dialectos del norte de España y de las zonas altas de América por un lado y por otro, las hablas andaluzas españolas y las tierras bajas de América[xvii]. José Joaquín Montes Giraldo apoya esta nueva interpretación y la explica por tres tipos de determinantes históricos: la cronología de los asentamientos (predominaron andaluces en los primeros tiempos, y posteriormente, cuando se colonizaron las zonas del interior, llegaron sobre todo colonos del norte de España), la comunicación con la metrópoli, (mayor en los puertos que en el interior), y la presión normativa de la administración colonial (concentrada en las capitales del interior y más débil en las costas).[xviii] Montes desarrolla esta división considerando que el interior de América y el norte de España conforman un conjunto de dialectos conservadores: Superdialecto A, mientras que las costas de América y Andalucía conforman un conjunto de dialectos innovadores: Superdialecto B.[xix]
Si bien la distinción es innegable, las explicaciones que se han aportado no son concluyentes, y lo más probable es que este fenómeno se deba a una confluencia de todos los factores, que operan en cada región de distinta manera. Germán de Granda observa que los rasgos andaluces de las tierras bajas
se difundieron en todo el territorio ya durante el siglo XVI, y fueron después eliminados (total o parcialmente) en algunas zonas dialectales, no siempre coincidentes con las llamadas ‘zonas altas’ interiores”.[xx]

Se trataría de la “estandarización monocéntrica” ocurrida en las áreas centrales, que se encuentran predominantemente en las tierras altas en general, pero también en las tierras bajas del Perú. Como veremos, en Lima convergen factores divergentes. Se encuentra por un lado en la costa del Pacífico y fue colonizada en los primeros tiempos (con claro predominio andaluz), pero pronto llegó a ser la capital administrativa más importante de la América española, con una intensa y constante comunicación comercial con los puertos andaluces. De todos modos los mismos factores sirven para diferenciar, dentro del Perú, las regiones costeñas de las del interior andino, comprobándose en una proporción diferente, oposiciones similares a las que se producen en las demás regiones hispanoamericanas.

5. RASGOS DEL ESPAÑOL AMERICANO

Las características diferenciales del español americano general con respecto al peninsular son diversas en cuanto a su naturaleza e importancia. Existen no pocas disparidades léxicas, muchas veces sentidas como preferencias que no impiden la difusión, en menor escala y a menudo sentida como anticuada o de uso restringido, del término común en el otro lado del océano. Por ejemplo:

España
América

Beber
Tirar
Billete (de avión, bus)
Autobús
Calcetín
Cordones
Cerillas
Comida
Cena
Conducir
Tardar
Escaparate
Traje masculino
Chaqueta del traje
Hablar
Apresurarse
Adrede
Bolígrafo
Tomar
Botar

Boleto o pasaje
Ómnibus
Media
Pasadores o agujetas
Fósforos
Almuerzo
Comida
Manejar
Demorarse
Vitrina o vidriera
Terno
Saco
Conversar
Apurarse
A propósito
Lapicero

En el plano fónico, la diferencia más importante estriba en la conservación del fonema interdental fricativo sordo (escrito con ce o con zeta) en el centro y norte de España: cera, cine, ración, rezar, zapato, zona, azul, que permite oposiciones léxicas como: casa / caza, coser / cocer, poso / pozo, sien / cien. El castellano peninsular es más conservador en este rasgo.[xxi] El español americano ha reducido esa diferencia fonológica a una sola consonante sibilante ese, con lo que aquellos pares léxicos se han convertido en términos homónimos (aunque no sean homógrafos): el mismo significante presenta distintos significados, que proceden de palabras diferentes.
En el plano gramatical, España presenta otro rasgo conservador: el mantenimiento del pronombre vosotros, creado en el siglo XVI, análogo a nosotros que sí se ha conservado en toda la geografía del español. Así, en el plural los españoles mantienen la distinción entre confianza y cortesía del trato singular:

ESPAÑA:

AMÉRICA:

Singular
plural
singular
plural
Trato de confianza
Tu
Vosotros
Tu o vos

Ustedes

Trato de cortesía

Usted

Ustedes

Usted

América desconoce, por tanto el pronombre vosotros, de modo que neutraliza en la forma ustedes el trato de confianza con el de cortesía, que en el plural resultan indistintos. En tanto esta diferencia afecta al sistema pronominal, repercute también en la flexión verbal. Así pues América desconoce igualmente, al menos en el uso habitual, las formas peninsulares: cantáis, tenéis, partís, cantábais, teníais, partíais, etc., que son propias de la segunda persona plural: vosotros cantáis, etc. En el Perú se emplean únicamente en discursos de extrema formalidad, lo que resulta sorprendente al peninsular acostumbrado a emplearlas en el trato más informal.

6. AMERICANISMOS

Es evidente que el español americano en general y cada país hispanoamericano en particular poseen numerosas palabras peculiares, si bien, resulta difícil llegar a una definición concluyente de americanismo o, en fin, de peruanismo. Pueden emplearse dos criterios: el uso y el origen. Según el primero, se entiende americanismo, simplemente, como cualquier término empleado en América; el problema aquí es que tomate, cacique o coca no serían americanismos, por cuanto se emplean también en España (y han pasado a otras lenguas como el inglés, el francés, etc.). Según el segundo, es americanismo cualquier término originado en América, aunque se use también fuera de América. Es el concepto de María Vaquero:
Unidad léxica o valor semántico originado en algún país de América.[xxii]
El problema de este concepto está en que dejaría fuera, si se toma al pie de la letra, americanismos que son arcaísmos o regionalismos peninsulares, como por ejemplo recordarse (‘despertarse’), pollera (‘falda’) o quebrada (originalmente aragonés). Juan A. Frago y Mariano Franco optan por denominar americanismo al vocablo usado en América, e indoamericanismo, al originado en América.[xxiii] Nosotros podemos seguir denominando americanismos tanto unos como otros.
Existen numerosos repertorios léxicos de americanismos. El más antiguo fue publicado en tiempos coloniales. Es el Vocabulario de voces provinciales de la América de Antonio de Alcedo, publicado en 1786-89. En el siglo XX se multiplican, siendo los más conocidos los del puertorriqueño Augusto Malaret, con su Diccionario de americanismos,[xxiv] el mejicano Francisco J. Santamaría, Diccionario general de americanismos,[xxv] el uruguayo Marcos A. Morínigo, Dicccionario manual de americanismos,[xxvi] y el Diccionario de americanismos de Alejandro Neves, publicado en 1973, también en Buenos Aires. De todos ellos, el que más fortuna ha obtenido (con sucesivas ediciones) y tal vez el mejor sea el de Morínigo, pues a diferencia de sus predecesores, como señala Manuel Alvar: “Morínigo no incluye todo lo registrado por estos de una manera indiscriminada, sino que selecciona los materiales de acuerdo con su concepción de lo que son los americanismos.”[xxvii]
Además pueden encontrarse diccionarios de casi todos los países hispanoamericanos, comenzando por Cuba, que contó con un temprano Diccionario provincial de voces de Cuba hecho por Esteban Pichardo en 1836. Perú cuenta con abundantes obras lexicográficas, desde que Pedro Paz Soldán y Unanue, más conocido como Juan de Arona, publicara un primer Diccionario de peruanismos en 1883-84.[xxviii] En 1896 Ricardo Palma reúne las papeletas que enviara a la Real Academia unos años antes en un librito titulado: Neologismos y americanismos, y en 1903 hará una edición completa de todas sus Papeletas lexicográficas.[xxix] El padre jesuita Rubén Vargas Ugarte hizo también un breve Glosario de peruanismos publicado en 1953 en Lima. Bajo la sabia dirección de Ángel Rosenblat, Martha Hildebrandt se aplicó al estudio lexicológico en la Universidad Central de Venezuela, donde ejerció la docencia entre 1953 y 1961. Antes de regresar a Lima publicó La lengua de Bolívar. I. Léxico.[xxx] libro que mereció el Premio Nacional de Cultura. En 1969 publicó su gran estudio: Peruanismos, recibiendo por tercera vez el mencionado premio. No se trata de un diccionario, sino de un estudio lexicológico y etimológico profundo, preciso y claro de los peruanismos más usuales.[xxxi]
Más recientemente se han publicado los diccionarios de Juan Álvarez Vita y de Miguel A. Ugarte Chamorro,[xxxii] que sorprenden por su copiosidad, aunque es de lamentar que en ocasiones adolezcan de menos rigor científico. No faltan diccionaros de regionalismos,[xxxiii] y el léxico de la jerga popular (tradicionalmente llamada “replana”) ha merecido también algunos estudios.[xxxiv] Por último, cabe mencionar el trabajo que dedica Fernando Romero al análisis de aproximadamente cuatrocientos afronegrismos empleados en el litoral peruano, aunque es muy poco riguroso en sus apreciaciones.[xxxv]

El léxico es sin duda el campo más estudiado del español americano y también el aspecto que mejor refleja la variación dialectal. Se comprueba una vez más una de las primeras aportaciones de la geografía lingüística: cada palabra tiene su propia historia y su propia extensión dialectal.
No pocos americanismos, como tabaco, cacao, chocolate, butaca, barbacoa, tomate, coca o tequila se conocen igualmente en España y han pasado a otras lenguas como el inglés o el francés. Otros como aguaitar, pollera son arcaísmos en el español peninsular. Algunos tienen una historia muy antigua y otros son relativamente recientes. Los que se han creado en las nuevas repúblicas presentan una increíble variedad: al ómnibus se le llama autobús en España, guagua en Cuba, colectivo en Argentina y camión en México; nuestra casaca es cazadora en España, chamarra en México y chaqueta en Venezuela; a la chompa le dicen suéter en Argentina y jersey en España; a la frazada la llaman cobija en Ecuador y Colombia, cobertor en México, frisa en Puerto Rico y manta en España, y así sucesivamente.
Diversas instituciones, como las Academias de la Lengua intentan mantener, desde 1964, una política común ante los neologismos, sobre todo los vinculados con las nuevas tecnologías, y sustituir los extranjerismos evitabes o incómodos de modo que la unidad en las terminologías asegure la comprensión mutua.[xxxvi] Por ello, las Academias de la Lengua están preparando un importante Diccionario Académico de Americanismos que se publicará, al parecer, muy pronto.

En un campo tan amplio y complejo, es necesario establecer un orden. Por su origen los americanismos pueden ser clasificados en voces indígenas, extranjerismos (incluidos los afronegrismos), y términos patrimoniales (incluidos tanto los neologismos como los arcaísmos peninsulares, regionalismos o marinerismos).
Las voces indígenas constituyen el grupo léxico más significativo y abundante, aunque tal vez no supongan más de un 1% del total de un vocabulario usual, como es el caso de México.[xxxvii] Algunos son de uso general y otros solamente desconocidos en hablas regionales o locales. Algunos son “históricos”: aparecen mencionados en las crónicas como voces propias de los indios, pero no llegaron a prosperar, aunque figuren en algunos diccionarios, como el caso de guanín (metal precioso en lengua taína).[xxxviii] Algunos son de procedencia dudosa, más cuando las lenguas de las que se extrajeron han desaparecido. Así chicha y chaquira se han considerado voces chibchas de Colombia o tal vez procedentes de las lenguas cuna de Panamá. Nuestra chirimoya puede ser voz quechua, pero tal vez no lo sea. Pueden ser del quechua o del aymara voces como totora, coca, icho, poroto…[xxxix]
Las lenguas antillanas dieron un importante aporte léxico al español nada más llegar éste a América. Recién llegados a un mundo nuevo para ellos, los españoles tomaron junto con las nuevas realidades los nombres nativos. Dos grupos étnicos habitaban las Antillas. De las lenguas de los taínos o arahuacos provienen ají, canoa, cacique, bohío, maíz, maní, batea, baquiano, ceibo, mamey, guaba, guayaba, papaya, cocuyo, batata, carey, enaguas, sabana (‘llanura’), guacamayo, tabaco, tiburón y yuca. De los caribes proceden caimán, caníbal, hamaca, loro, piragua y butaca.
De la lengua mexicana, llamada náhualt o azteca provienen aguacate, cacahuete, cacao, chocolate, hule, petate, petaca, barbacoa, camote, chicle, tomate y otras. Del maya viene henequén.
Del quechua proceden alpaca, vicuña, cóndor, guano, mate, papa, pampa, carpa, coca, soroche, chacra, lúcuma, quina, palta y chirimoya. Son quechuismos menos conocidos quincha, tambo, callana, porongo, huaco, vincha, chiripá, ojota, tocuyo, calato, humita, mote, pisco, pucho, cocha, huacho, cholo, china, totora, icho, chonta, pacae, cachaco (vulg. ‘policía’), pirca, mita, y los verbos tincar, chancar y chapar. Posiblemente también cuy.
Del aymara proceden chinchilla, guanaco, puma, vicuña, jora (‘chicha’) y puma. Parecen provenir de la lengua cuna de Panamá las palabras chicha y chaquira. Son mapuches dos palabras: guata y boldo. Son guaraníes procedentes del Paraguay gaucho, jaguar, piraña, ñandú, cobaya, mandioca, jaguar y tapir. De la lengua chibcha de Colombia proviene cura, ‘palta’.
Proceden de lenguas extranjeras numerosos préstamos importados recientemente del inglés (chompa, overol, aplicación, chequear, guachimán, lonche, parquear, queque, pie, chance, asistente, jeans, shorts, y muchos otros). Los ingleses introdujeron también piyama, del hindú y soya, del chino.[xl] El anglicismo es omnipresente en los deportes, la moda y otros muchos campos léxicos, también en calcos como fuente de soda, pluma fuente o aplicación (en la acepción ‘formulario’) o introducir (‘presentar a alguien’). El francés influyó notablemente en el siglo XIX, y son galicismos usina, masacre, ecran, conscripción y otros. El galicismo chofer se pronuncia con acento grave en España: chófer. Del alemán viene kinder. Del italiano han pasado muchas palabras al español argentino, de donde proceden bacán, manyar, mina, pibe y chao. Son latinismos cultos egresar, ubicar, curul y acápite. Del chino vienen los peruanismos chifa (de chi fan, ‘ir a comer’) y chaufa.
La esclavitud africana introdujo una población muy numerosa, pero el maltrato y el lamentable desprecio con el que eran tratados no favoreció la introducción de afronegrismos. Tampoco lo facilitaba el hecho de que procedían de distintas etnias con diferentes lenguas y que los negreros acostumbraban a mezclarlos para impedir que elaboraran conjuntamente planes de fuga. Son palabras procedentes de lenguas africanas mangache, cachimbo, chévere y posiblemente muchas otras, aunque a menudo su adscripción es incierta.
Es muy rico el conjunto de neologismos del español americano. En verdad, podemos hablar de un mayor progresismo hispanoamericano en lo que respecta a la creatividad que muestran las jóvenes naciones a la hora de inventar nuevas palabras, en general, mediante dos procedimientos: dando un significado nuevo a palabras ya existentes, como en ambiente, estancia, quebrada, vereda. Desde la llegada de los españoles se llamaron piña, laurel, lagarto, tigre, almendro, algarrobo, etc. a frutas, animales y plantas muy distintas de las piñas, lagartos y laureles europeos. El procedimiento más productivo, con todo, consiste en la derivación o composición a partir de elementos patrimoniales: sesionar, vivar, criollada, hornero, ultimar, cuerear, recursearse, enseñarse, hablada, ranchería, hacendado, estanciero, chapetón, y muchas otras. No pocas palabras tienen un empleo restringida a registros formales: ameritar, implicancia, planteo… Por composición se crea, por ejemplo, matacojudos.
América ha conservado, por otra parte, palabras que España ha olvidado: durazno, aguaitar, prolijo, retar, pararse, pollera, recordar, bravo, liviano, y términos que pueden ser locales o regionales en España conocen en América una extensión mucho más general. Andalucismos como guiso, rancho, boliche, limosnero, estero, alfajor, azafate, candela, estancia, estero, gerimiquear, escarpín, lusismos como garúa, fundo, mucama, cardumen, o leonesismos como peje, frijol, prieto, sobrado, bagazo. Origen canario parece tener médano. Un grupo especial lo constituyen los marinerismos, es decir, las voces tomadas del habla de los marinos. Todos los europeos llegaban después de realizar largos viajes en barco, donde se familiarizaban con palabras como amarrar, botar, rumbo, flete, virar, timón, embarcarse, playa, arranchar, abarrotar (y abarrotes), zafar, aparejar (y aparejo), abordar y arribar. Al llegar a tierra firme esos términos se consagraron en el uso cotidiano: una playa de estacionamiento puede estar muy lejos del mar.
Cada país americano cuenta con un léxico particular, lo que puede dar lugar a divertidos equívocos, como los que menciona Ángel Rosenblat. Así el turista que llega a Caracas y encuentra un letrero en plena calle que dice: Prohibido a los materialistas estacionar en lo absoluto, que no es un postulado filosófico sino el aviso que se le hace a los choferes que llevan materiales de construcción. Chibola en Perú es ‘niña, muchacha’, mientras que en El Salvador se llama así a una ‘bebida carbonatada’. Cachaco es ‘policía’, en el habla vulgar peruana, pero en Colombia le dicen así al que viene del interior. El gallinazo se conoce como zamuro en Venezuela y zopilote en México. Amarrado y argolla significan ‘tacaño’ y ‘anillo matrimonial’ en Colombia, mientras que en Perú son cosas muy distintas. El transporte urbano se denomina guagua en Cuba, camión en México, chiva en Colombia y micro o combi en Perú. Acercar a alguien en carro (en Perú dar jale) se dice en México dar un aventón, en Puerto Rico dar pon, y en Cuba dar botella. El lustrabotas es conocido en México como bolero y en Centroamérica como lustrador. La vereda de la calle se dice banqueta en México, andén en Honduras y Salvador, y calzada en Santo Domingo, mientras que en España se llama acera. Los españoles responden al teléfono diciendo ¿Digame?, Argentina y Uruguay responde ¿Hola?, Cuba ¿Qué hay?, y Colombia ¿A ver? Y así sucesivamente.

Son palabras netamente peruanas anticucho, chupe, chompa, concho, pucho, dormilonas, pisco, anchoveta, camal, cebiche, chancaca y jora. En cada región, además, hay un léxico particular, como ocurre en Piura, donde encontramos churre ‘niño’, encalavernarse ‘perderse’, piajeno ‘burro’ y otros muchos, entre los cuales destacan algunos indoamericanismos: pacazo, jañape, chilalo, yucún, etc. El léxico de cada dialecto está en constante renovación y constituye una referencia clara de la identidad y procedencia de sus habitantes, así como del estrato sociocultural al que pertenece.

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[i] Cieza de León, P. Crónica del Perú. Tercera parte. Lima, PUC; 1986, págs. 68.
[ii] Ibid., pág. 129 .
[iii] “Como es tan numerosa la clase de los indios, de modo que todo el comercio se hace con ellos o por ellos, se hace indispensable que la lengua de estos indios sea casi la universal de la ciudad. Todos los nacidos en el país hablan esta lengua que se les ha hecho necesaria para entender y ser entendidos; de modo que aún las señoras de primera calidad hablan con los españoles en español, y con los domésticos, criados y gente del pueblo precisamente en la lengua índica. En verdad con igual destreza en ambas.” Ignacio de Castro, Relación de la ciudad del Cuzco. (1795) editada en Colección documental de la independencia del Perú. C.D. Valcárcel, (ed.), Tomo II, vol 1, Lima, 1971, pág. 195. Cfr. el análisis del texto que incluye J.L. Rivarola en La formación…, pág. 158.
[iv] José Luis Rivarola, La formación…, pág. 106
[v] El obispo del Cuzco, Juan Manuel Moscoso, en carta al visitador Arreche escrita en tiempos de la rebelión de Tupac Amaro (1580), afirma que: “Yo bien veo que se fatigan las prensas en darnos ordenanzas y establecimientos para quitar de los indios el lenguaje (…) cuando siguen los naturales en su idioma, y por la mayor parte tan tenaces (…) y cuando el sistema de todo conquistador es traher a su idioma la nación conquistada, nuestros españoles en nada más parece que han pensado que en mantenerles en el suyo, y aun en acomodarse con él, pues vemos que le usan con más frecuencia que el propio.” (Citado por José Lúis Rivarola, “Lengua, comunicación e historia del Perú”, en La formación…, págs. 91-120, en pág. 109).
[vi] Citado en Rivarola, “Contactos y conflictos de lenguas en el mundo andino durante la Colonia”, en La formación… pág. 133.
[vii] Citado en Rivarola, ibid., pág. 134.
[viii] Pedro Henríquez Ureña, “Observaciones sobre el español de América” Revista de Filología Española, Madrid, 8, 1921, 357-390.
[ix] Cfr. Dialectología española. Madrid, Gredos, 1960.
[x] Kany lo confiesa así: “En un principio traté de agrupar los fenómenos sintácticos en concordancia con las cinco zonas (de Henríquez Ureña) pero luego renuncié a semejante distribución, pues habría provocado numerosas y desconcertantes subdivisiones. Además, la delimitación exacta de las zonas aún ho ha sido definitivamente establecida ni universalmente aceptada” (ibid, p. 12). En efecto, distribuye los ejemplos por países, empezando por Argentina hacia el norte de modo que puedan verse los países contiguos. Para evitar el “peligro latente” de dar como propia de todo un país una expresión que “bien puede estar restringida a una sóla área, siendo desconocida en el resto”, indica con muy buen criterio en muchos casos dudosos, la región particular de la que toma la construcción. (ibid, p.11)
[xi] Cfr. José Pedro Rona, “El problema de la división del español americano en zonas dialectales”, Presente y futuro de la lengua española, I. Madird, OFINES, 1964, págs. 215-226, y Juan M. Lope Blanch, “Henríquez Ureña y la delimitación de las zonas dialectales de Hispanoamérica”, en Cuadernos de la Facultad de Humanidades de la Universidad de Puerto Rico, 13, 1985, págs. 29-45. Cfr. ahora Orlando Alba, “Zonificación dialectal del español en América”, en C. Hernández (coor.), Historia y presente del español de América. Valladolid, Junta de Castilla y León, 1992, págs. 33-84, y Francisco Moreno, La división dialectal del español de América, Universidad de Alcalá de Henares, 1993.
[xii] Ibid.
[xiii] Ver José María Enguita Utrilla, “El léxico indígena y la división del español americano en zonas dialectales”, en M. T. Echenique, M. Aleza y M. J. Martínez (eds.) Historia de la lengua española en América y España, Universidad de Valencia, Tirant lo Blanch, Valencia, 1995, págs. 45-62.
[xiv] Otros ejemplos: “Hay otra fruta que llaman estos indios cachún y nosotros los españoles le hemos puesto nombre de pepino”; “Hay otra fruta que se llama lúcumas: son del grososr de una naranja y mayores, son de color verde y tiran un poquito a amarillo”. Todos los testimonios en José Luis Rivarola, “Para la historia de los americanismos léxicos”, en La formación… págs. 57-77 (hemos adaptado la ortografía para facilitar la lectura). La Relación fue publicada por G. Lohman Villena (Lima, PUPC, 1978), y tuvo un primer estudio de M. V. Romero, “Indoamericanismos léxicos en la crónica de P. Pizarro”, Thesaurus, 38, 1983, págs. 1-34.
[xv] Nótese que se refiere en pasado llamaban al término en desuso mientras que en presente dicen al que considera usual. El taíno areito se emplea aún hoy en las Antillas, aunque ha perdido la difusión mayor que tuvo en la época de esta base lingüística. Cfr. J. A. Frago Gracia, “El factor geográfico de la lengua en los cronistas de Indias”, La Torre, Tercera época, 78, págs. 151-161.
[xvi] Ángel Rosenblat, El castellano de España y el castellano de América: unidad y diferenciación. Caracas, Instituto de Filología Andrés Bello, 1962, págs. 34 y 35.
[xvii] Julio Fernández-Sevilla, “Los fonemas implosivos en español”, en Thesaurus. Boletín del Instituto Caro y Cuervo, 36, 1980, págs. 465-505.
[xviii] José Joaquín Montes Giraldo, “El español de Colombia. Propuesta de clasificación dialectal”. Thesaurus. Boletín del Instituto Caro y Cuervo. XXXVII, 1982, págs 22-92.
[xix] José Joaquín Montes Giraldo, Dialectología general e hispanoamericana. Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1982.
[xx] Germán de Granda, El español en tres mundos. Retenciones y contactos lingüísticos en América y Africa. Valladolid, Universidad de Valladolid, 1991, p. 157.
[xxi] El español medieval tenía dos pares de sibilantes: dos fricativas: viniesse (sorda), casa (sonora), y dos africadas: plaça (sorda), pozo (sonora). Los cambios sufridos en el siglo XVI (anticipados en Sevilla en una etapa anterior) simplificaron este sistema de diversa manera: en el norte peninsular las sonoras se ensordecieron y la africada pasó a ser fricativa interdental, mientras que en Andalucía y América todo el sistema se resolvió en una única sibilante fricativa alveolar sorda.
[xxii] El español de América. II Morfosintaxis y léxico, Madrid, Arcolibros, 1996, pág. 40.
[xxiii] Ver El español de América, Universidad de Cádiz, 2001, pág. 63. El problema está en que indoamericanismo se refiere, generalmente, al término tomado de alguna lengua indígena. Fuera de esta distinción quedarían los neologismos americanos de uso general creados sobre bases castellanas o los cambios semánticos, como el caso de criollo o piña, que son panhispánicos. En sentido estricto, no sería americanismo ni tampoco indoamericanismo.
[xxiv] Mayaguez, Puerto Rico, 1925.
[xxv] México, 1942-1943.
[xxvi] Buenos Aires, 1966.
[xxvii] Ver su artículo “Lexicografía dialectal”, en Estudios de Lingüística de la Universidad de Alicante, 11, 1996-97: 79-108. La cita está en la página 88.
[xxviii] Juan de Arona, Diccionario de Peruanismos. Ensayo filológico. Lima, 1883. Existe una edición preparada por Estuardo Núñez en 2 volúmenes (Lima, Peisa, 1974).
[xxix] Ricardo Palma, 2700 voces que hacen falta en el Diccionario. Papeletas lexicográficas. Lima, 1903. Pedro Benvenutto Murrieta aportó el análisis de más de ciento cincuenta términos no recogidos por Ricardo Palma en sus Papeletas, dentro de su obra Quince plazuelas, una alameda y un callejón (Lima, 1932). Lima, Fondo del libro del Banco Industrial del Perú, 1983. Parece que Benvenutto reunió un conjunto copiosísimo de papeletas lexicográficas a partir de entonces, pero nunca llegó a publicarlas.
[xxx] Martha Hildebrandt, La lengua de Bolívar. I. Léxico. Prólogo de Ángel Rosenblat. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1961 (reimpreso en 1974).
[xxxi] La primera edición de 1969 fue editada por Jaime Campodónico en Lima. En 1994 la Biblioteca Nacional publicó una segunda edición corregida y ampliada de 450 a 545 páginas, que nuevamente se ha reeditado en Lima, otra vez en la editorial de Jaime Campodónico, en 1998. Citamos por esta última edición. Luis Jaime Cisneros considera “fundamental” esta obra, en el minucioso artículo que le dedica en: “Peruanismos, obra clásica y moderna”, en Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, 30, 1998, pág. 33-116.
[xxxii] J. Alvarez Vita, Diccionario de peruanismos. Lima, Studium, 1990; M. A. Ugarte Chamorro, Vocabulario de peruanismos. Lima, UNMSM, 1997.
[xxxiii] M. A. Ugarte, Arequipeñismos. Arequipa, 1942; E. Tovar, Vocabulario del Oriente Peruano. Lima, UNMSM, 1966; E. Puig, Breve diccionario folclórico piurano. Piura, Universidad de Piura, 1985; E. Arámbulo Palacios, Diccionario de piuranismos. Piura, Gobierno Local de Piura, 1995; J. Pulgar Vidal, Notas para un diccionario de huanuqueñismos. Lima, 1967 y E. Foley Gambetta, Léxico del Perú. Diccionario de peruanismos, replana criolla, jerga del hampa, regionalismos y provincialismos del Perú. Lima, 1983-1984.
[xxxiv] G. Bendezu, Argot limeño o jerga criolla del Perú. Lima, 1977; J. Bonilla, Jerga del Hampa, Lima, Ed. Nuevos Rumbos, 1956.
[xxxv] F. Romero, Quimba, fa, malambo, ñeque. Afronegrismos en el Perú. Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1988. Puede verse nuestro artículo: “Situación de los estudios sobre el español peruano”, en Mercurio Peruano, 514, 2001, págs. 13-26.
[xxxvi] Ver Rafael Lapesa, “Necesidad de una política hispánica sobre neologismos científicos y técnicos”, en Primera reunión de Academias de la Lengua Española sobre el lenguaje y los medios de comunicación, Madrid, 1987. Ángel Rosenblat era optimista respecto a la tendencia actual a la unificación léxica debida a la nivelación producida por los medios de comunicación y la literatura, en “Actual nivelación léxica en el mundo hispánico”, en Lingüística y educación. Actas del IV Congreso Internacional de la ALFAL. Lima, 6-10 de enero de 1975, Lima, UNMSM, 1978, págs. 86-146.
[xxxvii] Ver Juan M. Lope Blanch, El léxico indígena en el español de México, México, El Colegio de México, 1969.
[xxxviii] María Vaquero menciona ejemplos como: “los buitis eran los ministros del ídolo”, “sembraban en conucos, bebían en múcuras”, que aparecen en textos cronísticos del siglo XVI. Ver M. Vaquero, “Español de América y lenguas indígenas”, en Estudios de Lingüística de la Universidad de Alicante, 7, 1991, págs. 9-26.
[xxxix] Cfr. Tomás Buesa Oliver, “Indoamericanismos léxicos”, en C. Hernández (coor.), Historia y presente del español de América, Valladolid, Junta de Castilla y León, 1992, págs. 169-199.
[xl] En España estos términos se introdujeron por vía escrita y se pronuncian pijama (en masculino) y soja.

7 pensamientos en “El español americano

  1. online-maris dice:

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  3. Irma dice:

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